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Publicado 2013-03-21

Milan Piquet, el hijo de Libinton y Stefany

Por Iván Bernal /Fotografías Joaquín Sarmiento

Sus papás lo llamaron Milan Piquet en honor al hijo de Shakira y Gerard Piqué, y por momentos da la impresión de estar disfrutando más sus primeros meses de vida que él.

Milan Piquet, el hijo de Libinton y Stefany.
No lo tienen que esconder de paparazzis ni fanáticos. Toma leche y hace regueros al aire libre, y anda todo el día con solo un pañal encima. Debe ser el nirvana en términos de bebé. Pero la cantante barranquillera y el futbolista español mantienen a su Milan rodeado de escoltas, y aunque eso parezca malo, es mucho peor lo que rodea al Milan colombiano: paramilitares. Se hacen llamar cobradiarios. Pasan en motos cada 10 o 15 minutos, levantando arena en una trocha con ínfulas de calle en Soledad, pueblo vecino de Barranquilla. Van y vienen en parejas, con cascos negros y mochilas, dejando a la imaginación qué arma cargan. Entran a donde quieran. Y cuando se acercan, lo mejor es asumir la actitud de un viejo coro, como hacen los papás del niño: brutos, ciegos, sordomudos.

Llegan a cobrarles una deuda de un millón de pesos. Su visita corta por un par de minutos la sonrisa de Jaime ‘el Libinton’ Suárez, marcador derecho de 21 años de origen guajiro, de un equipo de fútbol que nunca ganó un trofeo ni en su barrio. Tras la partida de los para-prestamistas, sigue como si nada, emocionado de que lo vuelvan a entrevistar por el nombre que escogió para su hijo. Descamisado, en chancletas, en una franja de cemento agrietado. No es ni acera ni terraza, pero sirve para ambos propósitos, al pie de un arroyo cuyo nombre parece describirlo: El Salado. Si no se le pregunta, no habla sobre cómo les impusieron el compromiso; ni de los seis balazos en el palmarés de su familia, sumados los asesinatos de un tío y el abuelo del niño.

Está feliz, reviviendo la anécdota del registro notarial más promocionado por la prensa en el último mes. Se aferra a sus 15 minutos de fama; placebo para su realidad, caído del cielo en forma de flashes y preguntas incómodas. Un placebo fugaz, adictivo, que los medios te dan y te quitan sin avisarte. El efecto se está desvaneciendo, como pasará con las risas de Jaime. Porque esto no es África, es Soledad, a 30 minutos de donde nació Shakira. Pero no es tan diferente a ese continente, a juzgar por el arenero seco y ardiente, la pobreza irrigada de violencia, los guitarrazos de la champeta, y los tres niños barrigones bailándola alrededor de Milan. Él toma un tetero de leche con guineo, guayaba y agua, en brazos de uno de sus once tíos. Hasta que se suma al baile haciendo el pase del Waka waka, y salen a cambiarle el pañal entre carcajadas. En Soledad se baila así. Feliz, a pesar de toda la mierda.

El registro

Milan Suárez Arteta estuvo a punto de llamarse Nacher. Pero el notario primero de Soledad, Joao Herrera, lo rescató en un destello de sabiduría providencial: “Ese nombre es de perro”, le advirtió a Libinton. Fue su oportunidad. Hace rato quería llamar a un hijo como una estrella del fútbol mundial. No se lo permitía Stefany, mamá de los niños, dos años mayor que él. Ella escogió Nacher tras escuchárselo a una hermana que vive en San Andrés. No pudo defender su elección porque había salido de la notaría. Discutía con Libinton, en parte por el nombre, pero también por el almuerzo de sus otros hijos. Lo dejó adelantando el trámite y se fue a llamar a una hermana, a pedirle que se encargara de Jonathan David, Breynner David y Liz Michel. En esos días era noticia el nacimiento del hijo de Shakira y Piqué, y él tuvo su propio destello de sabiduría: ponerle a su bebé el mismo nombre dejaría contentos a todos. El Barcelona es su segundo equipo favorito, después del Junior; y Stefany es fanática de la compositora y filántropa que ha vendido más de 50 millones de álbumes. Cuando llegó a la notaría a firmar el registro, se llevó la sorpresa. Y sí, le gustó.

—Yo lo firmé, ¿verdad?
—Sí, cuando estaban tomando las fotos.

El registrador llamó a un periodista de El Heraldo y le dio esa primicia con alma de broma. Al día siguiente, la historia del ‘tocayo criollo’ había sido compartida más de 5000 veces en las redes sociales. La replicaron portales de todo el mundo. La familia estuvo posando y atendiendo periodistas por una semana. Vinieron los noticieros de RCN, Caracol TV, Canal Uno, El Tiempo, las agencias EFE y AP. Y por último, SoHo.

—¡Ya sabía que iba a seguir esto! —les grita a Libinton y Stefany la tía que estaba alimentando a Milan, Madelein. Una adolescente de 14 años, de súbito ruborizada y sonriente. De un brinco se levanta de la mecedora de varillas oxidadas en el andén-terraza, y se hace un moño.

—Presta a Milan que hay que bañarlo. Cómo va a salir todo maluco —dice y se lo lleva, besándole los cachetes.

La realidad

Shakira dio sus primeros pasos a la fama con Pies descalzos. El álbum tenía una carga de crítica a una sociedad en la que ‘cada cosa es calculada, en su espacio y en su tiempo’. Dieciocho años después, la primera foto que publica de su hijo es la de unos pies calzados, con zapatos diseñados por Nike desde que el niño estaba en su vientre. La marca patrocina al papá, después de todo. Se le veían grandes, pero seguro se vendieron muchos pares. A pesar de eso, Pies descalzos dejó huellas en miles de admiradores, como Stefany. Se tatuó la silueta de los pies de Milan en el cuello. Y él se la pasa descalzo, sin marcas que lo recubran. No por rebeldía; solo tiene un par de zapatos y son para las fotos.

Pruebas de que la T, al final de Piqué, es la menor entre un mundo de diferencias que separa a los dos niños, nacidos a 8127 kilómetros. Según el notario Joao, no fue un error y la agregó para convertir el apellido en nombre. Según la familia, así suena con más fuerza. Según mi tesis, la culpa es del narrador del Gol Caracol, Javier Fernández Franco. En las transmisiones de los clásicos Barcelona-Real Madrid, se le oía escupir el micrófono diciéndole así al defensor catalán. En todo caso, a los pocos días ya se habían registrado 29 niños con el mismo nombre en Colombia. Desde ya, Milan amenaza con destronar a Luis y José en el top de los nombres más repetidos. Pero el primero está en Soledad.

Nació el 10 de octubre en un hospital público. Completaba siete meses y unos cuantos días de gestación. Pasó 17 en una incubadora, recibiendo inyecciones para desarrollarle los pulmones. Aún sufre complicaciones respiratorias, y no ha podido beber leche del pecho de su mamá. No lo coge. Pero es robusto y vivaz. La única señal de problemas son unas vendas en el ombligo.

—Se le salía. Le metimos una bolita uñita (canica) para que se le hundiera.

Vive con sus papás, sus tres hermanos, su abuela y dos tíos en la tercera parte de una casa. Son dos habitaciones con una cama y un camarote, con un ventilador para los diez. Se los alquilaron por 150.000 pesos mensuales. Tiene un patio minado de botellas, trapos y escombros. Se ve una mecedora descosida, una bicicleta sin silla, un cigarrillo ahogado en un charco al lado de la letrina. En lo alto de una paredilla hay una cruz de maderos quemados. Es la antena. Adentro hay un televisor sobre un parlante hueco, que también sirve de guardarropa. Cables y conexiones peladas cuelgan de los tablones del techo. Para prender el foco, hay que darle un giro con la mano. El moho se enquista en las grietas de las paredes. La única ventana está rota. La única decoración son dos afiches de Shakira meneando las caderas, y una tribuna de bebés plásticos desnudos y sonrientes arriba de ella. Parecen celebrar un gol. Entre ellos hay un tigre de peluche, que debe ser Falcao, y un negrito con cara de Obama.

La familia llegó aquí hace un mes. Antes, estuvieron arrimados donde una vecina, y luego donde otra. Por dos años habían vivido en un cuarto en Villa Mónaco. Son nómadas en Soledad. Los sacaron de allí y consiguieron esta casucha con ayuda de Maryuri, una hermana de Stefany que vive a la vuelta. Carece de nomenclatura. Está en la calle 22 con carrera 24 del barrio La Esperanza. Es fácil imaginar a Libinton y Stefany cargando con sus bebés y maletas por las callecitas de Villa Mosca, Brinca y Pea, El Chuchal, Villa esto, Villa lo otro. Así se llaman los barrios de invasión que se multiplicaron en la última década, cuando la población soledeña pasó de 200.000 a 660.000 habitantes. No porque copulen como conejos, sino por la llegada de desplazados de Montes de María y Santa Ana. Solo el 11 % de las calles están pavimentadas. Las zanjas y rocas convierten al municipio en una gran pista de motocross. Eso y los bajos precios hacen de las motos el vehículo preferido de los recién llegados. Decenas se lanzan en todas las direcciones a toda hora, como flechas en una guerra de ciegos. Hay más de 34.000 mototaxistas. Además están los cobradiarios. Nadie sabe cuántos son, solo que muchos son desmovilizados; que les pagan a los Paisas o a los Rastrojos para trabajar en cada barrio; y que con su plata no te puedes quedar.

—Con esos manes no se juega. Son los que matan por aquí. He pagado tres cuotas de 20.000 pesos. Apenas es el principio de esta tormenta.

Stefany tiene el cabello pintado de rubio y tatuajes con los nombres de sus familiares. Si las caderas no mienten, es una mujer muy sincera, puesto que tiene hasta 200 % más caderas que Shakira. Está en la mecedora de la puerta, mientras bañan a Piquet. Terminará llorando tras contar cómo una deuda de 200.000 pesos se convierte en una de un millón, gracias a la magia de la extorsión. Con intereses del 20 % a 60 días, 18 % más caro que cualquier banco.

—Yo le pedí 200.000 pesos al cobradiario para la ropa de los pelaos. Pero el muchacho se fue, y el dueño de la plata vino a amenazar, en camioneta. Dijo que le debía dos millones. Gritaba “malparida, me paga esa plata”. Me hice responsable y me la rebajaron a un millón.

Sucedió hace una semana. Supuestamente, el cobradiario se escapó con ocho millones que prestó en esa cuadra. Alguien tiene que responder, y lo harán entre Stefany y sus vecinos. Nadie lo conocía, nadie sabe si tan solo lo reasignaron a otro sector donde pudieran aplicar la misma trampa. Los Suárez Arteta acudieron a la policía, pero no les prestaron atención.

—Mejor pagar esa deuda, que no pase problema. Pienso es por mis hijos. Esa gente tiene mucha gente mala.

A los pobres, los bancos no les prestan. Los paraprestamistas aprovechan y les cobran muchísimo más caro el favor. Por el millón que Stefany salió a deber terminará pagando 1.200.000 pesos, en cuotas diarias de 20.000. En un banco, para cancelar la deuda en dos meses, habría tenido que pagar 1.022.600 pesos, 177.700 menos de lo exigido por los cobradiarios. Con eso su familia almorzaría 25 días. Los viejos paras descubrieron que administrar plata entre los pobres es buen negocio. Crean nuevas víctimas a través de finanzas de callejón. No hace falta decir qué pasa si no pagan. Hay una amenaza implícita, y a diario se cumple a ojos de todos. Buscar ayuda en la Alcaldía no es opción. En Soledad, la democracia es una butifarra. Sí, como ese embutido típico que nadie sabe a ciencia cierta de qué está hecho. Seis de sus alcaldes pasados fueron destituidos por nexos con paras o enriquecimiento ilícito. Algunos siguen presos. Dos han sido asesinados.

Se mata

“Mami, mi papá pregunta si hoy hay comida”, le dice Breyner a Stefany, apuntándole con una pistola de plástico. Son las once de la mañana de un sábado. Libinton duerme. A las cuatro de la mañana llevó a cuatro vendedores al mercado, en un taxi que empezó a manejar hace dos días. Le pagaron 10.000 pesos. Con solo 7000, la mamá de sus hijos prepara un suculento arroz con huevo: dos libras, cada una a 1700 pesos; aceite por 400 y diez huevos a 250 la unidad. Hasta alcanza para un pañal de Milan. Con esa forma de rendir el dinero, quizá Stefany podría alimentar a toda Latinoamérica si tuviera 140 millones de dólares, la fortuna aproximada de Shakira.

Breyner corre a seguir jugando en el nuevo parque de diversiones de sus hermanos y primos, el carro parqueado. Brincan, se esconden, suben las ventanas, ponen champeta. Libinton aprendió a conducir en su viejo trabajo. Por tres años cobró pasajes en una buseta de la ruta Murillo-Soledad 2000. En un día bueno ganaba 18.000 pesos. Con el taxi puede ganar hasta 40.000. Otros días, de calles vacías, no le queda nada. Debe pagarle al dueño una tarifa de 60.000, llenar el tanque y, antes de pensar en comida, apartar los 20.000 de la deuda de cada día. Le toca, por haber traído varios habitantes más a esta podrida ciudad, donde lo que no se quiere se mata. Y no importa mucho cómo te llamas.

Breyner arroja la pistola a la arena, la pisotea hasta hacerla añicos. Desde la puerta lo mira su abuela, Carmen, de 50 años. Recuerda que un 19 de diciembre, hace nueve, mataron a su esposo: Edinson Rafael Arteta Silvera, un evangélico que reparaba llantas de motos. No conoció a los últimos cuatro de sus 20 nietos, puesto que todos son menores de 7.

—Lo confundieron y me lo mataron. De la ‘limpieza’ que estaban haciendo en el barrio.

—Limpieza de paracos. Hubo una matazón horrible, al muchacho del frente, otro a la vuelta, una muchacha —agrega Maryuri. A ella también le mataron al papá de sus hijos. Manuel Barroso, conocido como el Boti, discutió un día con un cobradiario.

—Le dijo que no se le estaba negando la plata, pero que dejara la grosería con la que llega. El tipo dijo “a la vuelta nos vemos las caras, yo sé quién eres”.

A los 20 días, Maryuri oyó cuatro disparos. Salió de la casa y vio al Boti desangrándose. Tenía 25 años. Dejó dos huérfanos. Conducía un motocarro. La violencia esparce a diario su aliento pestilente sobre los soledeños. En promedio hay doce asesinatos al mes, según Medicina Legal. Hubo 139 en 2012. Esas cifras tristes no entristecen ni alarman a nadie, porque se quedan cortas frente a su vecino, Barranquilla. En un fin de semana, en el viejo ‘remanso de paz’ puede haber 16 homicidios, como pasó en Carnavales.

En ese panorama lleno de abismos crecerá el Milan colombiano. Con mucho trabajo podría escapar en el salvavidas del fútbol como sueña su papá; o mantenerse a flote como él, en un taxi. No nos enteraremos. Habrá pasado de moda. Lanzado de regreso al olvido, tras saciar el deseo de sentirnos parte de la extravagancia mundial en torno al hijo de Shakira. Ese, allá en Barcelona, seguirá siendo noticia. Sus cumpleaños, sus novias, sus tabacos. El de acá estará buscando su felicidad en un anonimato agridulce. Con nombre de rey pero sin corona, quizá la tenga más difícil que los primos y vecinos que hoy llegan a juguetear con él. Crecerá y dejará de salir en revistas. No es modelo ni artista de familia real.

El sentido de la T al final de Piquet resulta claro ahora: tragedia. Un vistazo a su cotidianidad ayuda a entender por qué la megaestrella barranquillera tuvo su bebé en España. Cualquiera preferiría poner un océano de distancia entre esta realidad y su hijo.

Pensando qué le depara el destino al bebé pobre con nombre de estrella, surge una sola certeza: este Milan Piquet debería importarnos mucho más que el ciudadano español. Lástima que se tuviera que llamar como él para que lo volteáramos a mirar.

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