Nunca sentí la obligación de llegar lejos y, sin embargo, más de alguno podría sentir que lo he logrado: escribo esto desde la mismísima Conchinchina. Ha sido un trayecto largo. Pero como dijo Lao-tsé, hombre de esta parte del mundo y fundador del taoismo: un viaje de mil millas comienza con el primer paso.

En mi caso, el primer paso fue caminar hacia el taxi, un miércoles en la tarde. De ahí, acelerar rumbo al aeropuerto de Buenos Aires. Luego vendría una escala del avión en Ciudad del Cabo, la segunda en Johannesburgo y la tercera en Kuala Lumpur, antes de aterrizar aquí el viernes al mediodía. Todo el jueves perdido en el aire, entre cambios de horario que se pasaban bebiendo pequeñas botellitas de Jack Daniels, y recibiendo bandejas de comida donde rápidamente se mezclaban el almuerzo y la cena y el desayuno. Para ir a la Conchinchina se vuela contra los husos horarios, lo que tal vez explique algo del dicho: nada queda más remoto que la idea de avanzar contra el rumbo de la tierra.

Aunque algunos la llaman Conchinchina y otros Cochinchina, el nombre más certero podría ser Cochinchine, en francés. Esta zona fue bautizada así por los franceses, durante su invasión en 1787. La Conchinchina comprendía buena parte de la actual Vietnam, y su capital era Saigón. En el antiguo edificio del gobierno de la Conchinchina hoy funciona un museo de la historia vietnamita, y en él todavía se lleva a cabo una vieja tradición: los recién casados se fotografían, vestidos de novios, junto a la fachada del edificio.

Desde el fin de la guerra entre Vietnam y Estados Unidos, hace treinta años, Saigón ya no se llama Saigón. Ahora se llama Ho Chi Minh City, sin embargo, mientras uno recorre sus calles en moto, y come arrolladitos nem bebiendo cervezas en el mercado de la ciudad, vuelve la idea de estar en la Conchinchina. En un lugar lejano como hay pocos.

La vida comercial en la vieja Saigón no tiene pausa. Se puede conseguir casi de todo, durante las veinticuatro horas. Desde maletas falsificadas y pastillas para dormir, hasta un buen masaje a seis manos, con tres vietnamitas esparciéndote aceites mientras ríen en un idioma que no entiendes, pero que también te da risa, o más bien, cosquillitas.

En Ho Chi Minh City, más que en cualquier otra ciudad de Vietnam, nada hace pensar que estamos en una de las cinco repúblicas socialistas que van quedando en el mundo. Salvo, claro, por las banderas rojas de cada esquina, o los lienzos con la hoz y el martillo en cada calle, o la cara de Ho Chi Minh en cada billete. Mirando las cifras, esto se reafirma: después de China, Vietnam ha sido el país de Asia que más creció el año pasado. Gran parte del despegue se debe a esta ciudad, la otrora capital de la Conchinchina. La ciudad donde viven más extranjeros. La ciudad del mayor tráfico vehicular. La ciudad donde están las multinacionales. La ciudad en cuyos suburbios familias enteras, incluidos los niños, cosen por veinte dólares al mes las pelotas de fútbol y la ropa deportiva que se usará en los principales campeonatos europeos.

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Nunca cambiarás, así te vayas a la Conchinchina. Unas semanas antes de venir hasta acá, escuché a una mujer gritándole esa frase por teléfono a su marido. Me tomaba un café leyendo una guía de Vietnam, preparando el viaje, cuando desde la mesa vecina la mujer engañada le enrostraba a su marido tan dura sentencia: no importaba la distancia, las personas somos iguales hasta en el sitio más lejano de la tierra.

Por un segundo, tuve ganas de preguntarle a la mujer engañada si ella conocía la Conchinchina. Finalmente, preferí guardar silencio. Aunque cada tanto, durante este viaje la frase-grito vuelve: nunca cambiarás, así te vayas a la Conchinchina.

Es pasada la una de la madrugada y en la discoteca del Sheraton de Ho Chi Minh City todos nos movemos al ritmo de Aspen, una banda de cuatro negros y dos latinos que han llegado directamente desde Estados Unidos (desde Nueva York, dice el afiche del ascensor) para entretener por dos meses las noches de Saigón.

La escena es extraña. Por los ventanales del piso 23 se ve casi todo Ho Chi Minh. La banda toca éxitos bailables de los años 80, como Electric Light Orchestra, que todos seguimos con las manos en alto, y con los vasos en alto, con los whiskies o champañas en alto, mientras las más sofisticadas vietnamitas siguen el ritmo arriba de sus tacos altos, y al fin de cada canción todos aplaudimos, y claramente hay dos tipos de vietnamitas esta noche: las que hablan inglés desde el colegio o las que lo aprendieron para tener clientes en dólares. Cuesta diferenciarlas. Como cuesta diferenciar a los extranjeros que están viviendo en la ciudad como ejecutivos de multinacionales, o los que vinieron al sudeste asiático en plan de turismo sexual. Esta noche todo se confunde, como casi siempre que uno es extranjero en la Conchinchina.

En la ciudad no hay discotecas, así que las fiestas de los hoteles cinco estrellas son las mejores de la ciudad —me había dicho un par de días antes una vietnamita con voz suave y sensual de nombre Xinh. Y era cierto.

Mientras la noche avanza, y los Aspen se bajan del escenario secándose la frente con pañuelos mojados y bebiendo ron en vasos largos, los asistentes al salón principal del Sheraton siguen saltando al ritmo de la música occidental, y el reloj avanza, y parece que apenas ha pasado un rato cuando ya estás en tu cuarto, y por la ventana de la habitación comienza a aparecer el sol del Asia milenaria, cubriendo esta esquina del mundo que alguna vez se llamó la Conchinchina, y donde aunque uno quiera cambiar, termina siendo el mismo. El de siempre.

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Hay muchas maneras de llegar a la Conchinchina. Theodore Roosevelt alguna vez dijo "habla con suavidad y lleva un buen garrote, así llegarás lejos". Lisa, Terry y Sandra decidieron llegar lejos de otra manera. Se vinieron hasta Vietnam navegando por el Mekong.

Lisa, Terry y Sandra se conocieron viajando por el sudeste asiático. Cada una por su cuenta. Una de Nueva York, otra de Sydney y la tercera de Montreal. Las dos primeras en Tailandia y la tercera se les unió en el barco que las traía a Vietnam. Lo divertido del asunto es que las tres, viniendo de ciudades y países diferentes, están vestidas iguales, tienen la misma guía de viajes, llevan tics similares y hasta toman fotos enfocando hacia el mismo ángulo. Aquí en la Conchinchina hay muchos turistas jóvenes, universitarios del primer mundo que deciden pasar sus vacaciones explorando por el día, y juntándose en bares para turistas jóvenes del primer mundo por la noche. Lisa, Terry y Sandra andan en aquel plan y las encuentro ahora mientras navegamos por el río más largo de Asia.

En el Mekong se ven casas flotantes, ferias flotantes, barrios flotantes, familias flotantes, hay tanto movimiento que no hay cifras exactas de la población flotante del Mekong. El delta más famoso de Asia, plagado de huertos y pantanos y arrozales, se extiende de los límites de la ciudad de Ho Chi Minh en dirección sudoeste hacia el golfo de Tailandia. Para visitarlo en cualquier oficina de turismo venden viajes de uno, dos, tres, cinco y hasta quince días, donde se puede recorrer arrozales y fotografiar la típica postal de los campesinos bajo esos sombreros cónicos, los Non La. Cuando llega a Vietnam, el Mekong ya ha recorrido más de cuatro mil kilómetros de Asia, naciendo en la meseta tibetana, pasando por China, bordeando Birmania, rodeando Laos, la frontera tailandesa antes de cruzar Camboya para llegar hasta aquí, donde vamos ahora, camino a My Tho, la parada donde conozco a Xua.

Xua es un tipo que en vez de pierna derecha tiene un palo plástico y cuyas manos fueron derretidas por las secuelas del gas Napalm, pese a lo cual Xua pide dinero a los turistas siempre con una sonrisa. Las tres chicas sonríen comprando inciensos para sus departamentos de solteras, mientras el resto del barco espera amablemente a una pareja de robustos turistas alemanes que se quiere fotografiar con Xua y su pierna de palo al estilo de una vieja película de piratas, aunque su caso apenas sea el de un campesino sin grandes proyectos, al que un día le explotó una bomba demasiado cerca como para alcanzar a correr. En la Conchinchina hay mucha gente mutilada.

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En la Conchinchina la gente come con palitos, toma sopa empinando el plato, duermen en el suelo, las mujeres se protegen del sol con largos guantes de seda, muchos hombres se dejan crecer la uña del dedo meñique, en vez de masticar chicle se mastica ajo, el deporte más masivo es el bádminton, pero también hay cibercafés, cadenas de hamburguesas, todo tipo de cocacolas, cines con películas de Hollywood, centros comerciales con escaleras automáticas, bowling y crédito.

La gente cruza la calle por la mitad de las avenidas, sin importar los semáforos, y la forma más conveniente de moverse es en moto-taxi.

Hago parar una moto e indico mi destino con un papel donde llevo anotada la dirección. El viaje en moto es rápido y el tipo que maneja empuja su cuerpo hacia la derecha o hacia la izquierda, según a donde doble, y en el viaje pasamos por la esquina de Le Loi y Nguyen Hué, donde está el famoso hotel Gran Rex, que de alguna manera puede ser un resumen de la historia de la ciudad de los últimos años. Comenzó siendo un taller de la Renault y la Peugeot de la comunidad francesa de la ciudad, en la época de los franceses. Durante la guerra con Estados Unidos alojó a los oficiales de prensa y a los corresponsales invitados por el departamento de Estado americano y ahora es un hotel de doscientas habitaciones, bar hasta la madrugada, una terraza de bufé libre que es todo un éxito y fiestas con orquestas bailables los fines de semana donde abundan turistas muy gordos con vietnamitas más flacas.

Un par de cuadras más allá atravesamos el Mercado Ben Than, un mercado imperdible donde se vende ropa occidental pirata y artesanías vietnamitas y camisetas rojas con la estrella amarilla y banderas con la cara del tío Ho y zapatos y chaquetas y vestidos y ahí mismo hay una zona de puestos de comida donde hay todo tipo de arrolladitos fritos y otros envueltos en papel de arroz, rellenos de camarones o de carne de cerco o cebollines, que se pueden acompañar con té verde, pero por el calor es mucho mejor hacerlo con una cerveza Tiger, todo por menos de dos dólares.

Durante el viaje la calle está repleta de motos, porque en la ex Saigón hay motos y motos por todos lados. Cientos de motos. Miles de motos. Millones de motos que, en algún momento, te hacen sentir que la Conchinchina es una zona que se mueve con cincuenta centímetros cúbicos y un motor pequeño que se oye como millones de avispas juntas.

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Muy lejos está la Conchinchina. Tras el asesinato de varios misioneros españoles y franceses en 1858, España y Francia emprendieron una larga expedición de castigo contra los lugareños que terminó con la ocupación francesa de Saigón y Da Nang. Fue en España donde, a partir de dichas expediciones, comenzó que algo muy lejano "está en la Cochinchina".

Después de ser bautizada por los franceses como la Cochinchine, esta región de Vietnam formó parte de Indochina, junto con Annam, Tong-king, República de Khmer y Laos. Durante la Segunda Guerra Mundial, con la derrota de Francia, Japón ocupó toda la zona. Tras la última guerra contra Estados Unidos, se formó el estado de Vietnam, del que la Conchinchina forma parte hasta la actualidad. La guerra que más se recuerda en Vietnam no es, precisamente, la de la Conchinchina. El gran orgullo nacional es la derrota impuesta a Estados Unidos hace treinta años. En el centro de Ho Chi Minh hay un museo de la guerra. Ahí veo a Marion y Mary.

Marion tiene más de cuarenta años y es de Michigan, Estados Unidos. Marion es delgada y es fumadora y es de Libra y es primera vez que viene a Vietnam. Anda de la mano de su hija de quince años, de su hija Mary. Mary es la única nieta de un soldado estadounidense muerto aquí hace casi cuarenta años. Ahora, las dos recorren el Museo de los Crímenes de Guerra, en la calle Vo Van Tan. Mientras miran las fotos están en silencio. Al igual que ellas, tampoco habla casi ninguno de los turistas que recorren esta selección de las fotos más impactantes de la guerra emblema de los años 70. El silencio se hace más incómodo en la zona donde se exhiben unos frascos con los fetos desfigurados por el gas mostaza de niños vietnamitas que no alcanzaron a nacer. Según varias guías de viaje, este museo es la atracción más popular de Ho Chi Minh City. Diez años después del fin de la guerra, se reanudaron las relaciones entre Vietnam y Estados Unidos. El año 2000 vino en visita oficial Bill Clinton a Ho Chi Minh y Hanoi, y próximamente Vietnam Airlines conectará Los Ángeles con Ho Chi Minh, para cuya ruta ya han encargado cinco de los aviones más grandes del mundo. Definitivamente, la Conchinchina cada vez está más cerca. O será que el resto, cada vez hemos ido más lejos.

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