Solo hice parte del proceso de producción de los billetes por un día, pero, desde entonces, cuando uno llega a mis manos, lo reviso. Lo palpo y siento sus rugosidades. Lo alzo para que pase la luz y ver si tiene la marca de agua, miro con detenimiento ese muñequito que algún día fue un ser de carne y hueso, al que la historia recompensó estampándolo millones de veces contra un papel que pasa de mano en mano, del cajero, al trabajador, al yuppie, al vendedor ambulante, al campesino, hasta que un día, por el deterioro, una trituradora lo convierte en confeti y termina olvidado en algún basurero. Observo sus hilos de seguridad, el resplandor de la tinta, la fecha de su edición para calcular cuánto tiempo ha resistido al maltrato, y finalmente lo entrego a cambio de cualquier cosa. Mientras tanto, unas veinte personas, sentadas en línea en un cuarto claro en la zona industrial, revisan de seis de la mañana a seis de la tarde, la calidad de cada uno de los millones de billetes que salen de la imprenta del Banco de la República. Yo fui uno de ellos.
Un sábado frío los acompañé en su trabajo. Me levantó el despertador cuando aún era de noche y, todavía dormido, como un sonámbulo, toqué el portón de la Imprenta de Billetes. Era fin de mes, no llevaba más de cinco mil pesos en el bolsillo y en cambio tenía una serie de deudas por pagar. Me identifiqué a la entrada como el periodista al que luego de hablar con medio banco le habían permitido trabajar un día revisando la calidad de los billetes.
Me dejaron seguir al interior de una caja fuerte disfrazada de edificio de ladrillos. Era un lugar que desde afuera parecía más una fábrica de chocolates que una central de efectivo, pero que estaba custodiado por centinelas, observado por cámaras y vigilado por un sistema de seguridad pasivo, según dijo el coordinador de Protección y Seguridad. "Cuando usted llegó, nosotros ya sabíamos quién era", respondió luego de haberle confesado que me había sentido más esculcado a la entrada de un centro comercial que en el mismísimo templo del dinero.
Dejé mi billetera en un casillero y me puse un uniforme azul oscuro, descontinuado, que había pertenecido a una mujer de contextura gruesa. Mi nuevo apellido era Jiménez, como podía leerse en el bordado de letras rojas sobre la solapa del overol.

 
 
Entre seis y diez resmas tiene que revisar cada empleado al día. Si encuentra algún desperfecto en cualquiera de los billetes debe tacharlo y apartar el pliego. Cuando solo es una mancha, la borra con cuidado para salvarlo..
Luego de firmar la planilla de ingreso a la planta y de que me preguntaran si traía algún valor conmigo se abrió una puerta pesada de metal. Entré en shock. La maquinita de hacer plata estaba frente a mí. Esa misma que mis padres decían necesitar para comprar todos los regalos que les pedía de niño. El murmullo tomó forma. Era el impacto intermitente de las planchas contra el papel moneda, a una velocidad de aproximadamente 300 mil billetes de 50 mil pesos por hora, lo que en el tiempo que estaría en la imprenta equivaldría a 120 mil millones de pesos por máquina.
Atravesé la planta siguiendo el compás de la danza de los millones e imaginé un musical delirante de ambición como el de la Bailarina en la oscuridad: máquinas emitiendo notas con cada golpe, operarios bailando al ritmo de las planchas bajo una lluvia de billetes.
Subí las escaleras, empujé una puerta de madera y me sentí como un niño que entra por primera vez al salón de clases de su nuevo colegio. Unas cuatro filas de escritorios miraban hacia un tablero. Las paredes eran de color rosado pálido y contrastaban con un cuadro de una mujer desnuda. En una esquina estaba el baño de mujeres. Algunas se secaban el pelo, se peinaban o maquillaban. Aprovechaban que aún no había subido el lote de billetes que debían clasificar esa mañana.
Por unos minutos, estuve expuesto como un bicho raro frente a la mirada de todos, pero pronto había comido una mantecada y una mogolla que me ofrecieron mis vecinos de trabajo, y me vi sentado frente a una mesa amplia con una resma de billetes: quinientos pliegos con la cara de Santander estampada cuarenta veces en cada uno de ellos, para un total de ocho millones de pesos. Me dieron unos guantes con la parte interior forrada en goma y empezó la labor.
Una máquina cuenta el papel moneda que llega de España, Alemania, Italia, Inglaterra o Francia. Un operario lo baraja y cuadra. Otro lo monta en la máquina offset, pasa por un rodillo plano y sale impreso por ambas caras. Se seca cinco días en un depósito. Lo montan en la máquina calcográfica, caen las planchas de grabado sobre los pliegos y salen estampados por el reverso. Tres días más de secado y se imprime el anverso. Otros tres en el cuarto de secado y sube el lote a revisión de calidad.
A un ritmo frenético, mis compañeros, en silencio, pasan un pliego tras otro. Chas, chas, chas, chas, chas, como leyendo un periódico del futuro que solo puedes ver por unos segundos. Abanican el nuevo pliego. Lo marcan en el costado con una raya de un color que identifica al que lo revisó. Como águilas se lanzan sobre cualquier error: algunos han tomado cursos de lectura rápida. Si es una mancha pequeña la remueven con un borrador de nata, si no, tachan el billete defectuoso con un marcador negro y uno fluorescente. Los pliegos con errores vuelven a las mesas de revisión. Los clasifican en grupos según la columna en donde esté el tachón para que, una vez cortados, sean separados y pasen por una máquina que detecta la marca fluorescente y separa los buenos de los dañados.
En el fondo el golpeteo de las planchas. En el ambiente un olor a tinta que marea. A mi lado, todos siguen el ritmo acelerado del proceso. En mi puesto, alguien torpe, una pieza rota, un desperfecto que se angustia cada vez que los dedos se le enredan con el papel. No sabe si concentrarse en contar las hojas que pasa, si imitar la velocidad de sus vecinos intentando que los pliegos no se le desparramen, si seguir girando el cuello como un ventilador en busca de un defecto. Si observar a la legión detectando manchas, repisados, peladuras, arrugas, con la velocidad de Vicky, la niña robot del programa La pequeña maravilla.
Hay que hacer entre seis y diez resmas en el día, anuncia la coordinadora. Solo he hecho una y no he encontrado ni un error. ¿De qué sirvieron casi veinte años de estudios si sigo siendo un inútil? Tengo los dedos dormidos, empiezo a sentir tortícolis, lumbagos, calambres: necesito Dolorán...
Salimos a recreo. Comemos, en grupos, huevos revueltos y café con leche. Todavía obsesionado con la cantidad de dinero, pregunto cómo logran trabajar así por años, si piensan en sus necesidades mientras trabajan, si han sentido alguna tentación. Cuentan que al poco tiempo empiezan a ver los billetes como papel.
-A uno lo revisan a la salida y lo filman mientras trabaja, pero no hay seguridades infalibles. Te juro que si trabajara en una fábrica de empanadas me comería una diaria, pero nunca se me ha ocurrido llevarme un billete -dice el paisa.
Stella, mi tutora, interviene:
-Cuando nos pagaban en efectivo, había un compañero que duraba todo el mes con su salario entre el bolsillo de la camisa. No quería que se le arrugara ni un solo billete y cuando compraba algo no dejaba que le devolvieran billetes dañados.
-Uno quiere su trabajo. Esta es su casa y el tiempo se le termina pasando rápido -dice una de las señoras que ya lleva diez años en su puesto.
-Yo sí 'perdí el año' con este trabajo. Si fuera el verdadero, me echarían a la semana y empezarían a circular billetes con Gaitanes de tres orejas, cuatro ojos, o llenos de pecas... -digo reconociendo mi falta de destreza.
No habían terminado de reírse cuando ya se carcajeaban con mi siguiente número. Era la gimnasia laboral del mediodía, el momento de estirar los músculos, ahora sí el musical del bailarín en la oscuridad en un ambiente industrial que mezclado con los arrumes de billetes formaba una escena surrealista. Ellas, meneándose al ritmo de una salsa sobre su puesto de trabajo. Yo, frente a ellas, haciendo alarde de mi ineptitud para el baile, con una cámara registrando cada paso.
Terminó la sesión de estiramientos y había logrado, al menos, romper la monotonía laboral siendo el payaso de la imprenta.
Volví a la labor. Esta vez, me esperaba una resma de Jorge Eliéceres en serie. Cuatro millones de pesos fresquitos, contantes y sonantes. Descansado, ejercité mis matemáticas: si mis compañeras revisaban billetes de 50 mil, en un día podían pasar por sus manos mil millones de pesos, mil veces lo que ganan en promedio al mes, pero tuve que concentrarme de nuevo pues había perdido la cuenta de las hojas y se estaban apilando en desorden.
Al regreso del almuerzo casi me duermo sobre los billetes, pero una salsa proveniente del radio de la coordinadora me devolvió al estado de vigilia. Era algo que solían hacer: combatir el tedio y el sopor de la hora con algunas rancheras, salsas y música para planchar, a bajo volumen. Una vez se intentó cambiar el estilo de música por sonatas de Bach y Mozart, pero eran tan relajantes que se dormían hasta las máquinas.
Concentrado y sin pensar en nada más, terminé la segunda y última resma del día. Alguien más la revisaría, la clasificaría y pronto subiría a la planta superior junto con los demás pliegos. Una máquina la numeraría. Otra la cortaría, agruparía en fajos de cien billetes y embalaría de a diez. Un operario la empacaría en cajas de 50 mil billetes. La depositarían en la bóveda de la imprenta y un día saldría, en un carro blindado, seguida por un convoy del ejército, en una remesa hacia la bóveda principal del banco. De allí, una parte sería trasladada en carros blindados a entidades financieras y, de ahí, al público en general. Otra, volaría a distintos lugares del país y las consignas del caudillo, estampadas en el billete de mil, circularían libremente: "Yo no soy un hombre, soy un pueblo". "El pueblo es superior a sus dirigentes".
Si alguno de mis billetes contaba con fortuna, viajaría de mano en mano el tiempo promedio de vida del billete de mil: de siete a ocho meses. Pero llegaba a manos de un dibujante inescrupuloso, Gaitán tendría bigote, chivera o aretes, o si su dueño era un "romántico" o un narciso, un corazón flechado o el nombre del "artista" terminaría sobre el grabado y el camino hacia la trituradora del Banco de la República tardaría menos de dos meses. No hay esperanza de salvación, pues ningún otro billete tendrá la suerte de esos que, según dicen, alguna vez salieron despedidos por la boca de la chimenea donde los quemaban en el Centro de Bogotá, ni podrá ser rescatado de las llamas por unas manos piadosas, como, al parecer, ocurrió hace más de quince años en las chimeneas de destrucción de Barranquilla, cuando se armó un escándalo público por el presunto robo de los billetes que debían ser incinerados. Cuentan que algún comentarista defendió al bombero, con el argumento de que solo a un pirómano se le ocurriría quemar lo que tanto trabajo cuesta ganar.
Ya no me importaba el destino de los condenados billetes, que fueran míos o de otro, que terminaran hechos picadillo. Los había querido en sí mismos como piezas de arte, pero ahora estaba hastiado de ellos. Si al menos me hubiera tocado revisar a la mujer embera del billete de diez mil, pero tuvo que salir de circulación tras el robo de Valledupar en 1994.
Me despedí de mis "colegas", prometiendo volver un día a trabajar con ellos en la nueva imprenta de la Avenida Eldorado. Algunos se irían a Ibagué al velorio de la hermana de una de sus compañeras, pero con seguridad, todos regresarían el lunes pues quedaban ese año por revisar más de ocho cientos millones de billetes. Yo saldría, luego de ser requisado, a la luz del día, inhalaría el smog de la zona industrial, exhalaría por un rato partículas de Gaitanes y volvería, también, a la rutina de mi oficio, claro que alejado de las tentaciones y sin el tormento de estar atado a un árbol de billetes. Un amigo vago en el colegio decía que quería dedicarse a hacer plata. Repetía una y otra vez este proverbio chino: "Haz lo que te gusta y jamás trabajarás". Acá se volvería loco.

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