La familia de Gustavo Arévalo es evangélica. "Evangélica y de otras vainas", dice sin el menor asomo de rencor. "Que sean lo que les dé la gana". Tiene 76 años y no piensa, a estas alturas de la vida, imponerles un credo a los suyos. Eso sí, tampoco permitirá que se lo impongan a él, que nació católico, apostólico y romano: aunque no entienda muy bien qué significa esa retahíla. Solo sabe que tiene la fe del carbonero, que es algo así como esa disposición para creer cuanto le dicen en la iglesia, sin derecho a dudar, sin derecho a disentir, sin derecho a mirar hacia los lados: de frente como un caballo. Y siempre para adelante.

Desde los diez años visita la parroquia del 20 de Julio, en el sur de Bogotá. Las primeras veces llegaba en tranvía, cuando la capital era una pequeña aldea. Una aldea más grande que Macondo, que solo tenía 20 casas de barro y cañabrava, pero una aldea al fin y al cabo, que no pasaba de la calle 26.

Hincha a muerte de Santa Fe, bebedor de profesión -no es una casualidad que sea pensionado de Bavaria-, huérfano desde los seis años y rebuscador consumado, Arévalo tiene muy en claro el tercer mandamiento: Santificar las fiestas. Los domingos se levanta a las cinco sin necesidad de despertador, se echa su baño -así lo dice: "Me echo mi baño"-, sale a buscar las primeras tiendas que abran sus puertas en Santa María del Lago, compra tamales para el desayuno y se va para el 20 de Julio a misa de ocho. Le pide al Divino Niño que lo cure por fin de esa próstata que desde hace varios años solo le da problemas a pesar de las dos cirugías, de los ungüentos y de las pastillas, y a las nueve está libre. Ya se bañó, ya comió tamal, ya santificó el domingo… le queda el resto del día para amasar el hígado.


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Arévalo va todos los domingos al 20 de Julio porque, si no va, no sabría qué hacer con las primeras horas del día. En su caso, más que una tradición es una rutina. Está convencido de que el Divino Niño hace milagros, pero él, más allá de la próstata, no tiene mucho qué pedir. No pretende otro milagro que el de estar con vida a los 76 años y tener todos los días un plato de comida "para echarle al buche".

Sabe que la estatua de yeso que está a espaldas del templo es milagrosa, pero no sabe muy bien los favores que se le atribuyen. No sabe, por ejemplo, que a Ana María le hizo aparecer, con todo el dinero que llevaba adentro, esa cartera que perdió en un camino del campo, muy transitado, que repetía cada semana durante cuatro horas. Que a esa paisa llamada Myriam le borró como por arte de magia los síntomas de un cáncer contra el cual no había remedio en la tierra. Que a Víctor Julio y a María Cecilia les dio por fin esa casa con la que tanto habían soñado. Que a la hija de Elvia le curó la leucemia. Que a Rosalía y a Gilberto les regaló un niño, después de tantos intentos fallidos, de tantas cuentas, de tantas consultas… y después de dos embarazos que muy pronto se echaron a perder. Que a Antonio le solucionó el tema de esa pensión que andaba tan esquiva. Que a Abigail le curó a ese niño que los médicos habían desahuciado cuando se cayó de un tercer piso. Que a Manuel le hizo desaparecer las tres balas que le clavaron a quemarropa el día que lo asaltaron en su casa. Que al hijo de Alicia lo hizo abandonar la droga. Que Pureza amaneció un buen día oyendo a la perfección, después de haberle consultado su problema a decenas de otorrinolaringólogos que parecían no oírla. Que el esposo de Luisa dejó de beber. Que Mariela logró que esos inquilinos ruidosos e incumplidos desistieran de seguir viviendo en su apartamento. Que al tío de Emma lo liberaran sin tener que pagar el rescate millonario que exigían los secuestradores.

Arévalo ni siquiera ha oído un caso que se ha vuelto famoso entre los peregrinos que madrugan todos los domingos para visitar al Divino Niño: en unas vacaciones, el hijo menor de los Salcedo, que estaba al cuidado de su abuela, cayó a una piscina de donde lo rescataron morado e inconsciente después de varios minutos bajo el agua. De manera incomprensible, el niño sobrevivió sin traumas ni secuelas que lamentar. Un tiempo después, mientras acompañaba a su madre a visitar a una amiga que era visitante asidua del templo del barrio 20 de Julio, el muchachito vio en la sala de la casa una pequeña estatua del Divino Niño y empezó a gritar que él era quien lo había salvado. Que el niño milagroso se había sumergido y lo había rescatado del fondo de la piscina.

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El domingo es el día del Señor, que alguna vez fue niño. Y dicen que, ya adulto, Jesucristo aseguró: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado". Por eso, como la iglesia del 20 de Julio está consagrada al Divino Niño, los domingos se convierte en el mayor sitio de peregrinación de la capital de Colombia. Porque hay decenas de miles de creyentes que están convencidos de que nada les será negado: salud, dinero ni amor.

Hay misas cada hora, desde las cinco de la mañana hasta las siete de la noche. Pero quince oficios religiosos no han resultado suficientes y, por eso, hacia el mediodía, es común que se celebren misas simultáneas en el templo y en la plaza principal del barrio, a pocos metros de distancia.

Al menos cuarenta y cinco mil personas llegan cada domingo hasta este barrio para pedir y para agradecer. Gustavo Arévalo pide por su próstata y agradece por esa pensión con sello cervecero que le consignan de manera puntual todos los meses, y con la cual puede darse lujos como el del tamal de todas las semanas. Críspulo Cepeda da las gracias por haber rescatado a su mujer de una trombosis y pide para que a sus hijos, que trabajan en la Policía, nada malo les suceda. Eugenia, que ya completó veinticinco años de fidelidad al Divino Niño, no sabe qué más pedir para ella: pero hace rato aprendió a pedir para los demás. Y como sus amigas conocen su devoción y su entrega, y prefieren quedarse en la casa deshilachando el pollo para el ajiaco dominguero, le encargan que ruegue a Dios por sus necesidades. Hace poco menos de un año, una de ellas le encargó que pidiera por una de sus hijas, que estaba a punto de completar quince años de amantazgo con un señor de quien aseguraban que era un próspero empresario. Eugenia emprendió la tarea de los nueve domingos de misa y comunión, y no acababa de recibir la bendición final cuando su amiga le confirmó el milagro: el amante de su hija había decidido comprarle carro y apartamento en el barrio El Chicó.

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Pero no solo en busca de un milagro van los peregrinos del 20 de Julio. La hija de don Críspulo confiesa que el plan incluye desayuno o almuerzo en los alrededores, para ayudarle a la fe con un poco de proteínas. Y es que los domingos la calle 27 sur se convierte en una suerte de Sanandresito en donde es fácil conseguir a muy buen precio desde un disco pirata de Shakira o de Juanes hasta unos calzoncillos con el escudo del Cúcuta Deportivo. Y, a lado y lado de este bulevar de chucherías que no pagan impuestos y se ofrecen en promoción, los restaurantes hacen su agosto en cualquier mes del año. Los platos con exceso de colesterol son los preferidos de los devotos del Divino Niño —que luego encomendarán la buena digestión a las cortes celestiales— pero en la oferta también abundan los jugos con poderes afrodisiacos, los tamales con todo incluido y los caldos capaces de levantar incluso a los muertos, como el de raíz, que está elaborado con el miembro del toro.

Arévalo, que llega con la panza llena, espera hasta la salida de misa para buscar una aguadepanela con queso. De vez en cuando rememora los buenos tiempos de las garullas y las melcochas, como era tradición en sus años de juventud, cuando todo apuntaba a un futuro mejor: "Esos fueron mis mejores años, pero todo se jodió después de que mataron al doctor Gaitán", asegura este hombre que se confiesa liberal hasta el tuétano, "gracias a Dios", y que cada vez que lo repite se da la bendición, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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Dicen que la fe mueve montañas. Y, en el 20 de Julio, también mueve millones. Las limosnas, las donaciones y las misas pagadas mueven la caja registradora de la comunidad Salesiana de manera milagrosa. Y, como en cualquier lugar de peregrinación que se respete —El Vaticano, Lourdes, Fátima o Chiquinquirá— los souvenirs religiosos constituyen una de las más apreciadas fuentes de ingresos.

Por lo general, los visitantes no se van solo con la ilusión de un milagro a punto de hacerse realidad, sino que además llevan para la mesa de noche, el improvisado altar de la sala o el mismísimo ropero alguna imagen que les recuerde lo cerca que estuvieron del paraíso. En la tienda autorizada se consiguen desde camándulas de seiscientos pesos que alguno de los curas bendice sin costo adicional, hasta estatuas en yeso de la Santísima Virgen de doscientos cincuenta mil, listas para instalar en el jardín. A mitad de camino se ofrecen escapularios, prendedores y recordatorios para todos los presupuestos, camisetas estampadas con la imagen del principito divino a diez mil pesos y afiches de su señora madre con invocaciones como esta: "No te merezco, Madre, pero te necesito".

En las afueras de la zona de devoción, jugando a las escondidas con los agentes de policía adiestrados para hacer respetar los negocios divinos, los vendedores ambulantes se juegan el almuerzo del día ofreciendo novenas a solo mil pesos y oraciones garantizadas a Santa Marta, que es la especialista en las causas imposibles. Se disputan los clientes con los mendigos de utilería y los fotógrafos de Polaroid, que en sus mejores días llegan a disparar hasta cien veces su cámara.

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Gustavo Arévalo dejó de comprar imágenes del Divino Niño hace muchos años. Al comienzo recorría los almacenes con nombres bíblicos —Génesis, El Edén, La estrella de David— en busca de un motivo para acordarse del Señor entre semana. Pero luego no supo en dónde guardar tanta vaina, sobre todo en una casa en donde todos los demás cambiaron de credo.

Ahora, después de alimentar el espíritu, prefiere guardar esos pesos pensando en el gozo del cuerpo. A eso de las nueve sale todos los domingos del 20 de Julio y se va para La Candelaria a recordar los viejos tiempos. Pasa frente al local en el que alguna vez una tía suya tuvo una tienda que él asaltaba para sobornar a los porteros del Teatro Nariño, sigue de largo por la avenida Séptima hasta la calle 26 y a eso del mediodía se encuentra con sus amigos de toda la vida "para jartar aguardiente". Al final de la tarde, con el último asomo de conciencia, pregunta cómo le fue a Santa Fe en el partido de esa jornada y se va para su casa a terminar como Dios manda una semana en la que volvió a quedar en tablas, según ese otro mandamiento que no ha dejado de respetar: "El que peca y reza empata".
 


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