Confieso que he matado. Son dos los cadáveres que cargo a cuestas. Han pasado muchos años, pero hay recuerdos que no prescriben. Al comienzo aparecían con frecuencia en medio de la noche. Sobre todo, la imagen fastidiosa de uno de ellos, el negro, que se tomó su tiempo para irse.

No tenía remedio: había quedado herido de muerte. La mitad de su cuerpo quedó adherido al pavimento como una figura de plastilina que se aprieta con los dedos hasta convertirla en una masa sin forma. La otra mitad se movía por reflejo, como un tic: los últimos impulsos del corazón solo le sirvieron para producir un gemido desesperado que provocaba lástima, pero no le alcanzaron para levantarse del suelo. Quedó con los ojos abiertos, como si aún mirara a un cielo que no oyó sus clamores.

No alcancé a resolver la duda de si debía rematarlo allí mismo para evitarle ese dolor terminal, cuando su cabeza sin vida golpeó el suelo luego del último intento por desprender el cuerpo maltrecho de la carretera. Me subí de nuevo a ese carro rojo que fue el arma mortal, después de comprobar que el impacto había sumido tímidamente las latas, y seguí mi camino.

Me faltaban poco más de doscientos kilómetros para alcanzar la meta, en Bucaramanga. Varias veces, después de aquella curva en medio del paisaje boyacense de mil verdes en el que quedó tendido el cuerpo de mi víctima, lamenté que me hubiera correspondido a mí la desdicha de señalar el final de su paso por este mundo.

"Se trataba de matar o de morir", me dijo mi hermano, que iba a mi lado en aquel viaje que había comenzado en Bogotá muy de mañana, con los mejores augurios de un cielo despejado. Tenía razón: cuando lo vi cruzar la carretera, a tan pocos metros del carro, llevé de inmediato, por instinto, el pie derecho al pedal del freno y al mismo tiempo empecé a mover el timón para evitar el impacto. Solo un instante separa la vida de la muerte.

Debieron ser no más que dos o tres segundos los que transcurrieron desde que salió de la orilla aquella sombra negra, hasta que recibió el golpe de una máquina de una tonelada de peso que avanzaba a ochenta kilómetros por hora. Dos o tres segundos en los que su vida estuvo en juego, y también la de quienes viajábamos en aquel Fiat, que resultó abollado (porque rara vez se mata sin dejar huella).

Al final fue él quien perdió la partida, aunque nunca tuve en mis cuentas cobrar la victoria con su sangre. De hecho, lo evité hasta que comprendí lo que mi hermano aún no me había dicho: que se trataba de matar o de morir. Y aunque no fue una muerte premeditada, a él, que fue espectador, le cabe una parte de la culpa. "Cójalo, cójalo", me decía, mientras veía que en mis intentos por esquivar el cuerpo, el carro se acercaba a una zanja con peligro. Entonces no tuve más remedio que llevármelo por delante. Y luego pasarle las llantas por encima.

La experiencia es algo más que desagradable. Primero, el temor de atropellarlo y un instante después la certeza de lo inevitable. La sensación de aquel bulto bajo las ruedas es un recuerdo que a veces me atormenta. Y no tanto por lo que sucedió ese día, sino porque me lleva a una reflexión simple pero angustiosa: si se siente tal desconsuelo por la muerte de un perro, debe ser espeluznante la responsabilidad de la muerte de un hombre.

Muy distinto es el recuerdo que guardo de ese otro cadáver que enumeré al comienzo. Porque ese viaje me tenía reservada otra sorpresa fatal. No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que aquel perro pagó con su vida la torpeza de cruzar en mala hora la carretera, cuando una gallina corrió con la misma suerte. Y por el mismo motivo. Sucedió tan rápido, que ni siquiera hubo tiempo para esquivarla. No supe si corría o revoloteaba cuando se atravesó en mi camino. La trituré en fracciones de segundo. La imagen que conservo es la del espectáculo que vi por el espejo retrovisor: centenares de plumas blancas se mecían en el aire, como si alguien las hubiera lanzado frente a un ventilador. Ni siquiera me detuve. Ni siquiera lo lamenté. Solo bajé un poco la velocidad para prolongar la función.

Ya sé que no es bajo la carrocería de un Fiat como deben morir los animales, pero este segundo cadáver de la jornada no logró conmoverme. Pensé que, al fin y al cabo, mueren miles de gallinas cada día para alimentar las parrillas de los asaderos y las ollas de los restaurantes que ofrecen ajiaco.

A pesar de los carteles que exhiben con cierta frecuencia las sectas de vegetarianos, con impresionantes fotografías de reses, pollos y cerdos recién sacrificados, el deceso de una gallina no me resultaba conmovedor. Jamás pensé en su muerte mientras esperaba en la mesa un sancocho como los que preparan en Ginebra, Valle, con el aroma maravilloso de esa hierba parecida al cilantro que se llama cimarrón. Jamás entendí como un acto violento dar por terminada la existencia de un pollo para cortar en pequeños trozos sus pechugas y prepararlos con una salsa de mostaza y vino blanco.

Eso pensaba y eso entendía hasta que tuve la posibilidad de matar, y ya no como algo fortuito e inevitable, como ocurrió en aquel viaje. Esta vez se trataba de matar con premeditación. Matar con mis propias manos.

A pesar de que los manuales secretos de los asesinos aconsejan hablar lo menos posible sobre el tema en los días previos al hecho e involucrar en los planes al menor número de personas, mi interés por conocer los detalles de un oficio que me resultaba ajeno me llevó a excederme en mis averiguaciones. Así, supe de casos como el de Camilo, que la primera vez que mató se quedó con la cabeza del cadáver en una mano y el cuerpo en la otra, por haber aplicado una fuerza exagerada para el tamaño de su víctima. O el de Julián, que pecó por todo lo contrario: pensó que un simple tirón era suficiente, y el condenado a muerte echó a correr de un lado para el otro con la cabeza de medio lado, mientras profería sonidos escandalosos.

El uno y el otro eran simples aficionados que a la hora señalada sintieron el temor enorme de matar. En sus relatos no omitieron las náuseas ni el sudor en las manos que los atacaron en los momentos previos, ni la desazón que sobrevino al contemplar los cuerpos ya sin vida ante sus pies.

Historias muy distintas encontré en la vereda Bulucaima, a solo veinte minutos del municipio cundinamarqués de La Vega, que fue el sitio escogido para mi debut en estas dudosas artes. Mientras trataba de hacerme entender que no había tal misterio en la tarea fatal que me había propuesto, Paola, una niña del campo de apenas doce años, me contó que ella mataba desde los seis, y me confesó que lo disfrutaba. Y no tanto el momento de la muerte, como el ejercicio posterior con el cuchillo, para abrir el cuerpo aún caliente y retirar las vísceras. Entendí que esta niña se había criado en una región en la que se mata a diario, se mata por oficio, se mata para comer.

La abuela de Paola, que trabaja en las noches, por encargo, me lo confirmó: con sus propias manos había matado 260 gallinas la semana anterior. Una de ellas, ya despresada, esperaba en la olla de sancocho que estaba reservada para después de mi estreno como matador.

El asunto de la técnica no parecía tan complejo: lo realmente difícil era sobreponerse a esa sensación de una vida que se va extinguiendo entre las propias manos. Hacerle caso omiso a la mirada impotente de un animal que parece presentir su final.

A la impresión de sentir el momento en que un hueso se sale de su sitio y produce la muerte. Fernando, un tocayo criado entre matas de café y galpones de aves, me lo explicó primero con una teoría simple y luego con una demostración práctica. Me hizo agarrar la gallina con una mano, de manera que alas y patas quedaran inmovilizadas, y me llevó a rodear el cuello del animal con la otra. Sentí la endeble estructura ósea, palpé con el pulgar el hueso que después del tirón debía quedar separado de los demás. Las manos me sudaban y empezaban a cubrirse de plumas diminutas.

La gallina producía un ruido que no alcanzaba a ser un lamento, y me miraba con un susto tan grande como el mío. Fernando adivinó pronto mi temor y me relevó: le torció unos cuantos grados el pescuezo a la víctima y lo jaló sin demora. "Así de fácil", me dijo, y ordenó que echaran el cadáver en una olla de agua hirviendo para que aflojara las plumas.

Había oído de una fórmula quizás más cruel, pero que me evitaba el contacto directo con la gallina, y lo propuse. Se trataba de acostar al animal en el suelo, poner un palo de escoba entre la cabeza y el cuerpo y pararse encima hasta que los huesos traquearan. Me explicaron que, como el pescuezo es una de las partes más apreciadas en el mercado, no sería posible que realizara mi tarea por este medio, pues resultaría muy lastimado.

Solo me quedaba una fórmula. Por cierto, la preferida de la abuela de Paola, que mata de a seis pollos en línea. Consiste en meter el animal, boca abajo, en una talega con una abertura en el extremo para que salga la cabeza. Con una mano se sostiene el pescuezo y, al mismo tiempo, se le abre el pico. Con la otra se le rasga el paladar con un cuchillo. La gallina se desangra en un par de minutos. Aunque en el momento del corte permanece quieta, cuando está a punto de irse del todo convulsiona dos o tres veces en una agonía silenciosa.

Después de esta nueva demostración, después de ver cómo se iba apagando la mirada de la gallina, de ver caer la sangre a un piso de piedras y tierra al que muy pronto llegaron perros y gatos como si se tratara de un convite, renuncié al encargo que yo mismo me había fijado.

Mi tocayo trató de convencerme con un argumento que a la postre fue definitivo para reafirmarme en mi decisión: "Al comienzo impresiona, pero uno termina por acostumbrarse". Y comprendí que no solo no quería acostumbrarme, sino que ya no me interesaba ni siquiera matar la curiosidad.

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