Todo comenzó un sábado a las siete y media de la noche. La cita era en la sede de la revista SoHo, y se suponía que allí llegaría la chiva con una buena cantidad de pasajeros enrumbados para realizar el cambio de conductor, es decir, para que yo me hiciera cargo de continuar el recorrido. Cuando vi a lo lejos acercarse a "La Calentona", como se llamaba la chiva que me correspondió conducir, sentí un poco de temor. En primer lugar me asombró el tamaño del armatroste. Era mediana, según vine a saber después, pues las hay de tres tamaños, y aloja a cuarenta personas, pista de baile, discoteca y bar.

Sonaba un vallenato a todo volumen y en ese momento comprendí que me había equivocado en aceptar la propuesta de ser el chofer de una discoteca ambulante, un plan que se puede disfrutar desde veinte mil pesos por persona hasta cincuenta mil, dependiendo del trago y la comida que se quiera. Lo primero que me llamó la atención fue la ubicación del chofer. Nunca me había percatado de que el lugar desde donde se maneja este tipo de vehículos no es como el de cualquier automóvil, al lado izquierdo y contiguo a la puerta de acceso, sino casi en el centro de la primera banca (las chivas no tienen asiento sino bancas). Esto implica que al lado izquierdo del conductor hay cupo para dos pasajeros, y el sentido de anchura del vehículo es diferente, es como tener otro carro pegado al de uno.

Con las chivas hay dos tipos de planes: turístico (si se quiere pasear y conocer La Candelaria, por ejemplo) y el rumbero, el que me toca a mí, que consiste en recorrer zonas donde se concentran los bares de la ciudad. Fabio Martínez, conductor de camiones por casi veinte años y ahora chofer de Chivas Tours de Colombia, había sido designado como mi profesor, maestro y acompañante en mi periplo por las calles bogotanas.

Después de ser presentados, me miró de arriba abajo y pude ver en él una leve sonrisa de burla y compasión. Este señor, debió pensar, no va a ser capaz ni de prender a La Calentona. La primera orden que recibí fue la de subirme a la chiva. La puerta de entrada era muy angosta —las chivas no tiene ventanas— y estaba situada a metro y medio del piso, por lo que me tocó colgarme del paral del parabrisas, dar una zancada de gorila hacia arriba, hacer una flexión de brazos y piernas y meterme en cuatro patas hasta tomar mi puesto como aprendiz de conductor.

Antes de sentarme en el lugar que me correspondía y mientras gateaba en busca del timón, ya estaba mamado de la subida. Además, tuve que ponerme un poncho paisa y un sombrero de cuero liso, que son el distintivo de quienes conducen chivas nocturnas. Cuando por fin pude acomodarme en el lugar del conductor, me di cuenta de que el vidrio panorámico me quedaba a la altura del cuello (yo mido 1.95) por lo que tendría que agacharme un poco y manejar encorvado pero con la cabeza erguida. Debía parecerme a un retardado mental enyesado. Además, tenía la palanca de cambios entre las piernas y tan cerca de la bragueta que corría el riesgo, en una frenada, de perder mi masculinidad o mi virginidad. La primera lección de Fabio fue enseñarme a reconocer cada una de las agujas situadas en el tablero. El motor es Diesel, me dijo, y esta aguja señala si la mezcla de aceite y Acpm es la correcta. Esta otra, vigila la presión del aire. La de la izquierda es la batería y esta última indica la temperatura. Recuerde, continuó Fabio, que el secreto de manejar una chiva consiste en poder hablar con ella. Y ella se comunica con usted por medio de estas agujas. Pues claro, pensé para mis adentros, con el volumen del equipo de sonido no hay otra manera de comunicarse con nadie.

Fundir el motor de una chiva es muy fácil si no se balancean adecuadamente la presión, la temperatura y el aire comprimido. En ese momento pensé en renunciar. Yo, que nunca he logrado entender cómo funciona un motor, que no encuentro diferencias entre un secador y un carburador, debía descifrar en pocos minutos un código de señales que para mí eran jeroglíficos. Pero no se preocupe que yo voy a estar a su lado, me dijo Fabio al notar mi angustia. Por supuesto que sí, le contesté, de lo contrario, me bajo inmediatamente aunque Daniel no me vuelva a hablar el resto de su vida. Una vez finalizada la inducción al mundo de las chivas, procedí a darle arranque. Cuando empecé a sentir bajo mis pies que el motor estaba en funcionamiento sentí terror. No podía imaginar que yo me hallara en esa situación y que de mí dependiera si no la vida, al menos la salud temporal de los pasajeros a mi cargo. Logré superar el pánico, y de común acuerdo con Fabio, resolvimos que daríamos una vuelta al parque de la 93.

Cuando la chiva arrancó, los pasajeros y bailarines se animaron y la música aumentó su volumen. Tomé la calle 93 hacia el oriente y observé, detrás de la chiva, carros particulares, taxis, motos y demás vehículos tratando de adelantarnos porque yo conducía por la mitad de la vía, ya que a causa de lo ancho de ella, me daba miedo rayar o estrellar algún vehículo que estuviera a mi lado. Además, sentía pavor de acelerar porque el freno era muy sensible y ante la menor presión, la chiva paraba en seco. Cuando tuve que dar el giro para darle la vuelta al parque, un taxi se me acercó peligrosamente por la izquierda tratando de rebasarme y frené en seco. Y fue la debacle. Seis pasajeros me cayeron encima y una mujer se fue de jeta contra Fabio. Obviamente se levantaron furiosos y uno de ellos me gritó "¡Frená suave, güevon!". Y pensé: tiene razón en las dos cosas pero especialmente en la segunda...

Después de mucha concentración y sacando fuerzas de donde no las tenía, especialmente para meter el clutch, que parecía estar enterrado en concreto, Fabio me felicitó por mi primera vuelta a la manzana y me ordenó tomar la carrera quince hacia el norte hasta la calle 100. Yo lo miré fijamente y le pregunté si estaba seguro de que yo era capaz, a lo que contestó con una palmadita en la espalda diciendo: "¡Tranquilo, hermano, que usted puede!".

Una vez logré introducirme en el tráfico de la carrera quince, tarea de por sí complicada de realizar así esté uno manejando una moto, me sentí victorioso. En los escasos segundos de descanso que solamente tenía cuando encontraba semáforos en rojo, miraba hacia los lados con un aire de superioridad como si fuera el piloto de un 767. Lo que más me asustaba era tener que frenar, porque no quería que volviera a suceder un desastre parecido al del parque de la 93. Fabio me enseñó, entonces, que el arte de frenar es prever la frenada. Cuando lleguemos a la calle 100, me dijo, lo más probable es que tenga que detenerse en la rotonda. Y me aconsejó, unos metros antes, ponga en neutro la chiva, y se va "frenandito" hasta llegar al semáforo. Qué tal esa conjugación del verbo frenar. Me sacó una carcajada y llegué hasta la 100 "frenandito".

La algarabía dentro de la chiva crecía proporcionalmente a mi ansiedad, gracias también a las luces, los strobers y el sistema de sonido con MP3. Fabio me había ordenado subir hasta la carrera séptima y allí dirigirnos a La Calera. Yo le expresé a gritos, mientras subía por la calle 100, que no me sentía capaz de subir hasta allá . El me decía que siguiera así, que lo estaba haciendo muy bien y yo le gritaba que no subiría por ningún dinero del mundo. En plena discusión le dije que le entregaba la chiva y en ese instante, mi pierna izquierda exhausta se cansó de meter el clutch, y al tratar de poner la palanca de cambios en neutro la chiva se apagó.

Fabio intentó darle arranque sin éxito. Varias veces trató de encenderla y la chiva se negaba a prender. El tráfico en ese sector empezó a acumularse y Fabio dio orden a todos los pasajeros de bajarse para empujar la chiva. Como estábamos en una vía de subida, determinó que teníamos que empujarla hacia atrás, es decir, en reverso. Todos los pasajeros procedieron a bajarse de sus lugares y después de tres intentos la chiva finalmente dio su brazo a torcer y encendió ante el clamor general de los asistentes.

En ese momento y mientras los pasajeros celebraban el reinicio de la rumba, dos soldados que habían visto lo sucedido desde un retén móvil que habían instalado unos metros delante de nosotros, nos hicieron señas para que orilláramos la chiva y tuve la esperanza de que me detuvieran para poder acabar con mi suplicio. Como en una chiva no es fácil saber dónde está el chofer, y Fabio estaba tranquilo y desparpajado, los soldados lo tomaron por el conductor y le ordenaron bajar no sin antes pedirle todos los documentos y permisos de la chiva y de él.

Afortunadamente no se dieron cuenta de que unos segundos antes, era yo el conductor y que, por supuesto, no tenía licencia para conducir estos rinocerontes. Acto seguido, el cabo que estaba al mando del retén dio la orden de que todos los pasajeros hombres se bajaran de la chiva para una requisa. Uno a uno fuimos requisados, revisados y espulgados y se nos ordenó entregar nuestras cédulas de ciudadanía. El oficial al mando de la operación procedió a dictar los nombres e identificaciones de todos nosotros por un radio teléfono y después de varios minutos de espera, fuimos autorizados a continuar nuestro recorrido. Al reingresar a la chiva, le manifesté a Fabio mi decisión irrevocable de no seguir conduciendo. Creo que mis argumentos fueron lo suficientemente convincentes, porque me ordenó ubicarme a su lado y me dijo: ¡Está bien, pues, yo manejo!

A partir de ese momento todo cambió para mí. Lo primero que hice fue tomarme un aguardiente, ya que ante el final de mi compromiso como conductor, podía darme ese lujo. La subida a La Calera en manos —y pies— de Fabio fue un espectáculo maravilloso. Parecía un instructor de helicóptero. Me mostraba todo su conocimiento y experiencia. Con una mano podía tomar una curva, intercalaba cambios con la facilidad con que un cocinero bate unos huevos, y me daba consejos sobre las reglas para subir, bajar, frenar con cambios, "pegar" la chiva a la carretera o para "amarrarla" cuando toma demasiado impulso.

La verdad es que fui conductor de chiva por cincuenta minutos. Creo que nunca logré manejarla; ella, por el contrario, hizo conmigo lo que quiso. Cuando me ofrecieron la oportunidad de manejar una chiva pensé con ingenuidad e ignorancia que solo se trataba de conducir un vehículo durante un par de horas por calles y barrios de Bogotá, mientras los pasajeros bailaban y cantaban. Muchas veces había visto chivas nocturnas con papayeras y borrachos tirando maizena a través de las ventanas, y había sentido rabia, indignación y placer de no estar en ese plan. Lo que nunca se me había cruzado por la mente era ponerme en el lugar del chofer. A partir de esta experiencia, ellos tendrán lugar destacado en mi galería de trabajos admirables, junto con los cazadores de serpientes venenosas o los sherpas del Himalaya. Definitivamente no existen oficios fáciles, sino personas que saben tanto que los hacen ver fáciles.

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