Blanca Cecilia no llevaba la cuenta de los días. Le daba lo mismo un martes que un domingo. Marzo que diciembre. Tenía ocho años cuando ocurrió por primera vez. Se habían reunido varios parches: el de Las Cruces, el del Paraíso, el de La Paz, el del Túnel y el de El Cartucho, que era el de ella: su familia. Había mucha gente en las calles.

Había desorden y pólvora y música. Ahora piensa que tal vez era la Navidad, pero en ese tiempo no sabía de fiestas ni de días. Andaba con los suyos y se sentía protegida: los había visto violar muchachas, pero creía que a ella nunca le pasaría. Al fin y al cabo eran como sus hermanos: por ellos se arriesgaba en los asaderos de pollo y les llegaba con un botín de varias presas recién robado... todavía caliente.

Pero ese día uno de sus parceros empezó a mirarla con ganas hasta que se aburrió de mirar y decidió rasgarle la camiseta, mientras otro le amarraba las manos, y ese y el otro y varios que se animaron después la tocaron, la ultrajaron... "hicieron y deshicieron conmigo". Y al único que se atrevió a defenderla también lo violaron y le chuzaron un ojo. Blanca tenía ocho años. O tal vez siete o nueve, porque ella no llevaba la cuenta de los días ni de los años. Y tal vez era la Navidad, pero eso lo supuso mucho tiempo después, la primera vez que algún alma de buena caridad se aventuró a meterse en la olla en la que vivía, a un lado de Medicina Legal, con regalos para celebrar la llegada de ese Niño Dios al que apenas oía nombrar.

Desde entonces aprendió que era un buen día ese que llamaban Navidad, porque podían comer tamal con chocolate. Aunque le parecía mejor el día siguiente, porque bajaba con algunos de su parche a San Victorino a vender la ropa que les habían regalado a sus hijos.

Gasolina y remolacha

Fue madre a los diez años. ¿O tal vez doce? A esa edad ya metía hongos, marihuana y pepas, aunque lo más frecuente era chupar gasolina: cerca de El Cartucho se estacionaban los buses de Flota Sutatenza, y ellos sabían cómo abrir el tanque de combustible, meter un trapo y sacarlo empapado en esa gasolina que era su alimento y que les confundía la cabeza: por eso hay recuerdos a los que no podría ponerles una fecha exacta. Solo sabe que era la menor de las mujeres que algún día de su niñez llegó a parir al Hospital Materno Infantil: dio a luz a una niña que bautizaron de afán con el nombre de Sandra Milena y que al día siguiente fue enterrada en el Cementerio del Sur, muy cerca de la fosa común en la que han terminado muchos de sus conocidos de aquellos años.

Un tiempo después, a Blanca y a otras cuantas jóvenes del parche les propusieron a la fuerza un cambio de vida: se las llevaron para el Guaviare a trabajar a órdenes de un grupo de traficantes de droga. Allí nació un hijo que ella no supo de quién ni cómo: Juan Andrés. Un hijo al que mantenían en corrales con los hijos de otras mujeres que no podían decidir sobre sus vidas, y que a veces trabajaban en los cultivos, a veces en la cantina del pueblo, a veces las ofrecían como ñapa para aquellos compradores que querían divertirse un rato y que tenían derecho a elegir con quién se iban a la cama.

Las mantenían drogadas y amenazadas, pero recuerda que nunca antes había tenido asegurado un plato de comida cada día. Por desgracia, también guarda recuerdos atroces, como el de esos niños de pocos meses a los que rellenaban de aserrín y droga para enviar al exterior en brazos de las mulas y a los que les coloreaban las mejillas con remolacha para que parecieran vivos.

Cría cuervos...

Un día de fiesta en el pueblo rompió el candado de los corrales, sacó a su hijo y se escapó al monte. Se acostó con seis lancheros que la llevaron hasta un puerto seguro, y siguió pagando con su cuerpo el transporte para regresar a Bogotá: desde el ayudante de una flota que la escondió en la bodega hasta Villavicencio, hasta el taxista que la llevó desde la Terminal de Transportes hasta algún punto de la carrera décima, en el Centro, donde se volvió a sentir como en casa después de mucho tiempo.

Llegó con más vicios de los que se había llevado: por ejemplo, el bazuco, por el que alguna vez le empeñó su pequeño hijo a una jíbara llamada María la Negra. Se reencontró con sus parceros de tiempo atrás y muy pronto se convirtió en una de las seis mujeres de un apartamentero y jalador de carros que le enseñó a conseguir dinero en el bajo mundo.

Y también le enseñó a usar el cuchillo con el que más tarde lo mató por la espalda, cansada de sus golpizas y de sus ultrajes, una noche en que el hombre le pegó a su hijo y luego le rompió a ella la nariz de un cabezazo: "Había criado un cuervo y no sabía que más tarde le sacaría los ojos". No es el único muerto que lleva a cuestas. Estaba bebiendo, como de costumbre, en alguna de las cantinas de los alrededores de la Plaza España -Shangai, La minifalda, Tres esquinas, El coche azul, Imperial-, cuando una noche descubrió que un tipo se había sacado el miembro y se le acercaba a su segunda hija, que para entonces tenía dos años.

Rompió una botella contra la mesa y lo amenazó, pero muy pronto la rodearon los amigos del hombre. Sacó entonces ese cuchillo que no la desamparaba y se llevó a dos de ellos. Un tiempo después, el padre de la niña le descargó la pistola al único que había quedado con vida.

Domesticar al animal

"En ese momento le abrieron la jaula al tigre, y empecé a cobrarle a la sociedad lo que la sociedad me había hecho". Blanca se paraba en las esquinas y se iba con el que le ofreciera diez mil y pagara la pieza. Pero ya no era para acostarse con los hombres. Los engañaba, haciéndoles creer que les entregaría su cuerpo, y los convencía de que antes de ir a la cama entraran en ambiente con un trago. Se había vuelto una experta en "tomasiar" a sus clientes: dormirlos con burundanga y desocuparles la billetera.

Fue en aquella época cuando conoció a la Madrina: una joven con buena pinta que llegó a El Cartucho con la idea de ayudar a la gente. Pero Blanca no le veía las buenas intenciones, sino los anillos, el saco de rombos, la cartera y las botas de cuero. La primera vez que la vio estaba decidida a darle escopolamina en un dulce de café o en una gaseosa, pero ese día fallaron sus contactos y no logró su cometido. La mona, como llamaba al comienzo a Nohora Cruz, hoy directora de la Fundación Vida Nueva, siguió visitando la olla todas las semanas, se dio cuenta muy pronto de que Blanca era la líder de un parche importante de la zona, y enfiló sus baterías hacia ella.

Se fue acercando con paciencia, como quien se toma su tiempo para domesticar a un animal. Le dijo las primeras palabras amables que ella escuchó en su vida, le enseñó a leer y a escribir y empezó a mostrarle una luz al final de ese camino oscuro que había recorrido en sus casi veinte años, en los que había conocido casi todas las formas de la maldad y en los que, sin saber cómo ni a qué horas, ya tenía tres hijos de tres hombres diferentes.

La Bavaria y el Sanjuanero

Además de haber probado toda suerte de drogas, Blanca era una bebedora empedernida a la que muchos llamaban la Bavaria. También Pedro la conocía con ese apodo, y sabía que era una de las primeras en llegar a El Sanjuanero, el local de su familia con cuatro canchas de tejo, en la carrera décima con calle décima, que él ayudaba a atender.

Era un hombre de pocas palabras al que no le gustaba que el negocio se llenara de prostitutas, y por eso las atendía con cierta displicencia. Pero había algo en la Bavaria que empezó a tocarle el corazón: con frecuencia iba acompañada por alguno de sus pequeños hijos, de los que Pedro sabía que aguantaban hambre y soportaban maltrato. Muchas veces les dio algo de comer hasta que poco a poco se fue encariñando con ellos. Y por añadidura con Blanca, la única de las mujeres que visitaba el local a la que le entablaba conversación.

Hasta que un día, más temprano que tarde, le propuso matrimonio. La Madrina, que para entonces había logrado algunos avances en su trabajo social con Blanca, apoyó la idea y empezó a animar a su protegida. La familia de Pedro, en cambio, se opuso rotundamente: no entendían que él escogiera como esposa a una prostituta y pensaban que corría el peligro de que algún día se los devolviera en una bolsa negra.

Un mundo con paredes

Pedro y Blanca desfilaron sobre una alfombra roja en la iglesia de El Voto Nacional el día de su matrimonio: un 24 de diciembre. No fue fácil convencer a un cura para que los casara. En varios templos, después de oír la confesión de la Bavaria, les cerraban la puerta. Por eso fue aún mayor la alegría de la pareja, a la que acompañaron en su día muchos amigos, entre los que había ladrones y prostitutas, y no faltaron los que prendieron un cacho de marihuana en la iglesia o lanzaron voladores bajo el techo.

Celebraron hasta el amanecer con chicha y cerveza y adornaron el salón con claveles recogidos del suelo en el mercado de Paloquemao. Pedro le había pedido a su mujer que nunca más se volviera a parar en una esquina a buscar clientes, se había convencido de que el pasado era pasado y estaba dispuesto a olvidar los malos pasos de Blanca. Pensaba, sin embargo, que todo cambiaría como por arte de magia desde que recibieran la bendición del cura, pero tuvo que extender su paciencia mientras ella se acostumbraba a una vida que le era del todo nueva.

La llevó a vivir a un cuarto humilde en el barrio Juan Rey, pero no había pasado aún una semana, cuando su esposa se fue una noche a El Cartucho para celebrar con sus parceros y se demoró tres días. A Blanca le tomó mucho tiempo entender que su casa tenía cuatro paredes, porque su mundo era la calle. Le costó aceptar que Pedro tuviera una familia a la que visitaba de vez en cuando y que la gente durmiera de noche y estuviera despierta en el día. Su horario funcionaba al revés: por eso, cuando Pedro regresaba del trabajo —ha sido vigilante, obrero, conductor y mensajero— encontraba a la mujer dormida y a los tres niños con hambre y orinados.

Amor verdadero

Varios meses después de vivir juntos, Pedro invitó a Blanca a un hotel. Había puesto velas en la habitación y se esforzó por ser romántico. Le quitó la ropa lentamente, le dijo palabras bonitas y la convenció de que pasaran la noche allí: ella solo entendía esos sitios como lugares de paso. "Ese fue el día que conocí el verdadero amor", asegura Blanca, aunque a la mañana siguiente, cuando se despertó y comprobó que los dos estaban desnudos, salió despavorida y le confesó a su madrina que no quería vivir más con su esposo. Estaba avergonzada: no quería que Pedro pensara que eso lo había vivido con otros hombres.

Nohora le hizo entender que eso era el amor, y la vida de Blanca cambió para siempre. A punto de cumplir cuarenta años, agradece a Dios que la Madrina y Pedro se hubieran cruzado en su camino. "Ella no me parió, pero me enseñó a vivir. Y él me enseñó a amar y a entender el significado de la palabra familia". Al poco tiempo de casados, Pedro reconoció como propios a los tres hijos que Blanca tuvo antes del matrimonio.

En más de una ocasión tuvo que demostrarles a otros hombres que ella era ahora su mujer: nadie más tendría el derecho de desearla en adelante. De su unión tienen tres hijos más, el menor de ocho años. Blanca se convirtió en la mano derecha de Nohora Cruz en la Fundación Vida Nueva, que trabaja con las uñas y por cuenta de donaciones de gente de buena voluntad en la rehabilitación de 258 mujeres que han vivido experiencias tan duras y dolorosas como la de ella. Mujeres a las que Blanca les repite casi a diario que existe una posibilidad de ser felices, y las anima a encontrar un hombre como Pedro, "que no se enamoró de un cuerpo, sino de un corazón".

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