El Parque Nacional, los domingos a las ocho de la mañana, es uno de los lugares más extraños de la ciudad. La cita era en la Torre del Reloj, donde un reloj moderno sobre un monumento cuadrado de mármol se encuentra detenido en las seis y cuarto. Cuando me dijeron "caminata nudista", me imaginaba cincuenta personas desnudas, reuniéndose en ese lugar, cubiertos solo con una toalla, desafiando al frío con ejercicios de calentamiento. Me los imaginaba viejos y con sobrepeso, sin ninguna vergüenza.

Ahí no había nadie similar. Estaban los alumnos de la escuela Manuela Beltrán, con uniformes azules, y un tipo con un megáfono anunciaba unas pruebas que les darían crédito en su año escolar; a un lado, un grupo de atletas se colgaba números en las camisetas y se ponía en parejas para calentar. Detrás de unos árboles alcancé a ver a una mujer sin camisa y me acerqué. Debía ser una de las nudistas. Estaba charlando con un policía, pero cuando llegué a su lado me di cuenta de que le gritaba: "¡Este es un parque de mierda!", y se vestía. "¡Yo no estoy robando! Estamos tomando trago". Terminó de vestirse y se fue, con tres tipos y otra mujer.

Me devolví al punto de encuentro. Un señor de unos cincuenta años estaba reuniendo a un grupo de gente de su edad. Cuando creía que era la gente que buscaba, se acercó al grupo una niña. ¿Una niña nudista? No lo creo.

A las ocho y veinte de la mañana se me acercó un hombre de unos cuarenta años, pantaloneta y chaqueta. "¿Usted está buscándome?", me preguntó. Me sentí como en una película de espías. "Depende", contesté, insegura de si esa era la clave secreta. "Soy de la revista SoHo". El hombre se presentó, me guió hasta una banca y me pidió que esperáramos, que ya vendría el resto de la gente. Al minuto llegó otro, vestido de la misma forma: pantaloneta, chaqueta, botas. Y otro más, un tipo que venía de Venezuela, por negocios, y que había aprovechado para hacer la caminata nudista.

Esperamos mucho tiempo. Casi una hora, pero de los diez inscritos para esa mañana solo vinimos tres. "Es el frío —me explicaron— y los periodistas, que los espantan". Antes de subir, el líder del grupo me dio una hoja en la que me comprometía a no decir su nombre ni a mostrar su cara en las fotos. "¿Por qué hacen esto?", le pregunté. "¿Qué sentido tiene estar desnudos en temperaturas de ocho grados?". "Porque nos gusta", me respondió. Su respuesta me pareció exhibicionista, pero luego elaboró. "Nos gusta el contacto con la naturaleza. El hombre no debería andar vestido, esos son tabúes impuestos por la religión". "¿Por qué no quiere que se sepa su nombre si usted no hace nada de lo que pueda avergonzarse?", le dije entonces. "Porque trabajo con clientes. A algunos les puede resultar incómodo".

Comenzamos a subir a eso de las nueve y cuarto de la mañana. Nos acompañaban dos agentes de la Policía de Turismo, a quienes el Grupo Naturista de Bogotá (así se llaman a sí mismos quienes les gusta andar desnudos) había contactado días antes para que escoltaran la caminata. Subimos en silencio a través del parque hasta llegar a una colina cercana, desde donde se veía la arquitectura del lugar.

"Aquí nos detenemos un rato", dijo Édgar, el codirector del grupo, a quien no le importaba que se mencionara su nombre o que se publicara su rostro. Édgar no trabaja con clientes. Hace quesos.

Hicimos ejercicios de calentamiento y respiramos un poco. La gente bajaba en hordas desde la montaña. Niños, perros, ancianos, había de todo. Aún no sabía cómo iban a desnudarse frente a tantas personas. Seguimos subiendo por un tramo estrecho y rocoso, una trocha que compartíamos con los caminantes que bajaban, muchos de ellos desde el vecino cerro de Monserrate.

Estas caminatas nudistas no son frecuentes. Las realizan cada dos o tres meses. También cada dos o tres meses organizan un fin de semana en Melgar, en una finca alquilada, donde hacen todo lo que hace cualquiera en un paseo, pero desnudos. Les gusta también hacer yoga desnudos.

Mientras subimos, vamos hablando del pudor y de los tabúes. El venezolano, Raúl, cuenta con orgullo que fue uno de los que posaron para la foto de Spencer Tunick, el artista que toma desnudos en las calles del mundo. Dicen que el movimiento nudista en Colombia tiene muchos adeptos, pero no tantos como en España o Estados Unidos. "¿Hay playas nudistas en Colombia?", pregunto. "¡Claro!", me responden, casi fastidiados por mi ignorancia. La playa del fondo en el Parque Tayrona es nudista. Raúl ya fue allá. Es preciosa, dicen, y aprovechan para invitarme a que la conozca un día. "Yo no me desnudo en público", les digo. Raúl se ríe y me explica que si voy a esa playa vestida me sentiré igual de incómoda que una persona desnuda entre cientos de "textiles", que es como llaman a la gente que usa ropa.

El ascenso es largo y difícil. Subimos hasta un plano, donde un señor vende paletas de colores. Todos los domingos llega con una maleta de icopor a vender sus paletas y hasta ahí llegan los caminantes. Los más osados, como los nudistas, siguen por el filo de la montaña. Casi a las once de la mañana nos detenemos en un claro en el bosque.

"Aquí es donde nos despojamos de nuestra ropa", me dicen, y comienzan a desvestirse. Noto que el líder me da la espalda, no sé si por pudor o porque estaba de antemano en esa posición. Los agentes, que nos han acompañado en silencio, miran para otro lado. Yo también. No estoy acostumbrada a ver hombres desnudos, me parece extraño. Se quitan todo menos las botas y Édgar guarda un kleenex en la media para limpiarse la nariz, que moquea con el frío. Mientras se desvisten, prefiero mirar el paisaje, unos acantilados llenos de piedra y bosque. Ya no se ve la ciudad.

Cuando están listos, me doy cuenta de que se cuelgan del cuello una pequeña toalla con broches de velcro. "Es por si viene alguien, para usarla. No queremos escandalizar a la gente", pero los caminantes rara vez llegan hasta allá. Comenzamos a bajar por una trocha empinada y angosta, agarrándonos de las ramas para no caernos. El suelo está resbaloso por el invierno, existen vestigios de una granizada y hay una llovizna helada que nos acompaña desde el claro. Los tres nudistas van frente a mí, haciendo equilibrio y esquivando ramas y piedras.

"Esta afición no es común en gente joven", me explicaba el líder antes de comenzar la escalada. "Los jóvenes tienen más pudor con su cuerpo. A los 35 ó 40 años ya uno se ha liberado de muchos tabúes y muchos miedos y es capaz de hacer esto tranquilo". Ellos no son jóvenes. Tienen la edad promedio del nudista, según su líder, pero se nota que hacen ejercicio, por lo menos los dos colombianos, que tienen las piernas fuertes y fibrosas y las nalgas firmes.

Llegamos a una cascada que rompe el bosque en dos. El agua bajaba del páramo, que debía quedar a unos 500 metros arriba. Hacía mucho frío, y los nudistas comenzaron a discutir sobre la posibilidad de bañarse. El venezolano se quitó las botas y las medias y tocó el agua con los pies. Édgar, mientras tanto, sacó una hornilla de su morral y puso a hacer agua de panela. Los agentes seguían mirando para otro lado.

En teoría, en Colombia el nudismo es ilegal. Desnudarse en la vía pública es un acto que amerita cárcel, pero los policías, el agente Ángel y el auxiliar Romero, se hacen los desentendidos. "Nos llamaron para acompañarlos en este recorrido. Esto lo hacemos con frecuencia. Es algo que autorizan desde arriba", me contestan cuando les pregunto por qué están con los nudistas. "Eso sí, si nos encontramos con un nudista en la vía pública nos lo llevamos".

El venezolano se resbala en el barro y se cae, así que tiene que bañarse en la quebrada, porque ha quedado lleno de tierra. Lo compadezco. La lluvia ha comenzado a arreciar. El líder sugiere seguir subiendo por la quebrada y todos lo seguimos. Al cabo de un kilómetro nos damos cuenta de que no hay camino. Hemos vadeado el río varias veces, pero el invierno ha tumbado árboles y cerrado las vías. El grupo se separa, nos quedamos el fotógrafo y yo en el bosque y cuando encontramos al resto del equipo, están discutiendo con los agentes. "Ya los acompañamos a que se tomaran sus fotos desnudos", dice uno de los agentes. "Ahora nos devolvemos por el camino que nosotros conocemos". El líder quiere llevarnos al bosque de musgo, insiste, pero nadie quiere seguir subiendo. Regresamos, vadeando el río, hasta la base de la montaña, y comenzamos el regreso.

"¿Hay mujeres en el grupo naturista?", le pregunto a Édgar. "Sí. Hay pocas, pero las hay. Mi pareja está conmigo en el grupo, pero no quiso venir porque había periodistas. Igual, las mujeres nunca llegan solas, siempre están con alguien". "La relación es de 80% hombres y 20% mujeres", me cuenta el líder. "Nosotros hacemos cosas para incentivar su participación; por ejemplo, ofrecemos la estadía en Melgar a un precio inferior, pero algunas no vienen porque se quejan de que las invitan a salir, de que se meten con ellas". "¿Y usted tiene pareja?", le pregunto al líder. "Ella y yo terminamos. No le gustaba esto, no se sentía cómoda, y era necesario que tuviéramos la misma afición". Mientras lo dice, recuerdo que vi un tatuaje que tenía en el bajo vientre, la mitad de un corazón roto, como si esperara a que llegara la otra mitad. Quiero preguntarle, pero me da vergüenza y me callo. Tal vez no he debido ver eso.

Aún hay cosas que no me quedan claras. Todavía no sé por qué lo hacen. El líder vuelve a hablarme de los tabúes religiosos, culpa a la Iglesia, dice que Cristo estaba desnudo cuando lo bautizaron, y aunque yo estudié en un colegio católico, por más esfuerzos que hago, no puedo recordar que nos enseñaran algo así. "Pero el hombre no se vistió por religión. Se vistió por protección. Para protegerse del frío", le digo. "Sí —contesta—, pero del calor no hacía falta". Yo sigo discutiendo y respondo que sí hacía falta, que los árabes son prueba de ello. "Y además, se viste por protección", le digo, recordando las ramas de la montaña, el lodo, la lluvia. "Esas son caricias de la Naturaleza", me responde el líder. Me levanto las mangas de mi chaqueta, que me había quitado durante un rato, y veo que tengo los brazos llenos de rayones de las espinas de las matas. Caricias…

"¿Y qué hacen en Melgar, por ejemplo?", le pregunto. "Jugamos cartas, meditamos, lo que hace la gente corriente en sus paseos", contesta. Eso no es lo que yo hago en los paseos con mis amigos. Nosotros bailamos, tomamos litros de whisky, terminamos borrachos en la madrugada. ¿Qué es más sano? ¿Qué es más recomendable? Tal vez sí tenemos un pudor extraño por la desnudez, a lo mejor sí la estigmatizamos. Quién sabe. Puede que los valores estén retorcidos.

El día anterior a la caminata, recuerdo, fui a un paseo con los compañeros de colegio de mi hijo de cinco años. Los dueños de la finca les pidieron a los padres que no fumaran enfrente de los niños, porque les darían mal ejemplo. Sin embargo, el papá de una de las niñas, un político conocido, llegó con su hija escoltada por un hombre que sostenía una ametralladora frente a todos los niños. ¿Qué es peor? ¿Que vean fumando a los papás o que vean armas de fuego? El nudismo parece, después de todo, inofensivo. Aunque con el frío de las montañas puede resultar perjudicial para la salud.

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