Y pensar que hace apenas cuatro meses eran dos dedos saludables. Hoy son un par de muñones repolludos cubiertos con esparadrapo. Las falanges y el tejido muerto que les extirparon reposan sobre una toalla blanca, como simples desechos de matadero.

Tendido en una camilla del Hospital de Kennedy, Ricardo González es indiferente al paño que contiene sus propios residuos. Lo único que quiere saber, por ahora, es cuándo le cicatrizarán las heridas para volver a manejar su taxi. El médico Julio Naranjo sonríe, le da una palmada compasiva en el hombro. El cirujano asistente dirige la lámpara hacia el pie izquierdo de González, para inspeccionar por última vez el vendaje. Luego mira el reloj: son las nueve de la mañana. La operación duró, exactamente, treinta y dos minutos. Afuera, en el pasillo, una voz bronca comenta que, este viernes, Bogotá amaneció iluminada por un sol magnífico.

Diana Fonseca, la instrumentadora quirúrgica, deposita los restos putrefactos en una pequeña mesa auxiliar. No pestañea, no arruga el entrecejo. Para ella, es evidente, se trata de una tarea rutinaria. Además, a lo largo de su carrera le ha tocado lidiar con situaciones más crudas: brazos descuajados en accidentes de tránsito, arterias femorales que sangran a chorros, piernas gangrenadas y cundidas de gusanos. Viendo la escena desde un rincón del quirófano, cavilo sobre la fragilidad humana. ¿Qué somos, a fin de cuentas? Un mueble que se desintegra, un cascarón que se desmorona a pedazos. O, como decía el escritor Héctor Rojas Herazo, una carretada de tripas que cada quien empuja como puede. En los hospitales nos sentimos cosificados y empequeñecidos. Tanteamos nuestras limitaciones, recordamos que el esqueleto nos duele. Constatamos que el cuerpo se corrompe y el baile se acaba. Y presagiamos, ya sin artificios, el último suspiro. Mientras la enfermera Fonseca arroja un algodón untado de yodo al cubo de la basura, me pregunto cuántas extremidades son amputadas día a día en el mundo. Centenares, supongo, de manera vaga. Manos que han palpado la redondez de un durazno, pies que han recorrido muchos caminos siguiendo el rastro del ser amado. Todos terminan flotando en un frasco lleno de alcohol, convertidos en mera carroña de laboratorio. Como las sobras del pie izquierdo de Ricardo González, que a continuación serán trasladadas al departamento de patología. Allí se certificará, oficialmente, que la causa del problema fue la necrosis, es decir, la muerte de las células por falta de irrigación sanguínea.

González jura en forma tajante que jamás volverá a fumarse un cigarrillo. Arruga la cara, manotea el aire. A los cincuenta y dos años —agrega— un hombre debería tener buena salud, en vez de estar peregrinando de hospital en hospital. El doctor Naranjo asiente con la cabeza, pero le recuerda que la amputación, pese a que genera algunos contratiempos, es un procedimiento que busca defender al paciente. Se trata de cercenar un órgano enfermo para añadir —y no para restar— calidad de vida. Después de todo, a González le correspondió la opción menos traumática. Cuatro meses atrás, cuando entró cojeando al Hospital de Kennedy, el pronóstico era malísimo: presentaba coágulos de sangre en la arteria femoral. En consecuencia, los músculos gemelos de la pierna izquierda lucían hinchados y lívidos, y el pie estaba afectado por una isquemia severa. Hubo que someterlo de inmediato a una intervención quirúrgica, para restablecer la circulación sanguínea. Los especialistas vaticinaron que tendrían que segarle la extremidad, a la altura de rodilla. Pero González, en contra de la lógica, empezó a mejorar, razón suficiente para que la junta médica determinara resolver el caso con una cirugía menor. En el primer dedo, el gordo, se le practicó una necroseptomía, o sea, se le retiró la costra negra de tejido muerto. Y en el cuarto dedo —el que le sigue al pequeño— le fue extirpada una falange.

Ahora, mientras afuera sigue aumentando el bullicio, Diana Fonseca termina de arreglar el quirófano. Luego se marcha para el departamento de patología, donde cumplirá el siguiente trámite.

***

La historia principió el 11 de septiembre de 1954, en el Hospital San José, ubicado en el centro de Bogotá. No existen testimonios que documenten cómo eran entonces estos dos dedos, pero es válido suponerlos sonrosados, orugas diminutas enroscadas para protegerse del frío. De piel lozana y uñas pulcras, estaban avivados por un sistema de nervios impecable. La sangre fluía en ellos como la savia en una flor nueva. Para decirlo con el célebre verso de Neruda, "el pie de ese niño aún no sabía que era pie, y quería ser mariposa o manzana".

Quince años después de haber brotado a la luz, los dos pies se asemejaban a los de un monstruo mitológico: calzaban botines talla cuarenta y cuatro, y eran tan anchos que explayaban en un santiamén cuanto zapato se ponían. Su dueño, un gigantón de 1,94, se la pasaba viendo partidos de basquetbol en la televisión. Todo en él era titánico, desde las manos acromegálicas capaces de destrozar un ladrillo en el aire, hasta el cuello de búfalo enfurecido. Los vecinos se maravillaban con su presencia. Le llamaban 'mula humana', 'bulldozer', 'acaba-ropa'. Él se fue volviendo cada vez más corpulento. A los dieciocho años se subió a una báscula para saber cuánto pesaba: la aguja marcó cien kilos. Como era un tipo macizo, sin un ápice de grasa, supuso que su futuro estaba en el ring. Entonces idolatraba a George Foreman. Quería imitar su estilo o, por lo menos, servirle de sparring alguna vez. De modo que se hizo boxeador, pero muy pronto se alejó, decepcionado, de los gimnasios: aparte de él, en Colombia solo había dos púgiles de peso pesado: 'Pulgarcito' González, que efectivamente parecía más un superhéroe de historietas que un noqueador, y Bernardo Mercado, que vivía en Estados Unidos.

Los dos dedos de nuestro relato transitaron por toda clase de parajes. A los doce años patearon una pelota en La Candelaria y a los diecisiete treparon de un solo tirón hasta la cima del Cerro Monserrate. Se posaron sobre el pasto, caminaron sobre la arena desnuda. Fueron rozados por la espuma del mar durante unas vacaciones decembrinas en Barranquilla. Saltaron, resbalaron, cayeron, se levantaron, tomaron impulso, avanzaron. Se engarrotaron en el frío y sudaron en el calor. A los dieciséis años, en una habitación del barrio Ricaurte, se resguardaron bajo las cobijas del primer amor. Como en este punto tampoco existen datos precisos, es legítimo apelar a una nueva conjetura: la tarde era gris y en el techo se sentía el ruido monocorde de una llovizna menuda. Los dedos se tensaron, se contrajeron y, al final, después de la conmoción telúrica, se aflojaron en una calma absoluta. Al rato volvió a brillar el sol.

Estos dedos no conocieron la textura del terciopelo ni pisaron jamás el suelo de una universidad. Su periplo por las aulas terminó a los trece años, en segundo grado de bachillerato. A partir de ese momento tuvieron que afrontar un montón de actividades difíciles, como encaramarse en los tejados, donde su dueño destapaba canales de desagüe, y repartir a domicilio cilindros de gas propano. A los veintiséis años se embutieron dentro de unos mocasines de charol, para asistir a la única ceremonia solemne de su vida: el matrimonio. Entonces sobrevino el comportamiento sedentario, la rutina sin ilusión que engorda el cuerpo y reseca el alma. De repente, los enormes pies, que alguna vez fueron diligentes, perdieron importancia, se volvieron los aditamentos perezosos de un hombre que pasaba doce horas diarias manejando un taxi y nunca caminaba más de doscientos metros a la redonda. Cuando no estaba sentado frente al timón, dormía sin remordimientos. Y cuando se levantaba de la cama, consumía cantidades de café negro con azúcar, hartaba cerveza a raudales o se atragantaba de fritanga. Para colmo de peras en el olmo, el tipo se fumaba todos los días —lloviera, tronara o relampagueara— más de una cajetilla de cigarrillos. De ese modo le sumó a la panza voluminosa y al rostro abotagado, la intoxicación de las arterias. Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, se encontró con la pierna zurda convertida en un monstruoso bulto. Rabió de dolor, sintió que, literalmente, estiraría la pata. Los médicos le informaron que tenía un aneurisma en la femoral. Hubo que operarlo en seguida, por supuesto. A esas alturas, el pie izquierdo le apestaba a cloaca y los dos dedos, entrañables protagonistas de nuestra historia, parecían un par de coliflores podridas. Para decirlo de nuevo en coro con Neruda, "se aplastaron, se desequilibraron, tomaron formas de reptil sin ojos, y luego encallecieron y se cubrieron con mínimos volcanes de la muerte".



***

Es viernes y son las nueve de la noche. La amputación se llevará a cabo dentro de quince días, exactamente. Ricardo González conduce su taxi por la avenida Boyacá. No debería hacerlo, pero, de acuerdo con sus palabras textuales, "la necesidad tiene cara de perro". Desde el momento en que se le declaró la arteriosclerosis, ha permanecido más tiempo hospitalizado que trabajando, lo cual le parece irónico porque la incapacidad médica es un lujo que no puede permitirse la gente de su clase. A los pobres, según él, les toca bregar por el pan aunque estén con un pie en el cementerio. Además, las drogas para sus dedos ulcerados son muy costosas y se acaban demasiado pronto.

Al principio les ocultó a los médicos que había vuelto a manejar el carro. Temía que lo regañaran o que convencieran a su patrón de quitarle el taxi. Una tarde se llenó de valor y le contó el secreto al doctor Naranjo. Para su sorpresa, no hubo reprimenda sino una sonrisa comprensiva y una palmada en el hombro.

Ahora, mientras subimos por el puente de la calle 116, González se retuerce de dolor. Durante la media hora que llevamos juntos no ha hecho más que quejarse de la quemazón que padece en los dedos. Me explica, con el ceño fruncido, que cuando su pie izquierdo presiona el pedal del embrague, siente la sensación de que lo están punzando en la pierna con una varilla caliente. A lo largo de los últimos cuatro meses —agrega a continuación— su vida ha sido un martirio: sala de urgencias, exámenes de laboratorio, inactividad, aburrimiento, achaques, desangre económico. González suelta un nuevo quejido, más estentóreo que los anteriores, y anuncia que iremos a su casa, en Fontibón, para anestesiarse los dedos a punta de xilocaína. ¿Por qué —se pregunta— ocurren esas desventuras? ¿No se supone que el mundo es perfecto y que ningún hijo de Dios muere bocabajo? Él ha sido siempre un hombre laborioso, sí señor, y honrado, jamás le ha robado un centavo a nadie. Cumplidor de sus deberes, caramba, y un padre como no hay otro. Que lo digan los tres hijos, a quienes tuvo que levantar él solo, porque enviudó temprano. Le recuerdo que entre los quince y los cincuenta y cinco años, se fumó casi treinta cigarrillos diarios. Por toda respuesta encoge los hombros, calla.

Lo peor —dice después— no son las mataduras del cuerpo sino el hecho de vivir en constante zozobra. Que le cortan la extremidad, que no se la cortan, que vuelva dentro de quince días, que hay que hacer un nuevo análisis de sangre, que corra para allá y venga para acá. En una ocasión coincidió en la sala de espera con varios pacientes amputados. La escena le produjo una conmoción profunda. De pronto se imaginó a sí mismo en una de aquellas sillas de ruedas, con el muñón melancólico naufragando en la bota huérfana del pantalón. Mientras llegaba su turno, se dedicó a contar a los lisiados: eran siete, y estaban alineados de manera tan armoniosa que daban la impresión de posar para una foto familiar. Uno de ellos se le arrimó, inesperadamente, y le describió la operación de un modo bastante gráfico.

—Es como cortar leña con un serrucho.

La frase me retumba en los oídos ahora, cuando nos encontramos en la morada de Ricardo González, una habitación de no más de cuatro metros cuadrados. Me asombra el cuidado extremo con el cual se aplica los remedios, esa delicadeza para cortar la gasa, esa forma minuciosa de lavar los dedos lastimados, esa paciencia que derrocha mientras se enrolla el vendaje en la pierna tumefacta. Se nota que es rehén de su propia enfermedad, se nota que, en el fondo, lo que le obliga a ser tan escrupuloso es el físico miedo de morirse. Si estuviera sano este viernes por la noche, andaría como una centella por las avenidas, echaría humo por la nariz como una locomotora, preguntaría dónde es la farra. Algunos, cuando tienen salud, saltan temerariamente por encima de los límites. La mala noticia es que el placer también nos despedaza. Y cuando eso sucede, la única opción que nos queda es agachar la cabeza, humillados, para curarnos las llagas con un algodoncito. Entonces, por fin, lo comprendemos todo: nos desintegramos como la leña mordida por el serrucho. Somos —vuelvo a citar a Rojas Herazo— criaturas lamidas, humedecidas por la muerte.

***

Los dos dedos continuaron su trashumancia. Una empleada de la sección de patología los introdujo en una bolsa plástica, marcada con el siguiente letrero: "Desecho anatomopatológico". Luego fueron arrojados dentro de un camión transportador de residuos hospitalarios, donde compartieron espacio con otros miembros amputados. El azar que los movió mientras tuvieron bríos, siguió manipulándolos cuando no eran más que escorias de enfermería. Subieron lomas, atravesaron caminos destapados. Ardieron en un horno, a ochocientos grados centígrados de temperatura. Más tarde, convertidos ya en una manotada de cenizas, fueron botados como física basura en la celda de seguridad del relleno sanitario Doña Juana. No existe la menor evidencia de que los funcionarios que ayudaron al mundo a deshacerse de ellos, lo hubieran lamentado. Solo su dueño sigue echándolos de menos, no importa que jamás hayan sido mariposas o manzanas.

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