Tanto Rodrigo Pardo, que escribe en esta misma edición sobre el preso rico, como yo estábamos nerviosos al entrar a La Modelo, uno de los más renombrados reclusorios del país. Yo había hecho entrevistas para Penas y cadenas* y conocía la rutina de entrada, que siempre me dispara la misma fantasía: ya adentro me pueden confundir con un 'interno' y adentro me dejan. Es una paranoia similar a la que me da cuando voy a pasar una aduana, sobre todo las de Estados Unidos: nada tengo, nada debo —me repito—, pero casos se han dado. Con la única diferencia de un sello invisible puesto en la muñeca, el procedimiento es idéntico al que se usa después del 11 de septiembre para viajar en avión: quitarse el cinturón, el chaleco, las gafas, el estilógrafo, el celular, la billetera y "todo objeto metálico". En la Dirección de la cárcel nos mostraron los registros de los presos que habían sido seleccionados por la oficina de prensa del Inpec para las entrevistas: un lavador de dinero y un "habitante de la calle" condenado a 100 meses por comercio de "drogas ilícitas": tres libras de marihuana. Sobre una de las paredes hay una original imagen de Bolívar sentado en una hamaca sin uniforme leyendo una carta; en otra pared, el infaltable paisaje suizo, y en la tercera, la Virgen de Guadalupe. Bajó con nosotros la comitiva del Inpec con un manojo de autorizaciones debidamente selladas y contraselladas. Dos retenes más: dos sellos invisibles más en nuestras muñecas. El bullicio de los patios y la mezcla de olores a sopa con cominos, sudor y creolina hacían más deprimente la perspectiva de los pasillos. Los voceadores gritaban a voz en cuello los nombres de los reclusos que había seleccionado la Dirección para las entrevistas. Al rato salió el preso pobre: un muchacho joven, moreno, de pelo alucinado, ojos tristes y sin brillo; vestido con una chaqueta de bluyín y un pantalón de lanilla grasiento. Arrastraba, a duras penas, unas sandalias de plástico. Caminaba con miedo. Un tufillo a marimba recorría los pasillos. Había aceptado ser entrevistado sin saber muy bien qué era eso ni a qué se exponía. Un par de guardias, acostumbrados a caminar sobre su poder, nos condujo a un pasadizo, detrás de una garita interna, cuyo vidrio de seguridad tiene un hoyo hecho por una bala de fusil hace varios años, cuando se desató una guerra entre el Inpec, los paramilitares y los guerrilleros.

La entrevista comenzó entre brumas: preguntas evasivas, respuestas evasivas terminadas en un monosílabo largo e inexpresivo. Yo temía convertirme en un interrogador, él lo esperaba. No encontraba cómo hacerle un lance que lo sacara de esa guarida hecha de miedos donde se metía, un sitio, sin duda, más sórdido que la cárcel. Era un ser impenetrable, atrincherado. No solo no me miraba a los ojos sino, simplemente, no miraba hacia afuera. Quizá viera el piso, un piso desgastado, encerrado por paredes desportilladas, manchado indeleblemente por el dolor. Balbuceando me contestó que se llamaba Giovanni. Aproveché el quiebre: "¿Y tu mamá dónde vive?". "No sé —me respondió—, anda perdida". "¿Y tu papá?" —volví a la carga dejándole espacio. Silencio. Silencio largo. "Lo mataron", me respondió concluyente, como si todos sus 28 años de vida estuvieran contenidos —y explicados— en ese crimen. Fue, según Giovanni, un 24 de diciembre. El padre salió a comprar más aguardiente, y no solo nunca volvió, sino que nunca nadie supo ni quién ni por qué lo habían asesinado. Quedaron 11 hermanos. El mayor tendrá hoy, si no lo han matado también, 40 años; el menor, unos 10, si se crió. Todos habían nacido en Bucaramanga. La madre abandonó a los hijos y se dedicó a meter basuco, una droga que pide y pide más y más, sin dar respiro a sus adictos. Por eso —me explica Giovanni— "cogí la calle y el pegante" y, por supuesto, se dedicó a robar para comer y para comprar pegante. Poco a poco, las "malas compañías" le enseñaron a robar computadores, solo "torres" —aclaró—, porque lo demás no tiene salida fácil. Era un trabajo peligroso. La competencia era grande y eso lo llevó a defender su especialización a punta de cuchillo. Aclara que no mató a nadie, pero que tuvo que salir muchas veces a defenderse, teoría de moda. Se fue haciendo conocido. La Policía le puso el ojo y en cualquier caleta lo pilló una noche y al Redentor, un reformatorio para menores, fue a parar seis meses. Salió graduado. El pegante era un vicio para niños y él era ya un hombre hecho y derecho que merecía una droga más fuerte: el basuco. No era tan barato como el bóxer, pero es más 'elegante'. Volvió a las andadas. No sabía hacer nada más que robar. No tenía casa ni familia y las amistades eran malas amistades que vivían solo del robo. Un infierno. Más pronto que tarde volvió a caer, y terminó en La Modelo. Pagó 22 meses y aprendió lo que le faltaba: a respetar a los caciques, llamados también 'plumas'. O, dicho en otras palabras, entendió que solo haciendo parte de una de las cadenas de poder que hay en los patios se puede sobrevivir en las cárceles. Es lo que Giovanni llama "hacerse la vida". Eran los días en que los paramilitares mandaban en las cárceles, apenas hace dos años. Mandaban, es decir, "eran el orden". Los guardias no aparecían. Los paracos no se juntaban con nadie. En el patio permanecían en el sol y no dejaban que un recluso cualquiera se les arrimara. "A nosotros, los fritos**, nos llevaban la mala. Nos apartaban y nos castigaban: nos echaban a dormir en la 'carretera'*** o nos hacían meter vestidos a los tanques de agua, y cuando pasaban por delante, nos tocaba sumergir la cabeza porque andaban con un bate dándonos. Uno sentía que se iba a ahogar, pero aguantaba. Me castigaron varias veces por andar metiendo. Había uno que era el capo mayor, llamaba 'el Motosierra' porque decían que era práctico en el manejo del 'picadillo'. Le llevaban también la mala a la guerrilla y no se podían encontrar unos con otros porque se tiraban a matar. Al fin, los paras salieron y los guerrillos siguen ahí".

Giovanni salió por pena cumplida. Fue directo a un parche del que tenía todas las señas y con él volvió a trabajar en una ciudad que solo conocía de oídas desde la cárcel. No podía trabajar solo, necesitaba compañía. Vivió en alcantarillas y sobrevivió como jíbaro, vendiendo puchos de marihuana —que, entre otras cosas, compraba a la misma ley—, papeletas de basuco y frascos de pegante. Cuando hizo una base, se trasladó a una casona en la calle 68 con carrera 23, donde se alquilaban "sitios para meter lo que el cliente quisiera. Una hora puede costar entre 1.000 y 3.000 pesos, y una noche, entre 10.000 y 30.000, dependiendo de la cara que uno tenga. La ley sabe y cobra 50.000 pesos semanales por no allanarla". Dos meses en esos menesteres y volvió a caer: tres libras de marihuana, abogado de oficio y 100 meses de cárcel. (Mucho más de las que pagará 'Macaco'). Todo en unas horas porque el defensor, según Giovanni, lo que hizo fue ayudarlo a hundir: le aconsejó no aceptar sentencia anticipada.

Cumple su nueva pena otra vez en La Modelo. Duerme en la 'carretera', del Patio Cuatro, uno de los más peligrosos de la cárcel porque la pobreza y los 'plumas' abundan. Los primeros días vivió en el Túnel, un hueco que tenía dueño y que alquilaba de a metro por noche. Ahora las cosas han cambiado y el matón no alquila el Túnel sino el derecho a dormir en el pasillo, o en el wimpy o comedor. Al regresar a la cárcel, con solo lo que llevaba puesto el día que cayó, "una pinta me regaló media colchoneta y una cobija por las cuales debo pagar intereses". Duerme encogido como un camarón; gana el diario lavándoles ropa a los 'plumas' o aseándoles la celda. Hay veces en que tiene que pagar de otra manera: dándoles parte de su ración a los 'sopines', es decir, a los garosos que cobran de esa manera el simple hecho de respetarle el sitio donde extiende la cama cada noche y donde guarda el plato de plástico en que come. La ración —un menú igual para todos los patios— es un asunto de gran importancia para todos los internos, sobre todo para Giovanni, que a esa hora de la entrevista estaba a punto de perder el almuerzo. El ocio produce hambre, un hambre creciente, y comer es una actividad extraordinaria, casi un acontecimiento que se espera con impaciencia. Es en el wimpy donde se presentan los reclamos, los cobros y los grandes bochinches. Uno de los más usuales es la protesta cuando a los reclusos del Patio Tres se les da una porción más grande que a los de los otros patios. En muchas ocasiones, la guardia controla los desmanes con bombas lacrimógenas, que en un espacio cerrado donde hay 100 ó 150 personas equivale a un castigo brutal. La gente corre por encima de las mesas y de los cuerpos de los reclusos que se tiran al piso porque es el lugar donde menos daño hace el humo. Todos tratan de defenderse del gas usando una toalla o la camisa mojada en sus propios orines para evitar respirar directamente el aire picante. De una estampida de estas salen muchos contusos para la enfermería. La desigual proporción de comida que en ocasiones —y por razones no muy claras— ocurre es quizá la única diferencia que Giovanni apunta con rabia entre los patios de ricos y los patios de pobres. Sin condolerse por ello, agrega otra: en el Patio Tres no hay jefes, allí cada uno tiene su sitio y su poder, y entre bomberos no se pisan las mangueras. Son desconocidos los cuchillos y los chuzos. La moneda está formalmente prohibida. Cada recluso tiene un TD, que es la cédula del prisionero, y ella le da derecho a una especie de cuenta corriente donde los familiares o amigos le consignan dinero. Se usa para comprar en la tienda pan, gaseosa, útiles de aseo, leche y frutiño, que son las cosas con que Giovanni sueña. Pero también para pagar afuera las deudas que se adquieren adentro. Como dinero se usan también las tarjetas telefónicas. Son el circulante normal. Todo se puede pagar y cobrar con ellas. Con el dinero sucede lo mismo que con las putas: aunque se nieguen, existen. De suerte que la prohibición del dinero es una simple ficción jurídica, que no suprime el comercio interno de bienes y servicios, ni cancela, por consiguiente, las diferencias de poder social entre presos. Lo que se refleja en la manera como se resuelven los conflictos en los diferentes estratos. Entre los ricos, se suelen arreglar por fuera de la cárcel, y raramente hay sangre en el Patio Tres. En los patios pobres abundan las armas, las jerarquías y los chuzados graves.

Giovanni es un ser inmensamente solitario. Pasa inadvertido. No ha sido inscrito para descontar condena por trabajo en talleres o en oficios varios como el de voceador u ordenanza, y menos aún para pagarle a la sociedad la deuda orando, una nueva modalidad aceptada por el Inpec.

La última pregunta que le hice a Giovanni —a quien, entre paréntesis, le tomé enorme cariño— es una de esas a las que los reporteros novatos apelan: ¿Qué es lo primero que vas a hacer el día que quedes libre? Miró hacia el suelo, acarició la respuesta, y me contestó alzando la cara —y por primera vez sonriendo—: "Tomarme una malteada". ¿Qué es eso? le pregunté: Un frutiño con leche. Giovanni me pareció uno de los reclusos más tristes de los que alcancé a ver por entre las rejas que dan a los pasillos. Nadie nunca lo ha visitado. Anhela saber al menos si su mamá vive. No le importa en qué sitio, porque sabe que ella tampoco nunca lo visitará. Para él, el día domingo, día de visita, es uno de los más tristes de la semana.



*Alfredo Molano, Penas y cadenas, editorial Planeta, 2004.

** Fritos, también llamados gamines, son los pobres de las cárceles, generalmente consumidores asiduos de basuco o de marihuana.

*** Pasillo o corredor

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