Son las 9:38 a.m. Llevo más de hora y media esperando a que aparezca la zorra que me toca conducir, y nada. Estoy a punto de caer en la tentación de irme para mi casa con la disculpa perfecta: me incumplieron la cita. Y así, yo —que soy el tipo más torpe del mundo para manejar cualquier clase de vehículo, instrumento, utensilio o herramienta— me evito el "camello", el "oso" y el peligro de manejar una carreta tirada por un caballo en plena carrera 15 de Bogotá. Pero cuando me dispongo a escabullirme, los recursivos productores de esta revista se "encarretan" a otra "zorra" —conducida por una señora y acompañada por un muchacho— que por casualidad pasa frente a nosotros, para que yo pueda cumplir con mi trascendental misión.

En ese instante se me vienen a la mente las siguientes imágenes: el caballo se desboca y termino mis días arrollado por un "Unicentro-Cedritos"; pierdo el control y nos estrellamos contra el BMW más costoso de la ciudad (y el arreglo me toca pagarlo a mí). Me encuentro con mi mamá —a quien no le he contado esta tarea— y le da un infarto; el caballo se rompe una pata en una alcantarilla sin tapa y hay que sacrificarlo. La dueña de la zorra se emberraca conmigo por destrozarle la carreta y con su compañero me agarran a totazos.

Pero la dueña, María Teresa Barajas, me regresa de mis pesadillas a la realidad con una sonrisa y un "hágale, sin agüero...". No hay nada que hacer, me tocó manejar zorra. Sin embargo, pongo una condición: que Teresa (no le gusta el María) y su sobrino Yinner Alexánder Barajas, de 14 años, me sirvan de copilotos, por si acaso.

Mi caballo se llama Muñeco. Tiene cuatro años, es color marrón con unas franjas blancas en la barriga, y en su Certificado de Aptitud Equina figuran, en la sección "Señales", tres palabras: "Rubicano" (según el Diccionario de la Lengua Española quiere decir caballo o yegua que tiene el pelo mezclado de blanco y rojo), "lucero" (que según el argot equino quiere decir lunar blanco y grande que tienen los cuadrúpedos en la frente), e "interrumpido" (nadie me ha podido explicar qué quiere decir en relación con los caballos). Lo único que se me ocurre es que, de pronto, tiene que ver con el hecho de que el animal es entero (Teresa no lo ha querido capar porque cree que perdería fuerza), pero en ese caso la palabra que haría sentido sería "ininterrumpido".

Muñeco costó 700 mil pesos. Teresa lo compró en el matadero (pero no es, como me atrevo a preguntarle, que lo iban a matar para convertirlo en salchichón y ella lo salvó, si no que allá se hacen negocios de caballos). Contrario a lo que me temía, luego de ver tanto maltrato animal, es que goza de muy buena salud (lo revisé con cuidado y no tiene ni un rasguño), no trabaja más de diez horas diarias, le cambian las herraduras cada ocho días, le ponen un impermeable cuando llueve, descansa los sábados por la tarde y todo el domingo, y recibe buena alimentación que incluye pasto recién cortado, amero (que, aprendí, es el nombre del empaque natural de las mazorcas), zanahoria, cáscaras de papaya, melón y mango. Teresa lo quiere mucho y lo cuida "como a un hijo", porque sabe bien que de su condición depende su sustento. Muñeco también la quiere, es muy manso con ella (a mí en cambio trata de morderme y de patearme), y para las orejas cuando ella le habla (conmigo las agacha contra el cuello —señal de ataque— cuando me le acerco).

Hoy en día en Bogotá hay aproximadamente 3.500 carreteros. Pero apenas 1.300 están al día en el cumplimiento de las disposiciones legales que regulan su oficio. Una de las razones por las que tan pocos están legalizados es porque las normas exigen pruebas escritas para expedir la licencia de conducción, y muchos carreteros son analfabetos.

En 2002 casi desaparece esta actividad por una decisión del entonces alcalde, Antanas Mockus, que estableció que las zorras debían salir de circulación por los problemas que causan (trancones y accidentes), el maltrato a los caballos, sus excrementos, etc. Los carreteros organizaron una buena defensa y presentaron una demanda ante la Corte Constitucional argumentando que la medida violaba su derecho al trabajo y a la libre circulación. En el 2003, la Corte les dio la razón. Sin embargo, siguen afrontando circunstancias adversas, como el Pico y Placa que perjudica su labor puesto que en las primeras horas de la mañana es cuando tienen más oportunidades de trabajo (recolección de basura y las cosas que la gente hace temprano).

Cambia el semáforo de la 92 con 15 y arranca la insoportable pitadera de los que vienen detrás (por favor, no les piten nunca más a las zorras, es desesperante...) Y comienzo a caer en la cuenta de la mucha polución que sale de los exhostos de los buses y los carros , del ruidajo de los motores, de que está lloviznando... y de que la zorra no se mueve porque debido al pánico que siento tengo las riendas firmemente apretadas contra mi pecho. "Sumercé, aflójele no más porque si no, acá nos coge la noche", me dice cariñosamente Teresa, mientras que Yinner se retuerce de la risa al verme pálido del susto. Me echo la bendición y repito la oración para los viajes que aprendí de niño: "San Rafael, Santos Apóstoles, Divino Manto de María..." Suelto la rienda y oigo un sonoro "Huutsssss" de Teresa, sinónimo de "vámonos" para Muñeco, que marca el despegue de mi nave espacial. Me siento feliz, como el Llanero Solitario galopando sobre Silver.

Toda va bien, viento en popa durante varias cuadras, hasta que tenemos que cambiar de carril, porque vamos a subir hacia la once. En ese momento me doy cuenta de que no tengo espejo retrovisor ni espejos laterales, ni señales direccionales, y detrás de mí hay en la carreta un cerro de cajas de madera que me impiden ver qué hay detrás. ¿Cómo diablos puedo moverme hacia la derecha? Uso la solución de las viejitas, que nunca aprendieron a usar las direccionales: extiendo mi brazo y, poco a poco, me voy desplazando de un carril a otro, en medio de las "madreadas" de rigor.

Ya le estoy cogiendo confianza al asunto. Me comienzo a sentir cómodo en mi oficio de carretero (no se dice "zorrero", zorra es el vehículo, el que conduce es carretero). Les pido a Teresa y a Yinner que se bajen y me dejen dar una vuelta solo. Me duelen las manos, las tengo rojas por culpa de los lazos que tensiono constantemente (no porque deba hacerlo para manejar bien, sino por culpa de los nervios). Y por andar pensando en que hubiera sido buena idea un par de guantes, armo un trancón en el parque de la 93. ¡Qué impaciencia la de la gente! En lugar de dejarme salir del bollo, todo el mundo me echa el carro encima. Noto que Muñeco está más nervioso que yo y me angustia que algún carro le haga daño. Me lleno de serenidad, y en un gesto heroico, sin precedentes en la historia mundial de las zorras, sin titubear ante el inminente peligro de muerte, hago un giro magistral que salva la vida de mi Rocinante y su carruaje. Los espectadores descienden de los autos, salen de los almacenes, se detienen en los andenes para aplaudir mi coraje, mi gran destreza y en ese instante de gloria —el punto más alto de mi profesión de carretero— decido retirarme.

Admiro a Teresa y a Yinner. Desde la calle primera con carrera primera, donde viven, recorren las calles de Bogotá, rebuscando oportunidades para trastear cosas de un lado al otro. Tienen días buenos y malos. En promedio, en un mes típico su ardua labor les deja 300 mil pesos. Eso les sirve para ayudar a pagar el arriendo —200 mil mensuales y los servicios públicos—, para comprar la comida de Muñeco, y para aportar a la alimentación de ellos y del resto de la familia de Teresa (su compañero permanente y tres hijos, el mayor también es carretero y es tocayo mío).

Admiro a los millones de colombianos que como ellos, en condiciones de pobreza extrema, se levantan cada día a ganarse el pan con el sudor copioso y honrado de su frente. Y le doy gracias a Dios por haberme dado tantas oportunidades de ganarme la vida en tan buenas circunstancias, con el firme compromiso de seguir haciendo en mi oficio de periodista económico todo lo posible para que los menos afortunados puedan tener trabajo y mejores condiciones de vida.

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