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Publicado 2007-06-19

La colombiana más tetona

Por Marta Orrantia

Nadie se queda mirándola raro si la ve por la calle. Los viejitos sí, dice ella, "porque son unos morbosos", pero no me consta. Nadie gira la cabeza, los niños no la señalan con el dedo, en general, no pasa nada.

La colombiana más tetona.

Marisol García es una mujer normal. Una colombiana promedio. Bajita, como casi todas las colombianas; con curvas, como casi todas las colombianas; de pelo negro, piel trigueña y ojos grandes y oscuros, como casi todas las colombianas.

Si uno pasa mucho tiempo con ella, varias horas digamos, comienza a notar algo. Una incomodidad. Una leve joroba. Un constante cambiar de postura. Pero eso es todo, hasta que se desviste.

Bajo la chaqueta —siempre usa chaqueta— tiene un polo de algodón grueso, que le queda grande de mangas y un poco largo. Es más una camisa de hombre, pero el resto en ella es muy femenino. Las uñas pintadas, el maquillaje bien puesto, los jeans apretados y el cinturón de taches. Debajo del polo hay una faja negra y entre la faja se asoma un brasier de encaje beige voluptuoso e imponente.

Puede ser la más tetona del país. "Proporcionalmente para su cuerpo y para su edad son unos senos enormes", asegura el oncólogo mastólogo Ramiro Sánchez, del Instituto del Seno, que es el médico que tomó su caso. "Las mujeres gordas tienen senos de cuatro o cinco libras, pero en pesos de más de cien kilos. Ella puede tener senos del mismo peso, pero en 48 kilos".

Marisol nunca se los ha pesado, aunque sabe que pesan mucho, y su talla real aún no la conoce. Compra los brasieres más grandes que se encuentran en el mercado nacional, que son 42D. Según me explica su mamá, 42 es el tamaño de la copa y las D son el tamaño del contorno del busto, o sea el ancho. Aún así, no le sirven. "Cuando no se me salen por arriba, se me salen por abajo, y casi siempre prefiero que se me salgan por abajo, porque es menos incómodo", dice Marisol, pero en cualquier caso los brasieres deben sufrir un proceso de transformación enorme antes de poderlos usar. "Mi mamá trabajó en una empresa de confección de ropa interior, entonces ella me los arregla".

Para probarlo, Rosalba, la mamá de Marisol, destapa una máquina Singer de más de 35 años que guarda bajo un manto de encaje blanco. La máquina es vieja, pero bien cuidada, con el cuerpo de hierro empotrado sobre una mesa de madera. "Aquí le hago todos los arreglos", dice Rosalba. Las tiras ajustables del brasier las recorta hasta dejarlas fijas y las pega en la parte de atrás, para que no se rueden con el peso. Marisol hace el resto con una mano poco experta. Adelante junta las dos partes de encaje y las une con un hilo de cualquier color.

"En las fábricas no se hacen brasieres grandes", explica Rosalba. "Como se hacen por moldes, esos brasieres grandes son catalogados como 'deformación' y como son pocas las personas que los usan, pues simplemente no se fabrican. Empiezan en 30 y acaban en 42, ocasionalmente 44, y las letras van de la A a la D".

Justo el día anterior había oído hablar de una fábrica en Cali que confecciona brasieres para mujeres obesas y pueden llegar hasta la letra K, pero todo lo que hacen es para exportar a Estados Unidos, donde el mercado es enorme. En Colombia, ser diferente resulta complicado.

Sin embargo, la vida de Marisol no estuvo marcada desde siempre por ser diferente ni nada por el estilo. "Yo recuerdo que a los trece o catorce años era plana", dice. De esa época datan las últimas veces que usó un vestido de baño. A los dieciséis comenzó a crecer y lo que debieron parecer al comienzo unas curvas bien puestas, se convirtieron luego en un dolor de cabeza y en un trauma.

"Ni mi mamá ni mis hermanas son así. Eso no es de familia", dice Marisol, y luego, como si pensara un poco más, "solo quiero que mi hija no herede esto".

Su mamá es una mujer menuda y hermosa, de pelo negro y unos ojos llenos de vida y profundos, que heredaron su hija y su nieta. Crió sola a cuatro hijas y Marisol es la menor. A los veinte años, con una talla de brasier un poco más pequeña que hoy, comenzó a estudiar ingeniería de sistemas en la universidad. Allá conoció a Beto, su novio, y quedó embarazada. Dejó sus estudios y después de vivir seis meses en casa de los papás de Beto, se devolvió a su casa, en el barrio Alameda, al sur de Bogotá, en la falda de la montaña donde está clavada Ciudad Bolívar.

Ahí nació Natalia, su hija, hace tres años, y desde ese entonces, dice ella, no han parado de crecer. "Apenas nació Natalia se me pusieron enormes. ¿Y para qué servían? Para nada, porque ni siquiera me salía leche. Natalia solo tomó leche mía un mes, porque salían puras goticas".

Todo esto lo cuenta a bocajarro, mientras almorzamos en un restaurante de un segundo piso en el centro de Bogotá. Ella pidió un lomo de cerdo asado, que venía con fruta, papas, arroz y ensalada y comenzó a comer con gusto y a hablar de su vida.

Hace dos años y medio fue la primera vez que intentó operarse. Como Marisol no trabajaba, estaba afiliada al Sisbén y consultó con doctores y especialistas, que le recomendaron una operación. El día que estaba programada la cirugía, Marisol llegó al hospital de Kennedy, donde una doctora desestimó su operación por considerarla un asunto de "estética", algo que no cubría el Sisbén. "Lo que ocurrió fue que me mandaron a tomar unas radiografías, y como todavía no tenía un problema de espalda visible, les pareció que era innecesaria la operación".

Intentó de nuevo. Esta vez con otro médico y en un hospital diferente. Al llegar el día, el doctor no la pudo operar porque tenía un esguince en un dedo. Reprogramaron la cita y cuando volvió a presentarse, su nombre había sido misteriosamente borrado de la programación diaria de cirugías.

Se dio por vencida durante un tiempo, pero hace poco volvió a intentarlo. Visitó un mastólogo, que la remitió a un cirujano plástico. El médico le dijo que podía ser un problema hormonal, así que la mandó a hacer dieta y ejercicio para comprobar si luego de un tiempo sigue habiendo crecimiento o no. Si no crecen, la operan enseguida. Si crecen, habría que hacerle otros exámenes, darle remedios para controlar las hormonas y ver cómo reacciona. Luego de todo eso, sí podrían operar.

"Este es de los últimos gustos que me estoy dando", dice, cuando va por la mitad de su lomo de cerdo.

Lo suyo es un cambio radical, nada de quitarse un poquito. "Quiero quedar talla 34 B. Lo primero que haría sería comprarme un vestido de baño, porque ahora no me meto en una piscina, y si lo hago, es con pantaloneta y camiseta".

¿Y luego? Quién sabe luego cómo le va a cambiar la vida. Por ahora tiene claro que toda su familia quiere que se opere. Beto, su novio, le dice que a él no le importa, pero que está con ella si esa es su decisión. Su mamá dice que el trauma es insoportable, que debe operarse por su tranquilidad, para que ande derecha.

Marisol dice que toda su vida está marcada por el hecho de tener unas tetas enormes y que no se imagina el milagro que será no tenerlas ya.

"Para empezar, siento dolor todo el tiempo. No puedo estar parada mucho tiempo, pero tampoco puedo estar sentada". En la Secretaría Distrital de Integración Social, donde trabaja desde enero sacando fotocopias y escaneando en el área de contratación, tiene una mesa especial para que se ajuste a sus necesidades. "Hay una silla con rodachinas que uso en ocasiones para trabajar. A veces, sin embargo, tengo que estar de pie para no cansarme tanto".

Ese no es el único lío y el dolor de espalda no es el único dolor constante. Las tiras del brasier pesan tanto que tiene unas marcas indelebles en los hombros, unas rayas gruesas y rojas, como cicatrices de algún golpe fuerte. "No puedo usar tiras delgadas porque se rompen, así que uso gruesas, pero siempre me tallan. Me hacen nudos en el cuello, entonces estoy cada rato bajándomelas para hacerme masajes". También tiene manchas en la piel, dice, por el roce constante de los brasieres.

Ponerse un brasier es una tarea ridícula. Lo que la mayoría de las mujeres hace sin pensar, para Marisol es un problema. "Tengo que acomodarme el pezón porque como me quedan tan apretados, a veces el pezón termina en una posición y a veces en otra". Y al final del día, el dolor es tan grande que no puede resistirlo más y tiene que llegar a su casa a quitárselo todo.

Cuando está con Beto, tampoco se siente cómoda. "Nunca me quito el brasier en la intimidad. A veces ni siquiera la camiseta. Y obvio que Beto las ha visto, pero no me gusta".

De resto son cuestiones estéticas que a veces para una mujer son más importantes que la misma salud. "No tengo un juego de ropa interior. Nunca lo he tenido, porque si uno compra un juego talla 42, los calzones son enormes, como de viejita".

Y si para ella es difícil comprar ropa interior, a veces es imposible comprar ropa. "Nada me sirve porque en este país todas son tallas únicas, y las tallas grandes son blusas de señora, así que comparto mucha ropa con mi mamá".

Para comprobarlo, nos fuimos a medir ropa al centro comercial El Tunal, que queda cerca de su casa. En el primer almacén al que entramos, un Pat Primo, había tallas grandes. A pesar de ser bajita, a la vendedora le bastó una mirada para pasarle un top negro escotado talla 16, lo que equivale a una XL. Cuando se la midió no causó el efecto esperado de asombro. Le quedaba bien. Un poco ajustada, pero el escote era el apropiado.

"No me siento cómoda con esto", dijo, señalando una raya profunda donde se juntan las dos tetas. "Se ve vulgar".

Se midió otras dos cosas y le gustó una camisa de algodón verdoso de cuello nehru, con bordados morados. Le quedaba enorme de mangas y de cintura, pero le tapaba el escote, y eso parecía ser lo único importante.

Luego fuimos a los almacenes de talla única, tiendas donde venden camisetas y tops de fiesta con colores brillantes y lentejuelas. Había una señora cuarentona midiéndose una blusita escotada amarillo con negro. Marisol buscó lo que más le gustaba y entró en el cambiador. Todo le quedaba apretado, pero tampoco se veía mal.

Cuando salimos, me preguntó: "¿Vio a la mujer que se medía la blusa amarilla? A ella sí se le veía bien". Estoy en franco desacuerdo.

"¿Usted qué opina?", le pregunté a la vendedora de la última tienda que visitamos, un lugar llamado Yasmat, que vendía hasta talla L. "Yo he visto mujeres con ese busto antes. No me parece anormal". A pesar de su comentario amable no compramos nada.

Cuando salíamos del centro comercial le pregunté si era cierto ese mito de que a los hombres les gustan un par de lolas grandes. "Es una cuestión generacional, creo. A los jóvenes no les gusta. Las prefieren chiquitas". Pero está Beto… "Está Beto, es cierto, pero su hermana siempre se burla. Le dice: 'Fíjese lo que usted me molestaba por ser tetona, diciéndome que eso era feo, y mire con quién terminó usted'".

Parece como si al hablar de eso estuviera exorcizando todos sus miedos. A veces sorprende su franqueza, la forma en la que dice que hay quienes se burlan de eso. Ella dice que es una mujer sensible y llorona, pero con este asunto ha sacado costra. Lo de los viejos verdes lo desestima con un leve temblor y una mueca de fastidio. El comentario de su cuñada lo cuenta como si estuviera haciendo un chiste. No llora, no se entristece… tal vez se joroba un poquito. Cuando uno ve a Marisol, ve a una mujer inteligente, cariñosa, como tantas otras colombianas. Una mamá que se levanta en las mañanas para ir a trabajar, y que llega tarde en las noches después de estudiar una carrera tecnológica. Una novia que va a cine con su enamorado y que le sigue diciendo que por ahora no se quiere casar. Nadie se imagina nunca que tenga que cargar, literalmente, con un peso tan grande. La verdad es que Marisol sabe disimular su problema, tanto por fuera como por dentro.
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