Los colombianos somos muy caprichosos o estamos fatalmente destinados a vivir del rebusque. Para confirmarlo basta saber que en el país no hay plata y que si salimos a buscarla a otras partes debemos mentir para obtener los visados necesarios, o cruzar fronteras de forma furtiva y entrar como ilegales a los países de destino. Cada colombiano que llega a Madrid, por ejemplo, hace el intento de buscar un empleo digno. Como cualquier parroquiano, empieza por el periódico. Los anuncios de los diarios ofrecen hacer encuestas sobre temas que van desde aborto hasta el olor de un perfume, repartir a pie publicidad y volantes, mostrar los inhabitables apartamentos que ponen en alquiler inmobiliarias, vender productos invendibles, trabajar en Círculo de Lectores o ser homo piramidal haciéndose miembro de la omnipresente Herbalife. Aunque, todo hay que decirlo, existen oficios más llamativos y curiosos como ser teleoperador de una línea caliente gay. Es por eso que quiero probar si buscar trabajo como ‘sudaca’ es tan duro. Me fijo un mes como límite y arranco sin prevenciones. Como lo de la línea gay debe estar demasiado competido, decido ir a fisgonear el lugar de las encuestas. Queda en un viejo edificio de cemento y piedra idéntico a los que pueblan el centro de Bogotá, sólo que mucho más viejo que los nuestros. Los herrajes del portón parecen fundidos por algún dios chambón, las paredes están manchadas de pinturas rupestres y el mármol de las escaleras desgastado por miles de pasos. Subo con calma, tratando de entender porque los malos olores de España son tan distintos a los malos olores de Colombia; cuando oigo una gritería. Me llama la atención que una de las voces tiene acento colombiano. Me dejo guiar por los gritos y descubro que la discusión ocurre justo en el lugar de las encuestas. La que grita es una muchacha vestida con un pantalón blanco (de aquellos que dejan transparentar los calzones) dueña de un culo bien redondo, unas tetas generosas y un pelo recién teñido. Dice que no es justo que después de tres semanas ‘taconiando’ por todos los morideros de Madrid le salgan con esa miseria de dinero. Que la cifra no le alcanza ni para cubrir lo que ha gastado en transporte. La discusión acaba rápido porque el español dueño de la agencia de encuestas resulta ser más gritón y terco que la muchacha. La chica sale de allí y yo salgo detrás de ella. ¿Viene a buscar trabajo aquí?, me pregunta todavía con la rabia viva. Sí, contesto poniendo cara de asustado. Pues no bote corriente, lo van a poner a trabajar gratis. Menos mal me di cuenta a tiempo, digo en un intento de halagarla. Ella sonríe y cuando se le apaga la rabia aparece una mujer simpática y llena de ilusiones, una de esas chicas colombianas de pueblo que creen que todos los españoles son ricos, guapos y cantan como Alejandro Sanz. Pienso en olvidar la búsqueda de empleo y proponerle a Milena, que así dice llamarse, que mejor vayamos al cine. Pero no alcanzo ni a insinuarlo. Milena me despacha rapidito. Está recién llegada, debe el alquiler y todavía le queda mucha esperanza en el cuerpo. Una amiga le ha comentado sobre un lugar donde puede ejercer de teleoperadora y tiene la ilusión de convencer al administrador de la empresa de telemercadeo para que la contrate sin tener el permiso de trabajo. No me voy a quedar toda la vida pobre, añade antes de perderse por uno de los callejones del centro de Madrid.

El rebusque
Empiezo a pensar que vivir en Madrid no es tan fácil. Un salario mínimo ronda los cuatrocientos dólares, pero el alquiler se puede llevar más de la mitad de esa cifra, y aunque el transporte y la comida no sean tan caros, no veo mucha oportunidad de que un trabajador común pueda ahorrar. Con esas ideas en la mente decido hincarle el diente a la albañilería. Me subo al metro y hago la ruta hasta Aluche, un barrio de la periferia. Camino por las calles orientándome por las infaltables grúas. Aluche no me entusiasma, es igual a las afueras urbanas donde malcrece la clase media latinoamericana: bloques y bloques de edificios, el infaltable centro comercial, una plaza con fuente y la eterna escultura oxidada e inexplicable. Tanto viajar para ver lo mismo. Llego a la obra y hablo con el jefe, un español tosco que me mira con arrogancia. Antes de saludar advierte que si no tengo permiso de trabajo no me puede admitir. Intento evadirlo con la tradicional excusa de que está en tramite y añado que me muero de ganas de trabajar. El hombre me hace seguir a un despacho sucio y me ofrece empleo a cambio de mucho menos dinero del que pagaría normalmente. Es para cubrir el riesgo de una multa, añade. Pienso que con la cifra que me ofrece y vuelvo a hacer cuentas, a duras penas tendría dinero para comer. Le digo que listo, que volveré al otro día. Me despido y esta vez el hombre me da un fuerte apretón de manos. ¡Qué bien!, es la primera vez que me felicitan por dejarme robar. Después de comprobar que sin papeles labrarse un futuro como albañil no es tan fácil, decido buscar suerte en el trabajo que reserva la Madre Patria a todos los inmigrantes: el servicio doméstico. Héctor, un amigo con el que hablé la noche anterior y que lleva nueve años cuidando a un anciano, dice que no es tan jodido. Que uno se acostumbra a bañarlos, a limpiarles la mierda y a aguantarles las chocheras. Lo hace con dedicación porque se encariña con los viejitos y porque sabe que si se le muere el viejo se queda sin plata. El trabajo lo pagan bien, ofrecen unos setecientos dólares al mes. Se puede comer y hasta ir al cine. Lo difícil es conseguir tiempo para ir porque no se puede abandonar ni un solo segundo al viejito. La enfermedad ni la muerte tienen horario. Busco una agencia de empleos de servicio doméstico para enterarme de alternativas al cuidado de ancianos. Se gana el mínimo, pero se tiene la ilusión de ser independiente. Al entrar descubro que hay pocas posibilidades de encontrar algo en aquel lugar. No veo buscadores de empleo, sólo buscadoras. Se nota que los hombres se resignan con facilidad a los sueldos bajos de la industria de la construcción. En la recepción hay colombianas. Dos mujeres de Pereira y una de Boyacá. La boyacense me saluda y aprovecho para preguntarle si en ese lugar contratan también hombres. “De pronto”, dice, un poco desengañada, y no sé si es porque el frío de Madrid es más triste que el del páramo de Pisba. Por fin entro y la mujer de la agencia habla con sinceridad. Me ofrece seiscientos dólares mensuales por ser capataz en una finca abandonada de la sierra madrileña, también puedo intentar ser mayordomo de un abogado al que no le duran ni dos días los mayordomos o cuidar una mujer que todavía puede asearse sola, pero necesita quien la cuide porque tiene tendencias suicidas. Miro a la hermosa propietaria de la agencia y me pregunto si algún día ella tendrá también tendencias suicidas. Al final me llevo unos formularios y me doy cuenta de que nadie me ha hablado del permiso de residencia y trabajo. Queda claro que para limpiar el mugre español no se necesita tener al día la documentación. En España hay más de cien mil colombianos y sólo la cuarta parte de ellos residen de forma legal en el país. Ser residente legal da la posibilidad de trabajar con garantías sociales y salarios dignos, pero como la mayoría de colombianos es ilegal, está destinada a vivir del mismo rebusque que querían dejar atrás.

¿Quédate en Madrid?
Anochece y me siento en un café desde donde se ve la Puerta de Sol, el lugar que sirve de encuentro a los madrileños. En la calle, la desproporcionada estatua de un rey español vigila a un montón de negros que venden discos piratas. Al verlos nerviosos, pendientes de que no vaya a llegar la policía, me acuerdo de unos cartageneros que encontré tocando vallenato en un lugar prohibido del metro y de un caleño que conocí en la obra de construcción y que me dijo que si no conseguía nada mejor, él podía conectarme para que trabajara en una feria de gitanos vendiendo ropa. Pero todavía no hay que resignarse a servir a los gitanos. Con la caída de la tarde también existen posibilidades laborales. Dan muy buenas sumas por hacer masajes ‘con final feliz’ a domicilio. Las cifras superan con creces las ofrecidas por los otros trabajos, es posible que si se ejerce el oficio con profesionalismo se pueda ahorrar algo y hasta mandar dinero para Colombia. Vuelvo la vista a la calle en busca de futuras clientas y, a pesar de la belleza de unas cuantas transeúntes, me desanimo. No estoy preparado para convertir un placer en un oficio, pero alcanzó a preguntarme qué haría si en verdad estuviera sin plata en una ciudad tan agresiva y esa fuera la última opción. Pago y me voy a buscar un restaurante de comida colombiana donde me han dicho que ofrecen trabajos menos aburridos, más emocionantes.

Hogar, dulce hogar
El restaurante queda por Gran Vía, en el cruce de las calles Barco y Desengaño. Al acercarme compruebo que sí hay trabajo. Un par de paisas hablan de ir a hacer una vuelta en ‘El Poblado’. Me agacho para no tener que cruzarme con las miradas desconfiadas de los hombres y me asalta la curiosidad de saber cuál será el sitio de Madrid que estos matones han bautizado como ‘El Poblado’. En el restaurante, no lo puedo negar, me siento como en casa. Está decorado en costales, tiene pintura verde en las columnas y ofrecen comida típica. Pido una cerveza normalita, y el camarero, un pastuso que no ha perdido el acento me dice que mejor me tome una Áaaguiiila. Le sonrío y el hombre da por hecho el pedido. dejo que el sabor amargo me humedezca la garganta, saco el periódico, y me pongo a revisar de nuevo. Un rato después se me acerca el mesero. Aprovecha que el lugar está vacío para conversar conmigo. Me cuenta que ahora todo está muy berraco, que la policía dio orden de fichar a todos los colombianos y ya casi nadie arrima por el lugar. Al oírlo recuerdo una cifra: en España hay dos mil trescientos presos colombianos. Callo y le digo que me encanta la canción de Julio Jaramillo que está sonando. El hombre sonríe. Al rato nos hemos hecho amigos y me confiesa que hasta hace pocos días, allí se podía contactar gente para camellar como apartamentero, como repartidor de coca a domicilio, se podían negociar dólares, pasaportes y toda clase de documentos falsos, pero que ahora los tienen vigilados y es mejor evitar problemas. El pastuso está nostálgico porque los negocios van en recesión. Le pido otra Águila y la acompaño con una arepa con queso. Está rica, aunque el queso no termina de convencerme. Llega otro par de clientes y el hombre me deja comer tranquilo. Me levanto y le digo que regreso otro día. El pobre se queda con ganas de ‘ayudarme’ o de seguir contándome cosas que, por ahora, no tengo ganas de saber. En la calle hay más gente. Se ve que las medidas de seguridad no son tan estrictas o que, al igual que en todas partes, los pícaros saben bien como transar con la policía. No están el par de paisas, se habrán ido para ‘El Poblado’. A cambio hay un par de africanos y unos albaneses que venden hachís y alcanzo a sentirme consolado de que estos jíbaros no tengan mi nacionalidad. En Madrid la noche no se reconoce por la oscuridad, sino por las calles repletas de gente. Así que busco el hotel, evadiendo una multitud. Me duelen los pies. Una vez en él, suena el teléfono y oigo que unas amigas me invitan a bailar. No dudo en decirles que sí. Podré estar muy cansado y haber comprobado que para los inmigrantes hay pocas posibilidades de conseguir un trabajo decente, pero siempre queda la opción a la que recurren casi todos los colombianos cuando el rebusque los desanima: ir a gastar en las discotecas de salsa lo que no se han ganado.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.