Tampoco he sido bueno para calcular pesos y estaturas. De hecho, me sorprendió hace no más de tres meses, en el baño de un hotel sin vista, descubrir que había superado la barrera de los sesenta kilos, en los que me mantuve tanto tiempo.

Pero de este señor al que le sumé siete décadas en su rigidez de muerto, en su imposibilidad de quitarse años con una sonrisa descarada o un gesto de complicidad en los ojos, sé que un kilo de más o un centímetro de más, habrían obligado a sus familiares a mandarle fabricar un ataúd con medidas más generosas que las convencionales.

La tapa del cajón rozaba su barriga prominente. La cabeza y los pies tocaban la madera, y no había espacio para los zapatos: inflamados, los dedos estiraban casi hasta rasgar la tela de unas medias blancas que no hacían juego con el vestido café con el que sus seres queridos decidieron enviarlo al más allá. No obstante sus dimensiones, dos horas después cupo sin problemas en una bolsa plástica apenas más grande que las que utilizan para guardar embutidos en la nevera, convertido en escarchas de hueso que no pesaban más de mil gramos. Las llamas del horno crematorio, tan parecidas a las llamas eternas que los artistas del medioevo pintaban alrededor de las almas en pena mucho antes de que un papa polaco decretara que el infierno no existía, habían reducido a cenizas sus carnes abundantes.

Su pelo escaso había empezado a chamuscarse aun antes de que cerraran la puerta de ese otro cajón de porcelana en el que la temperatura puede alcanzar los novecientos grados centígrados y su vestido café se había convertido en jirones en un par de minutos. La grasa que hasta hace poco rodeaba sus músculos ya flácidos por la edad alimentó la combustión de uno de los hornos que reducen a su mínima expresión los cuerpos de al menos quinientos finados al mes en el cementerio de Chapinero, en el norte de Bogotá. Protegidos con sofisticados tapabocas, los operarios evitaban los malos olores mientras acomodaban otros cuerpos en los hornos restantes, entre ellos el de una niña de no más de cinco años que parecía vestida para la primera comunión.

A pesar de que este país hace rato nos anestesió contra el dolor de las muertes ajenas, era fácil imaginar a la madre de esta niña arreglándola con esmero como todas las mañanas, deslizando una y otra vez el cepillo para alisar su pelo, estirando el vestido blanco para borrar las arrugas, entregándola a la parca como si a la vuelta de unas horas pudiera estar de regreso.

Cuando las primeras llamas tensionaron los tendones de sus delgadas extremidades y la niña levantó los brazos como si pretendiera despedirse para siempre de este mundo, el ingeniero que controla la operación, los empleados que acomodan los cuerpos y los curiosos que allí estábamos en la mañana de un miércoles de noviembre, como anticipando lo que algún día pasará con nosotros, no pudimos evitarlo: vi gestos de dolor y de rabia contenida -la muerte es caprichosa y rara vez ofrece explicaciones- y mis ojos se empañaron con un par de lágrimas que no alcanzaron a rodar por las mejillas. Pero otros once cadáveres esperaban su turno y no había tiempo para lamentarse.

De las ochenta y cinco personas que, en promedio, mueren al día en Bogotá, veintiocho hacen escala en alguno de los nueve hornos crematorios que hay en la ciudad, antes de llegar a ese destino final del que hablan los empresarios de la muerte. El cementerio de Chapinero reúne cuatro, que no solo convierten en cenizas y fragmentos de hueso cadáveres a los que les acaban de expedir el certificado de defunción, sino también los de centenares de cuerpos que han sido exhumados luego de permanecer en una bóveda de propiedad del Distrito durante los cuatro años por los que les fue alquilada. Y aunque los estudios señalan que en un clima como el de la Sabana al cabo de este tiempo se debe producir la reducción esquelética -es decir que en el ataúd no deben quedar más que huesos pelados y una mata de pelo que no se dejó degradar- son comunes los casos de momificación: drogas que la persona consumió en vida o ciertas sustancias químicas que utilizaron en la preparación del cadáver pueden lograr lo que para muchos sigue siendo un milagro.

Lo advierto de una vez por todas: cuando me llegue la hora, que me cremen. Que no quede más huella que un par de frases, una fotografía de los años felices y algún corazón enamorado. Eso de volverse a presentar ante los deudos, cuatro años después, convertido en un susto hecho carne, no va conmigo. Y también advierto: el fémur y las costillas hechas harina que los esparzan en el bosque al que me escapaba de niño, para que nadie tenga la aburrida tentación de cambiar un buen asado de domingo por el macabro plan de ir a visitar al abuelo al cementerio.

Lo cierto es que recién muertos y muertos ya casi olvidados engrosan día tras día -incluidos el 24 de diciembre y el primero de enero: porque la muerte no toma vacaciones- el kárdex de una entidad que, a pesar de trabajar con una materia prima en la que están presentes el luto y el dolor, funciona como una planta de producción. Como una industria de plásticos. ¿Como una procesadora de desechos?

Muchos piensan (yo también lo pensaba) que detrás de la pequeña puerta de metal que hay en la capilla del cementerio, por la cual se pasa el cajón después de las últimas palabras de un sacerdote que pretende convencernos de que la vida comienza en ese instante -la vida al revés, pero no como en la historia de Quino en la que todo termina con un gran orgasmo, está el horno.

Que el cuerpo sin vida pasa directamente de ese salón de torturas en el que casi todos lloran al pequeño recinto, inspirado en los campos de concentración de los nazis, en el que las llamas consumen primero la ropa, más tarde la carne y al final casi todo, menos unos cuantos pedazos de hueso. Dicen los funcionarios del cementerio que más de una vez han oído a los familiares cuando aseguran haber visto el fuego que consume a sus muertos.

No hay tal: poco antes de terminar la ceremonia, uno de los empleados coloca en la tapa del ataúd una "boleta de producción". Al otro lado de la puerta espera un operario que recibe el cajón, lo ubica en una camilla, lo lleva a lo largo de un pasillo que conduce a la zona de los hornos, lo ubica en una suerte de sala de espera al lado de los demás muertos del día y allí espera su turno de acuerdo con el número de la boleta, por lo general hasta el día siguiente.

Se trata, sin duda, de uno de los pocos lugares de esta ciudad acostumbrada a las palancas en los que se respeta de manera estricta el orden de llegada. A menos -siempre hay una excepción- que la aparición de un cadáver en avanzado estado de descomposición o con señales evidentes de haber muerto a causa de una enfermedad infectocontagiosa obligue a los operarios a pasarlo sin demora a los hornos, casi siempre con todo y féretro. Los demás ataúdes, que por lo general han sido alquilados, se devuelven a las funerarias, donde una limpieza profunda y un poco de brillo los vuelve a dejar como nuevos, para que logren completar al menos los cien servicios para los que han sido diseñados.

Cuando les llega el turno, el ingeniero mecánico que controla la operación calcula su peso para determinar la temperatura del horno y ordena su paso a aquel recinto, en el que durarán al menos 70 minutos bajo un chorro de fuego que cae directamente sobre la caja torácica, que es la parte más resistente del cuerpo.

Los que mueren al nacer y los niños de brazos que conocieron la muerte aún más pequeños que aquella niña vestida de blanco que difícilmente lograré sacar de mi cabeza, se consumen en una especie de fuego en bajo, ubicados muy cerca de la puerta del horno.

Aquella mañana, antes de que le llegara el turno al señor de setenta años al que tanto trabajo costó retirar del cajón, pude observar, recién retirados del horno que llevaba casi una hora enfriándose, los restos de uno de esos niños a los que el destino condenó a nacer para morir. Pregunté por unas piezas en forma de círculo que semejaban vértebras diminutas, pero el operario me explicó que se trataba de los botones del pañal. Ese es el riesgo de formular ciertas preguntas: que alguien termina respondiendo lo que uno no quiere oír. Lo cierto es que así como aquellos botones, también resisten el fuego las prótesis de platino, que se entregan junto con los huesos molidos como una de las pruebas que garantizan que la bolsa contiene los restos de ese cuerpo y no, como se especula con tanta frecuencia, una porción de muchos cuerpos incinerados unos al lado de los otros en una misma operación.

Una vez retirados del horno, los trozos de hueso -algunos de varios centímetros- se muelen hasta convertirlos en algo similar a un puñado de arena con fragmentos de conchas marinas, se empacan con el último desprendible de la boleta de producción y se llevan a un anaquel hasta que el familiar que previamente fue autorizado los retire. Solo uno, para evitar problemas, aunque alguna vez se presentaron al tiempo dos mujeres a reclamar las cenizas -ya se dijo: en realidad no son cenizas- de un mismo hombre al que amaron en vida. Una decía que había sido su esposa y otra aseguraba haberlo cuidado en la enfermedad, y las dos sentían que el pequeño cofre con los restos del hombre les pertenecía. Después de una larga discusión, el funcionario logró ponerlas de acuerdo, y cada una se fue muy tranquila para su casa con la mitad de la bolsa.

¿Y después? Cada quien decide: reparte los huesecillos entre los familiares, los rifa, los turna de casa en casa, los deja de por vida en un cenizario en el cementerio o en la iglesia, los bota al mar o los esparce en el bosque a donde el muerto se escapaba cuando estaba más vivo que nunca, para que nadie tenga la tentación de cambiar un buen asado de domingo por el macabro plan de ir a visitarlo.

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