El día en que fui a cumplir un turno como recogedora de basuras, hubo un paro general de transportes. La ciudad estaba quieta, pero no inmovilizada y a pesar de las dificultades mucha gente había ido a trabajar. Ese mismo día, y haciendo un cálculo ligero, yo había botado a la caneca un kilométrico de tinta azul, unos papeles con unos números telefónicos que no sabía de quién eran; dos revistas viejas; unos kleenex usados; varias bolsitas de las láminas del mundial y un CD rayado. Haga la cuenta de lo que usted botó ese día. Y a eso súmele todo lo que pudieron botar los ocho millones de personas que viven en Bogotá. El día que fui a cumplir un turno como recolectora de basuras, entendí una cosa fundamental: que la ciudad puede soportar, con traumatismos pero decisión, un paro de transporte, pero sería incapaz de soportar un paro de recolección de basuras.
Ese día, a las seis de la tarde, me enfundé un uniforme verde con un hipopótamo pintado en la espalda; me puse unos guantes, un chaleco reflectivo, unas botas machita y un tapabocas; me monté en uno de los 32 camiones que tiene Ciudad Limpia y fui, por una noche, uno de los 192 funcionarios que dedican todo su esfuerzo laboral a que podamos levantarnos en una ciudad sin basuras. Quería estar sumergida, al menos por unas horas, en la orilla opuesta de mi caneca, del otro lado, para darme cuenta de que la ciudad no amanece limpia por arte de magia.
Me había puesto el uniforme en un baño de hombres, porque por las características físicas de este oficio no trabajan mujeres. Empezaba una jornada que iba a acabar tres horas después, en un lugar llamado Doña Juana, donde van a parar los desechos que todos dejamos. Una vez allí, el hombre que condujo el camión me advirtió de la magnitud del sitio:
-"Aquí, una gota de agua se demora 600 años en llegar hasta el fondo de esta loma de basura.".
Y parece exagerado, pero puede tener razón: aquí se depositan diariamente 1.100 toneladas de basura. Si eso no dice nada, vale la pena hacer esta comparación: es como llenar de desechos el edificio de Colpatria y vaciarlo cada noche en este sitio.
Un dato impresionante: entre enero de 2005 y marzo de 2006, fueron recogidas y transportadas al relleno sanitario de Doña Juana un total de 449.935 toneladas de basura.
Aquella noche había una particularidad: la basura no se recogía desde el sábado y por ser puente se pronosticaba mucho trabajo. Y mucho trabajo tuvimos Alexánder Zamora, Alberto García y Ubaldo Calderón, con quienes emprendí el camino.
El trabajo consiste en esto: mientras el conductor va parando en cada esquina, quienes recogen las basuras las vierten en la parte trasera del camión. Así, una y otra vez, hasta que cuadra por cuadra la ciudad queda libre de cualquier bolsa de basura. Es una carrera no solo contra los desperdicios, sino contra el tiempo: todo se hace antes de que amanezca. Y para aumentar la velocidad de recolección, cada uno va desarrollando estilos: más de uno se trepa al camión cuando va en marcha, y casi todos suelen lanzar las bolsas sin que el carro se detenga del todo.
No fue mi caso, hay que decirlo. Para esto se necesita algo de práctica y técnica.
-Usted sí es campeona de rana, ¿no? -me dijo Alexánder, tratando de que entráramos en confianza.
Valía su ironía. A pesar del enorme hueco que tienen los camiones de basura en la parte trasera, no lograba atinar y siempre hacía que la bolsa se pegara contra un borde y todo su contenido se cayera sobre el asfalto. Primera conclusión: si no mejoro mi puntería, me toca hacer dos veces el trabajo.
Por las calles del barrio La Fragua, los niños salían emocionados en chancletas a sacar las bolsas de basura. Apenas oían el camión, salían a entregarnos una pequeña bolsita que había sido cuidadosamente amarrada. Este no es el caso en otros barrios de la ciudad. La basura aumenta en su forma y su presentación en los barrios del norte. Allá es más abundante, porque hay más empaquetamientos, más bolsas y más elementos poco biodegradables; hacia el sur, la basura es más orgánica. Las cosas vienen sin tanta envoltura. Segunda conclusión: en el norte hay más basura que en el sur.
Son innumerables las cosas que uno se alcanza a encontrar en una ruta de recolección. Según avanzábamos en barrios de buen poder adquisitivo, fueron apareciendo esculturas rotas, muebles lesionados, pero perfectamente útiles, juguetes y hasta objetos que alguna vez estuvieron de moda, como el famoso canguro fucsia con verde limón que estaba recostado contra una de las bolsas. Nada extraordinario para lo que me contaron algunos recolectores. De lo que algunos de ellos han encontrado entre el sector de Bosa y Kennedy, nada más, saldría una antología increíble: granadas, jeringas dudosas, municiones, pedazos de cadáveres humanos. Son basuras que se clasifican como "anómalas", y cuando dan con una de ellas deben reportarla ante la Policía o las alcaldías locales.
Mientras avanzábamos, Alberto y Alexánder me iban contando sus historias. El cargo exacto de ambos es "ayudante de recolección", y se ganan $510.499 al mes, teniendo en cuenta el salario más los recargos nocturnos. El conductor, en cambio, se gana $1.073.548. Tienen administradora de riesgos profesionales y están afiliados al Seguro Social. Cada uno tiene una historia, una familia a la cual sustentar con el trabajo que tienen. Son dueños de una diferencia ante nosotros, y es que mientras casi todos convertimos el dinero en basura, ellos convierten la basura en dinero. La recolección es un trabajo que como pocos genera una gran estabilidad laboral al contratar a sus operarios por término indefinido. Dos de mis compañeros llevaban más de diez años en este trabajo. Aunque este es un oficio que presenta riegos sanitarios para los trabajadores y varias veces en la noche se cortan con objetos escondidos dentro de las bolsas o vidrios sueltos que les atraviesan los guantes de plástico, es un trabajo que les permite ver a sus hijos de día. Por eso, se comparan con los vampiros, que solo salen de noche.
Con todo, nadie puede negar que este es un trabajo duro. A las tres cuadras de correr tras el camión cargando bolsas, yo ya estaba fundida. Todo el día había llovido y eso hacía, además, que la basura fuera fangosa: un mazacote que por momentos se parecía más al barro que a la mugre y que hacía que las bolsas pesaran más.
Cuadra tras cuadra fui cargando bolsas, tirándolas al camión y, cómo no, recogiéndolas de nuevo porque no soy campeona de rana. El camión arrancaba cuando yo ya estaba subida. No cometí la osadía de treparme con él en marcha.
En poco tiempo se me fue olvidando el miedo de caminar las calles de una ciudad que pensé conocer, pero que nunca había visto y se me olvido el asco que alguna vez les tuve a las basuras y el impregnante olor que ya casi ni sentía. Lentamente me fui familiarizando con la mugre y me acostumbré a trabajar con ella.
No es un trabajo fácil, desde luego. No solo está la suciedad, sino miles de riesgos. Está la historia de uno de los muchachos que me acompañaron para ilustrarlo. Mi nuevo amigo fue despedido de su viejo trabajo como conductor por un accidente que tuvo en una ladrillera. Consiguió empleo en el negocio de las basuras, pero en la parte más difícil: era operario manual de los desechos patógenos del relleno Doña Juana. Allí van a dar los desperdicios de las clínicas: inyecciones infectadas, gasas manchadas, algodones untados, placentas, miembros amputados y, por si fuera poco, los desechos de las morgues. Aunque todos estos desperdicios tienen un tratamiento especial, los trabajadores no dejan de estar expuestos a todo tipo de virus y enfermedades. El trabajo allí no tiene trituradoras mecánicas porque por su cuidado debe hacerse manualmente. Cuando él, enfundado en un uniforme de protección especial, iba a alzar una bolsa con líquido, la bolsa se le reventó en la cara y lo empapó de su contenido: sangre. Sangre desconocida que por poco se le mete por las fosas nasales. En ese momento pensó que no podía más. Pero la vida se le fue enderezando, cambió de trabajo y ahora sigue al lado mío, conduciendo el camión de basuras.
Los recolectores de basura tienen una única orden: dejar las calles limpias sin importar qué se encuentren. Por eso, para nosotros, todo tenía que ser recogido. Me aguanté las ganas de ver que en cada esquina había algo que quería guardar. Porque no todo lo que para los demás es basura, lo es para uno: eran objetos dejados por alguien para ser recogidos y pensaba en la cantidad de personas que los recibirían sin pensarlo dos veces y en la historia sentimental que los había convertido en basura, aunque físicamente estuvieran lejos de serlo.
Una de las cosas que puede detener el ritmo de las recolecciones son los regueros. Así los llamaba Alexánder. Los regueros son las explosiones de bolsas rotas y desperdicios tirados por el suelo que dejan los recicladores cuando llegan a una caneca antes que el camión.
"Eso es muy complicado", me decía Alberto. "A uno no le importa que ellos pasen, pero es que nos dejan unos regueros que nos toca recoger a nosotros y eso nos retrasa el trabajito".
Los recicladores y los recolectores de camión no se la llevan bien. Al menos no siempre. Más de una vez, los recicladores sienten que los recolectores les están quitando el pan de su boca y se tornan agresivos y, en algunos casos, violentos. Los operarios privados, por su parte, han aprendido a convivir con los recicladores, porque entienden que detrás que cada reciclador hay también una familia. Cuando hay un reguero, no hay más remedio que sacar la escoba y barrer calle tras calle, para que la ciudad amanezca como nueva. Así nos sucedió.
Después de dos horas de recorrido, me cambié de camión para visitar el relleno. Alexánder y Alberto seguían su turno, que dura ocho horas. A veces puede prolongarse un par de horas, si el clima no ayuda. Ellos seguían, pero yo me fui a ver el gran desierto de basuras en el cual deberían estar el kilométrico, los kleenex y el CD rayado que boté por la mañana, sin saber que los iba a perseguir por la tarde.
Empezamos a subir una gran montaña de basura en forma de caracol. Por primera vez en toda la noche, y a pesar de estar dentro del camión y a puerta cerrada, sentí un olor que me llegaba hasta los huesos. Afuera, un hombre que supervisaba el desembarque fumaba tranquilamente, como si el olor no se metiera con él. Me contaba el conductor del camión que muchas veces les regalan comida en los trayectos, y que ellos se la llevan a sus compañeros del relleno, que se la comen allí mismo. Seguro, el quinto sentido se les adormece para que puedan continuar con las cosas normales de la vida. Pasan la mitad de sus días allá arriba. No tienen otra opción que recibir las ofrendas que les traen sus compañeros y disfrutarlas con tranquilidad en aquella ciudad hecha de basura.
De regreso del relleno, el conductor del camión me soltó esta frase: "Este es el peor de los trabajos". Le parecía muy degradante andar entre basuras. Y la respuesta que quiero darles a él y a todos los hombres que pasan sus noches recogiendo basura en las ciudades de nuestro país es mi última conclusión. A mí me parece que lo degradante es ensuciar, no limpiar. Y que la labor que ellos hacen en silencio, cada noche, es de una dignidad como pocas. Para ellos van todos mis respetos y para ustedes: piensen dos veces antes de sacar su basura.

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