Ya el ámbito olía al sopor del aire caliente de los secadores de pelo y flotaba en el techo de este camerino un cúmulo de fragancias tan compacto que era imposible destinguir si era sándalo o era cedro. A todo eso olía la tarde allí y se oían voces de mando y voces arrugadas y murmuraciones a granel cuando llegó Ella, sin prisa y sin excesivas sonrisas, más bien seria y más bien tranquila me pareció a pesar de que todo el estrépito del lugar hacía pensar que había llegado tarde.
Yo había escogido un lugar anónimo con buena visibilidad sobre todo el vestuario. Podía mirar en redondo y, a través de un espejo que se reflejaba en otro espejo y ese en otro espejo, creo que controlaba casi todo lo que ocurría debajo de esta carpa blanca adaptada como camerino de un desfile de ropa al que le faltaban tres horas para salir a pasearse por la pasarela.
Y la había escogido a Ella, a quien resolví llamar Ella porque encarnaba las condiciones que les son comunes a todas las demás modelos, pero con quien había tenido el día anterior un delicioso encuentro de historias y de datos mientras nos devorábamos una ensalada de rúgula con tomate y bebíamos una escueta copa de vino.

La tarde olía, pues, a muchas fragancias que no eran sólo las que se desprendían de los Pleasures y los Envy, sino del festín de las bases faciales que les van aplicando donde después irá maquillaje. Bases para pieles grasas, bases para pieles secas, bases fluidas para pieles normales, en la sala de maquillaje de espejos iluminados por bombillos feroces. Es el primer puerto en la preparación final para salir a un desfile. El primero porque es el más dispendioso, en el que se empieza a realizar el milagro de volverlas a ellas, a Ella, unas mujeres que iluminan y después levitarán como diosas en el final de un proceso de trasmutación que había arrancado de unas caras lavadas y de unos ojos nada más que agrestes.
Todo esto, además de los olores a los que ahora se añade el de los pintalabios y el de las pestañinas, todo esto está teñido por palabras que sostienen cuatro o cinco conversaciones simultáneas mientras los maquilladores trabajan y los peinadores empiezan a esbozar ideas, a consultar formas y a vociferar opiniones sobre crespos y lisos en un lenguaje de mohínes y de gestos del que quedas excluido porque está construido de palabras que hablan de cerdas, de boquillas difusoras para el secador y de acondicionadores, todo lo cual produce opiniones expertísimas repletas de nombres de marcas y de virtudes y defectos de cada una.

De eso —en conversaciones inconclusas casi siempre— de eso se habla en los preámbulos de un desfile de modas como éste de ahora al que ya han llegado unas veinte modelos. Modelos que ayer hicieron una prueba de vestuario, que debieron dormir bien dormidas unas ocho horas, que pasaron obviamente por el gimnasio esta mañana y algunas de ellas, Ella, se sometieron a una hora de masajista para relajamiento de músculos y tonificación de la piel, si vieras lo bien que me siento.

Modelos todas ellas, Ella, contratadas por una agencia con quien negociaron el evento de manera integral, que es la forma preferida de alistar un desfile: llave en mano, es decir, la agencia se encarga de modelos, maquilladores, peinadores, luces, música, sonido y todo el etcétera de estos casos que incluye refrigerios repletos de frutas y surtidores de agua y vigilantes que tratan de evitar voyeristas ávidos como aquellos dos que se treparon por una pared en Medellín en un Colombiamoda y desde un hueco que habían hecho nos vieron todo de lo que estamos hechas, eso fue hasta gracioso.
Hay voyeristas acróbatas como esos y como los más habituales de todos que son los meseros de los clubes o restaurantes donde se programan los desfiles y donde se improvisan los camerinos, que se vuelven (los meseros) más meseros que nunca: serviciales hasta el servilismo, que entran y salen de los vestuarios, entran y salen de los vestuarios, ofreciendo otra vez, niña, agua-soda-jugos, o una frutica, niña, súbitamente adorados y con los ojos que les saltan, ellos son infaltables a la hora en que nos desvestimos para vestirnos.

Modelos, decía, salidas en su mayoría de las casi 60 agencias o academias que hay entre Bogotá y Medellín, para no citar sino dos ciudades, aunque no queda población en Colombia al margen del furor del modelaje: academias de alta clase y también de baja clase, de las que saldrán jóvenes para las necesidades más sofisticadas de exhibición de trapos de renombre y para filmación de comerciales costosos, y mujercitas ilusionadas que terminarán iluminadas por luces trémulas en lugares que olerán a tabaco y a licor barato.
Modelos, las que aspiran a la élite, que pasan al menos una vez al día por alguno de los 180 gimnasios que hay en las dos ciudades, que acuden una vez al mes donde el nutricionista, que han comenzado su carrera inscribiéndose en clases de glamour, pasarela, maquillaje, etiqueta, televisión y expresión oral, que son las materias básicas de esos cursos para principiantes que cuestan entre 380 mil y 500 mil pesos en esas academias.

Es esta, apenas, la cuota inicial del sueño del modelaje que llevan encima decenas de miles de colombianas en todo tiempo y lugar. Sueños de gloria y triunfo de la vanidad personal que no es de ellas solas, sino casi siempre de las mamás de las potenciales modelos que son quienes las inscriben, las trastean, las animan y les cultivan las ideas de fotos y de pasarela. Pagado ese banderazo del curso preliminar, cada modelo empieza allí una larga cadena de inversiones en ellas mismas para remediar olvidos de Dios o simples caprichos para cambiar de imagen (o ampliar o achiquitar o espigar o engrosar o borrar) a través de la cirugía estética. Operaciones variadas y costosas construyen finalmente el cuerpo y el rostro de la modelo que habrá invertido tanto dinero en hacerse y tanto en mantenerse en forma que muchas veces no le alcanza lo que se gana para librar los gastos.

Pero de plata no se habla cuando estás en el reino de las vanidades. Cuánto cuesta el abdomen plano, las tetas empinadas como pitones de toro bravo, el culo tallado, ni se sabe ni interesa saberse. Si se tiene abdomen plano y tetas empitonadas y culo parado, lo que haya costado no importa y por eso las conversaciones en estos umbrales del desfile no mencionan mezquindades de pesos sino nuevas maneras de gastarse más plata.
Surcadas por secadores y cepillos redondos con cerdas naturales y agobiadas por maquilladores que les ponen las últimas rayitas al final de los ojos, las modelos esta tarde, como todas las otras modelos en todas las otras tardes, hablan de cómo conseguiste ese color de pelo, qué te hiciste en las manos, qué te estás untando en la cara, ¿Kryolan?, ¿Mack?, ¿Shiseido? Nuevos productos cosméticos y nuevas experiencias de mezclar tal con tal; nuevas recetas de aplicación para sentir otros efectos sobre la piel; noticias varias sobre ejercicios ensayados en la mañana para que el ilíaco gane presencia y haga más atractiva la pelvis; recomendaciones de última hora del dietista de moda. Y así. Temas así dominan estas conversaciones de camerinos que se estiran o se acortan dependiendo del tiempo que se tenga y de la confianza que se haya conseguido con la interlocutora.

¿Y de hombres?, de hombres también hablan. En la bulliciosa babel del vestuario, las modelos se distinguen porque algunas pertenecen a grupos de amigas que lo son desde el colegio o desde la universidad o porque han hecho amistad en el oficio. Esas son unas. Las más expresivas que tienen un lenguaje cifrado y no necesitan mencionar el nombre de aquel para que todas entiendan de quién se está hablando o sobre quién se está edificando una leyenda de sexo y de seducción. Las otras son las otras: las que no pertenecen a esas barras y que se dedican a lo que vinieron sin largos comentarios sobre el nuevo aceite removedor de maquillaje y se quedan silenciosas a la hora de hablar de hombres.
Pero hablan de tipos, claro, a veces con la ingenuidad de quinceañeras, pero también a veces con un lenguaje más sugestivo y más de sobreentendidos que clama recuerdos de noches pasadas, o simplemente anticipa deseos o describe entusiasmos sobre lo que llegará en materia de novios o en cuestión de humedades menos rosadas. Mientras el ámbito se llena de conversaciones como esas y de ruidos y de fragancias, en los vestuarios hay una tropa de señoras, especialmente de señoras, que han organizado la ropa que se pondrán en el orden en que se exhibirá, después de plancharla y de dejarla ahí, impecable. Y han marcado cada uno de los tenderetes con el nombre de cada modelo, mientras ellas, Ella, están terminando la sesión de maquillaje o les están retocando el peinado para empezar a vestirse.

Vestirse, desde luego, implica desvestirse y aquí me tienes en la hora estelar, la más ansiada de todas las horas que es la hora en la que, como tiene que suceder, las modelos se encueran; concentradas en ellas mismas se desnudan; ensimismadas en su responsabilidad se empelotan; invadidas por el reloj interno que les está marcando las horas se deshacen de lo que han traído puesto y entonces el vestuario se vuelve una sola desnudez. Unas espléndidas tetas se multiplican a través de los espejos y ya no son dos sino doce. Deambulan despreocupadas, y diría que hasta felices, en sus pequeños cubículos en donde vuelven a darse una mirada al espejo frente al cual hacen el delicioso ritual de irse cubriendo primero con unos breves calzones del color de la piel que son ahora casi un requisito porque no establecen contrastes que les delaten su existencia. Llevarlos puestos es como no llevar nada, pues el tamaño y el color los vuelve invisibles ante cualquier espectador ávido de atravesar con su mirada más de lo que las modelos deben y quieren mostrar.
Ese ritual de vestirse, de cubrirse abajo, precisamente ahí, concluye en todas ellas, en Ella, con un gesto que es habitual en las mujeres: ese de levantar con cuatro dedos el calzón ya puesto y acomodarlo de tal forma que cubra absolutamente todo lo que debe cubrir, sin que quede por fuera ninguna parte que no haya sido objeto de la depilación con cera, cuya práctica se nota es, al menos, de cada ocho días.

Tan cuidadoso como el ponerse los calzones —esa función que de a pocos va bajando el telón sobre el escenario donde han abundado culos bien puestos, culos firmes y culos exactos—, tan cuidadoso como eso es ponerse los top que a su vez van guardado el horizonte de tetas. Tetas que proliferaron por largos momentos en este camerino que va ganando en nerviosismo cada vez que se anuncia la cercanía de la hora de salir a mostrarse sobre la pasarela ante un público que desde aquí adentro ya se percibe numeroso.
No hay en todos esos momentos de desnudez un solo atisbo de preocupación de parte de las modelos. De parte de sus ayudantes sí, una de las cuales me ha mirado con censura y me ha hecho quitar los ojos sobre una espalda amplia y ancha que arrrancaba en la nuca y seguía y seguía hasta perderse en el culo al que ya para entonces le habían vestido con la coquetería adicional de unos calzones mínimos del mismo color de la piel.
Pero ante todo ese paneo de bellezas prohibidas, ante el supuesto privilegio de estar en este momento en este lugar con algunas de las Lolitas más mentadas al alcance de la vista, ante todo eso, tuve que revisarme a fondo para encontrar respuestas a un inaudito desgano de hembras que todo aquello me provocó. Ni en ese momento ni después. Ni en ese instante me invadieron esos arrebatos animales que te recorren el cuerpo y se te manifiestan rotundos, ni después en soledad recordé alguna boca de ellas, de Ella, ni me excité al reconstruir algún abdomen que me permitiera hacer un recorrido suscinto por él y que me revolcara el instinto. Nada. Y nada no por ausencias de memoria o por el torrente de imágenes sobrepuestas unas a otras. No. Nada, porque muchas modelos son vistas y revistas. Vistas aquí durante todo este lapso de preparativos y patalaeos, y revistas dentro de algunos minutos en la pasarela donde se vuelven panteras. Y muchas modelos son, vistas y revistas, de una perfección que no permite el desmelenamiento de la libido.

Ellas (no Ella) son de una belleza distante, diría que fría. La mayoría son mujeres ajenas, de miradas lánguidas de cuyos ojos no surgen los destellos que te incendian. Son casi siempre y casi todas inoloras y de sus cuerpos no se expanden las esencias que avivan la brasa que querés ser. Y hasta insaboras serán, al menos ahora, cuando van envueltas en aromas de Balenciaga y hacen la fila muy cándidas esperando el turno para atravesar el túnel que separa el vestuario de la vida real.
Las espera una pasarela llena de miradas y todas ellas pisarán enérgicas sobre ese tablado, no fijarán sus ojos en nada, darán la media vuelta cuando lleguen al extremo, sentirán miles de ojos sobre sus cuerpos, sabrán que caerán deseos sobre sus tetas, que alguien alimentará fantasías sobre sus piernas. Sentirán y sabrán todo eso sin escandalizarse porque saben y sienten que es allí, en ese lugar que es mitad real y mitad fantasía, donde se juega el éxito de su oficio.

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