Cada gol que se canta en El Campín puede oírse claramente en la casa de Margarita, pues ella vive a siete cuadras de la tribuna Occidental con su mamá, su papá, su hermana menor y su loro en un apartamento con espejos grandes, comedor redondo, poltronas gordas y un equipo de sonido Bang & Olufsen con suficientes bafles.
Tiene 18 años y los aparenta, ojos almendra, cejas delgadas, cara redonda, pelo en dos colitas, piel canela y sonrisa inteligente. Es una fuerza de la naturaleza: va de aquí para allá, se asoma a uno de los espejos, se da un retoque de maquillaje, se detiene en la sala, declara una o dos cosas sobre ser porrista, se mueve rauda y saludable por su cuarto mientras empaca la falda, la pandereta y los pompones.
Van a ser las dos de la tarde. Una señora vino para esperarla e irse con ella en el carro de la directora, que vendrá al apartamento para recogerlas. Esta señora es madre de una niña que debió salirse del grupo porque la carrera de biología consumía todo su tiempo. Margarita, en cambio, se las ha arreglado para estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad Militar y ya va en tercer semestre. Por si fuera poco, es la capitana de porristas, cargo que ostenta desde hace cuatro meses. Se toma las cosas en serio, Margarita. Cuando aparece en la sala y anuncia que está lista, afirma que las porristas no van al estadio vestidas de porristas. Ella va de civil, como todas, para evitar que puedan agredirla los hinchas rivales o miembros de barras bravas. «Claro que no tengo que cuidarme tanto como las que viven en Suba, Soacha o Kennedy» dice, y sonríe. Dinero no hay. A cada una le regalan la entrada de un acompañante como pago. Bueno, cuando hay eventos y las contratan para alguno en Cafam o para que salgan como decorado en la serie Juego limpio, sí les dan una platica. En el primer caso, se reparten las ganancias entre todas, en el segundo, les pagan como a cualquier extra.

 
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El frío muerde. Llueve como si las nubes tuvieran rabia. Si la cosa sigue así no las dejarán entrar en la cancha y tendrán que hacer pirámides al frente de la guardia o, peor, hacer barras sentadas en la tribuna. Ahora falta poco para las tres de la tarde. Teniendo en cuenta que dentro del camerino hay 1 periodista, 1 fotógrafo, 2 señoras, 1 preparador físico, 6 porristos o amigos, 4 orinales, 3 camillas, 4 sanitarios, 4 duchas, 1 tablero, 19 lámparas de neón, 4 bancas largas y 24 lockers, lo que más pulula son jovencitas: 28. Niñas, nínfulas y adolescentes, entre ellas Margarita, se cambian con relativa tranquilidad. La mayoría del uniforme lo traen puesto debajo de su ropa, y lo que no, se las arreglan para ponérselo con una técnica muy refinada de despojo de una prenda que cubre la zona en la que ingresa al tiempo una nueva prenda. Se ve lo mismo que desde las tribunas pero más cerca, no hay botín extra para el voyeur.
Hay Margaritas de Margaritas. Está la flor, la canción, la isla y el coctel, está la Margarita de Rubén Darío, la mía y la de los demás, la Margarita Peña que protagoniza esta crónica y también Margarita Vélez, la directora del grupo de porristas que es, como dirían los ingleses, quite a character. Fuma compulsivamente, a una niña cuyos zapatos no están limpios le dice con amargura que debería darle vergüenza, se pasea apurándolas con voz y gestos marciales. La señora está apenas para hacer de mala en una película de Harry Potter, pero a Margarita no la regaña.
Ella, con diligencia que corresponde a la capitana, ayuda a sus compañeras a retocar el maquillaje y las colitas. Les advierte que en la presentación del medio tiempo van a decir la barra una sola vez y no dos, como habían acordado con anterioridad. «Es que queremos tener más tiempo para bailar», explica. En cinco minutos ya todas están listas: zapatos rojos, medias veladas, calzón rojo anchote, que dice sam en una nalga y sung en la otra, minifalda blanca y buzo ombliguero de manga larga, rojiblanco. La directora las hace formar en dos filas, les da un par de admoniciones y les reparte banderas de cuadros rojos y blancos con mástiles de PVC. Las porristas salen del camerino y van hasta la boca del túnel que desemboca al borde de la reja y frente a la pista atlética. Margarita está de penúltima, dice que no le gusta ningún jugador ni tampoco el Tigre Gareca, que no los ve «con esos ojos». Las demás asienten convencidas. Además dicen que la directora les tiene terminantemente prohibido hablar o relacionarse con ellos. A las tres y diecisiete salen, Sur ruge más fuerte que el resto del estadio, la gente se anima y canta, de Occidente y Norte salen algunas rechiflas. La directora atruena: «¡Ya van a salir los jugadores!, ¡a formar!» Las porristas se acomodan en las mismas dos filas que traían desde el callejón y mueven las banderas para hacer una calle de honor al paso de los jugadores. Luego van tras ellos, dan vueltas y forman en el círculo central sin dejar de agitar las banderas. Después se quedan quietas, apoyan el tubo de PVC en una de sus piernas y dejan que la lluvia las bañe como a estatuas. La directora les hace una seña y se alinean a lo largo del borde occidental de la cancha. Suenan los himnos. Es hora de regresar a los camerinos. La directora, la otra señora y el preparador físico reciben las banderas. Llueve demasiado para quedarse en el campo de juego, Margarita y sus amigas suben hasta lo alto de Occidental, en los lindes de Sur. Se sientan simétricamente, en filas de siete, forman un cuadradito blanco jaspeado de rojo en la inmensidad del estadio El Campín, que está poco lleno y tiene un temple abotagado en este partido sin gracia. En un día de sol se habrían sentado en cojines sobre la grama y habrían bailado todo el partido. Pero tampoco es cuestión de hacerse mala sangre, para eso están ellas ahí, para animar. Las porras son simples y para la muestra unos botones: «Queremos un gol/ ¿de quién?/ de Santa Fe», «rojo/ blanco/ Santa Fe», «Ese equipo tiene toque/ ese equipo tiene gol/ ese equipo tiene todo/ todo para ganador». Pero lo que es un reto es la coordinación para levantar un brazo hacia un lado, luego tres palmadas, luego hacia el otro lado, luego una secuencia de zapateos contra el suelo, cabeceo, ladeada de cabeza, y así, hasta el final. En esto hay algo de los juegos de niñas, los de recitar un canto mientras se aplaude con las manos de la amiguita. Al final quedan en una alegría que no termina de efervescer cuando ya se han embarcado en la siguiente porra. Cuando hay una jugada de peligro, la treintena de porristas eleva un aullido de alta frecuencia que totea las cucarachas, confunde a las aves y pulveriza los tímpanos de quienes están en las graderías cercanas.
Una semana después de este partido, la grama alcanzará los titulares, pues por su culpa será suspendido un partido entre Millonarios y Cali, y cerrarán el estadio. El terreno de juego está desnivelado, tiene grama crecida en algunos lados, zonas fangosas donde se entierra el pie, charcos, pelones, barrizales, nudos de pasto, yuyos. si a ello le sumamos que por cuenta de este invierno (el más duro en los últimos 20 años) ya hay algunos tramos navegables, sería adecuado cambiarle el nombre al estadio para que se llame El Camping. Las porristas rompen la monotonía del entretiempo con su ingreso a la cancha. La cruzan, empiezan a cantar y a bailar su coreografía. El diluvio y los insultos que brotan de los hinchas rivales sumergen la porra en un barullo mojado, sus pies oscilan de mala manera en el barro, la ropa se les pega al cuerpo y les impide moverse con libertad. La pirámide se les viene abajo antes que puedan terminarla. Las porristas, tiritando, manchadas de fango, se retiran hacia el camerino y por una salida trasera regresan a Occidental, donde se sientan para animar al equipo hasta que este sucumbe tres goles por uno.
Son las cinco y cinco minutos. «Estaba muy resbaloso. Bueno, por lo menos la coreografía ya está montada. La podemos hacer otro día», se consuela Margarita. No se ve triste. «Ahora después del partido busco a mi papá y nos vamos para donde mi hermana mayor a celebrar, porque mi sobrinita está cumpliendo años». Mientras tanto, en las tribunas ya se va la hinchada que no quiere padecer el pitazo final.

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