Lo más SoHo de Fernando Quiroz

Lo más SoHo de Fernando Quiroz

Amar a Dios sobre todas las cosas es la versión de los 10 mandamientos desde su propia experiencia.



El hombre se tomó su tiempo para sacar de la bolsa una especie de collar de perro adornado con centenares de delgadas puyas. Me lo entregó, se puso de pie para explicarlo con mímica, y me dictó una de las normas que debía seguir en adelante, hasta que la muerte marcara mi tránsito hacia el cielo: "Lo usamos dos horas al día, en el muslo, lo más apretado posible".

Mi cara de pánico lo dijo todo. Ni siquiera tuve palabras para agradecerle que me estuviera haciendo partícipe de uno de los secretos de la congregación. Me levanté, fui al baño, me bajé los pantalones y me puse el cilicio por primera vez. Dolía. Por supuesto que dolía. Salí de allí cojeando y entré a la capilla para ofrecerle mi dolor a monseñor Escrivá. Cuando me arrodillé, la tensión de los músculos hizo que las puyas me hirieran con más fuerza. Cuando me senté, la madera oprimió el collar de castigo contra la piel.

Tenía quince años y era, además de virgen, no más que un niño ingenuo al que apenas se le empezaba a dibujar la sombra del bozo. La escena ocurrió en uno de los cuarteles del Opus Dei, disfrazado con un aviso de club juvenil junto a la puerta, exactamente en el lugar donde hoy está ubicado el restaurante El Salto del Ángel. Había llegado hasta allí invitado por un amigo de cuyo nombre no quiero acordarme, luego de cuatro o cinco jornadas de fútbol.

Estudiaba en el Gimnasio de los Cerros, una de las quinientas instituciones educativas en las que los seguidores de Escrivá practican la pesca, y a este compañero de pupitre le habían anotado mi nombre en una lista para que empezara a trabajarme.

Se me estaba volviendo una buena costumbre de sábado ponerme los guayos, cuando el amigo me propuso acompañarlo a una charla al final del partido. La historia empezó a repetirse, y a las charlas les fueron sumando meditaciones, ratos de oración y misas cantadas, en dosis controladas pero efectivas, suministradas con tacto y con paciencia. Disimuladas en medio de un paseo de vez en cuando, un asado de domingo, una tarde de guitarra y una que otra cerveza.

Era cuestión de seguir al pie de la letra el manual de funcionamiento que había diseñado un cura español de nombre José María Escriba Albás, que en aras de sonar más interesante y de más alcurnia lo había modificado por el de Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, y, según dicen, había comprado el título nobiliario de Marqués de Peralta. Un cura amigo de Francisco Franco que logró imponer doce de los diecinueve ministros del Generalísimo en uno de los momentos más temidos de la dictadura. Un cura fallecido en 1975, beatificado en 1992 y canonizado en 2002, en uno de los procesos más acelerados y polémicos de la historia del catolicismo. Un cura al que terminé creyéndole que "el matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo", y al que terminé llamando Nuestro Padre.

Nuestro Padre, porque todos éramos hermanos. Por cierto, solo hermanos: no había mujeres en aquel cuartel, y no me lo pregunté a tiempo: porque hay muchas cosas que uno no se preguntaba, en ese entonces, a los quince años. Y cuando me lo pregunté ya había renunciado a los placeres de la carne, porque también me había creído otro cuento del cura de Barbastro: que la abstinencia es superior al matrimonio. Y no sabía que el cilicio cumple funciones de inhibidor sexual. O mejor, que en cierta medida calma el instinto, porque el dolor y el placer se tocan, y en ocasiones se parecen, y para muchos —Marqués de Sade, Marqués de Peralta— van de la mano.

Las mujeres van a otros cuarteles, en los que solo hay hermanas. Y deben mantener la cabeza agachada, porque son mujeres. Y usan faldas largas todos los días de su vida para que jamás revelen las formas de su cuerpo. Y no visitan al ginecólogo para evitar las tentaciones. Y no duermen sobre el colchón, sino encima de una tabla, porque Nuestro Padre pensaba que "sus pasiones requieren más disciplina". Y él las quería prudentes: "Ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas".

Las únicas mujeres que vi en esa casa entraban por la puerta de atrás, casi a escondidas. Si por mala casualidad uno coincidía con ellas en la esquina, había que seguir de largo y darle la vuelta a la manzana mientras ingresaban. Tenían horarios precisos para arreglar la casa y brillar los altares: si estaban en el segundo piso, atravesaban una silla en las escaleras para que ninguno de los hombres subiera. Si estaban en el de abajo, todos debíamos esperar arriba. Cuando iban a pasar de uno al otro, tocaban un timbre de advertencia y nos escondíamos en un cuarto, a puerta cerrada. Cuando preparaban la comida, la hacían pasar por un torno que comunicaba la cocina con el comedor, para que jamás tuviéramos que verles la cara. Para mantener a raya al demonio.

Son las auxiliares del hogar. San Josemaría las convenció de que alcanzarían la santidad si dedicaban su vida a servirles con abnegación a los demás miembros del Opus Dei. Pertenecen al estrato más bajo de una congregación en la que hace falta algo de clase y algo de dinero para llegar al cielo de Nuestro Padre. No en vano, los numerarios —los que han optado por el celibato y viven en las lujosas mansiones de la secta— les entregan cada mes el cheque del sueldo a sus superiores, y a los cinco años firman un testamento a nombre de la organización. Es un momento de júbilo que se conoce como la fidelidad.

Yo no alcancé a dejarle mi testamento a esta "mafia de guante blanco", como es conocida entre algunos de sus críticos. Lo siento: mis ahorros no ayudaron a financiar la compra de ninguna de las doce productoras de cine y televisión que tiene el Opus, ni una sola de las 38 agencias de noticias que controla en el mundo. Tampoco les ayudó a levantar sus palacetes, como el de 17 pisos que construyeron en el corazón de Manhattan con una inversión de 70 millones de dólares. Lo siento: no alcancé a entregarles cheque alguno, porque ni siquiera había salido del colegio cuando desperté, a las malas, de ese infierno al que me llevaron engañado con la ayuda de algunos de mis propios maestros. Maestros como el que un día encontró en la cartelera del salón una fotografía hermosa de Kim Basinger y nos preguntó, mientras la arrancaba indignado, si acaso teníamos un pene en el cerebro.

Unos meses después de haber aceptado no solo ingresar a la congregación, sino además mantenerlo en secreto incluso frente a mis padres —no en vano los han demandado muchas veces por meterse con menores de edad—, comprendí que aquel profesor al que le habían prohibido hablarnos por ejemplo de García Márquez, porque lo consideraban inmoral, tenía razón: yo tenía un pene en el cerebro. Creo que todos los hombres lo tenemos... incluso los que tratan de ignorarlo con heridas en el muslo y golpes en la espalda.

Pero lo comprendí tarde: ya estaba metido de cabeza en una secta, sin saber lo que era una secta. Ya me había acostumbrado a besar el suelo al despertarme, a bañarme con agua fría, a hacer oración media hora por la mañana y media hora por la tarde, a ir a misa en latín todos los días, a rezar el rosario, el angelus y las preces, a rociar la cama con agua bendita antes de acostarme.

Ya estaba habituado a confesar mis pecados al menos una vez por semana, aunque no sabía entonces que luego los debatían en un comité y que los consignaban en una especie de bitácora del pecado que llevaban de cada uno de los que habíamos caído en la red. Ya me habían preguntado cuántos carros había en la casa y a nombre de quién estaban, y me habían pedido que entregara los regalos del último cumpleaños. Me prohibieron asistir al matrimonio de mi hermana, aunque al final tuvieron que acceder, para no despertar más sospechas de las que ya habían despertado: a mi familia, a pesar de ser profundamente católica, le empezaba a parecer raro "que me la pasara metido todo el tiempo en esa casa". Una casa en la que no alcancé a vivir, porque tenía menos de 18 años, pero a la que me iba todos los días, sin escalas, después del colegio. La de mis papás, durante ese largo y negro año, no fue más que un hotel.

También me habían amenazado con el infierno. Convencido de que no solo de cilicios y oración vive el hombre, un día le pedí el teléfono a una niña —tan niña como yo— que me presentó un primo en alguna reunión de familia a la que seguramente asistí sin permiso. Al día siguiente, luego de un fuerte interrogatorio, confesé mi pecado con un arrepentimiento tan grande como si en vez de haber rozado su mejilla al despedirme la hubiera violado.

Pero no fue el infierno lo que más me asustó en ese año de mi vida en el que amé a Escrivá de Balaguer sobre todos los dioses. Cuando mis superiores descubrieron que las dudas que se sumaban en mi cerebro empezaban a hacer su trabajo, cuando sintieron que estaba a punto de cruzar la puerta de salida para no volver jamás, mi director espiritual —el mismo tipo que me enseñó a torturarme— me llevó una tarde a su despacho y me contó la historia de un numerario que unos años atrás había abandonado el Opus Dei y ahora tenía cáncer y su familia estaba sumida en un profundo sufrimiento.

Esa noche lloré sin consuelo: me habían lavado lo suficiente el cerebro como para que creyera historias de terror de ese corte. Para que al día siguiente, en contra de mi voluntad, volviera a amarrarme el collar de perro. Para que aceptara que mi correspondencia fuera leída primero por el director de la casa. Para que le diera crédito a sentencias como la de uno de los duros de la secta, que aseguraba que "el noventa por ciento de los discapacitados son hijos de padres que no han mantenido la pureza antes del matrimonio". Para que siguiera escribiendo cartas con destino al Vaticano para pedir la beatificación de un cura español que promovía la "santa intransigencia" y que alguna vez, en Chile, en plena dictadura de Pinochet, aseguró que aquella sangre derramada era necesaria.

Cumplí con temor las normas durante un tiempo más, hasta que entendí que el verdadero infierno era el que estaba viviendo en el Opus Dei. Escrivá de Balaguer y Albás, Marqués de Peralta, decía que no daba ni cinco centavos por el alma de alguien que abandona la congregación. Que lo sigan creyendo los 85.000 miembros que tiene la secta regados por el mundo, haciendo daño como él. Yo no doy ni tres centavos por la suya, aunque ahora llamen santo al peor de mis verdugos: al autor intelectual de ese crimen que cometieron conmigo y que siguen cometiendo con decenas de miles de niños y de jóvenes en todo el mundo. Amén.

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