No fue la conglomeración típica que genera un burdo reality criollo, ni mucho menos un Boca-River con boletas agotadas y revendedores de fuerte olor axilar pidiendo millonadas por la peor entrada.

De hecho, el aguacero de tres días y la precaria campaña de Santa Fe eran excusas perfectas para no levantarse de la cama el domingo, más si la cita era ver a Santa Fe-América, casi un año después del asesinato del hincha Andrés Garzón, el 11 de mayo de 2005 en un juego entre ambos clubes (ganó América 5-2), y con las heridas de guerra entre las barras bravas con ganas de no cicatrizar.
La opción más sensata era, con la cancha hecha añicos y el temor de encontrarse a un vietcong belicoso que canta en colombo-argentino, pedir pizza, dejar cerradas las cortinas y voltear la funda de la almohada, calurosa de tanto sopor casero reposado. Algunos (a la sazón, muchos) acuñaron esta estrategia, pero Caballero, muy a las seis de la mañana, se despertó al ritmo del clarín marcial (que en este entorno es algo así como el tradicional claxon de la barra 25 de Santa Fe), lustró las botas, se uniformó, desayunó temprano y se subió al bus para llegar al estadio de la 57 a las once de la mañana, como lo ha hecho todos los días desde hace once meses cada vez que se programa fútbol en Bogotá.
La puerta E-14, que da entrada a los fanáticos en la gradería Sur, donde alienta La Guardia Albirroja, es su hogar en el fin de semana. Y es que su labor poco tiene que ver con el aliento en las gradas o en pedirle a Léider Preciado que "la camiseta se tiene que transpirar". Es más, sin pudor acepta que es hincha de Nacional y aunque tiene entrada libre en El Campín, jamás ha podido ver un solo encuentro de su club en la capital. Claro, Marta Patricia Caballero, la patrullera Caballero, tiene que permanecer en las entradas del estadio haciendo requisas minuciosas a cada ser humano que pasa el umbral que marca calle y gradería, mientras que Aristi y compañía hacen de las suyas.
Su misión es revisar las moñas, hebillas, brazos, camisetas, bolsillos y zapatos de las mujeres que hacen su ingreso a La Guardia. Cuando los 5.223 puestos de la tribuna Sur son ocupados y se requiere ayuda extra, hace de tripas corazón e inspecciona con el mismo rigor y seriedad a los hombres.
Hoy es un día tranquilo por la lluvia, dice, en el momento en que uno de los computadores que está en la puerta E-14 marca que doce personas han hecho su aparición a las 2:07 de la tarde.
El mayor Caraballo, jefe de la seguridad en la tribuna, es quien nos relaciona: Caballero, venga para acá. Ella es muy buena, seguro que le va a servir para la nota -dice con voz fuerte, aunque cómplice, y con unos ojos azules que parecen escupir rayos X.
El anuncio de un informante alerta a Caraballo y a Caballero: parece que hay planeada una gresca entre los hinchas después del juego en el barrio San Fernando. De inmediato, Caraballo llama a la central y avisa del hecho para que otros policías se preparen. La patrullera Caballero deja a su jefe un rato para poder charlar sin el sonido del walkie talkie como banda sonora del momento.

 
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Ella vive en la sede de la Policía Metropolitana, en la calle 6ª con Caracas, haciendo el curso para ascender en la institución, aunque esto implique sacrificios. La patrullera tiene que estar interna o, como la jerga lo indica, "arranchada" con 32 mujeres más que hacen parte de la base de integrantes de las brigadas diseñadas para preservar el espacio público de la ciudad.
-¿Y cuál es la forma de salir de ese enclaustre?, le pregunto.
-Solo si me caso o tengo un hijo.
Cualquier parecido con las concentraciones para solteros de Carlos Bilardo parece no ser pura coincidencia. Por ejemplo, la disciplina exige que ella apenas vea a su familia cada 15 días y el tema de novio no la desvela. Tuvo uno hace seis meses que era algo celoso. Lo quería bastante, pero el hombre resultó algo cansón. Le digo que no sé si me parecería divertido que mi novia requisara a cualquier humano y ella me responde que su ex novio pensaba exactamente lo mismo.
Carcajada y un stop momentáneo. Un tipo que parece haberse echado gotas de sangre en los ojos es detenido. "Sople acá", le dice una compañera de Caballero cuando lo lleva hasta el alcoholímetro, innecesario ante el hedor delator. La máquina registra 1.55 y el grado permitido de alcohol es menor a 0.36. El tipo es expulsado del estadio con la mayor discreción del caso. El coro de "¡fuera!, ¡fuera!" no apareció.
Pero los fanáticos no son los únicos que quieren hacerse los vivos: dos "chúcaros" alegan que deben entrar porque les dieron esa orden, pero averiguan y era una treta de los policías bachilleres para ver el encuentro. "Es que algunos no respetan el uniforme". Fue la frase con mayor tono futbolero que pronunció Marta en toda la tarde.
A lo Walking in my shoes de Depeche Mode, me pongo en los zapatos de la patrullera Caballero y pienso que seguramente me lavaría las manos más de 20 veces al día de tener que registrar a tantos desconocidos. Caballero ya se acostumbró y aunque usa guantes, alguna vez revisó en un parque a un indigente que estaba hecho de mugre y fluidos. Había olvidado los guantes y optó por usar dos talegos. Esa fue su peor requisa.
La rutina exaspera en un día sin acción como este. Requisas van y vienen, pero paran cuando a los 15 minutos del complemento dejó de entrar la gente. El consolidado del computador marcó 47 aficionados y el botín incautado fue magro en la puerta 14: tres cinturones con hebilla, siete encendedores y diez cajas de fósforos, dos marca El Diablo. Lo único que no queda muy claro es que acá no hay, como en el colegio, oficina de objetos perdidos, así que los cinturones a veces son reclamados por un tal Bernabé Bernal y a veces no. Cuando pregunto qué pasa con estos elementos hay signos de interrogación en todas las caras.
Se acaba el juego y ella, con algo así como 50 agentes más y otros tantos integrantes del escuadrón antidisturbios, debe detener la horda santafereña que quiere salir rápido del estadio. Esta vez el que abandona primero es la fracción visitante que viajó desde Cali y que se fue con una victoria en sus bolsillos imposible de incautar. Después de que termine el ajetreo, a las siete de la noche, la patrullera Caballero se montará nuevamente en el bus de la Policía, como cuando llegó, y al entrar a su cuarto tiene preparado un plan con otras amigas.
-¿Va a salir de rumba o está de permiso?
-No (se ríe), con mis compañeras de cuarto tenemos planeado correr las camas y organizar un partido de fútbol con una bola de icopor que tenemos. Está toda rota, pero funciona.
Salgo, me despido y me encuentro en las afueras a James Mina Camacho con su mujer y lo abrazo. Y saludo a otros amigos que pasan por ahí. No hubo un nuevo Andrés Garzón. Todos podemos irnos en paz.

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