Eran dos hermanos, uno de 72 años y el otro de 85. Yo sabía en dónde vivían y hasta allá fui a buscarlos. Los piqué a machete, los rocié con gasolina y les prendí candela. Luego me senté a esperar que fueran por mí. Me entregué sin poner resistencia y lo confesé todo: le conté a la Policía que les había dado noventa y cinco machetazos porque mandaron matar a mis papás.

Arnulfo es un niño grande. Un campesino santandereano de 62 años que saluda tres y cuatro veces a la misma persona para poder estrechar sus manos y sentir un poco de afecto. Cuando descubre a los visitantes se acerca desde el otro extremo del patio con pasos cortos pero efectivos, arrastrando los pies sobre el piso de cemento. Interrumpe la conversación, estira sus manos cortas pero gruesas y las deja en el aire en espera de una respuesta. Habla de las zanahorias que sembró unos días atrás en la huerta del penal o cuenta que le gusta cantar, y arranca: "Hay una senda que el mundo no conoce... me aborrecieron por causa de su nombre... aquel camino de tanto sufrimiento". No se detiene: sabe que se ha robado la atención y no quiere perder el protagonismo. Empata la última estrofa de su canción con el primer relato que encuentra en su cabeza. Habla de aquellos días en Puente Nacional en los que lo alimentaban todos los días con comida de restaurante, mientras decidían a qué cárcel lo trasladaban. Se mira la barriga y cuenta que en esa época engordó unos cuantos kilos. De repente descubre el paquete de Marlboro que tengo en el bolsillo y le brillan los ojos: "Regáleme uno". Repite la marca con emoción: "Marlboro... allá adentro puedo cambiar dos Marlboro por medio paquete de Mustang... regáleme dos". Saco el paquete, y el rojo de la cajetilla produce el efecto de una cerilla que se enciende en medio de la oscuridad: los compañeros de patio de Arnulfo me rodean y los cigarrillos desaparecen pronto. Aprovecho el cambio de tercio y busco nuevas historias entre los recién llegados. Arnulfo comprende que nuestra conversación ha terminado y, antes de buscar a los otros visitantes que rompieron su rutina de silencio y soledad, saca de un bolsillo de su pantalón una billetera de cuero en la que guarda papeles y recortes diminutos de revistas viejas, y me la entrega: "Yo la hice. Es para usted". Miro las costuras mal rematadas y descubro la belleza en medio de la imperfección. Arnulfo me acaba de entregar una de sus poquísimas posesiones sobre la tierra. Cuando estrecho sus manos para agradecerle, no puedo creer que sean las mismas manos con las que asesinó a machete a dos ancianos de una vereda perdida de Santander.

Hablo sin prisa con algunos de los compañeros de patio de Arnulfo, pero sé que él me espía permanentemente. Aprovecha las pausas entre uno y otro, y de vez en cuando vuelve a aparecer como para estar seguro de que no me olvidaré de él por más que encuentre otras historias que me estremezcan. Sigue recorriendo el laberinto de una memoria en la que los sucesos de la realidad se han mezclado con escenas de la fantasía, y me interrumpe para agregar capítulos o simplemente para abonar nuevos datos en la cuenta corriente de su pasado.

Me habla de Dios con fervor, pero me aclara que no cree en ídolos: señala una imagen de yeso de la Virgen de la Macarena, patrona de los presos, y me dice que "las estatuas son una mentira y la misa es una perdedera de tiempo". Me precisa que lleva pagados veintiséis de los cincuenta y un años que le dieron de condena, me cuenta que estuvo cuatro años en la isla de Gorgona y me revela que en marzo de 1999 salió en libertad de la penitenciaria de El Barne, en Tunja, pero lo volvieron a meter preso porque asesinó a machete a los hombres que mandaron matar a sus papás.

Ya los había asesinado, a comienzos de los años ochenta, y los volvió a asesinar a finales del siglo pasado. Seguramente los ha asesinado varias veces en su cabeza confundida por la enfermedad, y seguramente los volverá a asesinar cuantas veces sea necesario para vengar un delito que se niega a perdonar. Por eso esta allí, en la Unidad de Salud Mental de la cárcel Modelo de Bogotá, olvidado hace muchos años por la familia, pagando su pena con la rutina insoportable de los días que se suceden uno tras otro, idénticos, entre cuatro paredes, sin más esperanza que ver crecer las zanahorias del huerto o esperar que un visitante ocasional le regale uno o dos cigarrillos Marlboro.

Arnulfo es uno de los cincuenta y dos internos de ese patio retirado al que antes llamaban frenocomio o anexo psiquiátrico. Está allá porque tiene problemas mentales, pero aun así la Justicia determinó que en algún momento fue consciente del delito que cometía. No es un inimputable, como muchos de los que matan sin saber que lo hacen, y terminan recluidos en un hospital psiquiátrico, muchas veces de por vida.

Arnulfo es uno de los cincuenta y dos internos que me pidieron cigarrillos el día de mi visita, porque fumar les ayuda a bajar la ansiedad enorme que les produce el encierro. Una ansiedad que, sumada a los trastornos mentales que padecen, puede convertirse fácilmente en agresividad o puede degenerar en una depresión profunda que los lleva a veces a atentar contra su propia vida.

El doctor Óscar Leyton, psicólogo de la Unidad, explica que para bajar el nivel de agresividad de estos internos y para disminuir los estados de alucinación es necesario inyectarles un antisicótico que se llama Piportil. Cuando oí el nombre del medicamento entendí por qué uno de los habitantes de este patio en el que resulta inevitable conmoverse me insistía en que denunciara que los tenían "piportiliados". La droga es tan fuerte que su efecto se prolonga durante un mes y produce una molesta tembladera que hay que contrarrestar con otro fármaco de nombre Akinetón. En el variado coctel de medicinas con las que controlan a los internos de la Unidad hay una especie de as bajo la manga de los enfermeros que trabajan allí. Se trata de Dormicún. Una vez inyectada, el preso no demora más de dos minutos en caer en un sueño profundo que puede durar varias horas.

Aunque las historias clínicas de muchos de los internos que se encuentran recluidos en la Unidad señalan episodios de delirio -hay uno que por momentos se llama a sí mismo el Todopoderoso-, intentos de suicidio y agresiones, el ambiente que se respira allí no es el que podría imaginar alguien que ha visto películas como El silencio de los inocentes, cuando Jodie Foster camina hacia la celda de Anthony Hopkins y se enfrenta a las escenas macabras de los enfermos mentales que, detrás de las rejas, la insultan, se masturban o intentan agredirla.

Seguramente "piportiliados", estos internos de la Modelo caminan a paso lento de un extremo al otro del patio que es, al mismo tiempo, cancha de microfútbol y de basquetbol. Eso es lo que llaman patinar el patio: caminarlo mil veces cada día para tratar de ganarle una guerra imposible al reloj. Ante la presencia de un extraño acuden en masa: lo estudian con ojos agrandados, lo tocan de manera inofensiva, lo saludan y demoran el contacto con las manos, le cuentan sus verdades y sus fantasías y, como si todos los que allí acuden fueran abogados defensores de sus causas, le piden ayuda para salir pronto del encierro. Aunque algunos, como Arnulfo, se han acostumbrado a aquella vida, han convertido en familia a sus compañeros y en casa propia al patio impersonal en el que ven pasar los días. Y aunque otros, como Nelson, que paga una condena de quince años, está convencido de que al salir podrá conversar con la "gente del Gobierno y pedirle ayuda para regresar a los Llanos Orientales a trabajar la tierra", que es lo único que sabe hacer.

"Piportiliados", seguramente, para evitar que se repitan historias como la de Ovidio, que un día, en plena consulta con el médico, le arrancó el esfero de sus manos y se lo clavó en la frente. Como la de otro que se envolvió la cara con una cobija y le encendió fuego. O como la de un interno que, ayudado por la fuerza descomunal que le da el exceso de adrenalina, levantó una canasta llena de botellas y se la lanzó al doctor Leyton.

Leyton les tiene paciencia. Casi se diría que les tiene cariño. Ha aprendido a manejarlos, aunque sabe que en cualquier momento el descontrol puede llevar a cualquiera de sus pacientes a cometer una locura. Hace unos meses encontró a un interno en el baño: acababa de desbaratar una cuchilla de afeitar y se estaba rasgando la piel. Leyton le ofreció un Marlboro y le dijo que evitara seguirse cortando para que la sangre no ensuciara el cigarrillo. El hombre hizo caso y dejó de lado la cuchilla. Cuando se recuperó del efecto del Dormicún con el que lo inyectaron enseguida, le agradeció al psicólogo su intervención.

Detestan los fármacos que les aplican, y muchas veces los enfermeros tienen que pedir la ayuda de los guardianes para que los sostengan. No es extraño que haya que recurrir a la fuerza de seis o siete personas para contrarrestar la de uno de ellos cuando se resiste. Pero algunos, sin embargo, reconocen que necesitan los medicamentos: "Si no me tomo la droga me siento deprimido y desesperado", dice uno, y toma impulso para contar su historia: "Mis padres me dieron mal trato, mala vida, no me ayudaron en nada. De niño yo tenía que rebuscarme hasta la comida. Un día mi hermano me atacó y me hirió, y yo, para defenderme, le pegué dos machetazos en la cabeza. Por eso me metieron preso. Primero estuve en Girardot y desde hace tres años estoy en este patio. Mi mamá solo vino una vez, pero fue para decirme que nunca más se me ocurriera ir a buscarlos".

Y es que rara vez los visitan. Por eso se les agrandan los ojos ante la presencia de cualquier extraño. A casi todos los dejaron en el olvido. De los cincuenta y dos internos que hoy ocupan la Unidad solo uno recibe visitas conyugales. De los cincuenta y dos, solo uno tiene resuelta su situación económica: su familia consigna mensualmente una plata que lo ayuda a comer mejor, a tener cobijas más gruesas y darse ciertos lujos, como el de fumar cigarrillos Marlboro sin esperar a que un visitante ocasional se los regale.

Hay homicidas, ladrones, secuestradores y traficantes de droga entre los retenidos en la Unidad de Salud Mental de la cárcel Modelo. Las historias macabras abundan. Sin embargo, uno sale de allí con la impresión de haber visitado un jardín de niños grandes. Niños grandes que siembran zanahorias, que tocan guitarra, que pasan horas frente al televisor, que piden cigarrillos, que adornan sus camas con calcomanías de Hello Kitty o afiches de la Fórmula Uno. Niños grandes que necesitan contar su historia y que reclaman de la sociedad un par de zapatos o unos pantalones en buen estado. Niños grandes que cuando se descontrolan levantan una caja llena de botellas como si levantaran un paquete de plumas. Niños grandes que son capaces, como Arnulfo, de matar de noventa y cinco puñaladas a un par de ancianos.

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