Jesús Amado, dicen, hace unas hamburguesas gloriosas. Barbado, pelilargo y cristiano, arrastra un carrito lleno de frases bíblicas y arrastra también un pasado impensable: antes picaba gente; hoy pica cebolla. Antes, como parte del entrenamiento militar, degollaba vacas, cerdos y perros callejeros. La sensación del cuchillo que cercena debía serle tan familiar que no le causara ninguna impresión, como amarrarse los cordones de los zapatos. En veinte segundos, con los ojos vendados, era capaz de acoplar un fusil AK-47 desarmado, tumbarse al suelo y, guiado por el oído, disparar una ráfaga de doce tiros sobre un blanco en movimiento. En esos días lo llamaban Rambo, aunque era flaco y usaba el pelo corto. Ahora solo pica cebolla y, dicen, hace las mejores hamburguesas de este lado de la calle.
Desde hace dos años lleva el pelo largo, usa barba y es cristiano, una condición, me dice, que lo hace heredero directo de las bendiciones de Dios, entre las que se cuentan el perdón y el derecho a una vida nueva. Con su último bautizo, cuya ceremonia se hizo en una piscina inflable para niños, recuperó su nombre: Jesús Amado, pero la gente lo llama Chucho, a secas. Ninguno de los que se sientan en su negocio de hamburguesas y alaban su sazón sospecha quién fue. "Que tu mano derecha no sepa lo que hizo tu izquierda", dice Jesús, citando un versículo de la Biblia. En su negocio de hamburguesas, que compró con el dinero que le pagaron por el último fusil que disparó, suena música cristiana.

La primera vez que mató a alguien lo hizo sobrio, obligado por el jefe de sicarios de La Cañada, en el barrio Enciso, donde funcionó La Oficina, una de las organizaciones de asesinos a sueldo mejor pagadas de la ciudad a finales de los noventas. La víctima escogida era un hombre gordo, magullado por golpes y cortadas de navaja. Lo bajaron de un camión: estaba sin camisa, las manos amarradas por la espalda con alambre de púas. Llevaba la boca y los ojos vendados. Era de noche.
-Muestre pues de qué putas está hecho, güevoncito -le dijo el jefe de sicarios y le pasó un revólver treinta y ocho largo. Después ordenó que le quitaran las vendas al sujeto y lo animó a que pidiera por su vida.
"¡Berree, malparido, para que no lo maten!", le gritó. El tipo comenzó a llorar. Jesús no entendía lo que decía. Las palabras se le enredaban y le salían grumos de sangre por la boca. El jefe de sicarios animaba al tipo para que implorara, para que gritara más fuerte. El tipo lloraba y escupía sangre. Intentó levantarse pero apenas pudo quedar de rodillas, después se desplomó.
-Ahí lo tiene pues, pelado. Si no lo mata, yo los mato a los dos.
Jesús disparó tres veces, pero no le dio. Después se acercó hasta un metro de distancia y volvió a disparar: le pegó dos tiros, uno en el hombro y otro en el rostro, en el pómulo izquierdo. Esa noche lo emborracharon y le dieron cincuenta mil pesos.
-El revólver es suyo, Rambo -le dijo el jefe de sicarios riéndose, y le entregó la plata. Ya nadie volvió a llamarlo por su nombre. En adelante, antes de matar, siempre se drogó.

El carro de hamburguesas de Jesús Amado parece una salchicha suiza: es de color rojo, techo de lona azul y llantas metálicas. A los lados tiene, en letras blancas, leyendas extraídas del libro de los salmos. "Que no tema el que camina al amparo del Señor". Una vez, siendo niño, saltó sobre un charco de agua en la calle. Quería levantar agua y mojarse los pies pero cayó dentro de un hoyo. Pudo morir ahogado, cuenta. Una mujer que lo vio pidió auxilio y ayudó a sacarlo. "¡Levántate, oh Jehová, no triunfe el hombre!". Se rompió una pierna y se golpeó la frente con la punta de una varilla que, por poco, le perfora el rostro. Cuando le quitaron el yeso y estuvo mejor, su papá le dio una golpiza para que aprendiera a no saltar donde no debía. "¡Cuán glorioso es seguir tu obediencia, Señor!". Con todo, dice Jesús, nunca aprendió la lección. Cuando se enroló como sicario quería levantar agua, pero terminó en el fondo. "Bienaventurado el varón que no anduvo en camino de pecadores".
Rambo se fue de la casa antes de cumplir catorce años. Le dijeron que a esa edad nadie podía meterlo a la cárcel porque, ante la ley, todavía era un niño. Le explicaron que si, por ejemplo, lo atrapaban matando a una monja, solo le darían consejos. "Glorifica mi alma al señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador".
Su primer trabajo en serio fue robarle un cargamento de marihuana a un traficante que escondía la yerba en casa de una mujer que resultó ser tía suya. Debía ser en la noche, mientras todos dormían. El jíbaro mandaba a un trabajador a patrullar la cuadra donde escondía la droga, pero dejó de hacerlo porque la policía, por error, le había matado a dos de sus hombres. El plan era llegar a la casa de la mujer, que vivía con una hija ciega y un loro que no hablaba, saltar por el muro del patio y sacar la remesa semanal con la que el traficante surtía los sitios de venta del barrio. Rambo solo supo que era su tía cuando estuvo frente a la casa, de tejas de barro y muros blancos de bahareque. Entonces, en vez de saltar por el patio, golpeó la puerta y esperó a que le abrieran. Los tipos que lo esperaban afuera pensaron que los delataría. Rambo se tomó su tiempo.
Primero conmovió a la tía contándole que acababan de echarlo de la casa, se tomó el chocolate con pan y queso que le ofreció y, después, esperó a que se quedara dormida, entonces salió a la calle y dio la señal. En total, sacó once costales de marihuana y un televisor que la mujer acabada de recuperar de una casa de empeño. Diez horas más tarde, el traficante la culpó del robo y ordenó matarla. La niña ciega y el loro que no hablaba se salvaron porque estaban en el patio, lejos de la ventana por la que un hombre en moto lanzó una granada. "¿Conoce el hombre caprichoso el límite de su pecado?".
Como premio adicional, el jefe de la banda le regaló doce kilos de yerba. Para entonces, Rambo ya fumaba basuco, el residuo más tóxico de la fabricación de base de coca, un narcótico al que los traficantes le echan polvo de ladrillo y talco de pies para hacer rendir las dosis. A Jesús Amado, ahora lo sabe, lo hicieron drogadicto porque es la condición ideal del sicario. Apenas un año después, ya inhalaba cocaína, todo gratis, como pago añadido a su temeridad, siempre en ascenso.
Cuando lo entrenaron para degollar, le explicaron que esa muerte era especial, una suerte de atención para alguien con merecimientos. El primer tipo que decapitó ya estaba muerto. Colgaron la cabeza de las cuerdas del alumbrado, al lado de un par de zapatos viejos, y botaron el cuerpo a La Loca, la cañada del barrio. De la cabeza, sujetado de las orejas con hilo, colgaron un letrero en cartulina: "Corran ratas que llegó el gato". Era un mensaje para las milicias del Ejército de Liberación Nacional, escondidas en el Ocho de Marzo, un barrio contiguo a Enciso, con quienes se disputaban el control de la zona. "Pero Dios volvió los ojos sobre mí, a pesar de mi pecado".
Jesús Amado no sabe cuánta gente degolló mientras fue Rambo: estaba demasiado ebrio para saberlo. Recuerda a dos esposos, acusados de quedarse con el dinero de un narcotraficante. Las cabezas las metieron, junto con los cuerpos cercenados, en la maleta de un taxi robado. La plata, les dijo el mafioso que los contrató, apareció poco después. En efecto, las cabezas de los decapitados gritan. "Sostén mi mano, Señor, dame firmeza". Mientras esperan a que Chucho termine de picar la ensalada y de asar la carne, algunos clientes se entretienen leyendo las frases de su carro de hamburguesas. La frase preferida de Jesús Amado no es del libro de los Salmos sino del Apocalipsis: "Y vi una tierra nueva y un cielo nuevo".
Conocí a la mamá de Rambo el 3 de septiembre de 1999. Trabajaba haciendo fila en las afueras de la cárcel Bellavista. Publiqué su historia en el periódico para el que trabajaba. Fue antes de conocer a Jesús Amado. Se llamaba Lucía y vivía de la cola.
Tenía unas várices gibosas y azuladas, como racimos de uvas. Diecisiete años recorriendo los muros exteriores de la cárcel le apresuraron una predisposición genética que, a casi todas las mujeres de su familia, les anuda las venas alrededor de las pantorrillas. Era alta, gorda y parecía enojada. Iba a cumplir 49 años. Los sábados y los domingos, días de visita para los familiares de los detenidos, llegaba a las dos de la mañana para asegurarse un puesto que, horas más tarde, vendía en diez mil pesos. Una vez negociado el lugar, se dirigía hasta el extremo de la fila, a tres kilómetros de la entrada, y comenzaba otro recorrido. Con suerte, antes de las diez de la mañana, vendía de nuevo el turno y conseguía otros diez mil pesos. Entonces se acomodaba unas plantillas de algodón envuelto en trapos, regresaba a la cola y repetía la marcha a lo largo de los muros exteriores de la cárcel, habitada por 6.300 presos, aunque solo había espacio para 1.800.
A las doce del día, cerca del límite de ingreso para las visitas, recorría el trecho por última vez. A esa hora, los bultos de venas le estancaban los latidos en las pantorrillas. Nunca había vendido un mismo lugar dos veces, pero a veces los policías la sacaban a golpes de la fila diciendo que lo que hacía era ilegal. Los sábados, después de vender puestos cuatro o cinco veces, Lucía se sentaba en un quiosco de gaseosas, al frente del penal, pedía una cerveza y estiraba los pies, luego sacaba los billetes del sostén, húmedos de sudor, y los alisaba en la falda. Media hora más tarde, casi a las dos, se iba para su casa en Zamora, un barrio vecino al que se había pasado un año antes para estar cerca de Jesús Amado, capturado por robar una tienda de licores, y de José María, su hermano mayor, condenado a catorce años por matar a una mujer a golpes.
El resto de la tarde, contaba, se dedicaba a hacerle mantenimiento a las piernas con emplastos de ruda, eucalipto y aguasal. Once meses antes le habían encontrado tumores en la matriz.
-Pero eso es lo de menos -decía-: el hambre es más dura que el cáncer.
La jornada se repetía la mañana siguiente, solo que era distinta. Los sábados era el día de visita de hombres, y los domingos de mujeres, que eran, según Lucía, las que más problemas le ponían.
Llegaba a la cárcel a las dos de la mañana envuelta en una ruana con la imagen de un oso panda. Cinco horas después lograba negociar su lugar. Algunas señoras le gritaban. Su suerte era que siempre había mujeres ricas que llegaban de últimas y querían entrar de primeras. De eso vivía Lucía: de ahorrarles la madrugada y la caminada. A las nueve de la mañana, cuando iniciaba la fila otra vez, se quitaba la ruana. El sol escupía duro contra los muros de Bellavista y el pavimento de la calle exhalaba un hedor caliente.
Yo la conocí a treinta metros de la entrada de la cárcel, le estaba cediendo el turno a una mujer joven, de cabellos teñidos. Lucía guardó el billete que le entregaron y avanzó hacia la cola. Alguien la insultó. Ella no miró, apenas se encogió de hombros. "Trabajo es trabajo", me dijo después. Caminaba encorvada, con los pies arrastrados: de lejos parecía un buey manso, sin yunque. Casi a las once volví a verla cerca de la puerta: una mujer perfumada, de senos plásticos, le compró el puesto. Lucía se fue para el quiosco de gaseosas y pidió una bolsa, se quitó los zapatos, guardó los bulticos de trapos y algodón y se puso unas chanclas plásticas, que era el calzado exigido para las mujeres que querían entrar a la cárcel de visita. Después se pintó los labios, se quitó el sudor de la nariz y se echó polvo en las mejillas.
-Esta fila es para mí... no la vendo ni por cien mil pesos -me dijo, y se fue para la cola por última vez ese día. El hijo que más le preocupaba era Jesús Amado, porque era el menor. Acaba de cumplir diecinueve años y, creía, todavía tenía una oportunidad. José María, su otro hijo, era el mayor y nunca vivió con ella. Esta era su cuarta vez en la cárcel.
A las doce del día, Lucía ingresó por la puerta principal. Nadie iba detrás. Su vestido era rojo, de flores negras.

Antes de entrar a Bellavista, Rambo no sabía hacer bombas. Cuando salió de la cárcel, un año después, sabía fabricar explosivos con abono para matas y era capaz de destilar alcohol en alambiques improvisados con ollas y trastos de cocina. En la cárcel se hizo el tatuaje de una mujer con alas de vampiro y una cruz invertida en el brazo izquierdo. Ahora lleva esos dibujos ocultos con gasas, como si fueran heridas que no terminan de cicatrizar. Le recuerdan quién fue, me dijo la siguiente vez que lo vi. Lucía, su madre, murió hace tres años, invadida por el cáncer. Antes de morir le hizo prometer que cambiaría. Él dijo que sí, pero no hablaba en serio, solo habló sin pesar. En esos días trabajaba para Los Chamizos, una banda del barrio Enciso que recibía órdenes de los paramilitares de La Sierra. En su casa, entre un piso falso, debajo del mesón de la cocina, tenía guardadas tres granadas, dos escopetas doble cañón, un fusil Galil y una pistola. Un cabo de la Policía Metropolitana subía a darle información sobre gente que ayudaba a las milicias guerrilleras para que las matara. A veces también iba un cabo de la cuarta brigada y les daba raciones de campaña. Una vez les llegó la noticia de que habría una tregua y les anunciaron que tendrían que entregarse. Que, a cambio, el gobierno les daría empleo y perdón por los crímenes cometidos, una amnistía general.
El último trabajo que les encargaron fue reclutar jóvenes del barrio y convencerlos para que, a nombre de los paramilitares, accedieran entregarse. "Entre más, mejor", les dijeron. Una vez reclutados, los miembros de la banda debían hacer una lista con sus tallas para que pudieran mandarles botas y uniformes de campaña. Así se entregarían, vestidos de militares. A algunos les enseñaron a marchar como a soldados para que el día de la entrega de las armas, si se lo pedían, pudieran desfilar ante los medios de comunicación. Rambo fue uno de los que debió aprender, porque él, que en realidad sí era un veterano de guerra, no sabía marchar, solo correr.
El cabo del Ejército que les subía las raciones pasó una tarde por las armas que guardaba en el piso falso de la cocina. Jesús Amado se las ingenió para entregarlas todas, menos el fusil Galil. Tenía un plan.

Esa noche se drogó, guardó el fusil en una mochila y cogió una moto con placas falsas que tres días antes usó para asesinar a un abogado. Tomó por la autopista sur, en dirección del municipio de Caldas. Había decidido atracar una estación de gasolina y tomar ese robo como su último botín, una suerte de pago por los servicios prestados. Después, si todo salía bien, se iría para Cartagena y conocería el mar. Quizás se quedaría a vivir allá. No le gustaba la idea de que su cara saliera en los periódicos a cambio de un sueldo como recolector de basuras, que era uno de los oficios ofrecidos por la Alcaldía para los jóvenes que entregaran sus armas. Estaba convencido que rendirse no era seguro, además no daba plata, apenas algo por unos meses.
Un primo suyo, Jhon, iba a entregarse por segunda vez. Lo había hecho diez años antes, como parte de las milicias guerrilleras que se acogieron a una amnistía. Ahora lo haría como miembro de los paramilitares, a los que se enroló por falta de trabajo. Mejor, creía Rambo, era seguir como si nada, sin comerse toda la mierda que encerraban los discursos de paz de los políticos. Dentro de la mochila, a un lado del fusil, llevaba una foto de su madre. Nada salió como pensaba.
Había escogido una estación en la variante de Caldas, en las afueras de Medellín, un sitio que ya conocía. Estacionó la moto frente a uno de los dispensadores y le ordenó al único vendedor que había que llenara el tanque. Era medianoche. Sin quitarse el casco miró a todos lados y creyó que nadie vigilaba. Su plan era llegar a la oficina en la que, le habían dicho, había una caja de seguridad donde los vendedores guardaban la plata que iban recogiendo en cada turno. Cuando metió la mano en la mochila para sacar el fusil, llegó un carro de la policía. Eran tres agentes. Rambo, entrenado, sacó la mano de la mochila sin asustarse y se quitó el casco. Luego se giró para saludar a los policías. El gesto de mostrar el rostro, lo sabía, los tranquilizaría: ningún ladrón exhibe la cara después de tenerla oculta. Tenía razón. Los policías respondieron su saludo. Uno de ellos pidió el baño prestado y los otros dos se quedaron dentro del carro. Rambo, mientras terminaban de llenarle el tanque de su moto, se ofreció a echarle aire a una de las llantas de la patrulla porque parecía desinflada. Los policías accedieron. Un momento después se marcharon. El sicario pagó y se fue: siempre tuvo claro que la suerte es un hilo delgado del que no hay que tirar en exceso. Los policías podían regresar, entonces decidió volver a Medellín y buscar otra estación. La luz de la moto llenaba el túnel oscuro de la vía y él se sentía andando dentro del estómago de una culebra. En realidad, esa sensación era premonitoria: Jesús Amado estaba a punto de salir de las fauces en las que, casi solo por curiosidad, había terminado metido. El salto sería doloroso y él suele comparar ese momento con el que vivió Jonás, el profeta salvado de la barriga de una ballena.
Era una noche fresca, sin luna. La carretera de Caldas le gustaba porque olía a yerba. Recordó a su mamá y sus pantorrillas gibosas, de várices azules. Cuando iba a la cárcel a visitarlo le dejaba parte del dinero que ganaba haciendo fila. Ella creía que lo gastaría en comida, pero en realidad lo gastaba en droga y en aguardiente destilado en la cárcel. Rambo redujo la velocidad, eso fue todo. No recuerda más. Unos segundos después un campero lo embistió por detrás.

Cuando despertó vio dos piernas colgadas de un andamio metálico, estaban enyesadas y parecían dos gusanos gigantes, entonces se asustó e intentó pararse. No sabía que eran suyas. Las manos también estaban fracturadas. Había dormido dos días, anestesiado por el dolor y los calmantes. El milagro, le explicó una enfermera, era que su columna estaba intacta. Lo habían encontrado sobre un montículo de arena, después de pasar por entre las ramas de un árbol de mango al que casi partió en dos. El sujeto de la camioneta que lo atropelló huyó. Nunca encontraron la moto en la que Rambo viajaba. Al parecer, el conductor de un camión que pasó se la robó porque la vio tirada ahí, a un lado de la vía. Fue lo que le dijeron.
Los cincuenta y siete días que Rambo estuvo en el hospital recibió la visita de un predicador cristiano, cuya hija estaba hospitalizada por una fractura de cadera. El hombre le preguntó a Jesús Amado qué haría con la nueva vida que le había regalado Dios. Él dice que algo pasó, que sintió un disparo en su interior. Es curioso: Rambo nunca recibió un tiro, pero jura saber cómo se siente. Lo que le respondió al predicador fue seguir las enseñanzas de Cristo, eso dijo, y yo no puedo evitar reírme cada vez que me lo cuenta. Me lo imagino inmóvil como una enorme larva de yeso, a él, el temible sicario, diciendo semejante locura. Ahora, mientras recuerda esas palabras, dice que el Espíritu Santo habló por él.
Al salir del hospital, el pastor le propuso que fueran al lugar donde se había accidentado. Quizás fue el delirio bíblico en el que comenzaba a vivir Jesús Amado, pero él insiste que cada cosa en ese sitio era una señal: parte del árbol de mango contra el que fue lanzado estaba casi seco, con las ramas marchitas por las que pasó su cuerpo despedido, pero la otra mitad, dice, se erguía verde, repleta de azahares. El montículo de arena seguía ahí, apenas intacto, con flores amarillas coronando la cima. Pero el mayor prodigio en ese sitio fue otro: muy cerca, oculto entre la maleza, Rambo, que ya no lo era, encontró el maletín con el fusil y la foto de su madre. El pastor convino en comprarle el arma en dos millones de pesos y mandarla a fundir. Sería un gesto simbólico con el que sellaría el comienzo de una vida nueva. Con el dinero iniciaría un negocio y honraría la promesa hecha a su madre moribunda. En realidad, lo de fundir el arma resultó más complejo de lo que el pastor pensó. Al final llamaron a la policía y abandonaron el arma en la banca de un parque para que la recogiera una patrulla. "¿Quién conoce los caminos de Jehová?".
Los clientes alaban las manos de Jesús Amado. Repiten, algunos con la boca llena, que las suyas son las mejores hamburguesas de este lado de la calle. Hace dos noches me enteré de que en marzo nacerá su primera hija y que se llamará Lucía, como la abuela. "Y vi una tierra nueva y un cielo nuevo".

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