Allá, mucho más allá de la profunda oscuridad y del aguacero, allá entre la maleza húmeda y fría, el soldado Jaír Papamija Anacona se está muriendo. A sus 22 años de edad se va de este mundo con su uniforme hecho jirones, con su brazo derecho destrozado, el rostro herido por las esquirlas y sin siquiera oír sus propios gritos de dolor. Papamija está en medio de la sordera absoluta que le quedó al explotar una mina antipersona que colgaba de un arbusto, como un fruto sangriento listo para una cosecha horrible.

Los pilotos de los dos helicópteros Black Hawk de la Fuerza Aérea Colombiana que quieren rescatarlo no saben cómo se llama ni lo han visto jamás. Pero van presurosos como si se tratara del ser más amado de sus vidas. Vuelan a 150 nudos, unos 270 kilómetros por hora, pero reina una sensación de inmovilidad, pues la oscuridad y la lluvia hacen imposible ver un punto de referencia. La cabina es como una habitación negra en la que todo se hace a tientas. Sin embargo, los pilotos divisan los detalles del suelo con sus visores nocturnos: allá se ve una cúspide, allá el otro helicóptero, en el fondo del valle el río con sus monumentales piedras y, sobre todo, las luces que salen de entre la montaña: es el fuego del ataque guerrillero.

—"Yo entro caliente por la derecha".

Un oficial comunica desde la otra nave que va a disparar por ese sector para repeler el fuego. El cruce de disparos suena como el maíz pira cuando está reventando. Las naves cruzan intactas esta primera línea de fuego, pero los pilotos advierten que será difícil  atravesar las tormentas. Es más, es imposible. Alguien ordena regresar y en el rostro de todos se dibuja la preocupación. Ellos saben que Papamija se está muriendo allá en la distancia, a las once de la noche de este tormentoso jueves primero de febrero.

El vuelo de regreso a casa tarda 30 minutos. Pero parecieron una eternidad. La frustración de no haber podido cumplir la misión pesa demasiado. Las naves aterrizan en el Comando Aéreo de Combate Número 5 (Cacom-5) en la base aérea General Arturo Lema Posada de Rionegro, a 35 kilómetros de Medellín, Antioquia. Es medianoche, pero ninguno se va a descansar.

El equipo de pilotos acude, una vez más, a una reunión para planificar de nuevo el rescate. Aunque saben que solo podrán salir cuando las condiciones del tiempo se lo permitan, tal vez en la mañana, repiten una y otra vez los movimientos que van a realizar.

Parece una reunión de ejecutivos de una multinacional. Estudian factores de riesgo, analizan la competencia, consideran márgenes de ganancias. No les falta nada. Tienen libretas de apuntes, videobeam, mapas, transparencias. Todos tienen voz y voto aunque el oficial de más alto rango dice la última palabra.

Cualquier empresa envidiaría el profesionalismo que despliegan. De eso dan testimonio el control de calidad ISO 9001 y el de gestión ambiental ISO 14001 que ostenta esta base, con orgullo, en un caso excepcional en América Latina.

Las bases de entrenamiento en Estados Unidos y en Europa pueden tener estas acreditaciones. Pero allá los días son apacibles. Los pilotos no están sometidos a las incertidumbres de la guerra.

De no ser por esta, la base sería un paraíso. Aquí hay mucho más que un moderno hangar en donde reposa una flotilla de Black Hawk. Cada nave pesa 22.000 libras y vale 20 millones de dólares. ¿Qué compañía en el país maneja a diario una herramienta material que cueste tanto? Desde el aire parece un exclusivo barrio de recreo habitado por personas felices y sin problemas. Está junto al Aeropuerto Internacional de Rionegro, que sirve a Medellín. Paralela a la pista principal hay unas magníficas canchas de fútbol que parecen mesas de billar.  

Al lado de ellas hay un campo de golf. En sus lagos nadan patos blancos, y sus colinas y jardines están enmarcados por una avenida circunvalar impecable. Adentro está el conjunto de casas, jardines infantiles, escuelas, auditorio, un gimnasio bien dotado y soleados cafés en donde los clientes acuden a refrescarse en los atardeceres rojizos.

A las cinco en punto de la tarde de aquel primero de febrero en una zona inhóspita del municipio de Nariño, al suroriente del departamento de Antioquia, el soldado Papamija guiaba a una experimentada columna antiguerrillera. Entre tanto, en su base, los pilotos debatían la película Fuimos héroes, sobre la guerra de Vietnam, que acababan de ver en su teatro. Como si se tratara de un cine club universitario, 500 personas —entre militares y civiles— de la base asistieron a la función y luego analizaron la forma como eran usados los helicópteros en ese conflicto.  

En la distancia se escuchaba la algarabía de los niños en un parque. Y más allá, en el portal de su casa, Beatriz Eugenia Zapata Buitrago sostenía en su regazo a su bebé María Paz. Ella tiene apenas 30 años. Su niña año y medio. Son la viuda y la hija huérfana del mayor Néstor Hernando Osorio Osuna, quien el pasado 21 de noviembre salió de este espléndido escenario. Mientras iba hacia los hangares se saludaba con los 'vecinos' de ese 'barrio' donde todos se conocen. Pero nunca regresó de su vuelo. Murió a los 35 años.

No es el único caso. Varias casas de este lugar son habitadas por mujeres de mirada triste, casi todas profesionales, y madres de una, dos o tres criaturas. Son jóvenes, bonitas, inteligentes y viudas. "No sé qué será de mi vida", dice Beatriz Eugenia, mientras mira la bandera que le entregaron cuando le dijeron que su esposo era un héroe porque había caído en defensa del país.

Ella anhela un pronto fin del conflicto pero —como casi todas las esposas de los pilotos y ellos mismos— no cree que para eso el único camino sea la vía armada. Piensa que debe haber desarrollo y educación, sobre todo en las regiones más olvidadas.

Eso lo sabe bien el joven soldado Papamija. Cuando nació el 24 de noviembre de 1984 en San Sebastián, Cauca, en el sur de Colombia, una zona de montañas y vientos melancólicos, ya patrullaban a diario columnas de hombres armados. Eran muy pobres, pero sus padres, Luis Ángel Papamija e Ismaelina Anacona, los criaron sanos a él y a sus cinco hermanos. Su papá era un hombre silencioso que trabajaba en el campo de sol a sol y a quien jamás se le conoció una mala amistad. Una tarde los niños Papamija estaban en el patio cuando irrumpieron tres hombres armados. Les dijeron que no chillaran más porque no venían por ellos sino por su papá, porque no quería "hacer caso". Los intrusos se ocultaron a la entrada de la casa. El padre, inocente, bajó con un bulto de cebolla recién recogida a sus espaldas. Entró y le dispararon. Uno, dos, tres… 25 disparos. "Ahora todo mundo va a coger escarmiento", sentenciaron.

Nadie les dio respuestas de quién les mató al papá. Se rumoraba que había sido la guerrilla o tal vez los paramilitares. Pero el motivo era seguro: que no se había dejado quitar a uno de sus hijos para irse a pelear con ellos monte adentro. De cualquier manera, Jaír no pudo continuar sus estudios. Se quedó en tercero de primaria y le tocó dedicarse de tiempo completo al trabajo.

Cuando creció se presentó al Ejército. Al principio no lo veía como una profesión sino como una forma de saber quién mató a su papá. Nunca pudo, pero en el camino, se acomodó en las filas. Y cuando terminó el servicio se convirtió en soldado profesional. Desde entonces —en dos años regulares y dos de profesional— ha recorrido a pie buena parte del territorio nacional.

En las selvas caqueteñas, en los platanales de Urabá, al pie del oleoducto en Caño Limón y, ahora aquí, cuando va adelante del Batallón de Contraguerrilla 93 de la Brigada Móvil número 14. Lleva, como todos, varios días cargando los 60 kilos de peso de la cobija, el otro uniforme, la cantimplora, el fusil, la munición, los elementos de aseo. Van abriendo trocha buscando un campamento guerrillero, pero casi no avanzan, abrumados por la maleza se va cerrando y por la lluvia que lo empapa todo.

A las cinco de la tarde de este primero de febrero, están en el límite del cansancio humano. Pero no pueden perder la cautela, porque desde hace tres años cada vez son menos los combates cuerpo a cuerpo con la guerrilla y más las minas antipersona. Porque hoy en Colombia los soldados pelean contra un enemigo invisible que les vuela a pedazos el cuerpo. O de una vez la vida entera.

El soldado Papamija mira el suelo para no pisar una mina, pero al abrirse paso con su mano derecha una explota en la rama. El eco del estruendo por un instante apaga el sonido de la lluvia triste en esta zona rural del municipio de Nariño.

Allá en esas montañas se vive el infierno aunque parece el paraíso. Conocido como 'Balcón Verde de Antioquia', Nariño está situado en el estribo de la cordillera Central. Allí hay una envidiable riqueza hidrográfica y aurífera, y la variedad de flora y fauna alimenta un turismo constante atraído también por las playas que bordean el río Samaná. Además, abundan las saludables aguas termales. Pero esta descripción de postal no cuenta para ese grupo de soldados atrapado entre la manigua. Uno de sus hombres está a punto de morir desangrado.  

El capitán ordena a dos soldados acercarse a Papamija mientras él los cubre de la inminente ráfaga del enemigo. No se equivoca. En cuestión de segundos la guerrilla —tal vez las Farc, dijeron los informes de inteligencia— abre fuego.

Todos al suelo. Los soldados logran rechazar momentáneamente a la guerrilla y pedir auxilio. El mensaje llega a un ambiente muy diferente, la plácida base de Cacom—5. El mayor Ricardo Torres reacciona como un resorte. Corre hacia los hangares de los Black Hawk. Se asegura de que todo esté funcionando. Un grupo de hombres da los últimos toques a la nave y todos se reúnen en la sala. Nada queda al azar. "Si a mi mayor lo tocan yo entro caliente por la derecha", le dice uno de los artilleros. Es la estrategia para protegerse del fuego.

Para esta acción se requieren dos UH—60. Un Halcón sirve para el transporte. Allí van los implementos quirúrgicos para atender al paciente en pleno vuelo.  La otra nave, también un Black Hawk UH—60, es un Arpía dotado de ametralladoras, lanzacohetes y balas que escoltará al Halcón. Los guerrilleros le dicen la 'Bruja' porque merodean en las noches, nadie los ve, y de un momento a otro aparecen como la muerte. Uno de los detalles desconocidos en la guerra colombiana es que el 60 por ciento de las operaciones se realizan de noche. A pesar de que los riesgos son mayores, el factor sorpresa es determinante en las batallas.

En esta ocasión hay un problema insalvable. Las condiciones del tiempo. Es imposible volar así. Sin embargo, la adrenalina de los pilotos ya está en ebullición y dicen al unísono: "Vamos, vamos que podemos entrar". Pasaron las horas y tuvieron que regresar con el enorme peso de la frustración de no haber podido cumplir la misión. A la una de la mañana del viernes 2 de febrero, después de volver a repetir el libreto, los pilotos se despiden. El mayor Torres se va a ver a su esposa y a sus dos hijas. Los demás hacen lo mismo.  

En el centro de comando, una sala especial a la que tiene acceso exclusivamente un puñado de oficiales —para entrar hay una pantalla que reconoce la huella de no más de diez personas autorizadas— miran los satélites y se comunican con todos los pilotos de los Black Hawk que a esa misma hora vuelan en los cielos de cualquier lugar de Colombia. En esta sala restringida, llamada C3I2 (Comando, Control, Comunicaciones, Inteligencia, Informática), están concentrados los últimos avances en tecnología y comunicaciones de la FAC.

Afuera pasan las horas y solo se oyen los grillos. A las cuatro de la mañana suenan los primeros pasos y los saludos de los pilotos que acuden presurosos. Van hacia los hangares mientras sus familias duermen en esas casas de fantasía.

Allá, muy lejos, Papamija siente que se muere. La sangre le huele a cebolla. Cree que se va a ir de este mundo como su padre. El capitán, que ya le practicó los primeros auxilios, le dice que no se preocupe, que estará bien. Tiene el brazo amarrado con trapos y parece estabilizado, aunque todos saben que puede tener una infección muy grave. Es que los guerrilleros ahora untan materias fecales y ácidos a las minas antipersona.  

Junto a Papamija está también lívido y atontado el soldado Yaír Alberto Otálvaro, de 22 años. Era el guía de turno para sacarlos del fuego enemigo y también tocó una mina que lo dejó sordo aunque sin heridas mayores. Tiene los tímpanos reventados, igual que la perra Sacha, su compañera de mil batallas que ahora aúlla adolorida. Los dos soldados heridos y el animal pasarán la noche en medio de la lluvia y el frío. Al amanecer es obvio que los helicópteros no podrán entrar. Solo a media mañana las nubes comienzan a despejarse. Por fin el Halcón salió escoltado por el Arpía. Abajo se ven las espléndidas haciendas y casas de recreo de Llanogrande. Y en la distancia el páramo de Sonsón. Las naves vuelan paralelas a esta topografía montañosa, a unos 2.900 metros sobre el nivel del mar.

A lado y lado, se ven las cuchillas de Chamuscado, Norí, La Salada, San Lorenzo, Santa Rosa, La Vieja, Las Palomas, Capiro, La Delgadita, Los Altos del Caño, El Pañuelo y La Osa; todo el relieve espléndido de la cordillera Central. Abajo, los ríos que serpentean. Una tierra inmensa pero también un escenario sin igual para que los guerrilleros se escondan en ella durante décadas.  Solo se sabe que están allí cuando se oye el estruendo de los disparos.

Ninguna nave fue impactada, dicen los pilotos. De pronto ordenan agarrarse con fuerza porque van a entrar en caída libre. El vacío parece de montaña rusa, solo que no es divertido. En un breve claro de la montaña aparecen los rostros angustiados de la guerra. Los compañeros del soldado Papamija han encendido una señal de humo luego de abrirse un espacio a punta de machete. Está en una camilla improvisada con palos de guadua que cargan con ellos.

Pero el claro no es amplio y la nave solo puede posar su parte delantera mientras las aspas siguen girando. Desde arriba el Arpía le responde el fuego a la guerrilla. El Halcón está en un equilibrio de colibrí, y cuando uno de los siete tripulantes abre la puerta, entra un olor penetrante de sangre, barro y sudor. "Es el olor de patria", dice el mayor Torres. Suben la camilla con Papamija, Sacha salta por su cuenta y Otálvaro, con su fusil y el de su compañero, sube con ayuda de los demás.

La nave se levanta y en el acto comienza el trabajo quirúrgico. Es una lucha contra el tiempo que muchas veces se pierde. Los pilotos ya no recuerdan cuántos soldados han visto morir en su nave. Otras veces sus gritos que se pierden bajo el ruido de la nave: "¡Dios mío!, ¿Dónde están mis piernas? ¿Dónde están?".

Papamija se ve fuerte porque sabe que volverá a caminar aunque su brazo no volverá a ser igual. Recibe atención mientras Otálvaro y Sacha permanecen inmóviles, con la mirada perdida. La presión del trabajo de los enfermeros se ve en sus frentes bañadas en sudor. Atrás queda la batalla. Ahora rumbo al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

En la nave van tripulantes de Tolima, Valle, Cundinamarca. Los soldados son de Cauca y Valle. Todos reunidos por la guerra. Los tripulantes ni siquiera saben cómo se llaman los heridos. Solo importa salvarles la vida. Y todo, en esta ocasión, sale bien. Los dos soldados sienten que vuelven a nacer mientras los pilotos se abrazan y se hacen la señal de la victoria. Entonces les hablan. Les dicen que se van a poner bien y les preguntan su nombre, de dónde son, si tienen novia...

En Medellín hay un cielo primaveral que invita a sonreír. Los ciudadanos siguen su rutina como si nada. A esa misma hora, el helicóptero comienza a descender y en la base de Cacom-5, las esposas están con el radio encendido con la esperanza de que sus maridos nunca sean los protagonistas de una noticia fatal. Ellas saben que les puede ocurrir pero se aferran a las risas de sus niños que a esa hora disfrutan de su paraíso. En la distancia se escucha, suave, el ronroneo de los helicópteros.

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