Me visto del color que nunca creí llevar puesto: de negro. De alguna manera, me siento como yendo a un funeral, yo, que me vestí de azul, rojo y rojo con azul. Mi hijo Jacobo, en su confusión, me confirma mi incomodidad: "Siempre has sido jugador, ¿por qué ahora estás disfrazado de árbitro?". Así me siento, disfrazado, como embutido en una piel que no es la mía. Solo mi cara al espejo me recuerda quién soy, Pimentel, un hombre recordado por su fuerza en la cancha. Y por su temperamento, el que tantas veces me hizo chocar ante las decisiones que salían de hombres de negro. Ahora soy uno de ellos. Trataré de llevar la ironía lo mejor que pueda. Trataré de parecerme a Óscar Julián Ruiz o Duque, dos árbitros con los que me llevo muy bien. Trataré de no pensar en Borda, al que ni siquiera puedo ver. Por Dios, es que el tipo dejó pasar tres penas máximas clarísimas para todo el mundo en el partido Caldas contra América. Lo suspendieron tres meses, justo dos de ellos cuando no había torneo. Ahora sigue pitando fresco y campante. ¡Eso no puede ser! Otro nefasto es William Blanco. El año pasado, íbamos ganando con el Chicó contra Bucaramanga de visitantes hasta que se le ocurrió, por simple capricho, dar doce minutos más de alargue y acabar el partido solo cuando llegó el gol del empate. Resultado: clasificó Bucaramanga. Lo suspendieron tres meses, pero, igual, no había fútbol. ¿Tomadera de pelo de la Comisión Arbitral? No sé. A ese pedí que no me lo volvieran a designar, pero apenas pasó la sanción me sorprendí al ver que lo habían nombrado para un partido Chicó-Envigado, en el que volvió a ser un completo desastre en contra nuestra. Desde esa tarde no volvió a pitar, vamos a esperar a ver qué pasa. Ese es uno de los seis árbitros que tengo en mi lista negra. Pero tengo que calmarme. Respiro. Inhala, exhala. Sí, calma, ahora soy yo el de negro, el del pito, uno más de los diez mil que hay en Colombia en todas las categorías. Y si me salgo de casillas no habrá nadie para ponerme en mi sitio. No me puedo tarjetear, con justicia o sin ella. Yo soy muy mal perdedor, la derrota no me sirve. Por eso me gané tantas tarjetas rojas como jugador. También eso va a ser extraño. Ni ganaré ni perderé esta vez.
Me reí por dentro cuando recibí los cartones y los metí en el bolsillo. Me dije a mí mismo: "Mis tarjetas rojas, estas sí que las conozco".

 

Estiré como lo hicieron los jugadores, tanto de Arte Graphic como del Diario Deportivo, los dos equipos a los que les llevaré justicia. Ambos hacen parte del VI Torneo Interagencias de Publicidad y Medios de Comunicación. Es cierto, lo hice con confianza, de alguna forma soy un veterano, así sea mi primera vez como juez. Hubo una especie de charla técnica, pero fue un poco distinta de la que hacen los árbitros antes de los partidos con los jueces de línea. En ellas analizan el partido, miran cómo juega cada equipo para que el línea siempre pueda estar con el último hombre sin contar el arquero y no pierda la visibilidad que requiere para saber si hubo o no un fuera de lugar; si juegan al pelotazo para no desgastarse corriendo y administrar el estado físico y, si hay algún jugador que sepan que es complicado en la cancha porque simula faltas en el área, es sucio o peleonero, miran a ver cómo lo van a manejar. En mi charla de iniciado me dieron instrucciones sobre cómo señalizar y posicionarme en la cancha. Eso me relajó, porque ante Jacobo llegué a pensar en llegar como uno de esos tipos que salen a pitar por primera vez un partido en un estadio y se enfrentan, como ellos mismos lo dicen, al "monstruo de mil cabezas". Sé de qué hablan, yo lo he sentido como jugador. En la gramilla, cuando hay un gol, el piso tiembla y el ruido se magnifica. El árbitro está ahí solo y tiene que tomar en fracciones de segundo la decisión de si el gol es válido o no, si la jugada fue o no fue, si es falta o no lo es. Ahí es cuando fallan algunos. Se arrugan, cometen un error y luego lo compensan con cualquier otra decisión arbitraria, pasan del miedo al pánico y pierden distancia, cálculo, reflejos, visibilidad y panorámica. Les da pavor anularle un gol al local y sentir que el público se les viene encima con la clásica tormenta de insultos. Para ser un buen juez se necesitan cojones. Tener carácter, pantalones, creer en lo que uno ve y no en lo que le grita el público. Por eso mismo es que los jueces más importantes del mundo son gente muy experimentada. Para que no se la monten ni el público ni los mismos jugadores, por más famosos que sean. Desde el comienzo, llevando afuera la camisa o quejándose de alguna decisión del árbitro, lo van tanteando. No en vano, ahora en el Mundial no habrá ningún árbitro menor de 30 años. El australiano Mark Shield es el más joven, mientras que el ruso Valentín Ivanov es el mayor, con 45 años, el límite de edad. Pero seamos sinceros, este es diferente, no tendré problemas. Pero, ¿y si me insultan?
Miramos las condiciones del terreno. El clima estaba sorprendentemente bueno y como no era un partido en estadio, con público, no hicimos los chequeos que suelen hacer ellos en conjunto con la Policía: que estén la Cruz Roja y los paramédicos y que se cumplan las normas de seguridad según la categoría del partido, si es nacional o internacional, clásico o no. Me reuní con los dos capitanes en el centro del juego. Saqué la moneda para hacer el sorteo de cara y sello. El que ganó escogió cancha, como se hace ahora, y el otro tuvo el saque inicial. Antes les dije: "Bueno, muchachos, acá vinimos fue a jugar, así que nada de juego sucio". Sí, esas palabras salieron de la boca de Pimentel, al que tantas veces le repitieron eso mismo mirándolo a los ojos. Apenas pité empezó la corredera. No sé cómo habría sido la cosa con jugadores profesionales. Sé que los árbitros sufren al intentar seguir a los que tienen físico de locomotoras y los dejan atrás, con la lengua afuera. Un árbitro, en un partido de nivel, puede correr hasta 16 kilómetros y atravesar la cancha en tiempos de entre 30 y 40 segundos. Para lograr eso, hacen una rutina física todos los días. Los que viven en Bogotá, van al Centro de Alto Rendimiento, hacen 12 minutos de trote alrededor de la pista atlética y sentadillas. Es algo clave, pues cada tres meses les hacen un test, que consiste en una prueba de velocidad (seis piques de 40 metros. El central los debe hacer mínimo en 6,2 segundos y los asistentes en 6 pues su posición les exige mayor velocidad), y una prueba de resistencia.
Lo otro que deben pasar es un examen teórico, una especie de Icfes futbolístico, en el que les preguntan por las reglas y les ponen casos como este: "Si en una pena máxima el balón se pincha antes de cruzar la línea de gol, ¿vale o no el gol?". La respuesta es que no vale y hay que repetir el cobro, pues el balón debe estar en las condiciones reglamentarias. La última prueba que deben pasar es la que les hace un supervisor al calificarles durante los partidos que pitan cosas como la autoridad que infunden en el campo, el trato con los jugadores, el manejo de conflictos, la interpretación de las reglas del juego y la aplicación de la ley de la ventaja.
En los primeros minutos me repetí la regla básica, no obstruir la visibilidad de los jugadores. No saben cuánta ira me sacaban los árbitros cuando interferían en una jugada, tapándola. Por eso traté de ser lo más cuidadoso posible. Los tres, mis líneas y yo, nos dividimos el campo. Un línea corrió por la banda, de una esquina del córner al medio campo, y el otro de la esquina de la otra cancha y del otro lado por la banda y hasta el medio campo. Si uno divide la cancha en cuatro, con eso quedan cubiertos dos rectángulos, los otros son míos, mi territorio. Eso sí, hay que estar sincronizados para las señas. Los árbitros del Mundial la tendrán más fácil en ese sentido: estarán comunicados por micrófonos. Todo eso lo apliqué al igual que el reglamento que conozco de memoria, al pie de la letra.
En el minuto 6 del primer tiempo un muchacho del Diario Deportivo pegó por la espalda. El juez que inicialmente iba a pitar el partido y que me apoyaba en la toma de decisiones me dijo que no fuera a sacar la tarjeta amarilla, pero hice caso omiso y se la mostré al jugador pensando en que lo que yo vi era lo correcto y en que la ley era clara, diáfana, expresa. El que pegue por detrás tiene tarjeta amarilla o incluso roja, a criterio del juez. ¿Pegó por detrás? Tenga su amarilla. Sí, a los seis minutos impartí justicia, firme, férreo. Metí la mano en el bolsillo y extendí el brazo con seguridad mostrando la tarjeta y reconfirmando ese gran poder que tienen los árbitros para desbalancear partidos a su antojo, dejarse enredar el juego no sancionando el juego sucio o, simplemente, manejarlo aplicando el reglamento con rigor, como lo pretendí hacer yo o en algunos casos sin la aplicación de este reglamento que es lo que uno menos entiende de los jueces. Fue raro que la tarjeta saliera de mí y no fuera para mí.
Los jugadores lo saben bien, reconocen desde el comienzo a esos árbitros débiles de criterio que no pitan nada o esos duros e implacables con los que solo queda jugar buen fútbol. Incluso ya los conocen y dicen: "Con este la vaina es un paseo y se la monto" o "este es durísimo, tocó jugar". Para hacer lo que les pido a muchos árbitros que hagan, ganarme el respeto de los jugadores y no permitir que se me saliera el partido de las manos, fui estricto. A cada patada por detrás, sacaba mi amarilla. Fueron tres amarillas, según aparece anotado detrás de la mal llamada cartulina amarilla, pues es de plástico para poder escribir y luego borrar. El balance fue: dos para el Diario Deportivo y uno para Arte Graphic.
En el minuto 17 llegó el primer gol. Ya corría algo de sudor por mi frente. Lo hizo Navarrete, el número 11 del Diario Deportivo con un tiro globeado por encima del arquero. Me pareció bonito. ¿Los árbitros pensarán en eso? ¿En sí un gol es bonito o no? ¿Tienen el tiempo y la mente para apreciarlos? Francamente no lo sé. Debe ser terrible tener que anular un gol hermoso. Pero bueno, si fue hecho saltándose alguna regla es un gol defectuoso. Seguí en mi carrera. Para arriba y para abajo. Sin poder parar.
A los 35 pité sin titubear una falta dentro del área contra Arte Graphic. Otra situación crítica. Penalti. Calma, atender los reclamos, pero no mostrar ni un ápice de duda. Funcionó. Cobraron y el disparo salió desviado. Así, 1-0 para Diario Deportivo, terminó el primer tiempo. Extrañé la charla técnica, los quince minutos para arreglar las cargas, para sonreír ante una provisional victoria, o estar iracundo ante la derrota. Nada. Todo muy aburrido. Agua para refrescarse y ya.
En el segundo tiempo, cuando a los diez minutos metieron el segundo, sentí que el marcador era injusto. Los de Arte Graphic estaban jugando mejor y se merecían al menos el empate, pensaba yo, pero supe separar los sentimientos que tiene cualquier árbitro frente a lo que ve y seguí pitando con la imparcialidad necesaria. El segundo gol aumentó la fricción. El partido se tensionó un poco. Se veía en la cara de los jugadores. A los cinco minutos, con un disparo fuera del área, llegó el gol del descuento. 2-1, a remontar. Me animé. Se iba a poner mejor la cosa. Me di cuenta de esta otra diferencia. Para un jugador no hay partido aburrido. Puede que esté malo o bueno, pero aburrido no es algo que puedan decir desde su perspectiva. En cambio un árbitro, imparcial y todo como debe ser, sí puede decir que un partido es soso. El mío se puso bueno. La gente de Arte Graphic empezó a correr más. La adrenalina fluyó y me acordé de mis mejores temporadas. No quise pitar con el pito en la boca. Mi idea era dejar que la jugada siguiera para ver si debía dar o no la ley de la ventaja. A los veinte minutos sancioné el cobro de otro tiro libre que nació de una falta por detrás. Marqué la distancia de la barrera, pilas con moverse, señores. Miré al línea. Atento a cualquier vaina, le dije con mis ojos. El cobrador tomó distancia y la metió. Pito duro, con verraquera y mano al centro de la cancha. Gol limpiecito. Empate: 2-2. Tomo el número del anotador.
El cansancio ya se empezaba a sentir, pero no podía parar. Cualquier jugador puede tomar un poco de aire, pero yo no. Eso me dio envidia. Empecé a mirar el reloj con la promesa del descanso. Me gustaba más la de la victoria. Falta todavía. Seguimos. En un choque muy normal palabrotas van y vienen. Se están calentando. Llamo al orden. No me vayan a dañar el partido que hasta ahora todo ha salido bien. Parece tener eco mi resultado. Faltan cinco minutos. Bueno, esto va a quedar así. Mentira, un error del arquero le entregó el balón a un rival y Arte Graphic remontó el marcador. Desespero en los del Diario. Se muelen las rodillas, pero nada que hacer, falta un minuto. Las esperanzas se les van. Treinta segundos. Miro a los líneas. Muchachos, esto quedó así. Trato de ubicarme en el centro del campo. Temo una jugada final dudosa. Nada. Listo, priiiiiiiiiiiii. Llegó el final. El partido terminó 3-2 a favor de Arte Graphic. Les di la mano a mis compañeros de terna y a algunos jugadores. Me fui pensando en que esa frase trillada de "es que somos humanos y nos podemos equivocar" era una mera excusa de los árbitros. Sigo sin entender por qué aún hay escándalos como el de la final del torneo del año pasado, en el partido América-Caldas, y por qué para remediar eso siguen recibiendo pagos muy distantes a lo que realmente tiene que ganarse un árbitro. Hasta el mes pasado les daban por pitar un partido de la A $650.000 a los centrales y a los líneas, la mitad, mientras les dan US$180 diarios como viáticos, sin contar alojamiento, transportes y comida, a los árbitros FIFA por partidos internacionales. Puedo decir tranquilo que sigo creyendo que pitar es fácil: solo hay que aplicar el reglamento, tener un buen estado físico y, sobre todo, ser honesto y firme a la hora de cada decisión. ¿Mucho pedir? No creo. Gracias a haber hecho eso en mi primer partido como árbitro salió limpio el nombre de mi madre. Ahora, a quitarse el uniforme negro, que me da como urticaria.

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