El ejemplar que tengo frente a mí pesa unos 170 kilos, está marcado con el número 351 y tiene dos cachos afilados. Mientras voy hacia él, dando pequeños pasos como si estuviera flotando, no siento las piernas: no siento los muslos, no siento las rodillas. A cambio de eso, experimento un profundo vacío en el estómago y una absoluta sensación de soledad y de abandono.
El torero César Camacho, que es mi guía, me dice que me acerque más todavía. Lo hago con un impulso mecánico, y por un instante siento que no soy yo el que camina, y me entra la sensación de que estoy experimentando todo lo que pasa en tercera persona.
Pero me acerco más y por primera vez veo de frente al animal. Lo que más asusta es que lo oigo: quiero decir, que oigo sus fuertes resoplidos en mis narices: esos resoplidos de animal salvaje que solo se oyen cuando uno está en la arena con él, y ve que abre y cierra las fosas nasales como si tuviera más vida que nunca.
Pero lo que más me angustia es que me mira: me mira a mí, y no al capote: un capote rosado que llevo en las dos manos, extendido hacia adelante, y que pesa ocho kilos y cuesta un millón de pesos.
César Camacho me grita que me cruce, pero no sé qué significa eso: tampoco hay tiempo. La vaca empieza a correr hacia mí. Todo sucede bajo un extraño desfase de tiempo: la vaca se me manda, la veo venir de frente y estoy seguro de que ya estoy jugado, de que no tengo salida.

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Siempre he sido antitaurino, y lo fui más que nunca una hora antes de estar en el ruedo, en las filas enemigas que siempre he criticado y a las que me sumé en esta mañana de sábado para comprenderlas mejor. Una hora antes, digo, los toreros César Camacho y Pepe Manrique me llevaron al cuarto en que se cambian, y trataron de enfundarme en un traje de tienta en el que no cupe. "Ponte los huevos a la izquierda para que no te estorben", me dijo Camacho, pero todo fue infructuoso: no cabía, y no había caso. Era un traje de tienta, enterizo y elemental, y no uno de estos trajes de luces que le dan a este espectáculo una hendidura un poco cursi, para mi gusto: que salgan una serie de adultos embutidos en unas trusas coloridas para destripar un toro siempre me ha parecido algo bochornoso.
No cabía en el vestido de tienta, y mucho menos iba a caber en un traje de luces, que cuesta siete millones de pesos, y que va a acompañado de un capote de paseo que puede valer dos millones, más un fajín, una montera, una corbata, una camisa, medias y zapatillas: un uniforme que en total llega a costar doce millones de pesos, y que los toreros grandes usan una sola vez.
Por eso, terminé saliendo a la plaza vestido como había llegado a la ganadería de Juan Bernardo Caicedo, una de las mejores de las 115 que se calcula que hay en toda Colombia (que son pocas al lado de las 2.237 que hay en España), que lleva 14 años criando toros de casta y que tiene unas 600 cabezas. Cuando uno de sus toros es bueno, puede venderlo en 15 millones de pesos para corridas de alto nivel; si el toro va para una plaza intermedia, lo vende en 3 millones. Después lo descuartizan y lo venden a las carnicerías, a 1.250 pesos el kilo.
Con mucha cortesía, Juan Bernardo había aceptado soltarme una vaca. No un toro ni un becerro, sino uno de los vientres bravos a los que les mide el temperamento en estas tientas para que se jueguen la vida: si muestran bravura, sirven de reproductoras para subir la línea genética de la ganadería; si salen mansas, las llevan de inmediato al matadero.
Eran dos las que se iban a jugar sus restos esta tarde. Poco antes de entrar a la arena, me las dejaron ver: nada más con acercarse al corral, ambas parecían enceguecerse de la furia, y embestían con potencia las cercas, como si las fueran a romper. Resoplaban, chocaban sus cascos contra las barandas, mugían con desespero.
Confieso que en ese primer contacto con las vacas modifiqué la primera de varias premisas que llevaba conmigo frente al negocio del toreo. Hasta entonces, creía que los toreros eran una manada de cobardes, que zarandeaban a un toro indefenso hasta matarlo. Se ve así desde arriba. Pero creo que la única manera de estar frente a un animal de estos, salvajes, hechos para embestir, es ser valiente.
Y yo nunca he sido valiente, y más de una vez le he corrido al pastor alemán que cuida en el edificio en que trabajo. De ahí que la histeria de estas dos vacas me sacudiera de escalofríos, y más escalofríos me dieron cuando Pepe Manrique y César Camacho se acercaron para decirme que ya íbamos a entrar a la plaza.
Me metí en un burladero. Tomé un capote. Y esperé a que soltaran la primera. La vi correr brava, desesperada, alumbrada por su propio delirio. Dejé de mirarla para que se me bajara el susto, y vi mis jeans. Era la última vez que los iba a ver sin sangre.

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En Roma soltaban a la arena de los circos una especie bovina que se extinguió, llamada Uros. En España, en el medioevo, los toros animaban las plazas públicas para celebrar victorias de guerra. Hay teorías que dicen que los moros aportaron las capas como elementos para distraer a los toros. Pero, desde el principio, fue un espectáculo ejercido por las clases altas, por los caballeros, y por eso se toreaba a caballo.
En el siglo XVI, los caballeros comenzaron a permitirles a sus peones que intervinieran en algunos momentos de la corrida, para hacer labores de apoyo. Incluso, si un caballero fallaba al matar un toro, uno de sus peones de a pie podía hacerlo.
A comienzos del siglo XVII algunos de estos peones comenzaron a ganar fama. Y el toreo se popularizó: dejó de ser exclusivo para los caballeros, pasó a hacerse a pie y surgieron estrellas como 'Costillares' y Pedro Romero. En el siglo pasado se convirtió del todo en lo que es ahora, y la rivalidad ente Juan Belmonte y Joselito, en los años veinte, y la aparición de Manolete después de la Guerra Civil española, hicieron de la tauromaquia la fiesta célebre y el negocio que también representa: un negocio que solo en España mueve más de 1.500 millones de euros al año, genera cerca de 70 mil empleos y sacrifica anualmente unos 250 mil toros (según la asociación ANPBA, que lucha por los derechos de los animales; Colombia aporta a esta cifra 1.200 cadáveres, aproximadamente).
No sé si esas estadísticas incluyan la muerte de las vaquillas, por ejemplo: de esta que estaba esperando en el centro de la arena a que la llamara un picador para medirle la bravura, mientras yo me agazapaba detrás del burladero.

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La vaca embestía al caballo; un picador le clavaba la punta de la vara en el lomo; a la vaca le salía sangre del lomo. Arriba, en un balcón con vista a la plaza, Juan Bernardo Caicedo daba órdenes: que de nuevo la lleven al caballo, o que la retiren del caballo; mientras tanto, apuntaba en un cuaderno las señas de bravura del animal para sacar un promedio, como si fuera una previa. Así va siguiendo los rastros genéticos de sus animales: puede revisar cuánto sacaron los papás de esa vaca y cuál toro puede tener una bravura semejante a la suya para cruzarla con él. Su oficio consiste en eso: en sacar promedios y en irlos subiendo cruce a cruce.
Pepe Manrique estaba en la arena; César Camacho estaba al lado mío. El ganadero pedía silencio. Pasaron unos minutos lentos, babosos, que se arrastraban por entre mi angustia, y a la vaca la midieron, la llevaron, la pasearon, le volvieron a clavar una vara y examinaron si iba a la muleta o si se distraía. El ganadero dio su veredicto: era una vaca que les iba a agregar bravura a los hijos que tuviera. No iba para el matadero. Acababa de salvarse. Ya la tenía vista. Y ya podía entrar yo.

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El que me dirigió en la arena, César Camacho, me dijo que me fuera acercando, y en esa medida la vaca 351 empezaba a crecer de una manera desconsiderada: por cada paso que daba para cuadrármele enfrente, se volvía más alta, más gorda: con más vida. Resoplaba y yo la oía resoplar.
Oigo a César Camacho cada vez más lejos. César ha matado casi un millar de toros: unos 80 al año desde que tomó la alternativa. Entrena seis horas al día todos los días; ha indultado varios toros. Tiene cuatro cicatrices grandes: una en cada fémur; otra a la altura de las costillas; una más en la ingle. En plazas de primera categoría, su tarifa está en la normal de los 21 toreros activos que tiene Colombia: entre 30 y 35 millones de pesos. En plazas importantes de provincia, unos doce o trece. Y en las de tercera categoría, como Choachí y Sopó, unos 6 ó 7 millones. Estas tarifas, desde luego, no se pueden comparar con las de César Rincón, que junto con 'el Juli' y Enrique Ponce, son los matadores mejor pagados del mundo. Antes de entrar a la plaza, me dice que lo más difícil de ser torero es que con cada tarde uno debe ganarse la siguiente; que, como decía 'el Cordobés', más cornadas da el hambre que el toro. Lo que se ganan puede parecer un buen dinero, pero es muy esporádico: cada vez hay menos toreros colombianos en los carteles, y les toca hacer malabares financieros para subsistir y llegar con decencia a fin de mes.
Sin saber lo que hago, sin tener plena conciencia de mis actos, me veo de frente al animal. Me mira a mí, y no al capote. César Camacho me dice que me cruce. No tengo idea de lo que quiere decir. La vaca se me lanza de frente, y por instinto trato de taparle la cara con el capote: la vaca embiste al capote, y pasa de largo, pero se voltea antes que yo. Doy pasos torpes hacia atrás, para saber dónde está, y ella me persigue: doy círculos cada vez más cerrados, y cuando es evidente que en el siguiente círculo ya no voy a tener movilidad para salirme, César me la quita de encima.
Sigo flotando, sin tener conciencia real de lo que me pasa. Pepe Manrique me cambia el capote por una muleta. La muleta es roja, vale 350 mil pesos y viene con un estoque, que si fuera profesional costaría cinco millones de pesos. Con él matan al animal.
La muleta se maneja con una sola mano. Camacho me dice que me sitúe frente al animal, y que lo cite: eso quiere decir que debo mover el trapo y gritar al mismo tiempo para ganarme la atención de la vaca. Lo hago torpemente, y el animal responde: se me viene de nuevo de frente, la oigo resoplar, le veo sus cuernos puntudos, veo que se me viene directa, plena, feroz, goteando sangre y olorosa a establo: hecha un animal salvaje ante un pobre tipo de ciudad, para el cual los animales de campo son extrañamente monumentales. Pasa, pero no de largo: por no saber tirar la muleta hasta el final, el animal vuelve a enroscarse para perseguir la muleta, y de ese torniquete, en el que seguro acabaré cayéndome, y del que me convierto en mi propio remolino, vuelve a salvarme César Camacho.
Él mismo me dice que tengo que hacerlo bien. Que debo quedarme absolutamente quieto, que no puedo levantar los pies de la arena. Que en eso consiste el arte: en citar al toro, atornillar los pies al suelo y manejarlo todo con la muleta; que el toro pase de largo, pero pegado a uno, como si fuera una mantequilla untándose contra mi abdomen, pero sin tocarme, para que el animal y yo nos acoplemos. Si lo hago, no parecería un acto de violencia sino una danza sutil en la cual la muerte me roza mientras la burlo.
Trato de hacerlo, pero la retórica se me evapora tan pronto como me pongo de nuevo frente a la vaca. Pongo los pies juntos y quietos, y me propongo no levantarlos de la arena pase lo que pase. Cito al animal, y se viene, una vez más. Es desigual, claro: al animal lo han picado, llevan toreándolo varios minutos, en cualquier momento se desploma del cansancio, de la herida que tiene en el lomo, del desespero de que no lo dejen tranquilo. Pero todavía se mueve con sus últimas gotas de rabia, y me embiste: trato de que pase de largo, y pasa de largo, pero no me sé quitar. Apenas pasa, se voltea y me busca, y yo empiezo a correr, mientras el animal me tiene ya tomado. Boto con cobardía la muleta y caigo en la cuenta de que hasta ahora no he sido consciente de lo que he hecho, y de que me he salvado de las embestidas por instinto.
Me rescata otra vez César Camacho, y reconozco que no puedo más. Tengo el pulso descarriado. Ha sido suficiente.
Me voy a un burladero, noto que el animal me untó de sangre, y desde allí veo a Felipe Negret, otro espontáneo. Hace varios pases con el doble de valentía que yo. Es un animal noble, dice el ganadero; y yo aclaro que hablan de la vaca, no de Felipe.
Pocos minutos después, entre varios, someten a la vaca, que ya está al borde de desplomarse; un veterinario le aplica dos inyecciones gigantes, una contra el dolor, y la otra llena de antibióticos, para que se recupere. Le esperan la pradera y una vida pacífica, dedicada a procrear hijos a los que entregarán a más corridas, para que los maten.
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Modifiqué varias percepciones de lo que creía de los taurinos: se necesita hambre y valentía para pararse en la arena; la gente que está en el negocio de los toros es amable; Felipe Negret, el presidente de la Corporación a quien tanto he criticado, es una persona muy amigable, llena de calidez y abierta a sus críticos: todo un caballero. También pude entender que las anécdotas de la tauromaquia pueden ser pretexto para hacer buena literatura, que pocos poemas hay tan bien logrados como los que han hecho Miguel Hernández, García Lorca o Gerardo Diego sobre la tauromaquia, y que los toreros se prestan para hacer de sus vidas una serie de historias humanas inolvidables, trenzadas entre el rebusque y la valentía.
Pero una vez llegué a mi casa, y me quité los jeans embadurnados de sangre, y me acordé de los dolorosos mugidos de la vaca, me sentí mal. En toda la experiencia, hubo algo de vulgar carnicería: un animal que echaba sangre y que gritaba por su vida. Por eso, puedo decir ahora, que las probé en carne propia, que sigo sin justificar las corridas de toros; que me niego a asimilar como patrimonio cultural un acto de tortura cruel, bárbaro, evitable, contra un animal que no pide pelear; que una cosa es sacrificar a un animal en un matadero, y otra, matarlo lentamente, bajo la euforia salvaje de los seres humanos y la explotación comercial de sus empresarios; que sigue sin haber nada más triste que la mirada de un toro en una plaza, en la que se le ve una mezcla de impotencia y angustia suficiente para que esta práctica se acabe; que nada justifica la estética de un asesinato, porque lo mismo podría decirse si uno hace el ejercicio de matar entre danzas virtuosas a una serie de ancianos, como alguna vez lo imaginé en un cuento, y que no me gustan, y que me hacen sentir mal, y que a pesar de que en la nata puedan flotar anécdotas valiosas y personas amables, en el fondo de las corridas de toros sigue existiendo un fervoroso acto de violencia que desdice del todo de nuestra torpe y triste y sucia condición humana.

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