Los Ballesteros son veintinueve y son hinchas del Santa Fe. Hinchas del Santa Fe pierda o empate. No dejan de ir nunca al estadio porque los arrastra una pasión ciega con la que, contra toda evidencia, son felices
Y se ríen. Ante el chiste más pesado posible sobre la inutilidad de ser hincha del Santa Fe, los Ballesteros se ríen ¿cómo de cansancio?, los Ballesteros se ríen como de cansancio ante tantos chistes pesados como les deben de haber hecho a lo largo de una historia sin claudicaciones, a pesar de la evidencia rotunda de haber escogido no un equipo sino un sufrimiento.
Los hermanos Ballesteros -Guillermo, Jorge, Óscar, Fercho, Pilar, Chepe, Darío, Patricia, Alex- han sufrido el hincha que llevan por dentro y por fuera. Por dentro porque lo son, genuinamente, con una alegría sin dolores, pura, a prueba de aguaceros y de autogoles. Y por fuera tienen el corazón rojiblanco, porque el corazón de los hinchas es la camiseta del equipo que ellos se ponen felices y felices la cambian cada vez que cambian los patrocinadores, lo que pasa cada rato.
Se ríen también no solo por el blindaje que se les ha formado en todos estos años de fanáticos de la utopía y en el cual rebotan los chistes más sangrantes que les hacen, sino también porque son felices. Y son muchos. Veintinueve, contando los santafereñitos, que son los hijos de los santafereños, y súmenles a ellos las esposas, y uno que otro vecino y algunos primos lejanos que también lo son, y que se agregan a todo el resto en desarrollo de esa bola de nieve de las familias colombianas que se pasan la vida recogiendo/aceptando a todo el que quiera adherirse a la causa.
La causa de ellos se llama Independiente Santa Fe, esa obstinación bogotana que nació quizá primero que todos los equipos de fútbol de Colombia y se ha dedicado desde entonces a recoger sinsabores los domingos por la tarde. Y si hay partidos los miércoles por la noche, pues los miércoles por la noche también van al estadio a recoger los sinsabores.
De esperanza en esperanza, los Ballesteros han hecho de su fanatismo más un acto de fe en el futuro que cualquier otra cosa; un acto de fe en el cual ellos se empeñan en ver una estrella aunque lo que realmente ven son luceritos fugaces. El equipo que los mueve y los aglutina y los entretiene fue fundado en 1941, hace 65 años, y ha obtenido en todo este tiempo seis títulos. Seis títulos en 65 da un título cada diez años y ocho meses y eso que en el caso del Santa Fe los primeros los obtuvo muy recién comenzada su historia, porque al buscar la última sonrisa, esta está a 31 años luz, en el remoto 1975, cuando alegremente celebraron la estrella desde entonces esquiva.
Los Ballesteros se saben esas cuentas, pero no las recuerdan. Para qué. Son hinchas profundos que no le meten razón a su escogencia y que van por las tribunas haciéndose los bobos ante las malditas tablas de posiciones y ante las habituales decapitaciones que sufren en las puertas de los torneos importantes. Son hinchas profundos que heredaron una elección y que no le meten análisis al porqué se dejaron arrastrar hasta este tormento. Sin saberlo, saben que en la escogencia de equipo hay unos misterios no descifrados.
Es esa la decisión de inclinarse por un equipo o un color de uniforme o una influencia regional o una herencia consanguínea. Cualquiera de esas atracciones construye un hincha que después, ya hecho el juramento de sangre, se da cuenta de que lo que escogió fue una manera de vivir los domingos. O sonrientes como, por ejemplo, los de los hinchas del Barcelona que a punta de resultados combaten los atardeceres lúgubres de esas horas del suicidio. O hinchas mustios que por haber escogido lo que escogieron tendrán domingos grises como si se los hubiera impuesto una maldición gitana.

 

En el caso de los Ballesteros, la historia arrancó cuando a Guillermo, el hermano mayor, le contaron en la escuela que el Santa Fe había ganado ayer. Para no aparecer demasiado nerdo, dijo ahhh sí, qué bien. Pero lo dijo por decir, por no quedar de pendejo, porque de Santa Fe no había oído ni hablar. En su casa había un papá incombustible a la diversión, enemigo de la dispersión escolar; un papá que reprimía sonrisas y a quien hubo que hacerle trampas para poder desarrollar la pasión que se comenzó a desatar en Guillermo y que transmitió muy pronto a Jorge, el hermano número dos.
Ya eran dos. Estamos en 1966 y es el minuto cero de la carrera hacia el fanatismo santafereño de los Ballesteros. Los hermanos oían por radio los partidos en un volumen que no perturbara al papá, ni siquiera que no lo perturbara, que no los delatara que estaban gastando tiempo en tonterías de esas. Y los oían. Oían las gambetas de Resnik y la muralla que era Claudionor Cardozo. Oían los goles de Omar Lorenzo Devani y por la radio supieron de Gabriel Ochoa Uribe, el entrenador histórico que le puso estrellas de campeón al escudo del equipo.
La pasión clandestina se desató. Tal vez más rápido, por cohibida, se desató. Y los hermanos Ballesteros, los dos primeros hermanos Ballesteros, se descubrieron y fueron arrastrando uno a uno a todos los demás Ballesteros que fueron naciendo y se fueron matriculando a la causa santafereña hasta completar a todos los nueve que son los hermanos y a todos los veintinueve que son todos todos todos contados todos.
Contados dentro de todos a Diana, la sobrina mayor, quien no hay pecado que no le perdone Léider Preciado, el apático centrodelantero de estas épocas, pero que Diana cree que no es apático ni antipático, sino solamente tímido, pobrecito. Contados también Camilo, Sergio y Katerín, recién llegados a la tribuna porque ya cumplieron los requisitos legales y los familiares. Desde que cumplen ocho años pueden asistir al estadio, porque para entonces tienen la estatura requerida en los torniquetes de las entradas.
En estos cuarenta años de servicios a la causa rojiblanca de Bogotá, los Ballesteros han estado juntos. Juntos han viajado por el país persiguiendo el sueño inasible: han recibido insultos en casi todos los acentos, en paisa, en costeño, en tolimense, a donde han ido de visitantes gastando ahorros, prestando plata, ayudándose los unos a los otros en una complicidad económica de la que son expertos los Ballesteros para poder ser tan hinchas fieles como los Ballesteros.
Han viajado en bus muchas veces; también en avión, claro, cómo no; han dormido en las aceras de los estadios y en hoteles de cinco estrellas como aquella vez en Cartagena, en el Decamerón, cuando Guillermo y Jorge literalmente se volaron de las familias para darse el gustico. Se lo dieron a medias: muy bien alojados, muy bien dormidos, muy bien viajados, pero por todo lo bien que estaban llegaron al estadio cuando el cupo estaba completo y no los dejaron entrar ni con boletas.
Para poder desatar sus pasiones hacia el Santa Fe, los Ballesteros son solventes. Con ahorros, dije. Y con las ganancias de sus trabajos, porque en la vida les ha ido bien; y con rifas si son necesarias y bailes y empanadas, si toca. Se las imaginan para completar la plata que necesitan, como la están completando ahora mismo para hacer todos -todos los veintinueve- un viaje a Buenos Aires, esa ciudad que para ellos es algo más que Caminito, algo más que Puerto Madero, algo más que El Querandí: es donde nacieron Gotardi, Pandolfi, Sarnari, estrellas que para ellos siguen titilando.
También han recibido insultos de locales, como aquella tarde a la salida de El Campín, cuando los agredieron a botellazos en ese episodio del que queda de recuerdo la cicatriz que lleva Óscar como si fuera un trofeo, la cuota obvia del sufrimiento de un santafereño genuino.
Porque genuinos, genuinos. Y dentro de lo genuinos, pacíficos. Y como pacíficos, respetuosos incluso de las calamitosas contrataciones; de los defensores tiesos; de los delanteros egoístas; de los directores técnicos discutibles. Ellos son hinchas que aceptan la mano como venga. Y no forman parte de ninguna barra de esas que se llaman como se llaman, La Guardia Albirroja Sur, Expreso Rojo, La 25, así se llaman. Son de la barra de Los Ballesteros, de apellido sin pancartas, y se hacen ahí, en la tribuna de Occidental, abajo, contra la baranda, por donde sale el equipo, y ahí se parchan bajo los asiduos aguaceros a esperar el milagro, por si llega, a soportar la infelicidad que llega de manera más puntual.
Para eso se hacen aquí, en donde estoy, en donde estamos. Llueve sin piedad en la tarde desde la cual hablo. Y plásticos y capas y capuchas. Muy pronto un despabile de la defensa santafereña, un balón sin dueño que queda a merced del más avispado, y el más avispado resulta ser un delantero del adversario que celebra. Una calamidad que reciben con los ojos helados, porque otra vez el equipo tiene los minutos contados antes de ser eliminado. Pero ese gol no les mata la esperanza. Ni ese gol ni el que sigue, porque sigue otro gol del verdugo de turno en una cancha infame que produce un resultado más infame aún. Pero aquí siguen los Ballesteros, pupilas fijas sobre el barrizal. Esperanzas desenvainadas sobre un partido, sobre otro partido imposible. Celebran de pie un cúmulo de toques de balón antes del área, una atropellada final que termina con un pelotazo largo y lento, como de veinte metros, que cruza ante las manos impotentes del portero rival y cuando surgía el grito, pum, ahh, humm, el poste derecho niega la alegría, pero da permiso para elaborar la teoría de lo de malas que somos.
Y así. Llueve. Ya llueve adentro de la ropa. Y, estoicos como todas las otras veces de la vida, los Ballesteros aguantan. Cero a dos. Celebran la pequeña conquista de un tiro de esquina; el casi le acierta a un cabezazo que nunca fue; la gambeta sucia, sucia pero gambeta al fin y al cabo del punterito derecho que se llama Misael Camargo, pero que alguno, tal vez Álex Ballesteros, me dice que le dicen Pelesinho.
De eso se vive cuando se es hincha. Del balón que no entró por milímetros; del rebote que sobró al delantero cuando pudo; de la falta que se comió el árbitro y de que nos hubiera dado al menos una ilusión, otra ilusión; de decirle Pelesinho a una promesa. De eso viven los Ballesteros que viven ahora, saltando y escurriendo el agua que han represado, del gol que acaba de conseguir Montoya y que pone las cosas dos a uno. Qué emoción. El-empate-se-vive-se-siente. Y después del empate, pues llegará la victoria final y la esperanza vigente en la clasificación. Y después la Copa, claro, y la Bombonera y el Monumental de Núñez y, por qué no, el Camp Neu. De eso, de lo que viven los hinchas como los Ballesteros que ahora de dientes apretados esperan el empate para seguir trepando la cúspide, pero se les vuelve a atravesar la desgracia con un balón más veloz que la defensa jugada al ataque y, sin ningún aprecio por los Ballesteros, un delantero rival cobra una conquista fácil y definitiva. Eliminados.
Otra vez será. Adiestrados en la amargura, aquí van todos sacudiendo capuchas-plásticos-capas. Mojados hasta las medias. Pero, felices como son, antes de llegar al lugar en donde siempre parquean los carros, los Ballesteros hacen breves comentarios sobre lo que pudo haber sido y no fue, pero, sobre todo, hacen pronósticos sobre lo que vendrá. De eso, de lo que viven los hinchas como los Ballesteros: de pronósticos, de esperanzas. De recuerdos no. De olvido, mejor.
Y felices como son viajan a sus casas. Viajan al Timiza, a Villa del Rosario, al Tintal, al Mandalay, a Santa María del Lago. A los barrios en donde quedan sus casas que es la única distancia que separa a esta familia dulce, ciento por ciento por ciento por ciento bogotana. Nada más que calles hay entre ellos, porque de resto solo afectos y Santa Fe los une. Santa Fe y afectos, mejor. Por eso, sin digerir la última derrota, planean desde ya la próxima vez. Será donde Chepe -casi siempre es donde Chepe-, y harán un almuerzo antes del partido. Irán todos. Chepe sabe que tendrá que conseguir treinta y ocho libras de costillas de cerdo y dieciséis de huesos de marrano, que es en promedio lo que se consumen en un almuerzo multitudinario.
Todos saben que después del almuerzo, el estadio.
Todos saben lo que pasará en el estadio.

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