En la última década, el número total de cheques bajó de 200 millones al año a 59 millones.

Lina —28 años, piernas largas, tacones altos y pulgares esmaltados con millones de años de evolución heredados— saca su nueva chequera. La vieja se la robaron el viernes, cuando almorzaba en un restaurante al norte de Bogotá. Se quejó, pero solo recibió un postre como excusa, que no evitó que los cheques robados fueran girados para pagar unos overoles que ella jamás habría comprado. Este papel que firma y entrega a su conductor para que lo consigne es el primero de su nueva chequera, que viajará por las entrañas del sistema financiero para llevarnos, durante dos días, por un laberinto intrincado de banqueros trasnochados, sofisticados procesos y verificaciones.
Hace poco, nuestro cheque fue solo un papel, un papel de seguridad, marca de agua, fabricado en Québec con la celulosa de un árbol talado en un bosque canadiense del que nadie me da razón, pero del que, calcularé después, debieron salir otros dos mil cheques. Llegó en barco a Buenaventura, en Cali fue impreso y en Bogotá, la firma de Lina lo transforma en una orden dirigida al banco “A” de pagarle cien mil pesos a la beneficiaria del cheque. Esto, si no rebota en un proceso al que llaman canje bancario y del que solo podré ser testigo si firmo un contrato de confidencialidad cargado de multas, que me prohibirá revelar el nombre completo de los involucrados y esa información que le dé pistas a alguna banda de asaltantes. Qué más da: lo firmo y sigo al cheque como su sombra.

***
Son las tres de la tarde. En una sede del banco “B”, Jason —seis años como cajero, tres semestres de economía y cero sustos por posibles asaltos— recibe el cheque en consignación, le estampa un sello, cierra caja y lo microfilma. Antes ha revisado, como revisarán de aquí en adelante cada mano y cada ojo por los que pase el cheque, que todo esté en orden: los endosos, la firma, los datos de la cuenta y del beneficiario, para que pueda ser devuelto si rebota. La palabra cheque lleva implícita otra orden: la de chequear y chequear que el cheque esté bien. Al fin y al cabo, fue inventado en el medioevo para evitar el riesgo de andar por las comarcas cargado de monedas que fueran presa fácil del pillaje. En vez de ellas, los peregrinos llevaban un papel expedido por un banquero local que le pedía a un colega lejano pagarlo a su entrega. Después, los dos banqueros saldaban cuentas. Eso será, más o menos, lo que ocurrirá con el cheque de Lina: el banco “B” se lo cobrará al banco “A” y tan pronto se lo hayan pagado, trasladará su valor a la cuenta en donde fue consignado.
El reloj de la pared marca las cuatro de la tarde. Fabio —director operativo, próximo a jubilarse— mete los cheques en una tula. Una hora después, Mario —sonrisa infantil, dos hijas y 15 años recogiendo, tres veces al día, los cheques consignados en cada sede— sale disparado con la tula en un vehículo en cuyo timón lleva un rosario. Repite la operación en dos sedes, acelera y llega justo a tiempo a la oficina principal del banco “B”, donde Álvaro —tres meses como auxiliar de operaciones, pantalón de paño y una corbata apretada que lo hace sudar— saca los cheques de la tula y los microfilma de nuevo.
La atmósfera de esta oficina es claustrofóbica y lúgubre como su nombre: operaciones nocturnas. Un ventilador bota ráfagas de aire y sobre una percha vieja cuelgan las chaquetas de paño de este ejército de oficinistas insomnes. Los mismos que, en su mayoría, fueron antes mensajeros o cajeros y que, por un millón y medio de pesos al mes en promedio, se la pasarán hasta la medianoche frente a sus computadores, procesando los miles y miles de cheques y papeles con pagos de todo tipo de servicios que durante el día han recibido los cajeros del banco y que se amontonan en sus palomeras. Jorge —21 años en el banco, dos niños, mejillas rosadas y un mechón blanco en la coronilla— es uno de ellos. Con sus dedos gruesos digita en una tabla de Excel el valor del cheque, lo revisa y le estampa un segundo sello. Hace cuatro años, por las manos de estos hombres pasaban hasta 40 mil cheques al día. Hoy, las transferencias electrónicas (1.100 millones se realizaron el año pasado) y el cuatro por mil han disminuido su cantidad a la cuarta parte (en diez años, el número total de cheques bajó de 200 millones al año a 59 millones), pero ninguno ha sido despedido, pues el volumen de trámites no decrece y los bancos no creen en la extinción absoluta de este antiguo medio de pago.
Al atardecer, nuestro cheque entra a un cuarto frío, desde donde se ve la ciudad titilar. Frente a un cristo crucificado en la pared, Javier —dos hijas menores, una esposa recién despedida y un horario de cuatro de la tarde a doce de la noche— lo pasa por la máquina lectoclasificadora que ingresa, a una velocidad de 200 cheques por minuto, los datos que contienen sus bandas magnéticas: su número, cuenta y banco. Luego vuelve a la máquina y sale despedido como una bola de pinball por uno de los 16 desvíos que separan los cheques según su banco de origen: acaba de encontrarse con los otros cheques del banco “A” y en solo diez minutos deberá estar en la Cámara de Compensación del Banco de la República, donde se reunirán todos los cheques consignados hoy en Bogotá para ser canjeados. La calma se transforma en revuelo. Han pedido un plazo de diez minutos, pero si llegan más tarde correrán el riesgo de tener que ir de banco en banco repartiendo los cheques. Por eso, Jorge —corbata roja, dos niños y seis años como responsable de este agite— mete los paquetes para cada banco en una tula y la arrastra a toda prisa hasta el ascensor, donde dos ejecutivos salen para sus casas, sin saber que a sus pies hay 9.528 cheques por valor 88 mil millones de pesos. Una suma que desvelará a muchos, mientras ellos duermen.

***
La Cámara de Compensación parece un banco inglés de los años 30, donde reina la calma. Es una sala amplia, ambientada con música suave, tapizada y dividida en 19 cabinas en las que se acomodan los canjistas de cada banco con las bolsadas de cheques que van a cobrarles a los demás bancos, en nombre de aquellos clientes que los consignaron hoy en sus oficinas. A las 8:34 p.m. llega la tula con nuestro cheque y desde un mostrador típico de hotel, Raúl —canjista del Banco de la República y encargado de dirigir la sesión— da la instrucción de intercambiar los cheques. Camilo —canjista del banco “B”, soltero y sin hijos— sale de su cabina y le entrega a Jhon —canjista del banco “A” y antes mensajero— un fajo de 2.049 cheques del banco “A”, incluido el nuestro, por un total de 14 mil millones de pesos. Jhon hace lo mismo: le entrega a Camilo un paquete con los cheques que giraron los clientes del banco “B”.
A las nueve y media de la noche, cada canjista ha reunido en una tula los cheques que su banco deberá pagar mañana, si salen buenos. En las demás ciudades del país deben estar haciendo lo mismo, bien sea en la sede del Banco de la República, si la hay, o en el banco al que este le haya delegado esa función. Raúl da la orden de salida y Jhon le entrega la bolsa con el cheque de Lina a Ramiro —cuatro años como vigilante, casado y con dos hijas—, quien la lleva en un camión blindado a una sede del banco “A”. Mañana al mediodía y en el mismo lugar, los canjistas volverán a reunirse para devolver esos cheques que rebotaron. En ese momento ya sabrán cómo quedaron las cuentas, qué tantos cheques salieron buenos y qué valor deberán pagar por ellos. Compensarán la suma que les cobró cada banco con la suma que ellos le cobraron y el que le quede debiendo dinero al otro se lo pagará con una consignación electrónica entre las cuentas que todos tienen en el Banco de la República. Solo en ese momento, los cien mil pesos de nuestro cheque habrán cambiado de dueño y el banco “A” podrá sacarles alguna utilidad a los 42 mil millones de pesos que este canje caudaloso arrojó a favor de sus arcas. Tal vez eso justifique tanta volteadera por un cheque.

***
En el banco “A”, Enrique —auxiliar de operaciones, soltero y amigo de las corbatas rojas pero no de la política— y Freddy —cuatro años en el banco y ocho meses de haber conocido el mar durante su luna de miel en Santa Marta— cargan la tula hasta la sala de procesamiento, donde unas 70 personas procesan documentos en un cuarto tan caliente y atestado de papeles como el del banco “B”. A las 10:15 p.m., al ritmo de un vallenato, Héctor —candado, un hijo de ocho años y marcador central del equipo de Operaciones— recibe nuestro cheque y lo pasa varias veces por la lectoclasificadora, que digitaliza y divide los cheques por oficinas. El cheque pasa la noche en una palomera y Héctor sigue dándole hasta las siete de la mañana, cuando llegan los 26 visadores que revisarán que cada cheque reúna los requisitos necesarios para su pago.
A las 9:26 a.m. del otro día, ya no hace calor ni suena la música al mismo volumen alto. Norbey —estudiante nocturno de “mercadología”, delantero del equipo de Operaciones e hincha del América— revisa en su computador la imagen digitalizada de nuestro cheque (uno de los 600 que pasarán hoy por sus manos) y comprueba, en solo 40 segundos, que la firma coincida con la allí registrada y que cumpla los demás requisitos para pagarlo. Después, bajo una lámpara de luz ultravioleta, mira que el cheque físico no haya sido adulterado.
Dos horas antes, las sucursales enviaron un archivo con los cheques que no pueden pagarse por falta de fondos o por orden de no pago. Esa información fue introducida en el programa de la lecto, junto a la de los cheques que fueron rechazados por los visadores, y ahora hace que esa máquina separe los cheques aceptados de los devueltos. Los segundos (cerca del 10% del total) son clasificados según los bancos donde fueron consignados para devolverlos al mediodía. Eso pasará con los cheques que le robaron a Lina: regresarán por el mismo camino hasta llegar al vendedor que los consignó. Él la llamará alterado para cobrarle los overoles que le pagaron con cheques ‘chimbos’ y sabrá que al que realmente robaron fue a él. Pero esa es otra historia. Nuestro cheque hace parte de los “buenos” y sigue otro camino: Edison —operador diurno de la lecto desde hace tres días, antes asistente de cámara de Los Reyes, estudiante nocturno y padre de una bebé de un año— lo perfora con un taladro industrial, lo marca como cancelado y lo archiva durante tres meses en un cuarto contiguo, junto a los demás cheques recién pagados a través de un sistema electrónico por el que viajaron paralelamente. Ha terminado, por hoy, ese movimiento seguro, pero engorroso, de esos miles de cheques que hicieron fluir billones de pesos y que les dieron trabajo a las 30 manos por las que pasó nuestro cheque.

Epílogo profético
En tres meses, un camión llevará el cheque a Cazucá. Abdón —20 años como vigilante, cuatro hijos y compañero de Tomy, el rottweiler que vigila la bodega— abrirá un portón metálico y el cheque entrará en un paisaje lúgubre y desolado, de cerezos y pastos marchitos, muros descoloridos y varios fantasmas del pasado. Entre ellos, los millones de cheques pagados que allí reposan, incluidos los famosos de Royne Chávez y algunos del proceso 8.000; las imágenes en negativos de quienes desde el 80 cobraron cheques en ventanilla por más de 10 millones de pesos y fueron fotografiados en la caja; los rollos de los cheques microfilmados que permanecen como huellas del camino que recorrieron y los antiguos libros del banco, donde están consignadas las cuentas de cachacos de 1876, como Miguel Samper y Eusebio Caro. Historia patria sepultada entre el polvo.

Durante cinco años nuestro cheque esperará en ese “cementerio” una orden judicial que obligue a Gerardo —pocos dientes en pie, 44 años, pero aún miembro del “grupo de solteros inteligentes” y lector de libros de superación como Consejos para alcanzar el éxito— a “exhumarlo”, enviarlo como prueba y alargar, así, su vida. Pero lo más probable es que el cheque siga el destino de la mayoría, así que podemos predecir su final: en cinco años lo llevarán, junto con otros 60 mil cheques, a una bodega de ladrillo rojo a la vista por la que deambulan Dorotel y otros gatos en busca de ratones. Edilsa —madre soltera, tres hijos y pulgares fuertes— recibirá, junto a otras 14 mujeres, 1.400 kilos de cheques empacados en 100 cajas. Sobre su mesa de trabajo irá rompiendo en silencio cada cheque en tres pedazos, mientras piensa que entre más papel rasgue más cerca estará de pagar la educación de sus hijos (hoy le pagan $27 por kilo). Edilsa no ha sembrado árboles ni escrito libros, pero a punta de reciclar una tonelada de papel al día durante los 15 años que lleva enclaustrada en esta bodega ha salvado de la tala un bosque de 144 hectáreas con cerca de 86.000 árboles: 20 árboles por jornada.
Obirner —piel negra, hombros anchos, tres hijos y 20 años de haber salido de Puerto Tejada, Cauca— llevará los pedazos del cheque a una compactadora y los reunirá con los restos de enciclopedias, biblias, revistas, documentos de la embajada de Estados Unidos que llegan a este lugar y, por qué no, de las páginas de esta crónica. Saldrá una paca de 500 kilos que Obirner arrastrará hasta un rincón. Él se irá a casa rendido, se tomará una cerveza oyendo Yo soy el niche, su canción favorita, mientras un camión transporta los restos de nuestro cheque a una fábrica en Cali, la misma ciudad donde ‘nació’ y donde se cerrará este ciclo artificioso: este bucle de dedos y dedos que creó ese mismo ser civilizado que bajó de los árboles hace millones de años para dominar su entorno, gracias al desarrollo de ese dedo pulgar que al juntarse con el dedo índice se convirtió, según Federico Engels, en su principal herramienta de trabajo. Un instrumento para talar y plantar árboles, anudarse y aflojarse la corbata, manejar, robar, firmar, sellar, contar, intercambiar y destruir cheques como el nuestro, así como para digitar estas letras por culpa de las que algún otro árbol será sacrificado. En fin, un círculo seguro del que se alimentan muchos y que recorren diariamente esos papelitos como el nuestro, a los que decidimos un día darles un valor similar al que le dimos antes al dinero para evitar las incomodidades del trueque.
Vendrá después una especie de reencarnación no muy afortunada para el cheque, pero sí para el medio ambiente. Sus vestigios serán licuados, los secarán sobre unas mallas, los rebobinarán en un rollo de varios metros de largo, los cortarán con una guillotina y se transformarán en alguna hoja anónima de cualquiera de los 8.000 rollitos que de allí saldrán. Nuestro cheque, como la energía, no se habrá destruido. Se habrá transformado en papel higiénico y cualquiera de nosotros o de las quince personas por las que pasó en el proceso de canje podrá reencontrarse con él, en la solitaria intimidad de un retrete. Ese feliz afortunado será el único que verá dónde terminó el cheque que Lina —28 años, piernas largas, tacones altos— puso a rodar de mano en mano, un lunes cualquiera de febrero. Allá él si lo quiere seguir...

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.