La idea de pasar una temporada en el infierno no sonaba tan mal. De hecho, como Joaquín Sabina, creo haber pasado más de una noche allí. Pero aquello de asistir a las Bodas de Oro del Hotel Tequendama no tenía nada de infernal, y sí rayaba con un aciago purgatorio en donde por más plegarias que elevara no tendría las indulgencias necesarias para salir de allí. La palabra coctel suena muy bien si viene acompañada de otra, por ejemplo margarita o martini, pero así sola tiene una connotación tenebrosa. Supone una cantidad de cosas para las que jamás me he preparado. Una sonrisa encantadora que no tengo; unos modales triple A que desconozco; un je ne sais quoi, que jamás conseguiré porque yo sí sé cuá; y, quizá lo peor de todo, un disfraz de hombre notable, con zapatos y demás. Yo, que no he podido saber todavía en qué consiste la elegancia y que además soy un sandaliero profesional. Pero ajá.

Camino a la oscuridad

Si debía caracterizarme como un coctelero profesional lo primero que debía tener era un traje adecuado porque la invitación era enfática en eso del traje oscuro. Tres días antes del dichoso evento me encontraba conversando con amigos en un café de la Macarena y solté mi preocupación estilística de repente. Juan me miró y dijo que tenía la pinta precisa.

Mi amigo Juan mide como uno ochenta y cinco y es tres veces más cuadrado que yo, que a duras penas llego a uno sesenta según dice la cédula. Pero si Juan había dicho con tanta seguridad que la tenía, seguro que la tenía.

Efectivamente la tenía: un pantalón negro, de Locomodo; una camisa negra diseñada por Julieta Suárez; una chaqueta negra, de Armani; y una corbata negra Dolce & Gabbana. Sin lugar a dudas era la pinta, y cumplía con fundamentalismo la instrucción del traje oscuro. Aunque en el fondo de mi alma pensaba que la pinta le cuadraría perfecto a Juan. ¿Pero a mí?, que estoy acostumbrado al descachalandre y que además de todo cojeo, con cierto estilo pero cojeo... Ay, solo Dios sabe que no hay nada más difícil para un diseñador que hacer ver elegante a un cojo.

Salí, pues, con mi traje prestado, debidamente disimulado por un sastre. Para ser franco, parecía el dependiente de una funeraria, de esas en que velan al finado con rancheras y aguardiente golpeado en el ataúd.

-¿El señor está tan elegante porque se casa? ?me preguntó el taxista.

-¿Elegante? ¿Le parece que estoy elegante? ?antes de que contestara se me ocurrió indagar por su concepto de elegancia?. ¿Usted de dónde es?

-De Pacho, Cundinamarca ?contestó.

La escena maldita

El Salón Rojo estaba casi desocupado. De las trescientas sillas perfectamente dispuestas en dirección a una especie de altar, tan solo estaban ocupadas sesenta. Sobre una tarima reposaba un piano muy sospechoso. Del otro lado, la banda del Batallón Guardia Presidencial afinaba sus instrumentos. La banda también parecía sospechosa.

Entonces llegaron unos señores que tomaron su puesto en esa especie de altar. Y comenzó la cosa. Se descargó sobre nosotros una ráfaga de discursos insoportables. Luego de cada discurso, un himno. Tanto nos paramos y sentamos que me sentí en una sesión de aeróbicos. El Himno Nacional se escuchó siete veces; el del Soldado, cuatro; el del Ejército, cinco; el de Artillería, tres; y hubo medalla a los 50 años, orden al mérito Cotelco, medalla Santa Bárbara, Cruz de Plata y Orden de Boyacá. ¡Uf!

De pronto una nube de guardaespaldas inundó el lugar, para dar paso a la ministra de Defensa. Del presidente Uribe ni rastros, y si hubiera venido no habría sitio dónde ubicarlo. El altar estaba completo. Las trescientas sillas estaban ocupadas por gente rutilante, aunque nadie tan oscuro como yo: el vampiro negro.

-Y ahora ?dijo el maestro de ceremonias?, daremos inicio a la ceremonia oficial.

Casi me voy de espalda. ¿Cómo que la oficial? ¿En dónde quedaron los cuatrocientos himnos y discursos que acabábamos de escuchar?

-Primero ?carraspeó un poco el maestro?, el Himno Nacional.

La tapa de las tapas. Porque todos hablaron de nuevo, se condecoraron entre sí y sonaron todos los himnos otra vez. Así se agotaron siete puntos del programa. El octavo fue un estridente video del hotel, agravado por un olor a comida que se fue filtrando al auditorio. A esas alturas parecíamos pasajeros de expreso bolivariano: tres horas sentados en el bus y nada que arrancaba. Varados junto a una lechonería que todavía no abría sus puertas.

-Noveno: Recital para piano Música de Colombia con motivo de las bodas de oro...

El rey de las tinieblas era un pianista imberbe. La presentación lo dijo todo: "Francoise Khoury, su eminente decano, lo califica como estudiante muy serio y responsable (...)". Recordé a Oscar Wilde en una apestosa taberna de Salt Lake City, mirando una inscripción sobre un piano: "Se ruega a los asistentes no disparar sobre el pianista". Fueron ocho piezas de diez minutos las que se fajó el chico serio y responsable, para un total de hora y veinte minutos de música con olor a lechona.

Subiendo estrato

Después de escuchar cosas como Chispazo y Pa' qué miro, el maestro de ceremonias invitó a una copa de vino. Detrás de nosotros comenzó a sonar New York, New York mientras la pared se corría con lentitud.

Aparecieron los pobres meseros desfilando como cabareteras de Chicago, sosteniendo una botella de champaña que destapaban por turnos.

-Bueno, ahora sí vamos a trabajar ?me dijo

Gerardo, el fotógrafo?. Necesitamos fotos con todos. Con la ministra, por ejemplo. ¡Cáigale, viejo! ?prosiguió, esbozando una sonrisa detestable.

Siempre pensé en el infierno como un sitio donde se hacen filas para subir escaleras. Jamás imaginé que esas escaleras llevaran a un coctel infestado de lagartos. Y mucho menos que yo sería uno de ellos.

-¡Señora Ministra! ?grité como si fuéramos viejos amigos.

El cerrado círculo de lagartos se abrió como el Mar Rojo y una horda de guardaespaldas casi se abalanza sobre mí.

-Qué bonito discurso, Ministra. ¿Por qué está tan enfermita?

Mientras yo improvisaba pendejadas, Gerardo disparaba su cámara y me hacía gestos de que necesitaba más tiempo. La muchedumbre, que también quería saludar a la ministra, no entendía de dónde carajos había salido yo: un hombre oscuro que caminaba por el Salón Rojo con un fotógrafo a su espalda. La ministra me dijo que tenía una gripa espantosa y que por eso se le había ido la voz en su discurso. Creo que le simpaticé, que podríamos ser amigos y tomar el té algún día.

-Allá está Jean Claude Bessudo con el embajador de Chile ?me dijo el fotógrafo de Fausto.

Sabía que sin una foto con ese señor tan importante no tendríamos nada. Pese a esto, a que el señor Bessudo es archirreconocido, yo no sabía cuál de los dos señores era el embajador y cuál Bessudo. Pero fue tarde cuando caí en cuenta de mi ignorancia, porque de repente estaba estrechándole la mano a uno de los dos y hablándole de los indios mapuches.

-Está confundido ?me dijo.

-¿Usted no es el embajador de Chile? ?pregunté con el pedazo de lengua que no me había tragado.

-Soy Jean Claude Bessudo. El señor que me acompaña es el embajador de México.

-¡México! ?exclamé, sin la menor vergüenza?, Oaxaca, Juárez, Guanajuato. ¿Qué ondas?

La diplomacia es un don de Dios. Otro me hubiera mandado a freír espárragos con dos palabras. Pero él sonreía, y hacía imperceptibles genuflexiones.

Para entonces mi presencia había comenzado a despertar suspicacias. Lo supe porque un grupo de hombres sonrientes se acercó a mí.

-¿Cómo te pareció el discurso de la ministra? ?me preguntó uno de aquellos.

-Ustedes tienen una cara de lagartos que no pueden con ella ?contesté ácido.

Sonrieron, apenados, pero no dejaron de rodearme, dejando espacio para que los fotógrafos hicieran su trabajo.

-¿Quieren una foto conmigo?

-Claro, doctor, ¿cómo es que te llamas tú?

-Soy el vampiro negro.

Se fueron intrigadísimos, creyendo que acababan de conocer a un millonario excéntrico. La cosa llegaba a su fin y me creía merecedor del buffet. Número uno, no había platos limpios; y número dos, la jauría había arrasado con todo. A fumar entonces, me dije. En un rincón, junto al único cenicero, una dama bellísima fumaba con cierto desencanto seductor.

-¿No te aburren estas cosas? ?le dije, con camaradería de fumador.

-Un poco... ¿Ya comiste?

-Se tragaron todo, mujer, son unos bárbaros.

Luego de cinco vinos con tan hermosa mujer me marché de allí. En la calle respiré profundo, aflojé el nudo de la corbata y decidí caminar hacia el centro de la ciudad con la pinta de vampiro negro. Después de semejanteinfierno cualquier sitio era un paraíso para mí.

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