Cuando lo mandaron para Cali en una misión secreta que terminó con el hallazgo de las caletas multimillonarias del narcotraficante conocido como Chupeta, la esposa del subintendente Agustín Bonilla estaba a punto de dar a luz. Tenía el corazón partido. Quería quedarse en Bogotá porque sabía que en cualquier momento nacería su primogénito, pero entendía que el deber lo llamaba lejos de casa. Ni siquiera pudo contarle a su mujer que estaba tras las huellas de un pez gordo.

La había conocido en la universidad donde ahora los dos están a punto de obtener sus diplomas de abogados, y desde que empezaron a salir juntos ella tuvo que acostumbrarse a que a Bonilla le suena el teléfono en el momento menos indicado y tiene que salir corriendo sin dar explicaciones… aunque al comienzo pareciera sospechoso que un viernes en la noche tuviera que cancelar los planes que habían armado unos días atrás y tomar un avión para Pereira o Medellín, luego de advertirle que posiblemente no podría llamarla en un par de días.

Esa vez, el destino era uno de los más complicados para alguien con un oficio como el suyo. Pero el subintendente todavía no sospechaba qué tanto le iba a cambiar su vida cuando naciera su hijo. No había imaginado que, en adelante, cada vez que debiera participar en una operación delicada tendría el temor de causarle a su familia un sufrimiento irreparable si las cosas no salían bien. No sabía que también él se convertiría en un devoto de San Pascual Bailón, para rogarle que le permitiera regresar a casa con vida.

Antes, cuando estaba soltero, cuando nada lo ataba, no lo preocupaban los riesgos. Se le medía a cualquier misión sin analizar las consecuencias. Su madre se quedaba pegada a la camándula y él se iba sin pensar que en su trabajo no siempre hay tiquete de vuelta.

Así fue durante poco más de diez años, desde que ingresó a la Policía animado por el ejemplo de su padre, que se pensionó en la institución, y de su hermano, que aún viste el uniforme.

Y no fueron pocos los riesgos que corrió. Bonilla recuerda, por ejemplo, la primera vez que participó en un operativo contra la guerrilla. Fue en cercanías de la población de Viotá. A medida que se alejaban de la zona urbana aumentaba la tensión del grupo, pues eran conscientes de que en esa región de Cundinamarca la montaña era dominio de las Farc.

Caminaron durante varias horas abriéndose paso entre los matorrales, acompañados de perros entrenados para detectar explosivos: aun así, temían que un mal paso pudiera activar una mina. Cuando las condiciones de luz los obligaron a detenerse, escogieron un lugar en el que creían estar a salvo y, agotados, decidieron dormir por turnos en espera del día siguiente. No había pasado mucho tiempo cuando los perros empezaron a alborotarse. Bonilla, que se crió en el campo, reconoció en aquella actitud de los animales una señal de alerta y no pudo pegar el ojo, temiendo una emboscada en cualquier momento. El amanecer los devolvió a la vida. A primera hora siguieron su camino, y un rato después llegaron a la meta: un campamento que los guerrilleros acababan de abandonar. Había sido la noche más larga en la carrera del subintendente.

Agustín Bonilla nació en Boyacá, en una población que se ha hecho famosa porque allí fabrican balones profesionales que luego recorren el mundo, de estadio en estadio: Monguí. No obstante la enorme afición de sus paisanos por el fútbol, en su juventud le llamaba más la atención el baloncesto, pero nunca pudo destacar en el ejercicio de este deporte por su baja estatura.

Sin embargo, su complexión delgada no le ha impedido enfrentarse a duras pruebas, como cuando tuvo que cruzar un río caudaloso colgado de una guaya, con el morral, el fusil y una vieja máquina de escribir de las que se emplearon hasta hace unos años en las diligencias judiciales. En esa ocasión allanaron un laboratorio para el procesamiento de coca que los narcotraficantes habían montado en una pequeña isla en cercanías de Chivor.

Bonilla también participó en varios operativos contra los paramilitares, y estuvo en medio de un fuego cruzado entre las autodefensas de Urabá y las del Casanare. Conoció jóvenes que ingresaron a estos grupos deslumbrados por las motocicletas, las joyas y la plata fácil que ostentaban los duros y temidos comandantes de los frentes. Fue uno de los responsables de la captura de un enfermero conocido con el alias de Pocillo —porque le faltaba una oreja— al que le incautaron un video con imágenes de un hospital de guerra en el que morían lentamente combatientes que habían quedado mutilados. Conoció los amuletos —ese día inútiles— que llevaba en el bolsillo del pantalón Miguel Arroyave cuando lo encontraron con la cabeza destrozada en un paraje desolado de los Llanos Orientales y fue uno de los encargados de llevar hasta Villavicencio una hoja con las huellas digitales del hombre para confirmar su identidad.

En su carrera como suboficial de la Policía, que inició recién cumplidos los 18 años, luego de graduarse como bachiller técnico en electricidad en Sogamoso, Agustín Bonilla ha sido testigo de las más diversas formas de la maldad. Y, desde que hace parte del equipo de investigadores de la división de lavado de activos y extinción de dominio, también ha comprobado con sus propios ojos los excesos a los que son capaces de llegar los narcotraficantes. Ha visto verdaderos palacetes que se esconden detrás de fachadas sencillas. Casas de recreo con todos los lujos imaginables que pasan varios meses sin que nadie las disfrute. Televisores tan grandes, que Bonilla sabe a simple vista que uno igual no cabría en su modesto apartamento.

Pero nunca se había llevado una sorpresa como aquella vez en que debió separarse por unos días de su esposa, cuando formó parte de la operación Faraón y participó en el hallazgo de las caletas de Chupeta.

La primera casa que allanaron parecía la residencia de una familia de clase media común y corriente. Con base en el cruce de información proveniente de varias fuentes, tenían serios indicios de que allí se escondía una enorme cantidad de dinero. Llegaron a las seis de la mañana, revisaron sin prisa pero con zozobra cada rincón de la casa y solo después de varias horas descubrieron en la cocina recién remodelada un mueble que no estaba del todo asegurado. Al retirarlo de su sitio encontraron una pequeña puerta que se demoraron en abrir y que conducía a una especie de sótano húmedo y oscuro lleno de bolsas plásticas. Y en ellas, miles de billetes malolientes que sumaban millones de dólares.

A pesar del temor y de la ansiedad, Bonilla sintió alegría cuando tomó el teléfono para confirmarles a sus superiores que habían dado en el blanco. Ha sido uno de los momentos más emocionantes de su carrera. Pero, superada la euforia inicial, se preguntó cuántas vidas habrían tenido que llevarse por delante para conseguir tanto dinero mal habido.

Más tarde, aterrizó en lo práctico y en lo único que pensaba era en el engorroso trabajo que les esperaba: contar uno a uno los billetes incautados. Uno a uno, porque la humedad y un polvillo que les había dejado el tiempo impidieron que las máquinas contadoras realizaran su trabajo. De manera que allí estuvo, junto con sus compañeros de operativo, encerrado en la casa, durante treinta y seis horas hasta que sumaron el último billete.

No se habían repuesto aún de la dura faena, no habían tenido tiempo ni siquiera de celebrar, cuando las pesquisas los llevaron al allanamiento de nuevas casas y al hallazgo de otras caletas que exigieron esfuerzos similares, pero que les despertaron una dicha cada vez mayor. Al final de la operación, las cuentas arrojaron la cifra de ochenta millones de dólares, incluidos varios lingotes de oro de alta pureza de aproximadamente un kilo cada uno y una buena cantidad de monedas de oro canadienses, además de pesos colombianos, dólares y euros.

Se trataba de una suma difícil de pronunciar para un hombre que tiene un sueldo de un millón doscientos mil pesos al mes. Una cifra extravagante que el subintendente habría deseado que se destinara a obras sociales: "Para que en algo le retribuyan al pueblo esa fortuna amasada con sangre del mismo pueblo". Y, aunque le parecía increíble ver tanta plata junta, jamás codició ese bien ajeno. Y le molesta profundamente cuando alguien le pregunta si tuvo la tentación de echarse unos billetes al bolsillo, como los protagonistas de la película Soñar no cuesta nada, que había visto con su mujer un tiempo atrás.

Está convencido de que los delincuentes jamás terminan bien, y se pregunta para qué les sirve tanto dinero si no pueden vivir en paz. Si muchas veces ni siquiera tienen la oportunidad de reunirse con su familia. Si no se pueden dar el lujo de salir a la calle a pasear con sus hijos, como él puede hacerlo con el suyo, que nació pocos días después del operativo.

Su hijo le cambió la vida, y a él le tiene guardada la Cruz al Mérito Policial —la más grande condecoración que entrega la Policía Nacional— que recibió por el éxito en la misión que le habían asignado. Sintió que el corazón se le salía del cuerpo cuando se la otorgaron. Y pensó que todos los riesgos que había corrido, que todas las noches sin dormir y todos los días que tuvo que aguantar hambre por cuenta de su trabajo se justificaban. Porque esa cruz de lata dorada representa para él mucho más que los lingotes de oro que descubrió en la caleta.

Al fin y al cabo, su mayor sueño es poder llevar una vida tranquila, en el campo, y disfrutar como su papá de una pensión que, aunque modesta, le permite vivir en absoluta paz.

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