Se dice que Marilyn Monroe, después de tomarse una sobredosis de barbitúricos para matarse, cogió el teléfono para llamar a alguien. Hay un poema de Ernesto Cardenal que registra ese doloroso instante en que quizá la sex-symbol de los años cincuenta pudo haberse salvado. A esta muchacha que "como toda empleadita de tienda / soñó con ser estrella de cine / la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de una única voz amiga / y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number. / Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó (y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles) / ¡contesta tú al teléfono!".

Ahora en Bogotá y en Medellín hay varios números a los que se puede llamar si sentimos el impulso de matarnos, pero queremos hablar con alguien antes de dar el salto. A veces la sola ilusión de sentir que nos oyen y que a alguien le importamos, puede ser suficiente para cambiar o al menos postergar la decisión de quitarnos la vida. Estas llamadas también le pueden dar paso a una ayuda psiquiátrica especializada.

En la capital el número es el 125, el mismo que se usa para todas las emergencias de salud; en Medellín, el 123, que también se usa para todo tipo de urgencias, pero de ahí, si se trata de un caso de salud mental, nos pasan a alguno de los psicólogos disponibles en el "123 Social". Además de estos números oficiales que dependen de las alcaldías, existe también en ambas ciudades el "Teléfono de la Esperanza", 2846600 (en Medellín) y 3232425 (en Bogotá), patrocinado por una ONG, y la Línea Amiga de Carisma, 4444448, donde responden orientadores, médicos, psicólogos y trabajadores sociales.

Es bueno que existan estos números de emergencia y, al menos bajo ciertas circunstancias, me consta que pueden resultar muy útiles. Pero, como casi siempre, las cosas funcionan mejor en el papel que en la realidad. El domingo 9 de enero, de cuatro a seis de la tarde, quise suponer que yo era Marilyn Monroe, en una crisis depresiva, y llamé durante dos horas al Teléfono de la Esperanza en Medellín, pero este sonó siempre ocupado. Llamé también a la Línea Amiga de Carisma y una grabación me dijo, en un español más bien macarrónico, lo siguiente: "Lamentamos informarle, pero no atendemos en este horario". Llamé después al 123 (Número Único de Seguridad y Emergencias) y después de explicarle al telefonista que quería hablar con un psicólogo, me pasaron al Número Social, y allí me dijeron que el psicólogo estaba en la cafetería. Dejé mis datos para que me llamara cuando volviera y todavía estoy esperando la respuesta. Tal vez sea por el horario dominical, pero en definitiva, si Marilyn hubiera vivido en Medellín y hubiera querido matarse en esa lánguida tarde de domingo, de nada le habrían valido estas ayudas y estaría tan muerta como la encontraron aquel 5 de agosto de 1962.

Las dificultades para acceder a este servicio me recordaron algo que vi hace muchos años en un puente de Mérida, en los Andes venezolanos. Resulta que el viaducto que conecta dos partes de la ciudad por encima de un abismo profundo y pedregoso, es el sitio predilecto de los suicidas para matarse. En vista de esto, algunas personas caritativas, resolvieron poner allí un número de atención a los desesperados. Recuerdo que decía: "Si tienes problemas llama al..." Pero lo tragicómico era que varios números de ese teléfono se habían borrado por efecto del tiempo y la intemperie. Una vez más el monje Cardenal habría tenido que decir: "Señor: ¡Contesta tú al teléfono!".
Poco antes del día de Navidad del año pasado pasé dos jornadas, de noche y de día, con la gente del CRU (Centro Regulador de Urgencias) en Bogotá. Estuve en la Sala donde se reciben las llamadas, al lado de varias telefonistas, dos médicos y una psicóloga, y también pasé parte de la noche en una ambulancia de emergencias psiquiátricas, con el médico y los enfermeros especializados. Fue una experiencia dura, aunque, al menos en esos dos días, nunca fue trágica. En lo que tiene que ver con las llamadas por amenaza o intento efectivo de suicidio, hubo dos casos leves y dos serios.

Los leves fueron casi graciosos: un hombre enfurecido con la familia, después de una discusión en la mesa, se metió en el baño y se roció sobre la cara y el cuello, aunque sin ingerirlo, todo un tarro de insecticida Raid en aerosol. La ambulancia se presentó en el domicilio y verificó que, por fortuna, los seres humanos no nos morimos con insecticidas tan fácilmente como las cucarachas, por el mero contacto con la piel. Los parientes no quisieron que el paciente fuera trasladado. El otro caso fue, si se puede, menos grave: después de una acalorada discusión con su marido, la esposa enfurecida se tomó unas pastillas. "¿Cuántas y de qué?", preguntó la enfermera telefonista: "Tres aspirinas", fue la respuesta. El médico resolvió no enviar la ambulancia psiquiátrica al sitio, pero programó algunas llamadas a la mujer para verificar en los días siguientes que no quisiera aumentar la dosis de analgésico.

Las fiestas de fin de año predisponen más al suicidio a las personas deprimidas: el contraste entre su tristeza y aislamiento comparados con la alegría ambiente y el espíritu festivo de la mayoría acentúa aún más la sensación de sinsentido. En los primeros 22 días de diciembre del año pasado, en el número 125 de Bogotá, se habían reportado 31 intentos de suicidio. Y entre Navidad y Año Nuevo, esos intentos parecen multiplicarse por arte de la felicidad de los demás, tan en contraste con el propio hundimiento.

"Hay que temerles más a los meditabundos que a los impulsivos", me aclara el psiquiatra. "Los primeros llevan más tiempo pensando en su muerte y la planean mejor; los impulsivos casi siempre fallan en el intento". Le pregunto si hay diferencias entre hombres y mujeres o por grupos de edad. "Hombres y mujeres lo intentan por igual, pero los hombres son más efectivos. Al final de la adolescencia y al principio de la vejez los casos son un poco más frecuentes, pero ninguna edad está exenta de riesgos".

De hecho, los dos casos graves a los que asisto en esta noche cercana a la Navidad, son de personas muy jóvenes. La primera es una muchacha de 18 años, que vive por Chapinero, y que después de una discusión familiar (ella había perdido el año y se siente mal con su familia) se tomó 13 pastillas de Amitriptilina, un antidepresivo. Al parecer vomitó, pero cuando la mamá la llevó hasta un centro de atención, a eso de las tres de la madrugada, la paciente llegó muy agresiva y golpeó varias veces al personal de enfermería. Cuando el psiquiatra llega en la ambulancia que envían del CRU, se encuentra con que la médica de turno tuvo que darle dos dosis inyectadas de un sedante para calmarla, y no fue posible practicarle un lavado gástrico. Así que la entrevista psiquiátrica tiene que ser postergada pues la niña está en un sueño profundo. La mamá no ha vuelto desde que la dejó ahí en la madrugada. No tienen tampoco los datos familiares, ni el teléfono. Habrá que esperar unas ocho horas hasta que se despierte.

El solo hecho de que su madre la haya dejado sola, indica el desinterés de su familia y la soledad de la muchacha. La miro desde la puerta del cuarto: muy flaca, la boca abierta y la respiración regular. Hay signos del momento duro que acaba de pasar: está despelucada, tiene rasguños en la cara y las uñas sucias. Es casi bonita y me pregunto si será una empleadita de tienda que sueña con ser actriz de telenovela; su cara se ve tan tranquila que parece imposible que pocas horas atrás hubiera estado a punto de matarse. Por un momento la luz del cuarto titila y recuerdo algo que escribió un ensayista inglés:
"Lo mismo que las luces de la cárcel disminuyen cuando se hace pasar la corriente por la silla eléctrica, así nos estremecemos en el fondo de nuestro corazón ante cada suicidio, pues no hay suicidio del que la sociedad entera no sea responsable". Si ni siquiera sabemos su nombre y sus mismos parientes la dejaron sola aquí, este 22 de diciembre, en el momento más oscuro de su vida ¿quién no abandonará a esta muchacha? ¿Quién le contestará al teléfono si ella quisiera llamar a pedir ayuda?

La psicóloga de turno en el 125 contesta siempre de la misma manera: "Salud mental, buenos días" o "Salud mental, buenas tardes". Como no hay un turno nocturno, nunca se saluda "Salud mental, buenas noches", y es una lástima porque según las estadísticas durante la noche aumenta la propensión al suicidio. Basta pararnos un momento a imaginar nuestra muerte deliberada para saber que probablemente sería así: menos cerca del mediodía que de la medianoche. Como me dice la psicóloga, "de noche se acentúa el contraste entre quienes están durmiendo y quienes no pueden dormir". Como confirmación de esto, no es la psicóloga diurna sino el médico de turno nocturno quien recibe el último caso al que asisto, el más grave de los que me tocan.
Se trata de un joven de 24 años, que vive por Teusaquillo. Ya es un conocido en el servicio pues ha tenido otros episodios de agresividad contra otros o contra sí. Es drogadicto, de lo que sea, pero como últimamente no se puede pagar ninguna droga, ni siquiera marihuana, se ha dedicado a oler pegante. Su familia es disfuncional; el padre le pega, la mamá, separada, no quiere volver a verlo ni saber de él. Viven en una casa que por fuera es casi burguesa, pero por dentro es una pocilga de desorden, ruido y suciedad. De la cocina sale un vaho maloliente, y el aspecto del muchacho (incoherente, sucio, perdido) rima con el estado de la casa.

Lo tienen amarrado pues hace unas cuantas horas decidió que sabía volar (eso dice un hermano), y se tiró por la ventana. Rompió varios cables de teléfono, lo que amortiguó el impacto de la caída y por eso nada le pasó. El muchacho niega esa versión, dice que no quiere volar, que simplemente se quería matar. Cuenta que el papá le pega, que a veces no tiene dónde dormir, que no le dan plata. El papá aclara que todo lo que le da se lo gasta en droga. El muchacho lo admite, pero dice que no es capaz de dejarla, que la necesita. Está mugriento, inquieto, tiembla de frío, tiene la ropa raída. Por momentos se pone agresivo y se levanta; grita y le quiere pegar a alguien de la familia. Al psiquiatra y a los enfermeros -que ya lo conocen- los trata con más respeto.

Ya ha estado varias veces en el hospital. Cuando no lo tienen sedado, se escapa. Ha intentado desintoxicarse en algunos centros especializados, pero no ha sido capaz de seguir nunca el tratamiento. Cuando está en fase agresiva, lo llevan a la policía, y allí lo esposan. A veces le pegan. También en la casa le pegan o lo amarran. El psiquiatra, aunque es pesimista sobre lo que puedan hacer, pues sin el apoyo de la familia es difícil que cualquier tratamiento surta algún efecto, resuelve internarlo de nuevo en el hospital. Eso no lo curará; solo le dará algunos días de tregua. El muchacho no quiere que se lo lleven, pero el enfermero le pone una inyección que en dos minutos lo deja desmadejado, dócil.

"Esta cosa acabó con las camisas de fuerza. Esto es mucho mejor que cuatro enfermeros fornidos", me explica el enfermero mostrándome la jeringa. De hecho, el joven se deja manejar como un trapo, obedece tranquilo, se lo llevan en andas y lo acuestan en la camilla.

Mientras lo acompañamos en la ambulancia hacia el hospital, trato de ponerme en su lugar. Creo que el razonamiento de muchacho, repetido una y otra vez, por inconexo que sea, no es del todo equivocado. Él se quiere morir. No le ve ningún sentido a su vida, ninguna perspectiva. Lo que el Estado le ofrece como solución (y ya es algo) es solamente un asilo temporal, que no lo curará de la adicción. La familia lo tiene abandonado; a duras penas pueden sobrellevar sus vidas; no son capaces de solucionar también la de él. Su infelicidad es tan honda, y sus perspectivas de mejoría tan remotas, que estoy por pensar que lo que él ha pensado hacer no es lo más insensato. En el suicida, escribió el poeta Yehuda Amijai, "la soledad de la muerte es la muerte de la soledad". La tristeza de la muerte sería también, en su caso, la muerte de la tristeza.

Pero harán un nuevo intento con la familia. Un hermano promete apoyarlo si él decide someterse a un tratamiento, gratuito, contra la drogadicción. Habrá que ver cuánto duran sus buenas intenciones; habrá que ver si tiene el tiempo y el valor para acompañar a su hermano, pues él mismo, desempleado y pobre, no está mucho mejor.
La vida, sin duda, es un gran valor: podemos disfrutar de la naturaleza, de los animales, la comida, el sexo, el arte, la curiosidad intelectual. Pero ¿qué pasa cuando la realidad de nuestras vidas concretas nos niega todo esto? Este joven que dejamos en el hospital no tiene nada, ni novia, ni afecto, ni apoyo, nada. Solo su adicción, y ni siquiera los recursos para hundirse en ella. Tal vez cuando escribo esto ya haya dado el salto definitivo desde una ventana más alta, y sin cables que lo atajen. Las luces de la ciudad titilan y todos deberíamos sentir un poco de la culpa por su muerte. Más que él. Él no tiene la culpa. Tal vez él, al suicidarse, escogió lo menos malo que, en sus circunstancias, podía hacer.

Los teléfonos de emergencias ayudan, en muchos casos. Pero no pueden cambiar ni enderezar una familia entera, una vida entera, toda una sociedad. Pienso en esto y me imagino a Marilyn Monroe hundiendo las teclas del número de ayuda: uno, dos, cinco. No es el Señor quien contesta, sino la voz amable de una psicóloga que hace lo posible por ayudar: "Salud mental, buenas tardes". ¿Marilyn Monroe se habría dejado de matar?

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