Sentado sobre uno de los fríos bancos de mármol, mirando sin ver la tumba indicada, Froilán oyó la voz del muchacho.

-Viejo.

No había sido un llamado, sino más bien una pregunta.

-Viejo. -se le acercó, ya más seguro, el joven-. ¿Qué haces acá?

-Hola, Pablito -se alegró moderadamente Froilán, sin levantarse-. ¿Qué hago? Qué sé yo qué hago.
El muchacho se sentó junto a él, las manos en los bolsillos del sobretodo algo raído, oscuro y con las solapas levantadas.

-No es el mejor lugar para quedarse mucho tiempo -dijo el pibe-. Con este frío -le salía vapor por la boca cada vez que hablaba.

Froilán sonrió, forzado.

-No te vayas a creer. Hay tipos que se pasan mucho tiempo acá -dijo-. ¿Y vos qué hacés en un cementerio? Tampoco me parece el mejor lugar para un adolescente.

-Me dijo que viniera. Que te iba a encontrar.

-Ah, claro. -Froilán meneó la cabeza, siempre mirando hacia el frente, fastidiado-. Que me ibas a encontrar. ¿Y te dijo qué teníamos que hacer?

El pibe negó con la cabeza.

-No. Ni mierda -contestó.

-Claro., claro. ¡Qué fácil la hacen! ¡Qué fácil la hacen! -Froilán lanzó un escupitajo mínimo, sobre la grava del camino. -Siempre lo mismo. Qué fácil la hacen estos hijos de puta.

-¿Por qué?

-Porque yo los conozco. Y lo conozco, especialmente, a este tipo. Ya trabajé para él en otra historia, sé cómo labura. Es siempre lo mismo, el mismo rebusque. Te deja en banda.

-¿Trabajaste en otra?

-En la anterior.

-¿Y hacías este mismo personaje?

-Con otro nombre, pero casi el mismo. Vos viste que hay tipos que les va bien con una cosa y luego repiten el mecanismo, el sistema, todo, la estructura.

-Borges decía que siempre se escribe el mismo libro.

-¿Borges dijo eso?

-Creo.

-¿Y entonces por qué no escriben uno solo y se dejan de hinchar las pelotas? Que escriban uno solo.
-El negocio, Viejo. El negocio. Para ganar más guita.

-Atate los cordones.

El pibe se miró las zapatillas de básquet. Tenía los cordones desatados, pero metidos dentro de los bordes del calzado, rodeando los tobillos.

-Se usan así -se había parado de nuevo, siempre las manos en los bolsillos. Era alto, más alto que Froilán-. Te cagás de frío ahí sentado.

-Te dejan en banda, te largan solo -insistió Froilán-. Así cualquiera.

-No entiendo. -El pibe caminaba unos pasos para desentumecerse, sin alejarse demasiado, aplastando minuciosamente con la punta de sus zapatillas las hojas secas del otoño-. .Como que te largan solo.

-Te ponen en una situación como esta -explicó Froilán-. Mirá qué joda. Te ponen en una situación como esta. Un padre se encuentra con su hijo, después de varios años de no verlo, luego de la separación con la madre, en un cementerio, los dos reunidos frente a la tumba de una mujer que no se sabe quién es.

-¿Cómo? -lo miró el muchacho-. ¿Vos no sabés de quién es la tumba que estás visitando?
-¡No! No sé. No tengo la más mínima idea. Sé que es de una mujer que ha tenido un papel importante en mi vida, pero eso es todo.

-¿Y entonces?

-Entonces, este tipo, te pone en esta situación. ¡Nos pone en esta situación, a vos y a mí! Este tipo piensa: un padre se encuentra con su hijo, a quien no ve desde hace tiempo, frente a la tumba de una mujer misteriosa que ha tenido mucho que ver con la historia personal de él, del padre, o del hijo, o de ambos. Perfecto. ¡Y algo va a salir de allí! ¡Algo va a salir! Eso es lo que piensa este hijo de puta. Piensa que nosotros tenemos que decidir lo que vamos a hacer. Que a vos o a mí se nos va a ocurrir algo interesante como para continuar con la novela. Es la puta modalidad de estas estructuras libres. "¡Yo arranco de una situación de partida y luego el mismo relato me conducirá solo!". Eso es lo que piensa. Ese es su sistema.

El pibe detuvo su caminar en círculos. Miró hacia los costados, pensativo, hacia las arboledas, los senderos cubiertos de hojas, las hileras de tumbas.

-Y bueno. -murmuró, una mano tomando el mentón-. Pensemos algo. Pensemos algo como para continuar.

-¡Tomá! -estalló Froilán, sin levantarse-. ¡Tomá si voy a pensar algo! Que piense él que tiene la obligación, o el interés. Que piense él ya que dice que labura de esto, que eso es lo que no se cansa de decir en los reportajes.

-Pero. Tampoco te vas a quedar indefinidamente aquí. Con el frío que hace.

-¿Y por qué no? -Froilán lo miró, desafiante-. Por supuesto que me voy a quedar acá, Pablito. Me voy a quedar todo el.

-Julio.

-¿Cómo?

-Julio. Yo soy Julio.

-¿No sos Pablo?

-No -Julio sonreía, suavizando el momento.

-Pero antes te dije Pablo y.

-No te quise interrumpir, seguiste hablando. Yo soy Julio, Iván es el del medio y Pablo el más chico.
-¿El del medio no es Gonzalo? -el rostro de Froilán mostraba real confusión.

-No.

-Ah no. -se mordió el labio inferior, Froilán-. Gonzalo era un tipo que aparecía en la historia anterior. Pero, oíme -Froilán estudiaba ahora la cara del muchacho que continuaba parado frente a él-. Vos tenés mucha pinta de pendejo, por eso te confundí con Pablo. Pero vos ya debés andar por los 24.
Julio hinchó el pecho en una aspiración larguísima.

-Es que no crecí, Viejo -suspiró-. No crecí. -Volvió a sentarse junto al padre, en el banco de mármol-. Viste que hay personajes que crecen dentro de un relato, que cambian, que ocupan lugares que, en principio, no les correspondían, porque eran personajes laterales. Bueno, en mi caso, yo no crecí. No sé. tal vez tuve pocas oportunidades, pocos diálogos, pocas intervenciones. Tal vez no estaba bien preparado.

-¿Debo interpretar, con eso, que yo tengo parte de culpa? -se puso las manos sobre el pecho, Froilán.
-No. No -se apresuró a puntualizar, Julio-. No es tu culpa, no es tu culpa. Si cuando empezó esta historia vos y mamá ya estaban separados. Vos ni interviniste en mi educación.

-Peor todavía. Ahora resulta que yo evadí mis deberes de.

-¡Para nada! ¡Para nada! Cuando yo aparezco, ya estaba el.

-Porque siempre es lo mismo -se ofuscó Froilán-. Es como con tu madre. Siempre, al final, el culpable soy yo. Empieza hablando del mal tiempo y siempre termino siendo yo el que la liga. Tu madre leía en el diario que había habido un terremoto en Turquía y, no sé cómo mierda hacía, pero al final el culpable era yo.

-Nosotros ya estábamos viviendo con Marcelo -completó Julio.

-¿Quién es Marcelo?

-Viejo. -abrió los brazos Julio, otra vez de pie-. Viejo. Es el tipo que vive con mamá y con nosotros.
Froilán resopló.

-Es el quilombo de estos relatos con tantos personajes -dijo-. Te perdés con tanta gente. Llega un momento en que no sabés quién es quién. Habría que hacer como en los libros de antes, que al principio aparecía una lista con todos los personajes, indicando qué hacía cada uno y qué parentesco los unía.

-Eso es cierto. ¿Para qué tres hermanos, por ejemplo? Con dos alcanzaba.

Se quedaron un rato en silencio. Vibraba, en el aire, el sonido del viento entre las ramas desnudas, el raspar de las hojas secas contra las baldosas rotas de los senderos angostos.

-Y entonces. -preguntó Julio-. ¿Qué vas a hacer?

Froilán no contestó. Se apretó la punta de la nariz con los dedos de la mano derecha, como comprobando que aún tenía sensibilidad en esa zona.

-Nada -se encogió de hombros.

-Pero. -Julio miró hacia arriba-. Se viene la noche.

-En todo sentido se viene la noche, Julito -sonrió Froilán-. Y a nuestro jefe también se le viene la noche. Porque yo no pienso mover un dedo para salir de esta situación.

-Pero, Viejo.

-Que labure él, mi querido. Yo ya me cansé de sacarle las papas del fuego. Esta vez que labure él.
-No sé. No sé. -Julio miraba hacia otro lado, serio.

-¿Vos te creés que a mí me gusta estar aquí? -preguntó Froilán. Consultó el reloj-. Hace como. ocho. nueve horas que estoy aquí, esperando que a este tipo se le ocurra algo, que arranque para algún lado.

Otra vez la pausa. El silencio.

-¿Sabés qué es lo que me da más bronca? -retomó Froilán-. Que esto va a terminar siendo un cuento. Y un cuento corto. Arrancó como para una novela, con muchos personajes, tipo Tolstoi, con un ritmo lento.

-Y se empantanó.

-Se empantanó. Cagó, cagó, cagó.

-Y. -sonrió, amargo, Julio-. Para encarar algo tipo Tolstoi hay que ser Tolstoi.

-Y este tipo, a Tolstoi, no le ata ni los cordones de los botines.

-¡Por favor! -Julio casi se contorsionó, sin quitar sus manos de los bolsillos-. Está a años luz.
-Pero entonces te caga. -por primera vez, Froilán se había puesto de pie, tosiendo- .te caga porque vos te confiás pensando que tenés laburo para un rato largo, para una novela clásica. Y resulta que todo termina nada más que en un cuento. Y en un cuento corto. Y te quedás en pelotas. Sin laburo de nuevo.

-Bueno, en una de esas por ahí es mejor. No lo tenés que aguantar.

-Sí. -Froilán giró sobre sí mismo-. Pero tenés que esperar a que el tipo termine con todos los otros cuentos. No va a largar algo con un cuento o dos, nada más. A menos que el que te toque sea el último.

-Eso es cierto.

Froilán tosió de nuevo, con más intensidad. Se tapó la boca con un puño, doblado por el esfuerzo, caminando hasta casi ocultarse tras una estatua.

-¿Qué te pasa? -se alarmó Julio.

-No quiero que me vea -logró decir Froilán, imprevistamente afónico-. A ver si me ve toser y se le ocurre que yo tenga una enfermedad terminal.

-No creo.

-Yo tampoco. Pero, en la desesperación. Siempre un protagónico con una enfermedad terminal genera otras puntas, otras posibilidades.

-¿No te dio ningún dato, ninguna indicación, ningún indicio? -volvió a la carga Julio, incrédulo.

-¿De que yo pueda estar enfermo, jodido de los pulmones?

-No. De algo. De la trama.

-Nada, nada -Froilán había recobrado el tono habitual de su voz-. Lo único que yo sabía es que tenía que venir acá y pararme adelante de esta tumba. Lo único. Ni flores traje.

-Y yo sabía que tenía que venir acá y encontrarme con vos. Es más, pensaba que vos sabías cómo seguía.

-¿Es un reproche? -lo miró, herido, Froilán-. ¿Es otro reproche?

-Para nada, para nada. Uhhh, no se te puede decir nada, Viejo.

-Es que, primero lo de la educación, que no me hice cargo, ahora esto. Ya estás como tu madre que.
-Pensaba que vos sabías, nada más. No te dio nada, no te indicó nada.


Froilán negó con la cabeza, enérgico. Buscaba algo en los bolsillos de su sacón oscuro, golpeó con la mano abierta sobre los bolsillos laterales.

-¿Qué buscás? -preguntó Julio-. ¿Vas a fumar?

-Froilán asintió-. No seas boludo. Decís que tenés miedo que este tipo te tire con algo malo y seguís fumando.

-Es verdad. Es verdad. -pero Froilán había tanteado algo adentro de uno de sus bolsillos laterales. Puso cara de extrañeza-. ¿Qué es esto? -se preguntó, levantando hasta la altura de sus ojos un boleto de avión.

-Un pasaje -se acercó Julio.

-Un pasaje a Australia -leyó Froilán, con ojos de intriga-. "Sydney" dice. ¿Sydney es Australia, no?
-Bueno, algo es algo. Es una punta -Julio se había alegrado, imprevistamente.

-Tomá -Froilán estiró el pasaje a su hijo-. Usalo vos. Es otro de esos recursos desesperados de este hijo de puta para ver qué pasa. Seguramente no tiene la más mínima idea de lo que puede suceder después. Es el facilismo. Caer en la crónica de viajes. Me juego la cabeza que mañana me encuentro en un cementerio de Sydney sin saber qué carajos hacer, en la misma situación de ahora, sin guita ni pasaporte. Acá, por lo menos, estoy cerca de casa.

-Claro -Julio sostenía el ticket en su mano izquierda-. En todo caso, que el que se joda sea yo.
-Vos sos joven, Julito. Tenés todo por delante. Australia es un país de promisión, con gran futuro. ¿Qué te vas a quedar haciendo acá?

-Es verdad. Es verdad -el muchacho se metió el pasaje en un bolsillo-. A mí me gusta la idea. Total, llegado el caso, me vuelvo.

-Te volvés.

-¿Y vos? -se preocupó Julio-. ¿Insistís en quedarte acá? -Froilán asintió, porfiado-. ¿Por qué no te vas a algún bar, a algún boliche? Debe haber alguno por acá cerca del cementerio. Por lo menos te tomás un café, a la noche te comés una pizza, ves algo por televisión.

-Me quedo acá hasta que a este tipo se le ocurra algo -Froilán volvió a sentarse, teatral-. Además, no te olvides de que yo tengo un protagónico, no tengo un personaje lateral, tengo un cierto grado de responsabilidad. Pero no le voy a dar el gusto a este rufián, Julito. No le voy a dar el gusto. Que me saque él de esta, ya que él me metió.

Otra vez el silencio. Empezaba a oscurecer y hacía más frío. Cada uno miraba hacia puntos diferentes.
 
-Chau, Viejo -Julio se acercó a Froilán, se agachó un tanto y le dio un beso leve en la mejilla-. Me piro.
 
-Chau. Que te vaya bien -Froilán apenas le tocó el brazo con su mano.


-Cuidate esa tos.

Froilán elevó el dedo índice en el aire, asintiendo.

-Julio -llamó después. El muchacho se detuvo a pocos metros, en el sendero y giró hacia su padre.
-Esto nos pasa por estar en manos de un pelotudo -gritó Froilán, casi riendo. Julio se rio también. Giró, y con las manos en los bolsillos, se alejó corriendo.

"A ver si se pisa uno de esos cordones y se caga de un golpe", pensó Froilán.

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