Nunca imaginé que manejar un carro fúnebre fuera una experiencia tan vital. Llegué a la Funeraria Capillas de la Fe a las 2:04 de la tarde. Era una casa esquinera en la 11 con 69 cuya fachada amarilla con marcos coloniales blancos alcanzaba a despistar. Cuando doblé la calle divisé una camioneta Mercedes negra, impecable, y calcinada por un ardiente sol de tarde sabanera. No había duda, era ahí.

Me recibió Carolina Medina, una empleada carismática y con jerarquía que me introdujo abruptamente en la compleja burocracia de la muerte. Me hablaba de manera deshilvanada de las iglesias con las que tenían convenio, los permisos de las parroquias, la licencia de inhumación y las autorizaciones de la Secretaría de Salud que necesitaba el vehículo fúnebre para transitar. Un brochazo tenaz del papeleo kafkiano que nos persigue hasta el ocaso final. La nefasta burocracia post mórtem. Sus instrucciones, en cambio, fueron lacónicas: carril derecho, velocidad máxima de 60 km/h, revisar el nombre completo de la cinta, y recibir el cajón. "¿Trajo corbata?", me preguntó al entrever mis escasos vellos pectorales. "Sí". Tenía una corbata gris que me había regalado mi abuelo.

No podía ocultar mi ansiedad. ¿Quién iba a ser mi fallecido?

Mientras esperaba, en un diminuto espacio de cuatro metros cuadrados, pasaba de todo: entraban faxes, ¿otro muerto

, repicaban teléfonos, rellenaban planillas, entraba y salía gente. En fin, todo un centro de operaciones del más allá. La planilla de ese día de septiembre tenía trece servicios fúnebres. Desde el traslado de un soldado muerto en combate cerca de Palmira hasta mi fallecido que, hasta ahora, solo sabía que tenía como destino el Cementerio Central de Bogotá. Y que estaba siendo velado en la sala 9 de la funeraria, a escasos metros de esta torre de control operada por un puñado de jóvenes mujeres rodeadas de pantallas, recibos, calculadoras y celulares, y cuya delicada labor de coordinación iba desde solucionar un accidente de tránsito y hacer el trasbordo del cadáver sin contratiempos, hasta empatar la hora de un entierro con la llamada de la morgue de una clínica. Mi servicio era el último de la jornada: las exequias estaban previstas para las tres de la tarde.

Me presentaron a mi copiloto, Jorge Barrero, un curtido líder de cortejos fúnebres que me introdujo rápidamente con las características técnicas del vehículo: Mercedes Station Wagon vino tinto, platinas en fórmica, vidrios templados, división entre la cabina y el baúl, asientos en cuero. Barrero, un hombre delgado y discreto, iba a ser esa tarde mi ángel guardián.

Finalmente llegó el momento que había estado esperando. La improvisada inductora me da el nombre del difunto. "Estos son los datos de la parroquia". Y me entregó una página con los datos básicos. Tenía 69 años, era oriundo de Carmen de Carupa, Sucre, vivía en unión libre y su fallecimiento había sido por muerte natural. Era difícil digerir esa ficha técnica así no más, cual tiquete de parqueadero, sin tratar de imaginar qué ser humano se escondía tras esas escuetas líneas. ¿De qué había muerto? ¿Cómo había sido su vida? ¿Cómo era su familia? Pero no había lugar ni tiempo a la divagación. "Vamos a la sala, que faltan 20 para las tres". Siempre me sorprenderán estos profesionales de la muerte que, en medio del duelo y dolor, hacen gala de una inoportuna eficiencia, o cuando tratamos de envolver esos instantes en un halo especial de dignidad y afecto, están ahí para recordarnos el insoportable peso de la rutina.

En la sala de velación, el ataúd estaba rodeado de coronas multicolores cuyo aroma siempre es imperceptible. Con la ayuda del compañero Barrero introdujimos el ataúd a un ascensor para que lo bajara al primer piso donde nos esperaba el carro. Camino a la camioneta me percaté de que, en realidad, había dos funerarias. En la que estaba, la de los vivos, la del dolor, la de los vestidos negros, la de la burocracia, la de la maldita cotidianidad. Y la otra, la fantasmagórica, la del silencio, la de las batas blancas, la que nunca podemos ver: la de los muertos. Y pude constatar que existía cuando, por unos segundos, se entreabrió accidentalmente una puerta y vi un cuerpo pálido e inerme con dos algodones en la cavidad de los ojos. De inmediato, Carolina cerró la puerta como si en su interior se estuviera urdiendo un plan macabro. "Es el laboratorio". Allí se encargan de conservar los cuerpos, que, en otras palabras, consiste en sacarle la sangre, que es la responsable de la descomposición del cadáver, e inyectarle toda suerte de líquidos y químicos. Y ahí estaba, en el garaje, el Mercedes camioneta vino tinto, justo debajo de una colección de ataúdes embolsados. Me fue imposible no pensar estarlo manejando rumbo a la costa, atiborrado de maletas en el techo, con los hijos salidos por las ventanas mientras aceleraba hacia un horizonte crepuscular y veraniego. Pero me encontraba en el ruidoso corazón de Chapinero y tenía que llevar el cadáver al Siete de Agosto, a las exequias en la iglesia de San Gerardo Mayela. Eran las 2:50.

Instalamos el ataúd con mucho cuidado para que la rosa amarilla que había puesto la hija del difunto pudiera acompañar a su padre hasta el cementerio. "Prenda las luces y coloque las estacionarias", me dijo Barrero, mi copiloto y guardián. Se abrieron las puertas del garaje y un potente haz de luz bañó la camioneta. Metí primera y encabecé el modesto pero digno cortejo fúnebre: un bus y un taxi con una corona de flores en el capó. Cogí la carrera once hasta la Iglesia de Lourdes y después seguí fielmente las indicaciones de mi copiloto, quien me fue introduciendo hacia las fauces de una metrópoli en lunes por la tarde.

Manejar un carro fúnebre es entrar en una dimensión distinta. En medio de la atmósfera frenética de la urbe y de la adrenalina que se palpita en la calle, el cortejo fúnebre es una exaltación a la lentitud. Es una reivindicación de la humanidad a través de la liturgia de la muerte. Es quizá uno de los pocos reductos que le quedan a la lentitud, avasallada por una cultura del afán y la velocidad que ya nos ha dejado a sus peores vástagos: el estrés, la productividad, la ambición, la alienación. Desde la ventana de un carro fúnebre parece verse todo con más claridad: nadie se ve, nadie se oye, nadie se siente, ¿nadie vive? Qué ironía, algunos peatones, al ver pasar el cortejo, se hicieron a un lado, como temiendo que se les acercaba la muerte, cuando desde adentro parece todo un canto a la vida. ¿Será acaso el fallecido que adquirió una nueva forma?

Doblé la esquina y me encontré frente a una muralla faraónica en medio de un barrio residencial. Era la Iglesia. Hora: las 3:05. "La puntualidad es muy importante en estos servicios", me comentó Barrero. Procedimos entonces a abrir el baúl y esperar a que los familiares dejaran a su ser querido en la Iglesia. "¿Entramos?", le pregunté a Barrero. "No, es mejor quedarse afuera". Entendí que a Barrero sus veinte años de experiencia lo habían convertido en un profesional. No se involucraba. Había creado una coraza que le permitía doblegar el entorno de sufrimiento para poder trabajar tranquilo. Había otras razones algo más mundanas. "Hay que cuidar el carrito". Mientras los cantos gregorianos se confundían con el sonsonete estridente de un carrito de los helados, me contó que hace poco le habían robado un bocel al Mercedes. A un compañero suyo, por bajarse a una droguería, le robaron el carro. "Es difícil revender un carro de estos. Pero aquí se roban todo". Mientras terminaba la misa, me provocó con su extenso anecdotario de humor negro. Lo que les pasaba cuando tenían que bajar los cadáveres de los apartamentos por las escaleras, el fino y perverso humor de los tipos que trabajan en las morgues de las clínicas, las historias insólitas del que cuida el cementerio, los accidentes que habían tenido con el muerto atrás y hasta los falsos mitos que se tejen alrededor de la muerte. "Claro que eso solo lo comentamos entre nosotros". Cuando hablaba de 'nosotros' se refería a un gremio informal, que se conoce hace muchos años: el gremio de la muerte. Solo había una cosa que le molestaba a una persona tan imperturbable y reservada como él: que cada vez se respetara menos su trabajo. "Ahora los carros se le cierran a uno, se le meten a la brava a la caravana. No hay la cultura del respeto al cortejo. Eso antes no pasaba". Hasta me contó que varias veces ha recibido su madrazo en la Autopista Norte.

La misa había terminado y nos quedaba la etapa final: el Cementerio Central. En la puerta estaba Luis, un joven que lleva veinte años, sin cuyas indicaciones —y respectiva propina— sería imposible llegar a la bóveda. Pero antes, debía acompañar a los familiares a una ventanilla para otro trámite, un eslabón más en el laberinto burocrático: el contrato de arrendamiento de la bóveda. A la familia del difunto le asignaron una por 220 mil pesos durante cuatro años. Me subí al carro y Barrero me dio la ultima indicación: "Coja las curvas bien abiertas que aquí las calles son bien estrechas". Estacioné exactamente donde me dijo Luis, abrí el baúl, dejé al fallecido a disposición de su familia, y busqué a Barrero para saber dónde debía hacerme para no molestar a los allegados en su despedida final. En ese momento llegaron unos mariachis. El repertorio fue extenso, y el cuadro, conmovedor. Los versos sentidos de Jorge Alfredo Jiménez competían con los llantos incontrolables de familiares y amigos, las palomas revoloteaban en las puntas cónicas de los mausoleos, un hombre de negro filmaba cada detalle para la posteridad y, ahí, impertérrito, el gremio de la muerte, en lo suyo. Luis, recogía los claveles, Mauricio, el sepulturero con ocho años en el oficio, hacía la mezcla de cemento, y Barrero, mi copiloto, miraba discretamente la hora para llegar puntal al próximo servicio.

Yo, conmovido por esa atmósfera de dolor, pensaba que, depende donde uno se pare, palpitar de cerca la muerte es la mejor manera de sentir la vida. Por eso, manejar un coche fúnebre es, irónicamente, más vital que pasear en carroza en luna de miel.

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