Lo presentí unos instantes antes de que me tocara el brazo, afable y a la vez huidizo, en el Parque de la 93 en Bogotá, un lugar que ni frecuento ni me gusta, excepción de un árbol de jacaranda. Su imagen se me había convertido en una obsesión desde cuando me había dejado la barba como un homenaje secreto a mi hermano, recién muerto, sobre todo cuando me miraba al espejo y después de unos segundos me caía, como un rayo, una conciencia no habitual de mi identidad. O de la pérdida de ella. Una provocación del destino. Un reto. No duraba. También la sensación de ese otro que vive detrás de mí, huía. He visto a mi doble desde hace muchos años en el cruce de la carrera 11 con las calles 94, o 92, o 95. Ahora que trato de definirlo no puedo decir que sea un mendigo. Ni tampoco un indigente, como se dice. No pide dinero; tampoco lo exige. Es discreto, solemne, ordinariamente cortés. No se baja del andén a la calle. Saluda con su mano derecha alzándola a la altura de la cara, mientras la izquierda permanece desinteresada en el bolsillo del pantalón. Hace una ligera venia con la cabeza a manera de agradecimiento anticipado. Pero no da el brazo a torcer: no habla, ni busca despertar piedad, lástima, o cualquier otro sentimiento que desdiga de su dignidad. Mira con altivez.

La gente que lo tiene en cuenta —que no son solo los que pasan en carro— cree que es hermano de Virginia Vallejo, la periodista de televisión que enamoró al país con sus pestañas y sus medias de seda. Otros creen que es hermano del ex ministro Joaquín Vallejo Arbeláez. Esos míticos parentescos, falsos por lo demás, son un modo de dirimir la contradicción que despierta su figura taciturna y enjuta con su estilo refinado de pedir. Más de una vez he oído comentarios como: al hombre se le nota clase, distinción. ¿Cómo pudo llegar a donde ha llegado?

No sé si ese sitio que él ocupa en la imaginación es bajo o alto, pero no cabe duda de que la gente nota su presencia. Juan Mayr me contó que ha venido viéndolo durante cuarenta años y que supo que una crisis de ácido lo 'descuadró'; otro ex ministro, Manuel Rodríguez, asegura que lo que lo 'corrió' fue un accidente de tránsito. De cualquier manera, sea quien sea el hombre y lo que lo haya sacado de la vida corriente, saber quién es este espejo en que muchos se miran —y se temen— es, quizá, su mayor atractivo. Pero ¿cómo llegarle? ¿Cómo hacerse amigo de un fantasma que se evapora a la primera pregunta? ¿Cómo acercarse a su vida sin lastimarlo y sin incomodarlo? "Por los laditos", me había sugerido Alejandra, periodista de SoHo, que me ayudó y acompañó en este compromiso con quien, se dice, parece mi doble.

La empleada de una cafetería elegante me contó que don César Vallejo era muy amable, que pasaba casi todos los días, tomaba café, pagaba y seguía su camino. Pero que un día había sacado de su bolsillo una Biblia y blandiéndola como un garrote hizo correr a un ladrón. Porque hay ladrones especializados en mendigos, añadió. Un amigo, Armando Borrero, me contó que "Vallejito no se llamaba sólo César, como el gran poeta peruano, sino también Arturo". Me dijo más: "Suele ir a leer en la biblioteca Luis Ángel Arango del norte". A la biblioteca fui. En efecto, "don César —me confirmó el empleado que entrega los libros— lee casi todas la mañanas, de nueve a once, solo literatura francesa: Balzac, Baudelaire, Camus, Apollinaire, Flaubert. "¿Y qué está leyendo?" —le pregunté—. "Está cotejando dos traducciones de la novela de Céline Muerte a crédito".

Una tarde húmeda, decidí poner término a los rodeos y abordarlo. Me acerqué con cuidado para no sobresaltarlo. Días antes, Alejandra lo saludaba preparando el camino. Así que cuando aparecimos, no se le hizo del todo extraño. No quiso darme la mano. Me miró inquisitivo y distante, como tratando de saber a qué veníamos. Yo busqué el parecido que existe entre los dos. ¿En el pelo? No, a excepción de las canas. ¿Barba? No, la suya es más poblada. ¿Nariz? Grandes ambas, pero la mía no es roja. Descubrí un poco de tristeza en sus ojos que también atisbo en los míos. Le tiré el lazo: "¿Qué está leyendo, don César Arturo?" Bajó la mirada y me respondió lacónico: "Me divierto con Gargantúa". Quedé en el mismo sitio. Volver a tacar siempre es difícil. "¿Le gusta comer bien?" "A veces", musitó incómodo. No me rendí: "¿Conoce usted a Francia?" "Mi padre estudió allá". Me abrió la puerta. Resumo: es hijo del ilustre escritor liberal Alejandro Vallejo, uno de la llamada generación de los Nuevos, que junto a Jorge Zalamea, León de Greiff, Luis Tejada, Ricardo Rendón, Hernando Téllez, Osorio Lizarazo y José Camacho Carreño constituyeron en el café Windsor el curubito ideológico y literario de la República Liberal. Nació en 1902 en Manizales, como recuerda su hijo, y murió en Bogotá en 1976, de cirrosis hepática. Fue director de Jornada, y escribió cientos de páginas en El Liberal, Sábado, El Espectador, El Tiempo. Se recuerda por una crónica antológica: El 8 de junio de 1929. Era uno de los cuatro amigos que con Jorge Padilla, Pedro Eliseo Cruz y Plinio Mendoza Neira salían con Jorge Eliécer Gaitán de su oficina a celebrar con un almuerzo en el Continental la victoria forense que el jefe liberal había tenido a la madrugada defendiendo al teniente Cortés Poveda. Fue uno de los últimos colombianos en sentir vivo al caudillo. César Arturo no dijo una sola palabra más sobre el asunto porque en esos días estaba en Venezuela. Argumentó tener una cita y se despidió con la mano levantada diciendo: "See you around". Supe después que había vivido en Estados Unidos y que ahí "podría vivir aún mi madre", y en Puerto Rico donde, sugirió traicionando su silencio, se enamoró la única vez en la vida. "Para ser libre hay que andar solo".

Unos días después, decidido a ir más allá de esta triste confidencia, volví a buscarlo. Iba preparado a cualquier cosa, incluso tenía el propósito algo morboso de colarme en su casa. Debo decir ya que cada velo que lograba correr, con mucho trabajo, por lo demás, me permitía ver con más nitidez a un ser tan respetable, que derrotó poco a poco mi curiosidad de ojearlo por una hendija. Con todo, lo seguía a hurtadillas, con el mayor cuidado. Me sentía un poco vil, un tanto traidor, haciendo el oficio de los agentes de inteligencia del Estado, o de los voyeristas. Lo seguí desde la calle 92 con 11 hasta la 94. Pero él hace un meandro: sube por la 93 hasta la carrera 10A, cruza hacia el norte y baja por la 94. Evita pasar por frente a la embajada francesa. Extraño para una persona que me parecía prendada de esa nación y que en toda conversación hace referencia a París. "Francia no me hace falta porque —son sus palabras— la vivo a diario". Habla de la obra de los impresionistas como un conocedor al detalle: Monet, Manet, Cézanne, Matisse, Gauguin. Y de sus músicos: Bizet, Berlioz, Debussy. Su padre conoció en "Le Théâtre des Champs Elysées a Stravinsky, que era más francés que ruso". Confiesa con soltura que nada ha escrito porque su "arte es conversatorio, y soy —agrega— filósofo y sabio en esa materia. Sócrates no dejó ni una palabra escrita. La vida es hablada. La Sorbona faculta a sus alumnos para enseñar y por tanto, el alumno puede otorgar títulos. Yo le aprendí a mi padre, que se graduó en esa universidad. En París conoció a Gaitán, que llegaba de Roma de graduarse con Enrico Ferri, un gran profesor. Pero el doctor Gaitán era estrafalario, y se vestía muy raro. A mi papá no lo mataron el día que asesinaron a Gaitán porque él venía más atrás, rezagado; en esos días tenía flebitis en una pierna y cojeaba ayudado por un bastón que le había regalado Gabriel Turbay. Él tiró paso entre mi papá y Gaitán, que cayó sin más".

Don César Arturo tiene un lenguaje preciso y culto; habla en voz baja y muchas palabras, como a mí, se le enredan en el bigote. Cuando habla tira su cuerpo un poco hacia atrás y mira a los ojos con franqueza. Son negros y tienen un brillo juguetón que le revolotea. Lo he visto, como cuentan también los vecinos, que pelea con un fantasma. Le tira puños, se agacha, salta hacia atrás o hacia adelante, dobla la cintura hacia la izquierda o hacia la derecha, e intenta un gancho, y otro, y otro. A veces dura media hora el combate. Lo curioso es que los tiene cuando la luna está llena y desde el filo del andén.

Los vecinos estiman a don César Arturo y lo han hecho parte del sector. La Policía no lo molesta ni lo esculca, y los porteros de los edificios lo respetan porque, coinciden en que "es un tipo muy culto". A veces se topa con dos limosneros: una mujer entrada en años que dice que es desplazada por la guerrilla —explicación que tiene buena presentación en el barrio—, y un anciano de barba larga y blanca que se presenta como desempleado y que no tiene éxito porque va en contravía de la propaganda oficial. Don César les da de vez en cuando algunas monedas porque solo le gustan los billetes. Los vendedores le cambian el metálico por papel moneda y las que no completan el valor de un billete van a parar en manos de los mendigos. Un vendedor de periódicos, que hace más de cuarenta años lo hace en la 92, cuenta que el señor Vallejo nunca les ha pedido nada a los peatones, que considera sus iguales, y solo le pide dinero a la gente que anda en carro porque los considera sus deudores. Cuando está de mal genio, que es muy pocas veces, las monedas de baja denominación las devuelve con un gesto de visible desprecio, y si le han cerrado la ventanilla del auto, tira las monedas contra el vidrio. Sucede poco, porque, repito, la gente le ha cogido cariño. Yo tengo mis dudas sobre la razón verdadera que lo lleva a pedir. ¿Es un pobre de solemnidad, como se decía antes de esas personas pobres pero de buena familia en el límite de la subsistencia? ¿Se trata de un ser solitario —íntimamente solitario—, escéptico, refractario a toda ilusión? ¿O es un místico perdido, una especie de ermitaño urbano? Me atreví a preguntarle sobre el resto de su familia. Nada me respondió. Insistí en saber algo de sus amores y volvió a mirarme con un arrebol en su pupila.

Intrigado por mis interrogantes, don César me esperó una tarde con sus preguntas. "Y usted, ¿qué hace? ¿Qué es?" Para congraciarme le respondí que también había estudiado en París, pero, con sinceridad, agregué: "Es una ciudad aburridísima después de ocho días, toda igualita, homogénea como una torta de cumpleaños, reiterativa". Pasó rápidamente la página como si nada hubiera escuchado. "¿Y qué estudió?" "Sociología", le respondí con un acento arrepentido. "¿Sobre qué hizo la conferencia final?", "Sobre la renta de la tierra", le contesté para impresionarlo. "¿Ah, entonces usted es conocedor de David Ricardo y Adam Smith?", Me quedé súpito. Que él supiera de literatura francesa no me era del todo extraño. Pero que hiciera una referencia tan profesional de economía política inglesa, ya se salía del foco. Con todo, le aclaré: "Sí, así es. Son autores pesadísimos. Por eso me tocó volverme periodista". "¿Y qué escribe?" "Crónicas, reportajes", respondí ya un poco contra las tablas. "¿Ha escrito libros?" "Sí, algunos, balbuceé de mala gana. "¿Le pagan bien?" "No, para nada". "¿Pero usted sabe que deben darle veinte por ciento como sus derechos de autor?" Me rendí y tercié por otro lado: "¿Usted es pariente de Maryluz Vallejo Mejía, la profesora de la Javeriana?" —le pregunté—. "Pues sí. Sí, mi mamá era Mejía, ella debe ser mi hermana". "¿Y es pariente de Virginia?" "No, cercano" y se calló como si ya hubiera hablado demasiado. Tenía razón, yo estaba agotado.

Días después volví a la carga. Mientras no supiera qué razón tenía para hacer lo que hace, nada había logrado. La liebre saltó —suele suceder— donde no la esperaba. Lo pillé en una cafetería tomando tinto. Le pregunté si quería comer algo. "No, nada, ya almorcé". Y comentó como si la conversación anterior no se hubiera interrumpido: "¿Cómo van los negocios de finca raíz?" Tardé en conectar el tema con la renta de la tierra. Le respondí posando como un experto: bien, pero parece una burbuja, los precios caerán". Miró los montes del oriente y comentó con desdén: "Son negocios difíciles.

Mi padre tenía una gran hacienda. Iba del Country de Bogotá hasta el Cable en Manizales. Una gran hacienda, repitió como recordándola. Eran cuatro millones de hectáreas. Y la perdió en la crisis del 29 cuando un viernes el dinero se evaporó y la tierra se convirtió en billetes de parva. Yo en la calle les cobro a los ricos lo que se ganaron en el negocio, solo les cobro réditos que me corresponden, pero son muy duros para pagar. La crisis de la Bolsa nunca pasó, nunca volvió a coger la fuerza con que venía y todos desconfían ya de los negocios bursátiles. Pero a mí me toca cobrar lo que me deben. Pero esta gente es dura. No paga ni las deudas que tienen conmigo ni los impuestos al gobierno". Quedé otra vez estupefacto, pero ya en mi libreta de apuntes tenía la respuesta. O por lo menos una respuesta, porque don César parecía no tener fondo. Pedí un tinto y quise pagar el que él se había tomado. Ya pagó, me aclaró la empleada de la cafetería, siempre paga antes de pedir.

Una cosa es mirar desde afuera y otra, desde adentro. Ya que me sentía tan parecido y tan diferente del personaje, resolví pararme en la misma esquina, vestido como él, saludar con la misma distancia y mirar mis adentros. Los vecinos que desde una ventana, desde una portería, desde una esquina me observaban, pensaron, sin duda, que yo era un impostor infame. Muchos de los carros que pasaban eran burbujas con vidrios negros que me impedían ver las caras de los conductores, y otros, seguidos de escoltas armadas, me daban pavor puesto que, paranoicos como son, podían confundirme con un terrorista.

Pasaban señoras en sudadera con sus amigas, que ni cuenta se daban de un mundo ajeno a su parloteo. Pasó un capitán del Ejército en un carro lujoso; bajó la mirada con disimulada vergüenza. No le faltaba razón. Pasó gente que sonreía con indulgencia. Otra no quitaba la mirada del semáforo. A un señor se le enredó la mano en el botón de bajar el vidrio, pero el semáforo no cambió y tuvo que darme los 300 pesos que acariciaba. Yo, por mi parte, me sentía ridículo, torpe, jactancioso, interesante, tonto. Un carrusel con todos los personajes que soy desfilaba también ante mí. Solo faltaba don César Arturo, tan distante ya después de esculcar su mundo. Cuando me pillé que venía, descansé triunfal. Me sentí reemplazado y lamenté que en mi vida corriente, frente a la pesadilla, no encontrara otro que sostuviera mis miedos.

Como una obligación de periodista, aquel día esperé a que anocheciera para seguirlo y, por lo menos, saber en qué zona de la capital vivía. A las 9:30 de la noche hizo su ejercicio de calistenia, dándoles golpes a sus fantasmas, que esa noche lo tenían más asediado que nunca. Llovía a cántaros. Tronaba al noroccidente. A las 10:00 sacó un papel de su bolsillo derecho. Hizo una cuenta, apuntó no sé qué cosa y cruzó la avenida. Golpeó en un edificio. Pensé, hechas añicos mis conjeturas, que vivía en el Edificio Santa María, al ver que un portero le abría la puerta y lo saludaba con una venia que él respondió con protocolo, y le dio unas monedas. El portero se las devolvió en billetes (después averigüé que eran veinte mil pesos). Salió al rato. Caminó hacia el paradero del bus. La lluvia seguía inclemente. No hacía el menor esfuerzo por defenderse del agua. Tomó un bus que decía carrera 13, calle 26. Habían pasado varios con idéntico aviso. Me pareció un acto simbólico de desprecio con el tiempo. Quizá, como dice el tango, nadie lo esperaba. Tomé un taxi. Lo seguí como a una presa de cacería a la que tenía ya hincado el colmillo. Temí perderlo en esa noche oscura e ingrata. Se bajó frente a la estatua de La Rebeca en la calle 26. Mientras yo pagaba la carrera del taxi, él daba la vuelta por detrás de la estatua. Sentí que se sentía seguido. Esperé a que saliera de las sombras. Nunca salió. Fui a buscarlo. Había desaparecido. Ahora, al escribir el vacío de ese instante, siento la misma triste desolación que viví aquella noche lluviosa.

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