Su mirada escrutadora nos mira sin mirarnos. Buena música, no hay duda. Alcanzo a percibir cierta sordidez pecaminosa propia de los bajos mundos, que inevitablemente me remonta al Goce Pagano de la 23, el de Gustavo. Pero claro: este no es un simple rumbeadero intenso y sórdido, sino un bar lésbico, uno de los pocos que hay en Bogotá.
La decoración es demasiado austera -yo diría que hasta hosca-; a la izquierda está el bar, exento de pompa, decorado con algunos instrumentos. Una mujer de unos cuarenta y pico, con una gabardina encima, coge el timbal -ya se va a ir-; es de pelo corto, camisa blanca, suéter rojo y aretes de perlas. Su pareja, bastante más joven, la mira intensamente hasta que sus ojos se encuentran. Dicen que las lesbianas se reconocen por la mirada, como lo hacen los hombres homosexuales.
Las paredes de ladrillo están decoradas con bolsas de los almacenes más renombrados de Bogotá y de algunas tiendas gringas de Nueva York. La idea no es mala. Bien planteada podría resultar hasta kitch, ese estilo considerado ya como parte de la estética gay que suele potenciar el mal gusto a niveles tan extravagantes, que termina doblegando -otros dirán que pervirtiendo- a las almas desprevenidas.
Un papel crepé verde cubre cuatro bombillos, dándole a la poca luz que hay en el bar un color verde tímido, que escasamente alumbra el centro de la pista de baile. Lo demás es bastante oscuro. Tanto, que es imposible leer un manifiesto que está asido a una de las paredes. ¿Será un poema de Safo de Lesbos? Ningún ícono gay: no hay afiches de Paulina Rubio ni de Miguel Bosé. ¡Helas! Tampoco ningún símbolo con significado subliminal, a no ser por los dos ventiladores maltrechos que cuelgan del techo -otro aporte estético fallido-. Vistos desde abajo, bien podrían tener un recóndito significado fálico. "Las lesbianas", dice Hilda Rais, una militante de la causa, "son mujeres que se conducen como varones en un mundo sin varones". Al fondo, tan solo se advierte un afiche de Shakira y una foto de la cara de Marilyn Monroe. En una esquina bien escondida, el cuadro pequeño de una mujer desnuda, mostrando un culo bastante generoso.
Quién iba a pensar que esta peculiar estética de los bares lésbicos tan fría, tan exenta de color, tan gris, tan inconclusa, pudiera contrastar tanto con la explosión de colores y con el culto por el detalle que caracteriza a la estética gay.
Nos sentamos en una mesa (me acompañan Carolina, la fotógrafa, y una amiga suya; threesome). Para ser las doce de la noche, uno hubiera querido encontrar algo más de movimiento. No se ven aglomeraciones ni se trata de un bar atestado de lesbianas que se rozan, sudorosas al bailar, como se lo imaginó un amigo heterosexual, quien sostiene la teoría de que entrar a un bar de mujeres gay, es el máximo acto de penetración que le falta por hacer.
La realidad que ven mis ojos es menos cinematrográfica. Entrar a un bar de lesbianas es como entrar a una sociedad secreta. Todas se conocen entre sí desde tiempo atrás. Tienen sus propias claves para entenderse, para mirarse, para sentirse. Allí, por ejemplo, veo a dos grupos de mujeres en dos mesas distintas, coqueteándose de manera insistente. Una, la más joven -está vestida de blue jeans, blusa apretada y tenis-, se levanta y saca a bailar a una mujer sentada en la otra mesa. Es mayor. Tiene un saco blanco grande que le llega hasta las caderas. Pelo corto y mirada pícara. Se miran. Se tocan sin tocarse. Se provocan. Se insinúan. Tremenda faena. A mi lado, una pareja, totalmente ensimismada, vive su idilio. Sus manos se tocan por debajo de la mesa.
En medio de esta cofradía, nuestra mesa está bien calibrada. Somos nuevas. Intrusas. ¿De dónde vendremos? ¿Será por eso que nadie se nos acerca?
Me dicen que este bar es frecuentado por mujeres policías, por pequeñas empresarias y por meticulosas burócratas. Mujeres de la clase media trabajadora. Sin embargo, ese viernes que fui a Magia y Encuentro (Cra. 13A con 34), así se llama el bar, no solo había microempresarias o funcionarias públicas. También encontré a un inesperado número de jóvenes estudiantes, totalmente entregadas al culto de Afrodita.
Ya desde dentro, se rompen algunos tópicos en torno a la apariencia física de las lesbianas. No niego que me encontré con mujeres robustas, de aspecto desaliñado y de mirada esquiva; de tenis, de blue jeans a la cintura, embutidas en largos sacos de lana, como si su desdén por la feminidad fuera su mejor arma liberadora. Sin embargo, también vi mujeres muy femeninas. Con camisetas forradas al cuerpo. Con blue jeans a la cadera, cuidadosamente maquilladas y arregladas. Ellas, digo yo, son la prueba, de que no se necesita ser poco agraciada para ser una mujer gay. De hecho, Safo de Lesbos, la poetisa griega, no lo era, como no lo son muchas de las mujeres homosexuales que forman parte de nuestra farándula criolla o de la fauna política nacional.
Magia y Encuentro está situado en plena zona roja de Teusaquillo, al lado del temible Calles de San Francisco, un bar gay de gran marcha y de rumba pesada, apetecido por los hombres que gustan de experiencias inolvidables. Aunque no hay ningún aviso que así lo advierta, se da por descontada la presencia de hombres en el bar. Ni siquiera pueden venir los viernes. No es como en Bianca, el único bar lésbico de cierta tradición en Bogotá, ubicado en la 72, abajito de la Caracas. Bianca ofrece los viernes "mixtos" y permite de un tiempo para acá, la entrada de hombres, concesión que debe interpretarse -al menos desde mi óptica hetero- como toda una novedad en el acordonado submundo de los bares lésbicos, sin duda mucho más cerrado que el de los hombres gay, a cuyos bares sí pueden entrar no solo lesbianas sino los heterosexuales en busca de nuevas aventuras epicúreas.
Sin embargo, las cosas no son tan evidentes en el mundo lésbico, aún tan clandestino y tan gregario como de hecho lo eran las amazonas de la mitología griega; esas mujeres que aprendieron a vivir en una isla y que practicaban la costumbre de cortarse un seno para poder colgarse bien el arco y las flechas.
Los viernes, Bianca ofrece un strip tease mixto, convenientemente concebido para satisfacer las fantasías sexuales de los hombres, en su mayoría jóvenes clase media y media baja. ¿Qué hombre no ha soñado con perderse entre las caricias de dos mujeres que se tocan entre sí?
Por la afluencia de los varones, es evidente que los "viernes mixtos" han sido un éxito en Bianca. Las únicas que no ven con buenos ojos el advenimiento de estos strip tease mixtos, son muchas mujeres gay. Para ellas, la llegada de los hombres a Bianca es un aviso de que hay que partir pronto de allí y levar anclas, en busca de algo más propio, sin hombres que las molesten. "Eso pasa con muchos bares de mujeres gay en Bogotá: cuando comienzan a ser frecuentados por hombres, las mujeres se ahuyentan y se van", me dice una voz lésbica, de las pocas que no teme reconocerse como "lesbiana", palabra de difícil uso, que muchas evitan por considerarla agresiva. "Mujeres gay" es la acepción preferida, aunque solo sirva para confundir aún más las cosas. Está visto que no hay nada más opuesto que el mundo de los hombres gay y el de las lesbianas -¡perdón!-, de las mujeres gay. Comenzando por la pendejadita del tema del clóset. Mientras los primeros están saliendo de él, las segundas aún siguen allí, hibernando.
Probablemente esa sea la razón principal que explique no solo el reducido número de bares de mujeres homosexuales que hay en Bogotá sino el hecho de que los saunas, esos lugares de furtivos encuentros sexuales muy frecuentados por los hombres gay, no permitan la entrada de mujeres lesbianas. En plata blanca: en Bogotá, señor Alcalde, no hay moteles para las mujeres gay.
"No se aceptan drogas", leo en un cartelón. En Bianca había otro igual, pero más completico: además de drogas, se hacía la aclaración de que no se aceptaban armas, ni personas vestidas en sudadera (vaya uno a saber cuáles son las gracias que se hacen con la sudadera en los bares lésbicos).
En La City, un nuevo bar situado en la calle de los Mariachis calle 34, entre 13 y Caracas), al lado de los puteaderos rellenos de huéspedes desde las nueve de la noche, el ambiente es tan pesado, que puede pasar cualquier cosa. Pocas lesbianas de las que hay aquí en Magia y Encuentro se atreven a ir a este lugar, a no ser que quieran jugarse la vida por un par de copas. La City es sinónimo de rumba pesada y ocasionalmente es frecuentado por mujeres jóvenes de estratos medios y bajos que gustan de grandes emociones.
No pareciera que en Magia y Encuentro se le mezclara droga a la rumba. Si así fuera, el baño no estaría tan sospechosamente limpio ni tan exento de colas, como sí las hay en los baños de In-vitro, encumbrado templo sáfico, en el que más de una amazona dice haber visto a Dios.
A quienes no se les ve por estos bares son a las mujeres gay de estrato cinco y seis. Ellas prefieren las rumbas privadas, los bares heterosexuales o los metederos gay. Pero que no cunda el pánico. Tampoco veo a muchas mujeres de las que vienen a Magia y Encuentro, entrando a El Clóset, en la Calera. La movilidad de clases no es una práctica muy acendrada entre las lesbianas, al menos no en Bogotá. A diferencia de los hombres homosexuales, más dispuestos a hacer de los bares y de los saunas un lugar de encuentro entre diferentes estratos sociales, las lesbianas, en cambio, prefieren no aventurarse tanto. Ellas no suelen cambiar fácilmente de círculos sociales.
Aunque allá en el fondo veo a una mujer sentada con la cabeza bocabajo; pelo largo agarrado en una cola, pesada de kilos y embutida en un saco de lana, dormitando unos malos guaros, no se ve que corra mucho trago por el establecimiento. Ello no significa que no se agarren a puños de cuando en vez por problemas de celos, ni que rompan botellas como de hecho ya ha sucedido en Magia y Encuentro. No obstante, las lesbianas, por regla general, no consumen mucho trago a la hora de salir a rumbear, razón por la cual muchos bares que se inician con grandes bríos terminan cerrándose.
Bien puede ser también esa la razón que explique la mesura y la parquedad que caracteriza a las mujeres sáficas -así también se les dice- en las rumbas. Aún las estoy viendo: bailan juntas, pero sin amacizarse. Se miran, pero sin darse besos apasionados. Solo se ven tímidas aproximaciones aquí y allá sin mayor premura; algunas manos en las nalgas de sus compañeras; nada más. "No se alcanza a tomar lo suficiente como para desinhibirse", me dicen mis amigas gay cuando les pregunto el porqué de esta actitud tan parca y tan medida.
Y yo que me imaginé que los bares lésbicos eran lugares donde las mujeres desataban sus instintos sexuales de manera explosiva y directa, como suele suceder en los bares de hombres gay, donde la energía que se siente suele ser fuerte, sin tapujos. Pero no es así: las lesbianas no acostumbran a ser tan evidentes como los hombres homosexuales y generalmente son muy austeras en el arte del toque-toque.
Ahora bien, no hay que entrar en conclusiones apresuradas de calibre heterosexual: estos submundos tienen el poder de generar distintas claves para que las mujeres puedan comunicar sus pasiones lésbicas, sin que los héteros nos demos cuenta. Entre los hombres gay, una mirada, en el momento apropiado, puede ser tan fulminante como un beso apasionado. Con las mujeres sáficas puede pasar lo mismo.
Son las dos de la mañana. Hay movimientos en las mesas. Las que estaban en unas están en otras. Las que van en pareja, siguen desafiándose con sus miradas. Vaya uno a saber qué sigue después.

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