Es domingo. Un sol ceniciento brilla sobre el Parque Nacional. Son las once y diez de la mañana en los cuatro relojes que coronan un obelisco enano, donado hace 68 años por la colonia suiza a la ciudad de Bogotá. A lo lejos se escucha el perifoneo de los aeróbicos que se bailan frente al rodinesco monumento a don Rafael Uribe Uribe, "apóstol, paladín y mártir". En las inmediaciones de la plazoleta hay un cilindro de helio erizado de globos redondos, tubulares y alargados de orejitas; carritos de paletas, una venta de obleas y otra de crispetas con sendas sombrillas multicolores, perros con dueño y sin él, niños a pie, en patines o bicicleta, adultos, parejas, abuelas.

Frente a la cara occidental del obelisco suizo, cuando en los relojes daban las nueve de la mañana, había un hombre con un letrero que decía "Se dan abrazos gratis"; ahora hay un púlpito de mesas plásticas tras el cual un sacerdote, micrófono en mano, le cuenta la historia del profeta Elías a una docena de fieles que lo escuchan de pie o sentados en taburetes rímax. Se trata de un sacerdote real, uno que mandan de la Javeriana, no como el cura falso que estuvo dando misa desde abril hasta julio de este año, antes de que, por casualidad, otro sacerdote que pasaba le quitara la máscara. Este ministro de Dios hace una analogía entre el celular-alma y la carcasa-cuerpo, mientras tres raelianos esperan a su líder a prudente distancia, en una de las bancas que flanquean el camino a la plazoleta. Para ellos todos los curas son falsos, el profeta Elías, en realidad, era un consentido de los Elohim, en el libro de los Reyes —que contiene el pasaje que refiere el sacerdote— hay por lo menos tres alusiones a platillos voladores. Ellos saben que el alma no existe, que la única forma de trascendencia es la información de nuestro ADN que se deposita en un archivo que tienen los Elohim, para que tengamos luego la fortuna de ser revividos, clonados en otros seres humanos a los que se les implantarán toda nuestra personalidad y recuerdos.

A los raelianos no les parece justo que la Iglesia católica pueda realizar sus ritos, mientras a ellos los tienen en vilo por una solicitud para ocupar la Plazoleta del Reloj, hacer proselitismo y realizar su meditación sensual, una de las técnicas que promulga el bienamado profeta Raël. Hace poco más de un mes, en una brusca declaración de principios, los raelianos desplegaron en medio de la homilía una pancarta que decía:

¡DESPIERTA TÚ QUE DUERMES!

DIOS NO EXISTE

El hombre ha sido creado científicamente en laboratorio,

por una civilización extraterrestre llamada Elohim.

Ellos crearon al hombre a su imagen y semejanza gracias al ADN

El hombre será eterno por medio de la clonación humana

El personal de seguridad y la Policía los obligaron a guardar la pancarta y largarse. Es que no es fácil difundir el mensaje de los extraterrestres en el país del Sagrado Corazón. Nomás en el parque, la oferta es muy amplia: la santa misa que tienen enfrente, el pastor evangélico que predica frente al busto del general Alcántara Herrán, los krishna que danzan al pie de la rotonda, los yoguis que se toman un claro más arriba de la carrera quinta, el culto casi secreto al fuego que realiza un grupo de afrodescendientes, los cristianos que celebran ritos esporádicos, las multitudinarias celebraciones del pastor Enrique Cañas Estrada y hasta los satánicos que se internan monte adentro para luego dejar los árboles con guirnaldas de pollos muertos y gatos sin cabeza. Quizá por ello el promedio de asistentes a la meditación sensual no supera los cuatro raelianos.

El cuarto raeliano, el recién llegado, es Alan Rojas, máximo jerarca en Colombia. Es un hambriento de fe que se indigestó en el bufé de creencias que estaban a mano, antes que la verdad de los Elohim le fuera revelada en 1988. Frente al Parque de las Nieves, se encontró un cartel que decía: "Los extraterrestres me llevaron a su planeta, conferencia única, 19 de diciembre, Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada 7:00 p.m.". La entrada costaba 500 pesos. Asistieron unas 60 personas. Los conferencistas eran un chileno y dos suizas. Al final se despidieron con una invitación a verse al día siguiente en el lobby del Hotel Tequendama, a las siete de la noche. A esa cita solo acudieron Alan Rojas y dos personas más. Les vendieron El mensaje de los extraterrestres, libro en que se cuenta cómo al periodista y automovilista Claude Vorilhon se le aparecen el 13 de diciembre de 1973 unos extraterrestres llamados los Elohim, lo suben a su platillo volador y le explican la Biblia. Jesús era un enviado de ellos. Todos sus milagros se interpretan gracias a la tecnología de punta que ya poseían, el gran pez que se come a Jonás era en realidad un submarino, la lluvia sobre Sodoma y Gomorra fue una explosión atómica… El Antiguo Testamento y los Evangelios son el relato mitificado que podría surgir, por poner un ejemplo, de una docena de galileos de hace dos mil y pico de años deslumbrados frente a un iPod. Los Elohim le encargan a Vorilhon, ahora rebautizado Raël, que funde el movimiento raeliano, cuyo fin es propagar esta verdad y allanar terreno para el descenso de la nave espacial en que vendrán a la Tierra sus representantes. El problema es que los Elohim no quieren llegar a la brava, mientras la gente no esté preparada para recibirlos. Además, temen que el ser humano, en su ignorancia, los ataque y pueda causarles algún daño. Por eso le han encargado a Raël y a su movimiento la fundación de una embajada que todos los gobiernos reconozcan, ojalá situada en la nación de Israel.

En la segunda parte del Mensaje de los extraterrestres se cuenta otro encuentro de Raël con los Elohim, dos años después, y el viaje en que lo llevan a conocer su planeta. La primera noche de su estadía, los hospitalarios Elohim ponen a disposición de Raël seis mujeres hermosas y lujuriosas a las que el buen terrícola se entrega más en cuerpo que en alma (pues el alma no existe). En ese planeta se encontrará con Jesús, Buda y Mahoma, además descubrirá que él es el nuevo mesías y deberá impulsar la clonación, la creación de un solo idioma y la conformación de un gobierno mundial, así como quitar el derecho al voto de quienes no sean genios…, las exigencias son amplias y variadas.

Pero volvamos al sistema solar, a la Tierra, a Bogotá, al Centro Internacional, al lobby del Hotel Tequendama. Los tres aspirantes fueron invitados para unirse el domingo al chileno y las suizas en la meditación sensual. El único que asistió fue Alan Rojas. Luego lo invitaron a pasar el 24 de diciembre con unos amigos de ellos, en Fontibón. Alan llegó con la cabeza cuajada de preguntas que, si no respondió, no importaba, pues terminó encamado con una de las suizas, la más joven, la más bonita. Cuando el chileno y las suizas se fueron, Alan Rojas ya tenía una misión: fundar el movimiento raeliano en Colombia. Ocho meses después se gastó todos sus ahorros para asistir a una convención en Toulouse, con Raël en persona. Luego duró tres meses en Suiza. Le ofrecieron trabajo en una fotocopiadora, pero Rojas, consciente de su compromiso histórico, pensó: "Y si me quedo acá, ¿quién va a contarles esto a mis compatriotas?". El 22 de febrero de 1990, Alan Rojas logró traer a su bienamado profeta Raël hasta la arisca meseta bogotana, para una conferencia que rebosó el salón que alquilaron en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, e incluso lo llevó a hacer la meditación sensual en el parque. Han pasado 16 años desde entonces. Alan Rojas tiene hoy 37 años, una respuesta para todo, una imbatible certeza en la mirada, una capul de niño, una risa amarillenta y un buzo gris que dice "Dios no existe. Vida en la tierra, creación extraterrestre. www.rael.org".

Rojas se abraza con los demás: "Cómo estás, amado Sigifredo", "Qué tal todo, amado Carlos Andrés", "La paz sea contigo, amado Sergio". Luego se retiran a un islote de pasto entre los caminos que cruzan los alrededores de la plazoleta. "Los Elohim tienen una sofisticada computadora que capta las ondas telepáticas de todos los humanos. Gracias a esa tecnología avanzada, por medio de la meditación sensual, nos comunicamos con nuestros padres creadores", explica Rojas. Se acuestan en el pasto, cierran los ojos, "Vamos a relajar todo nuestro cuerpo, vamos a transportarnos a un planeta maravilloso donde hay algas multicolores; los Elohim, que son como niños juguetones, vienen a abrazarnos", etcétera, etcétera. Al cabo de cinco minutos la meditación sensual se da por terminada. Un nuevo abrazo de todos entre sí y luego se toman de las manos en círculo para cerrar los ojos y levantar el rostro hacia el cielo, que se ha llenado de nubes muy grises. Luego se sientan en una ronda e intercambian noticias científicas, casi todas venidas del sistema de información raeliano, discuten actividades de proselitismo y posible vinculación de nuevos adeptos. En todo el mundo hay más o menos 90 mil raelianos; en Colombia, dice Alan Rojas, son alrededor de 200. Finalizada esta breve puesta en común, los raelianos se dirigen hacia los lados del planetario. Sergio, un músico que toca en las agrupaciones Bhang y Verde3, es el más entusiasta, quizá porque está recién llegado al movimiento. Ingresó a los raelianos luego de explorar diversas prácticas como el reiki y las tomas de yagé. Hace un mes estuvo en una exposición de arte, en una galería de Chapinero, donde vio un videoarte en el que aparecía Raël, en cámara lenta, soplando un arito que formaba pompas de jabón. Ese mismo fin de semana estuvo en una actividad en el colegio de su hijo, y los pusieron a hacer pompas de jabón. Desconcertado por la coincidencia, cuando llegó a casa se metió a Internet y leyó de un tirón el libro de Raël. Hace poco, en Suesca, se concentró para comunicarse con los Elohim y vio unas luces móviles en el cielo. Alan Rojas se muestra escéptico, dice que cualquier cosa no se puede catalogar de una vez como manifestación de los Elohim.

Sigifredo y Carlos Andrés van detrás. Uno es funcionario del Icfes y el otro trabaja en una empresa de seguridad, el primero lleva la pancarta enrollada y su compañero, una bicicleta. Estos dos son más parcos, pero quizá más disciplinados que Sergio y el mismo Alan Rojas. El cuarteto, sin excepción, lleva medallones con el símbolo raeliano; originariamente era una esvástica que devenía estrella de David, pero, aclara el libro de Raël, por respeto a las víctimas del holocausto y el esfuerzo raeliano "para apoyar las negociaciones con el gobierno israelita concernientes a la construcción de la embajada", Raël cambió la esvástica por una espiral en forma de galaxia que "también representa el infinito en el tiempo". Lo de la embajada está bien embolatado, pero mientras tanto los raelianos han construido un ovnipuerto entre San Vicente y Rionegro. Se trata de una estructura blanca, circular, de 40 metros de diámetro. Una réplica donde por lo pronto funciona el monasterio raeliano, pues la pista real para el aterrizaje de ovnis es de 150 metros, acorde con las medidas del templo de Ezequiel. Se necesitan otros requisitos de índole política y administrativa que han empantanado la construcción de la verdadera embajada: que el gobierno colombiano le otorgue carácter de extraterritorialidad a la zona, como es el caso de cualquier embajada, y reubique el aeropuerto José María Córdova para que las naves no interfieran los sistemas de radar y comunicación. Lo ideal, por supuesto, es que fuera construida en Israel, pero si no se puede en la tierra prometida, ¿qué mejor sustituto que la vereda Las Hojas, en el oriente antioqueño?

Está chispiando. Hace frío. Los raelianos llegan a su destino, se detienen en la séptima frente al CAI de la 26, extienden la pancarta, la misma que sacaron hace un mes en mitad de misa. Le pregunto a Alan Rojas si no teme que escriba que son un montón de lunáticos sin oficio. Me mira muy serio y me dice: "Yo tengo una lista de todos los periodistas que nos han entrevistado. Cuando vengan los Elohim y traigan a Jesús, a Buda y a Mahoma, solo los que nos trataron bien podrán hacerles alguna pregunta en la rueda de prensa que organizaremos". Sergio se va al Terraza Pasteur para cotizar unas camisetas con el símbolo raeliano, Sigifredo y Carlos Andrés, hieráticos, sostienen la pancarta. Alan Rojas empieza a repartir volantes. Llueve.

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