Me dicen que no vaya. Me advierten que es la peor ciudad del mundo. No es un comentario al azar: los pocos que han escrito desde Ciudad del Este, el rincón más bizarro de Sudamérica, no son precisamente indulgentes. Jeffrey Robinson, un escritor estadounidense de best-sellers conspirativos, la llamó "el culo del mundo". El escritor chileno Alberto Fuguet la calificó como "la axila del mundo". Y hacia allá voy. Por tierra, como ha sido la mayor parte de este lento viaje.

Ciudad del Este está en territorio paraguayo, a un costado de la temida triple frontera entre Paraguay, Argentina y Brasil. Dicen que Paraguay es uno de los países más corruptos del mundo: no creo en estadísticas, menos en las alarmistas, pero apenas llevo quince minutos en su territorio y debo pagar mi primera coima.

—Tiene problemas con su pasaporte —me dice el funcionario de la aduana. Le trato de discutir, pero no hay caso.

Mientras le paso quince dólares al bigotudo que me timbra el pasaporte, leo un enorme cartel que le dice al "Señor turista" que no pague ningún dinero extra, porque eso es ilegal. El hombre que me recibe el dinero es el mismo encargado de hacer que se respete eso de no pagar dinero.

Como casi siempre, hace calor asfixiante en Ciudad del Este. Todas las calles de esta ciudad-puerto-libre están saturadas de locales de venta y la gente camina por el centro con cajas repletas de mercancía falsificada. Me registro en el Executive, el mejor tres estrellas del centro, que dicen alguna vez tuvo mucho prestigio. Hoy, cuando entras, te recibe un tipo de bigotes, gafas oscuras y chaqueta de cuero negra, que más parece cajero de un compra-venta de dólares que recepcionista de un hotel. El ascensor ya no se detiene en el tercer piso, el frigobar suena toda la noche como una radio mal sintonizada, las sábanas son ásperas, la cerradura está floja, el seguro de la puerta no funciona, la ducha eléctrica tiene los cables a la vista y, en los pasillos alfombrados, la gente va abandonando las cajas de cartón de sus últimas compras.

—Una vez por semana vengo a esta ciudad —me dice Sonia, en el desayuno, mientras enrolla los tres cortes de jamón que se va a tragar de una mascada.

Sonia es una comerciante de Brasil, habla español con el acento argentino, es rubia de peluquería y gorda de hamburguesas y Coca-Cola. Tiene casi 50 años, dos matrimonios, cuatro anillos, un celular amarillo con cámara de fotos y casi 40 equipos DVD para llevar a Brasil de contrabando.

—Anoche me quedé jugando hasta tarde en el casino. La mayoría de la gente de Brasil cruza hasta acá por el día, pero a mí me gusta venir con más calma y pasar por los casinos —dice, antes de agregar que sus vicios son las máquinas tragamonedas, las compras, los cigarrillos y los lápices labiales con brillo.

La tranquilidad nocturna de Ciudad del Este es tan falsa como la mayoría de los relojes que se venden en el lugar. De golpe, cuando se ha ido el día, puede parecer una ciudad abandonada: antes de cerrar la aduana ocurre una estampida hacia el lado brasileño. Sin embargo, basta con entrar a alguno de los pequeños casinos o a alguno de los pocos bares o al restaurante de un par de hoteles para que te comiencen a llegar las ofertas. Como en todo puerto libre, donde las cosas se transan en grandes cantidades, es común que las chicas se te ofrezcan de a dos o tres (según cifras de la Organización Mundial del Trabajo, hay más de tres mil menores que son explotados sexualmente aquí) y que la cocaína te la lleguen a ofrecer en paquetes de 250 gramos y que los Valium y los Rivotril te los vendan en paquetes de 25 cajas. La Policía patrulla, pero los diarios locales todos los días informan de alguna fechoría policial.

Te ofrecen tantas cosas aquí, que uso mi libreta de apuntes para hacer mi propia lista de supermercado:

—Relojes Rolex: desde 2 dólares.

—Clarinete Baldassare: 100 dólares.

—Cámara Olympys 5050 digital, 8 megapixeles: 300 dólares.

—Una filmadora Sony modelo A-34:

90 dólares.

—Una bolsa con 500 pastillas de diazepán: 22 dólares.

—Un Jhonny Walker negro: 4 dólares.

—Una 4x4 de segunda mano:

desde 5.000 dólares.

—Dos paraguayas y una brasileña:

100 dólares.

Pero la fama de Ciudad del Este no se limita al comercio de relojes. También está la religión y la política. No hay cifras oficiales, pero se estima que en esta zona de 400 mil habitantes viven unos 10 mil musulmanes. Es común ver a mujeres caminando con la cara cubierta por el chador y a grupos de hombres hablando en árabe. En el televisor de mi habitación del Executive —un 24 pulgadas cuyo control remoto funciona mal— se ven menos de 20 canales de cable: casi todos los de Argentina, un canal de Corea, otro de Beirut y uno de Siria, y las cadenas de noticias en oferta son CNN y Al Jazeera.

Son miles de millones de dólares los que salen anualmente desde aquí, con destino a Europa y Oriente Medio. Según la BBC, mucho de ese dinero va a financiar a Bin Laden: de quien, por cierto, se dice que más de una vez estuvo en estos lados. Es más, el rumor de que acá conviven células de Al Qaeda y Hezbolá con agentes secretos de Estados Unidos e Israel, para muchos países es una realidad más que descontada. Por lo menos, ya se ha comprobado que desde aquí sale mucho armamento para las Farc. Y que desde aquí, salieron los que atentaron contra la AMIA en Buenos Aires.

Estar en Ciudad del Este te acerca a un conflicto mundial y de máxima actualidad. No es poco, para una ciudad con tan mala fama. Para un sitio que Estados Unidos barajó la posibilidad de bombardear y hacerlo desaparecer de una vez. La idea parecía simple: un escuadrón de aviones B-2 Stealth, conocido como "el bombardero invisible", sobrevolaría descargando kilos de explosivos siguiendo la cruzada cristiana de George W. Bush contra el avance musulmán. El plan, que se supo años más tarde, fue ideado por Douglas Feith, vicesecretario de Defensa de Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York. Por fortuna para Kemmal Hannoud, un sirio-libanés que maneja una tienda de cámaras fotográficas, la idea de Feith no pasó de ser una afiebrada propuesta sin futuro.

—A nosotros se nos acusa de todos los males de Occidente. Se quiere hacer creer que todos los árabes somos terroristas suicidas y eso no es así —dice Kemmal, en un español mal pronunciado. Después de varios días en "el culo del mundo", en "la axila del mundo", es difícil que algo nuevo me sorprenda. Pero sucede. Es la gracia de toda esta historia de la vuelta al mundo: mientras más conoces, más te sorprendes. Este podría ser un viaje rápido, por las 20 más importantes capitales del planeta, pero entonces no habría conocido Ciudad del Este. Para muchos, la peor ciudad del mundo. Es la última noche, y el taxista escucha Los Broncos, el grupo mexicano favorito de media Ciudad del Este. Es el cruce de las calles Curupayty y Adrián Jara, una esquina que durante el día es la oficina de vendedores ambulantes, policías con escopetas al hombro, cambistas informales y cargadores:

­­­—¿Estás buscando un pasaporte? Hace días que te veo en la ciudad —me dice un taxista que no conozco, pero él me ha visto. Y sigue: —Hermano, en serio, si andas buscando un pasaporte, yo te lo puedo conseguir. Un pasaporte uruguayo, con tu foto y otro nombre, demora tres días.

Después de una semana en Ciudad del Este, la ciudad maldita de la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, uno se va acostumbrando a recibir las ofertas más variadas. El mandamiento número uno del libre mercado dice que si hay oferta es porque hay demanda, y en esa lógica nada debería sorprender. Ni siquiera que te ofrezcan ser de otro país y tener otro nombre en apenas tres días.

En esta ciudad comienzo a enfilar hacia el norte en mi vuelta al mundo. Mientras dejo Ciudad del Este me quedo pensando si resolví bien lo del pasaporte, y eso del cambio de identidad y de país.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.