Tuve diez hijos y ya solo me quedan tres. Uriel era el que más me cuidaba. Era un mono crespo y alto. Un buen conversador. Con él no había pena que valiera: siempre me hacía reír. Desde muy niño se consagró a mí. Si le regalaban diez centavos, me decía cinco son para sumercé. En los cumpleaños me llevaba una torta enorme, y para el día de San Pedro, un pan delicioso. Vivía en el barrio Bachué, y allá estuve arrimada un buen tiempo, hasta que mi hijo murió de cáncer. Él era el que veía por mí. Le pusimos Uriel porque antes hubo otro niño, que nació apenas a los seis meses de embarazo. Lo bautizamos Uriel: era un muñequito divino. Pero se murió a los veinte días y, entonces, reservamos el nombre para el siguiente varón. Fueron diez, sí, señor, pero solo me quedan dos hombres y una mujercita. Casi no vienen a verme. Hay uno que se fue para Santander hace muchos años y rara vez sale de por allá. Los otros viven muy ocupados… Claro que yo, viviera donde viviera, iría a visitar a mi mamita. Pero ellos siempre tienen disculpas. A mí me enseñaron a honrar a padre y madre. Fuimos muy pobres, pero educados. Yo solo tuve un año de escuela y me enseñaron a ser agradecida. Y honrada. Y limpia. Esa fue mi herencia. Pobres, pero aseados: acá tengo mi jabón y mi cepillo de dientes. La única foto que tenía de Uriel desapareció. No sé si se la robaron… pero, ¿para qué se la iban a robar? La que ahora responde por mí es Merceditas, la esposa de un sobrino. Ella fue la que me trajo a este hogar y cada vez que puede viene a visitarme: aunque casi no le queda tiempo, porque desde que enviudó tuvo que hacerse cargo de los tres hijos, y hay uno que tiene problemas. Cuando murió Rafael, mi esposo, me empezaron a llevar de casa en casa, como los zuros… En realidad a mi marido lo mataron: de eso hace ya veintiséis años. Él administraba una finca cerca a los Jardines del Recuerdo. Ese día le habían dado una platica. Iba en bicicleta con ese dinero, y lo atropelló un carro. Pero se sabe que lo atropellaron para robarlo: lo recogieron del suelo, lo metieron en un carro y lo golpearon con la cacha de un revólver hasta que perdió la conciencia. Yo estaba llegando a la casa de un hijo cuando me dieron la noticia. Ya había comprado el vino y las galletas que Rafael me había encargado: no sé qué quería celebrar. Perdí el sentido. No podía creer lo que me estaban diciendo. Se demoraron cuatro días para enterrarlo, mientras hacían todas las averiguaciones. Ese día yo estaba tan mal que incluso tuvieron que vestirme. Del cementerio salí para donde el médico. Después fue que empecé a vivir con los hijos. Hasta que se fueron muriendo. Hasta que me fueron olvidando. A mí no me importaba ir de un lado para otro. Nunca he puesto problema por eso. Cuando me trajeron al hogar tampoco di brega. Acá me cuidan y me quieren. Mis mejores amigas son las enfermeras. Ellas trabajan mucho y me consienten. A veces me traen revistas para que lea. A veces nos ponen música y ellas mismas nos sacan a bailar. Claro que yo no puedo hacer mucho ejercicio… la diabetes… He estado tres veces en el hospital Simón Bolívar. Me han operado de la cadera, del brazo, del estómago, de los ojos. Ahora solo veo por uno. Ya tengo noventa y cinco años: nuestro Señor dirá cuándo es la hora.

—Sarita, arréglese el pelo que le van a tomar una foto.

—Pero si yo ya parezco un animalito del monte.

—No, Sarita. Usted parece una reina de belleza. Quítese esa cachucha para que se vea más bonita.

Sarita duerme en una habitación con otras cuatro ancianas que guardan todo su haber en un clóset diminuto y en la mesa de noche: dos o tres mudas de ropa, imágenes de la Virgen o del Divino Niño, fotografías de ellas en alguno de los paseos que de vez en cuando les organizan en el ancianato y muñecos de peluche que duermen de día sobre sus propias almohadas. En el Hogar de la Madre Marcelina algunos les dicen abuelas por puro cariño, pero la Organización Mundial de Salud recomienda llamarlas personas mayores, que es como se debe denominar a quienes han pasado la barrera de los sesenta años. En esta institución, que está al cuidado de las Hermanitas de los Pobres de San Pedro Claver, viven sesenta y cuatro ancianos, mayores, abuelos o como se quiera. Muy pocos han llegado por su propia voluntad. A algunos los han convencido sus hijos o sus sobrinos luego de largas discusiones familiares. Otros han llegado prácticamente engañados.

Yo sufría de tensión alta. Un día me enfermé y me llevaron a la clínica. Después de varios días me dijeron que podía salir. Sin embargo, la ambulancia no me llevó de vuelta a casa, sino que me trajo a este hogar. Eso ya se decidió, me explicaron mis hijos. Y, aunque al comienzo me dio duro, soy consciente de que lo que ellos hagan está bien, porque yo soy una mujer sola. Mi marido se murió hace unos años. Pero tengo que darle gracias a Dios porque fue un hombre bueno. Yo sé que él está bien, porque mi mamá, cinco minutos antes de morir, me dijo que había hablado con él en el más allá. Yo espero que también a mí se me presente antes de morirme. Él siempre fue muy respetuoso y me dejó una pensión y un buen seguro médico. En el hogar no me falta nada. Claro que preferiría estar en mi apartamento, en Chapinero: uno acá encerrado no puede resolver nada. Allá tenía mi máquina. Hacía vestidos de matrimonio y de primera comunión. Cosía para algunos almacenes. Cuando me trajeron para acá se quedó mucha costura sin entregar. Ahora, de vez en cuando les hago delantales a las enfermeras. Y a veces bordo o me siento a conversar con Dora y con Anita, que son mis únicas amigas. En eso ocupo parte del tiempo. En eso y en ver televisión. Me gustan las novelas: no me pierdo Hasta que la plata nos separe. Todos los días me levanto a las seis y voy a misa de siete. Después tocan la campana para el desayuno, la campana para las medias nueves, la campana para el almuerzo… esto es como un internado de bachillerato. Yo estaba acostumbrada a salir por ahí, a comprar mis telas. Acá no me dejan, aunque yo les digo que no me voy a caer, que ni estoy tembleque ni estoy ciega. Pero esa fue la orden que dio mi hija. Ella viene a visitarme mucho y vive pendiente de todo lo que me falte: no halla qué más traerme.

—¿Le provoca una frutica? Hay manzanas y duraznitos.

—No, doña Mariela, muchas gracias, acabo de almorzar.

—Aunque sea unas galleticas. No me las desprecie.

Mariela no comparte su cuarto. Son cuatro paredes para ella sola. Sus hijos arrendaron el apartamento en el que vivía y con eso pagan la pensión. En el Hogar de la Madre Marcelina cada anciano paga lo que puede. Y los que más pueden ayudan al sostenimiento de los que no tienen quién vele por ellos. De los que no reciben visitas. De los olvidados. De los que no tienen más familia que alguno de los nietos adoptivos que les consigue la fundación para que conversen, les lean, les jueguen. El hogar cuenta con gerontólogos, fisioterapeutas, psicólogas, nutricionistas y una docena de auxiliares de enfermería que cuidan a los ancianos y tratan de distraer su soledad con sesiones de pintura, bordado, chocolatería, cerámica, canto, danza y jardinería, mientras llega el momento de partir. En lo que va corrido del año han muerto cuatro. Entre ellos, el rival permanente de un anciano fanático del dominó que no ha logrado encontrar consuelo. Las horas se les iban sentados frente a frente, en una mesa, acomodando fichas y soñando victorias. Desde que su amigo lo dejó, anda por ahí, de un lado para otro, cabizbajo, mientras algunos de sus compañeros tratan de sacarle el jugo a lo que les queda de vida.

Yo acá la paso muy bien. Me gustan los juegos y las actividades que nos organizan. No queda tiempo de aburrirse, porque a las enfermeras siempre se les ocurre algo divertido para que hagamos. La comida es rica y abundante. A mí no me trajeron a la fuerza, aunque mi hijo menor trató de oponerse por todos los medios, porque decía que acá me iban a matar. Pero el que casi acaba conmigo es él. Me trataba mal, me insultaba, me obligaba a prepararle la comida, a arreglarle el apartamento. Y vivía con un amigo que también se sentía con el derecho de darme órdenes y de agredirme. Me tenía que ver casi muriéndome para que me llevara al médico, y lo hacía de mala gana. Menos mal a mi otro hijo se le ocurrió sacarme de allá. En septiembre cumplo ochenta y dos años y me gustaría pasar el resto de mi vida en este hogar.

—¿Ya dejó de llover?

—Ya, doña Rosa. Está haciendo sol.

—Entonces voy a salir al patio, porque si no me quedo entumida.

De los sesenta y cuatro ancianos del hogar, hay uno totalmente inválido. Tres o cuatro cruzan los pasillos en silla de ruedas. Unos pocos requieren muletas, pero muchos, en cambio, tienen a mano un bastón para evitar caídas. Quienes los cuidan saben que el trabajo con los músculos es una labor tan importante como la de mantener arriba el ánimo: cuando el entusiasmo se apaga, el organismo empieza a desconectarse por partes. Tan importante como la de ejercitar la memoria. Por eso juegan lotería y aprenden canciones. Aunque muchas veces, al caer la noche, de vuelta a la habitación, la memoria los mueva a buscar en la mesa de noche o debajo del colchón el álbum de fotografías de la familia. Y los lleve a comprobar, mientras vuelven a ver a su hija el día del matrimonio y a su nieto el día del bautizo, que el olvido los ha ido devorando. Que ya no forman parte del mundo de esos hijos a los que amamantaron, a los que ayudaron a caminar por primera vez, a los que llevaron a la escuela, a los que alguna vez les enseñaron a honrar a padre y madre.

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