—Soñé con un hombre.

—¿Con un hombre?

—Un hombre alto, de un metro ochenta.

—Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.

—Sin embargo... —replicó la señora K buscando las palabras—, parecía normal. A pesar de la altura. Y tenía... oh, ya sé que te parecerá una tontería, pero... ¡tenía los ojos azules!

—¿Ojos azules? ¡Dioses! —exclamó el señor K— ¿Qué soñarás la próxima vez?

Cerré el libro. Me acomodé en el asiento del Boeing 777 que Air China estrenaba esa noche. Todos dormían, incluidos el par de gringos gordos que me apretaban a lado y lado. Tenía ganas de orinar, pero no lograba salir del aprieto. La melatonina que tomé en San Francisco para dormir no funcionaba y faltaban ocho horas aún de vuelo. Ocho largas horas, que sumadas a las dieciséis que ya llevaba desde Bogotá darían un total de 24 horas de viaje que me dejarían casi tan molido como si hubiera cavado un hoyo hasta llegar a la China.

Hastiado de ver películas de artes marciales en mandarín, recordé una historia que me contó mi papá en la infancia. Los diminutos japoneses que crecieron en la posguerra miraban de abajo a arriba sus 1,85 m de altura. Señalándolo le decían: ¡Supel-man! ¡Supel-man! En ese entonces los chinos también eran pequeños en todo sentido, venían de una hambruna que durante el Gran Salto Adelante de Mao Zedong dejó cerca de 30 millones de muertos (cinco veces los del holocausto judío, ninguna película al respecto) y estaban lejos de ser hoy el país con mayor crecimiento económico del mundo y de tener al jugador más alto de la NBA (Yao Ming de 2,27 m). Si alguien estaba a punto de sentirse pequeño, ese era yo.

Volví al libro, unas páginas atrás: "El señor K y la señora K tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos, los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales". Eran las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, un relato de ciencia ficción sobre la invasión de los humanos a Marte donde los extraterrestres éramos nosotros.

Cuando uno es el chino

Aún mareado por los efectos del jet- lag y las curvas de la carretera que tomé en Beijing, camino por la Gran Muralla China entre una maraña de turistas. Me siento insignificante, pero también, observado bajo un microscopio. No por esos satélites que han tomado fotos de la Tierra donde solo se ve es esta muralla que bordea más de seis mil kilómetros de montañas rocosas, sino por un tumulto de turistas chinos que me rodean y que me piden con señas tomarme una foto a su lado.

Tienen la tez clara, un poco parda, de casi todos los chinos, los ojos rasgados, pero, a diferencia de los marcianos de Bradbury, las voces fuertes y chillonas. Son clones sonrientes de clones que no distingo unos de otros, vestidos con pantalones de dril y camisas blancas de mangas cortas. Lo curioso es que, según me cuenta Tao, un guía que se niega a hablar de política, pero que habla con soltura de Higuita y del Pibe, los chinos no diferencian la cara de un inglés de la de un colombiano. Ambas les parecen iguales, ambas les producen risa. Ahora que poso con ellos, me siento como Rodney McDonald en piñata china. Mis nuevos amigos hacen el signo de la victoria y el flash ilumina sus caras de conejos sonrientes. Tras una venia de agradecimiento se dispersan y al fondo quedan las piedras desnudas de la muralla, cada una firmada por ese chino que hace más de dos mil años debió romperse la espalda subiéndolas hasta allá. Tallaban los nombres no por vanidad, sino para identificar y condenar a quien se le zafara una roca del muro. Disciplina china para protegerse de las invasiones bárbaras. La misma que hoy los hace una potencia económica, bélica y deportiva.

Bruce Lee tiene muchos primos

Su apellido, Li en mandarín, es el más usado en el mundo, con cerca de 90 millones, por encima de los 2,4 millones de gringos que comparten el apellido más popular de su país: Smith, como el magnífico Aníbal. Pero esto no es extraño, si uno recuerda que China es el país más poblado del mundo con más de 1.300 millones de habitantes, sin incluir los millones que están regados por el mundo en barrios chinos y hasta "encaletados" en ruinosas casas de Lima, Bogotá y Zipaquirá, el pueblito minúsculo de los 101 chinos ilegales que fueron encontrados por la Policía hace unos días.

Le digo a Tao que todos sus nombres me suenan igual. Él se defiende diciendo que lo mismo le pasa con los nuestros. Pero, según el libro que llevo por guía, ellos usan su apellido antes que el nombre y de los doce mil apellidos que compartían antes, ahora solo quedan tres mil. Lo peor es que casi una tercera parte usa solo cinco de ellos: Li, Wang, Zhang, Liu y Chen. Por algo dicen que cuando le preguntaron a Genghis Kan cómo conquistaría la China respondió: "Mataré a todos los que se llamen Wang, Li, Zhang y Liu. Con los demás no habrá ningún problema".

Hombre lobo en Pekín

Subo a un bus, el chofer señala mis piernas y dice: ¡hair!, ¡hair! (pelo, pelo). Cojo un taxi, el taxista me acaricia el brazo y exclama: ¡hair!, ¡hair! No es mariconería. En este país, donde la libertad de expresión no es su mayor bandera, la homosexualidad es tan mal vista que ninguno se va a poner a exhibir sus gustos no ortodoxos. Entro a un almacén enorme del gobierno repleto de ¨maravillas¨ chinas. Me mido u na bata en seda roja con un dragón bordado tipo Karate Kid, cuando de nuevo me veo rodeado. Esta vez, por una manada de jóvenes, delgadísimas y sonrientes vendedoras chinas. Me acarician los brazos y las mejillas. Me siento como Ricky Martin de gira por Tokio, solo que mis fans no alaban mis canciones sino mis pelos. A este almacén van los turistas para que no les metan gato por liebre, huesos de marrano por marfiles prohibidos, plásticos por jade. Por eso hablan el suficiente inglés para explicarme el motivo de su ataque. Les parece muy raro ver a alguien tan joven con una barba tan poblada. Las caricias cobran sentido: la chivera de Mr. Miyagi no es gratuita. Solo los más venerables y sabios ancianos pueden darse el lujo de lucir esos hilos que penden de sus barbillas como los de un pez gato. De ahí, lo de la "barbita china".

No soy el único dios lobo en la tierra del hombre de Pekín. Conocí a una colombiana a la que recibieron como si fuera J Lo cantando en los próximos Juegos Olímpicos de Beijing. Su atributo no era ser peluda, era tener una cara redonda como un pie y unos ojos tan grandes como los de las caricaturas orientales. Si acá veneramos a las rubias por su escasez, los chinos, de ojos chatos como ombligos, se rinden ante unos ojos saltones. Le gritaban a la colombiana en las calles: ¡pretty! ¡pretty! Y le acariciaban la cara. Razón tenía un cuento de Giovanni Papini al sugerir que un busto de la Venus de Milo es un trasto feo cuando está almacenado junto a un sinnúmero de réplicas. Entre ellas, un Gordillo pasaría por un Rubens.

No entiendo ni chino

Es mediodía en Bogotá, medianoche en Cantón. Duermen hasta las lagartijas, las serpientes y los grillos que vi enjaulados en el patio trasero del restaurante donde comí. Salto de canal en canal sin conciliar el sueño por el efecto del cambio de horario. Los colores chillones de un talk show chino resplandecen y unas letras se escurren por la pantalla como arañas muertas. Aparece en escena Nosferatu, en blanco y negro, atacando a sus víctimas en mandarín. Es aterrador. Bajo al vestíbulo. Pregunto por una buena discoteca. Nadie me entiende. ¿Estoy hablando en chino? Me hacen señas, me dan una tarjeta y asienten con la cabeza y la condescendencia de un boyacense.

Deambulo por calles de anuncios luminosos. Paso junto a un puente oscuro. Un hombre enjuto vende acuarelas en papel de arroz y de un rincón sale una humareda que asocio con una pipa de opio o una fogata indigente. No hay letreros ni direcciones en inglés. Estoy perdido. Tomo un taxi y entrego la tarjeta. El taxista acelera a fondo y en un instante estoy frente a un edificio viejo. Entro. Hay humo de nuevo. Me reciben dos chinas vestidas con trajes típicos de seda. Se ven como geishas desvalidas. Me siento en una mesa, repito un par de frases que me enseñan a decir, pero no a escribir: "Ni aiwa ma". "Ni mai li". Me dicen que significan, "te amo" y "eres bonita". Vuelven a deslizarse las palabras como arañas por una pantalla gigante y unos maullidos en mandarín me sacan despedido de lo que ha resultado ser un prostíbulo disfrazado de karaoke.

SE HABLA: $$$

En la China hablan mandarín, pero en los mercadillos, el lenguaje universal es la calculadora. Levanto un buda y descubro una escena erótica labrada bajo su base: pura espiritualidad china. Señalo un pincel de pelos de bigote de ratón y el vendedor extiende una Casio solar con un número: el precio que pide. Hago una contraoferta digital y sigue el regateo hasta que me voy con una ganga, una "antigüedad recién envejecida".

Junto a la plaza de Tian'anmen, la misma donde ocurrió la matanza de los miles de estudiantes que se manifestaron en contra del gobierno en 1989, está la tumba de Mao. Allí, cientos de chinos forman una cola de cuadras y cuadras para pasar frente al cuerpo embalsamado de Mao, un ídolo trasnochado y brutal que descansa en paz solo porque no oye los gritos de los vendedores ambulantes de la zona: ¡uán dola!, ¡uán dola! Un dólar, el precio que piden por unos souvenirs que tienen a Mao rebajado a Mickey Mouse del socialismo. Como ocurrió con el Che Guevara, el símbolo del comunismo en China fue víctima del mercadeo y la piratería. Su imagen e ideas se venden a granel en forma de bustos, insignias, cachuchas de la revolución y pequeños libros rojos. El cielo amenaza con romperse en un aguacero tan estrepitoso e inminente como la caída del socialismo en un país en donde venden hasta los números de las placas de los carros a los supersticiosos. Yo solo compro una sombrilla de "uán dola".

Bon appétit!

Un taxista de San Francisco agradecía la llegada de los chinos a su ciudad. Según decía, medio en broma, medio en serio, su apetito había exterminado hasta el último ratón. Con esa fama y viendo cómo sorben una especie de changua oriental y se empujan con los palitos chinos a la boca la comida que sirven en bandejas giratorias, vuelvo a hacer la pregunta infantil que siempre hago cuando voy a probar un bocado y lo señalo. ¿ Guau, guau? El mesero ríe y repite lo mismo de siempre: ¡Pork!, Pork! (cerdo, cerdo) Y seguramente lo es. La comida que para nosotros suena asquerosa, para ellos es una miel no apta para asnos. El oro que comen rociado sobre unos moluscos a los que les dicen "orejas de mar", las aletas de tiburón, los cocodrilos, las tortugas, las anguilas, los nidos de golondrina y los licores embotellados con serpientes son exquisiteces costosas que no van a desperdiciar en amantes de la "gastronomía" McDonald's que ha invadido las ciudades chinas.

Un pequeño emperador en casa

Tras los arrozales, bajo los sombreros en cono de los campesinos, entre el tumulto de las bicicletas, las motos y los carros made in China que van y vienen como insectos metálicos por puentes hasta de tres pisos y tras los edificios que brotan como maleza en ciudades como Shanghai, se ocultan parásitos que amenazan a ese niño hiperactivo que es la China, un bebé que crece y crece como si en vez de leche tomara esteroides. La política de control natal de un solo hijo ha resultado perversa. Los campesinos prefieren tener hijos varones que les sirvan como mano de obra, así que el aborto y el infanticidio femenino han hecho que el número de mujeres sea mucho menor que el de los hombres. Se estimaba, hace unos años, que existiría hoy un ejército de 60 millones de solterones desesperados. Por otro lado, en las ciudades, los hijos únicos son cada vez más, así que el otro ejército que se está formando es el de los llamados pequeños emperadores chinos. Niños mimados, groseros y despóticos como los que han venido de excursión a X'ian a ver ese ejército de guerreros de terracota que el emperador Quin, el primero en unificar la China, mandó esculpir a imagen y semejanza de su ejército personal, cuando tenía solo trece años, para que los enterraran con él. Los pequeños emperadores me señalan y sacan la lengua en son de burla colegial.

El yin y el yang

Flotando en un río de Quillin, una balsa de guadua sostiene a un anciano. Un bigote y unas barbas finas le cuelgan del rostro como agujas de hielo. Carga sobre su espalda una vara y sobre ella dos cormoranes. Señala el agua, emite un ligero chiflido y los dos pájaros negros se sumergen. Tras unos minutos de silencio, uno de ellos regresa jadeante. El hombre lo toma del cuello y el animal intenta tragarse el pez que ha cazado, sin saber que el pescador le ha atado un lazo al pescuezo, con tal fuerza que solo logra pasarse los peces más pequeños. No hay escape. Tiene que regresar, siguiendo más un instinto de conservación que uno de apego a su amo. El viejo saca el pez que asfixia al cormorán y lo echa en un canasto junto al resto de peces moribundos. Esta forma de pesca persiste pues es una de esas rarezas que a los chinos les gusta mostrar y a los turistas fotografiar. Pero aparte de este atractivo turístico que más parece una metáfora de un sistema que estrangula a los campesinos por un cuenco de arroz, hay otra realidad, también primaria e inhumana, que prefieren no ver. La realidad de un país de diferencias abismales entre el campo y las ciudades, en donde un ciudadano de Shanghai (el centro financiero de la China ) tiene un ingreso de US$5.000 al año (cinco veces el de un chino promedio) que le alcanza para gastar casi US$14 al día y en donde un habitante de Yongjing vive con menos de un dólar diario. La desigualdad es tal que, según denunció el China Daily, un muro de dos kilómetros de largo fue construido junto a una carretera para esconder la pobreza de ese distrito de la vista de los conductores y turistas.

Un cuento chino para dormir

"Si cavas un hoyo, tarde o temprano llegarás a la China" me dijeron una vez. Se equivocaban. A mi regreso soñé que compraba un globo terráqueo, lo atravesaba con un cuchillo filudo justo en el corazón de Colombia. Llegaba a Sumatra. Repetía el experimento, esta vez desde la China. Llegaba a Buenos Aires, a los verdaderos antípodas de ese país tan lejano y cercano como nosotros a ellos. Se abría un túnel de trece mil kilómetros de profundidad que atravesaba la Tierra. Llegaban hordas de "pequeños emperadores" cargados de mercancías baratas, hordas de señores Li buscando mujeres de ojos grandes con quién casarse, hordas de señores Wang hacinados en tierras amuralladas. Ya no llegaban a poblar barrios chinos a manera de guetos ni se escondían temerosos en casas ruinosas esperando la oportunidad de cruzar la frontera para alcanzar un sueño americano. Eran chinos orgullosos de su estirpe milenaria, hombres fuertes y bien alimentados que venían a ejercer su dominio sobre Occidente. Chinos que recibían a nuestros presidentes arrodillados para negociar tratados de libre comercio. Chinos que venían del "Reino del Centro", herederos de esos emperadores que pensaban que la Ciudad Prohibida en Pekín estaba ubicada justo en el centro del firmamento. Que cuanto más lejos estuviera uno de ellos, menor era el lugar que ocupaba en la jerarquía cósmica del universo. Chinos y chinos clonados de otros chinos que creían, como sus ancestros, que los desventurados y bárbaros seres que poblaban la oscura periferia de la Tierra, éramos nosotros y no ellos.

Era un sueño, repito, no un análisis político sobre el despertar "del gigante del siglo XXI", de "la nueva superpotencia" o del "dragón dormido" como no se cansan ahora de llamar a la China. Puro cuento chino para dormir, como este relato. Una crónica marciana de un viaje remoto de veinte mil millas de vuelo, ida y regreso.

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