1. Cuatro ojos, lancero

Los cuatro suboficiales ocupan un rústico mesón rectangular bajo la luz turbia del restaurante. El tema de conversación es el insomnio de los soldados destacados en zonas de conflicto.

El teniente Hernán Ceballos, quien frota el cañón de su fusil con una bayetilla roja, considera inevitable perder el sueño cuando se está en medio de la guerra. Se trata de conservar el pellejo —dice— y para ello lo mejor es mantener los ojos abiertos tanto tiempo como sea posible. Por eso sus tropas no conjugan el verbo "dormir" sino el verbo "descansar". Los cabos José Arturo Pegendino, Waldir Altamar y Ancízar Castro permanecen atentos. El jefe sigue hablando sin dejar de brillar su arma. Lo que más lo desvela, admite, es el temor a pisar alguna de las bombas ocultas que los guerrilleros de las Farc han ido diseminando por el suelo.

El cabo Altamar mueve la cabeza de manera afirmativa. Luego cuenta que hace un año vio caer despedazados a cuatro soldados del Batallón Caicedo, en el Tolima, en medio de un campo minado con nueve cilindros explosivos de veinte libras. Él sobrevivió —explica— porque estaba lo suficientemente retirado del sitio donde ocurrió el estallido. Castro sentencia que nadie se muere el día que no le toca. Y Pegendino se pone a tajar una manzana verde con su navaja suiza.

—Las bombas enterradas son lo peor —dice.

—Lo peor —repite Castro.

Altamar advierte que en el último mes su escuadrón ha desactivado diecséis minas antipersonales sembradas por la guerrilla. El teniente Ceballos suspende la limpieza de su fusil. Entonces mira por primera vez a sus subalternos y dice que, pensándolo mejor, lo más inquietante no son las bombas encubiertas sino el hecho de saberse asediados por insurgentes que jamás plantean la confrontación abierta. Ver al enemigo significa escrutarlo, medirlo, predecir sus pasos. No verlo, en cambio, genera una sensación de zozobra que, según él, es la que produce el insomnio.

La escena transcurre en el Páramo de Sumapaz, en el Batallón de Alta Montaña Número Uno del Ejército colombiano, ubicado a tres mil seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar. El restaurante donde se lleva a cabo la conversación funciona dentro un búnker, en cuyo techo se sienten, a ratos, los arañazos de un viento filoso. Las paredes internas están cubiertas con cobijas térmicas que exhiben el camuflaje característico de los uniformes militares. Afuera, la temperatura es de un grado centígrado, pero aquí adentro nadie parece tiritar de frío. Vistos bajo las lámparas opacas en esta noche de sábado, los cuatro suboficiales lucen un tanto fantasmagóricos.

Si la guerra se disputara de frente —insiste Ceballos— la incertidumbre sería menor. Ignorar dónde se agazapa el adversario es lo que les impone una vigilia permanente. El teniente recuerda que, en la región del Sumapaz, el último combate directo contra las Farc se presentó en julio de 2005. Esa vez, dice, cerca de setecientos subversivos intentaron recuperar a sangre y fuego el terreno perdido cinco años atrás. En la escaramuza murieron cinco guerrilleros, incluido un comandante conocido como 'el Boyaco'. También fueron abatidos un oficial y cinco soldados. Desde entonces los enemigos se volvieron invisibles y se dedicaron a sembrar sus minas antipersonales. Por eso —interviene Castro— toca mirar todo con cuatro ojos.

Ocho horas antes, cuando el fotógrafo Camilo Rozo y yo arribamos al batallón, varios hombres sudorosos, ataviados con camisetas grises y pantalonetas verde oliva, correteaban detrás de un balón. Me impresionó ver la cancha circundada por fusiles, como si los jugadores estuvieran más pendientes de repeler un asalto que de anotar goles. De repente, uno de los futbolistas disparó al arco y la pelota pasó zumbando frente a un recluta que simplemente miraba el partido desde afuera. Alguien gritó a todo pulmón:

—¡Despierto y con cuatro ojos, Murillo!

Y esa es la frase que el cabo Castro, siempre sentencioso, repite ahora, mientras recibe una lonja de manzana verde que le pasa Pegendino.

—¡Cuatro ojos, lancero, cuatro ojos!?



2. El país del nunca jamás

En Fusagasugá, setenta kilómetros al suroeste de Bogotá, funciona el Comando Operativo del Sumapaz. Allí nos suministraron el jeep Mitsubishi en el cual, a las siete de la mañana, comenzamos nuestro periplo. Antes de salir, el coronel Jorge Humberto Jerez nos informó que el recorrido hasta la sede del Batallón de Alta Montaña duraría siete horas, aproximadamente. Y nos impartió algunas instrucciones que él consideró urgentes: usar guantes y bufandas, cubrir el pecho y las fosas nasales, estar siempre dentro de la base militar y evitar los esfuerzos descomedidos. A los primerizos sedentarios como nosotros —nos previno— no les conviene sudar a cuatro mil metros de altura, pues la humedad en la piel aumenta el riesgo de una hipotermia o de un congelamiento de las extremidades.

El coronel se despidió y se fue para el patio a dirigir una revista de armas. En seguida, el soldado Erbin Ramírez, nuestro conductor asignado, encendió el carro. No habíamos avanzado ni tres metros cuando nos mostró su alma con la franqueza más pavorosa.

—Este viaje me preocupa —dijo.

Rozo y yo nos miramos desconcertados. Lo que oímos a continuación fue aún más perturbador.

—Si nos detiene la guerrilla, dicen que son periodistas ecológicos y van a investigar sobre los lagos del páramo. Ah, y yo no soy un soldado sino un chofer contratado por ustedes.

Le respondimos que por nada del mundo nos prestaríamos para esa farsa, ya que pondríamos en peligro nuestro pellejo. La mentira que nos proponía —le explicamos— era pésima. En primer lugar, nosotros no teníamos ni la menor idea acerca de los lagos del páramo. Sí, claro, los nombraban los profesores en las clases de geografía, pero aquello ya era historia patria, pasto de olvido. Hasta la pregunta más elemental sobre el tema nos dejaría en evidencia. En cuanto a Ramírez, su corte de pelo a ras lo delataba a leguas como soldado, por mucho que se hubiera vestido de civil. Más adelante, por cierto, le descubriríamos otras señales inequívocas: el lenguaje lacónico, el ancla tatuada en el antebrazo, la mirada recelosa. Y, sobre todo, su sentido castrense de la subordinación. Cuando Rozo o yo le hablábamos, él nos escuchaba con una compostura excesiva, como si pensara que nosotros, en vez de invitarlo a conversar, estuviéramos transmitiéndole una voz de mando. Sin duda fue por eso que aceptó nuestros argumentos y no volvió a mencionar su descabellada propuesta.

En todo caso, el saber que durante las próximas siete horas seríamos objetivos de guerra resultaba atroz. Nuestra primera revelación había sido apabullante: la guerrilla podía interceptarnos. Ir a bordo de aquel tipo de jeep —tan apetecido en los campamentos guerrilleros de la región— y en compañía de un militar que pretendía hacerse pasar por civil, no mejoraba el panorama.

A lo largo de la travesía, sin embargo, comprendimos que hay más razones para temer. La principal es la escabrosa vía, que al principio tiene curvas —calculo— cada cuatro metros. Algunas de esas curvas son enormes y producen una sensación de vértigo similar a la del bajonazo en la montaña rusa. Después de tres horas se empieza a andar por una trocha polvorienta plagada de escalerillas. El carro salta, los riñones sufren y una nube de tierra descarga toda su furia en nuestros ojos y en nuestras gargantas. A veces la carretera se angosta tanto que escasamente cabe el jeep en el que vamos. Y justo en ese momento se aprecia, bajo la margen derecha, un abismo que hiela la sangre. Luego está el frío, que endurece las manos y hace doler las orejas. Y más allá, la niebla que impide ver los bordes del camino.

Pasando por el Cerro del Gavilán, mientras las llantas se aferraban a la empinada cuesta como las tenazas de un escarabajo, me pregunté si el conflicto que presenciamos a diario en la televisión incluye lo que yo estaba viendo. Nos muestran los cadáveres, cómo no, nos muestran el llanto de los dolientes, nos muestran las cifras, pero jamás nos dejan sentir una atmósfera que vaya más allá de las muertes y los disparos. En otras palabras, nos presentan la balacera y nos ocultan el país que está detrás. El país de los senderos solitarios, de los caseríos de nadie como el que habíamos atravesado minutos atrás, de los pueblos perdidos donde impera la ley del más fuerte. El país que nos queda lejísimos a quienes habitamos en las grandes ciudades, el país de los lagos que solo vemos en las clases de geografía, el país que abandonamos a su suerte para que se lo comieran el hambre, la maleza y los infames de todo pelambre. El país de la gente inerme y asustada como nosotros. El país del nunca jamás.

Al final no nos emboscó la guerrilla ni escuchamos ningún tableteo de metralletas, pero sentimos en carne propia esa zozobra que el teniente Ceballos y sus soldados comentarían horas después, durante la tertulia nocturna en el restaurante.

3. Los otros enemigos

El teniente coronel Antonio Arévalo, comandante del Batallón de Alta Montaña, considera que el frío es, literalmente, uno de sus enemigos más encarnizados.

—Yo digo que la hipotermia es como un problema de orden público, porque nos obliga a sacar algunos hombres del área de combate.

Un poco antes, Arévalo había utilizado una maqueta en alto relieve para explicarme la ubicación exacta del batallón. El punto donde se encuentra la base —dijo, señalando el mapa con un estilógrafo - está a tres mil seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar, pero hay sitios que sobrepasan los cuatro mil metros, en los cuales resulta demasiado difícil respirar y los movimientos se tornan lentos.

Ahora, de pie frente al rancho de tropas donde almuerzan los soldados rasos, Arévalo vuelve a tocar el tema del frío. Nos acompañan el mayor Carlos Triviño y el cabo Sandro Amaya. Arévalo cuenta que, con frecuencia, a sus hombres les toca exponerse a temperaturas bajo cero. Eso genera enfermedades, contratiempos. En el segundo semestre del año pasado, por ejemplo, se presentaron siete casos de hipotermia, dos de congelamiento en los miembros inferiores y uno de pulmonía.

—¿Usted ve esa montaña que está allá? —me pregunta Triviño, mientras señala hacia el frente con el índice derecho.

Cuando le respondo que sí, me informa que la montaña se llama Cerro Piedras, que está a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar y que es el lugar más frío de todo el páramo. Es un cerro tan frío, agrega, que la laguna que hay en su falda amanece congelada casi todos los días. A menudo, los soldados apostados en ese sector deben romper el hielo a punta de pico y pala, para poder bañarse.

Arévalo, Amaya y Triviño me acompañan a recorrer las instalaciones del batallón. Me muestran las barracas, los morteros, el obús, las ametralladoras, las cananas repletas de municiones, las cercas protegidas con alambres llenos de cuchillas espantosas, las trincheras. Veo tropas en formación, veo otro partido de fútbol malísimo, veo botas, muchas botas, y centenares de guantes y pasamontañas. Un recluta hace flexiones de pecho frente a los pies de un superior que lo reprende. Otro canta una ranchera de Vicente Fernández. Unos metros más allá me presentan a José Bustos García, el soldado que hace cuatro meses estuvo grave a causa de un edema pulmonar. Cuando me da la mano, sonríe.

—Escriba que el frío es lo peor —dice.

Más adelante, cuando emprenda el viaje de regreso, anotaré en mi libreta de apuntes que, durante nuestra estancia en el batallón, la temperatura mínima fue de un grado centígrado. En los amaneceres había trocitos de escarcha enredados entre la hierba y en los atardeceres, una neblina intensa. Por las noches se oían los quejidos del viento gélido. Si uno caminaba a la intemperie, sentía un helaje que dolía en los huesos. Más adelante, digo, anotaré esas impresiones sobre el clima. Ahora le pregunto al teniente coronel qué sentido tiene montar una base militar en este lugar tan remoto. ¿No se supone que el páramo es una reserva natural y que deberíamos aprovecharlo para conocer, por fin, los lagos que solo habíamos visto en los libros de geografía?

Arévalo responde que como la topografía colombiana es tan agreste, tan montañosa, resulta inevitable combatir en las alturas. Y agrega que fue la guerrilla la que convirtió el Páramo de Sumapaz en un escenario de guerra. Antes, según él, las Farc tenían aquí arriba uno de sus frentes.

—Esto funcionaba como una madriguera para esconder a los secuestrados —dice—. Incluso, acá estuvieron algunos ciudadanos importantes negociando la liberación de sus familiares.

Luego sostiene que con el batallón de alta montaña, el Ejército cerró el corredor entre la ciudad de Bogotá y los campamentos de las Farc en el Meta y el Huila. Sin embargo, afirma que se niega a echar las campanas al vuelo: prefiere seguir "despierto y con cuatro ojos", como les exige a sus hombres cada día.

Arévalo calla, se pega el radioteléfono a la oreja izquierda. Luego, mirando hacia el horizonte, confiesa que para él lo más duro es el aislamiento. Aquí arriba se añora con toda el alma el país de la esposa y los hijos, el de la vecina que vende helados de fresa, el del amigo de infancia, el de la tía solterona que canta bajo la ducha, el de los novios que se besan a contraluz, en el atardecer, el del hermano que jamás se afeita el domingo. Pero ese país está lejos y es borroso. Vistos desde el páramo, los seres queridos no son criaturas de carne y hueso sino voces difusas que saludan a través de un chat.

Arévalo adopta ahora un tono más grave y me informa que el hecho de vivir en un lugar tan retirado genera muchos problemas operativos. Los principales son la evacuación de los heridos y enfermos, y los abastecimientos de víveres y combustible. Más adelante, por cierto, el médico del batallón, Alfredo Castañeda, me dirá que la distancia influye también en el índice de venéreas de la tropa. Por razones logísticas, los soldados descansan cada cuatro meses. Muchos, según las palabras textuales de Castañeda, "cuando salen se desahogan con lo primero que se les atraviese", sobre todo en los burdeles, conocidos aquí con el muy gráfico nombre de "chochales". Castañeda precisará que, en ocho meses, ha atendido dos casos de sífilis y varios de condilomas y de gonorrea. A esta última enfermedad los soldados le llaman "gripita militar".



4. Epílogo

Hipotermia, congelamiento, soledad, aislamiento, peligro. Abundan las razones para salir corriendo. Y, sin embargo, ellos siguen allá arriba. ¿Por qué

, les pregunté. Casi todos me respondieron con las mismas palabras calcadas: "patria", "bandera", "libertad". Pero hubo uno, cuya identidad me reservo, que se apartó del coro y reconoció que su motivación principal son los novecientos mil pesos del sueldo.

Justo cuando llegamos a Fusagasugá, recordé su honesta confesión. Mientras nos despedíamos del soldado Erbin Ramírez, pensé en la hipótesis del columnista Antonio Caballero: el conflicto es nuestra principal fuente de empleo. Para mal y para bien. Hasta yo, que me ufano de no haber disparado jamás ni una pistola de juguete, sentía que esta vez no le debía mis honorarios al periodismo sino a la guerra.

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