Según las instrucciones recibidas, había que encontrar el sitio elegido en un laberíntico centro comercial de Bogotá y justo en uno de los fines de semana con mayor movimiento, pues coincidía con el Día de la Madre. Eso significaba que mientras miles de personas iban a estar buscando el regalo para sus mamás, sus esposas o sus suegras, yo estaría 'buscando la luz de una nueva vida'. Pensé que sería difícil encontrar el lugar. A unos cuantos metros comprobé que con el olor no habrían sido necesarias las indicaciones. El aroma del incienso se salía del salón y alcanzaba algunos pasillos y almacenes de los alrededores. No era evidentemente un castillo en medio de un bosque, ni un jardín de rosas y fuentes de agua. Era un espacio pequeño con sillas, espejos, algunas flores artificiales, un televisor y una grabadora. Una hilera de mantas dispuestas en el piso me hizo pensar de entrada en uno de los ejercicios grupales a los que tanto temía.

Una amiga con más de quince años de experiencias espirituales me había relatado su participación en unas sesiones intensas, emotivas y hasta dolorosas. Círculos de diálogos en los que cada participante destapaba su alma ante unos interlocutores que acababa de conocer y que podían aplaudirte, criticarte o simplemente contemplarte en silencio. O ejercicios de regresión tan precisos, que la persona lograba llegar hasta el vientre de su madre y encontrar allí todas las causas de sus problemas presentes. En alguna ocasión intenté acompañarla, pero cancelé la inscripción cuando me informaron que debía suspender todas las comidas un día antes y llevar pañal, pues durante unas horas estaría convertido en un bebé. Mi amiga, más arriesgada, por supuesto, siguió adelante y tardó tres días en recuperarse del impacto del curso. Averigüé un poco sobre esa técnica para la 'vivencia' de este artículo, pero no había pistas del maestro oriental que la promueve.

Con algo de prevención y absoluto desconocimiento de lo que vendría, me tiré al suelo, me quité los zapatos, me arropé con la manta, cerré los ojos y me dejé guiar por las instrucciones del Hermano Andrés. Él leía un texto en el que indicaba, paso a paso, cómo podría lograr una relajación total y liberadora. No imaginé que fuera tan tensionante relajarse.

Solo basta con que te digan que vas a dirigir tu pensamiento a un solo punto, a una imagen, a una nada, para que aparezcan, atropellados y desesperados, los recuerdos, las preocupaciones, las cuentas por pagar, las películas más recientes, toda clase de noticias y hasta las últimas fotografías de SoHo. La relajación se convierte en una lucha feroz entre la conciencia de la realidad y la imaginación. A los pocos minutos el que sale ganando es el sueño, como me lo hizo saber una vecina a quien mis esporádicos ronquidos le habían impedido alcanzar su tranquilidad absoluta.

"No pude", "quedé cansada", "otros pensamientos interfirieron", "sentí vértigo", decían mis compañeros. "Me duelen los dientes y las muelas; hice fuerza todo el tiempo", dije.

Para el Hermano Andrés esto no era problema, sino la primera muestra de que las cosas en el "yo interior" no funcionaban bien y que necesitábamos estar allí.

Y comenzó una jornada jamás imaginada de tests, que debíamos responder en minutos y que, según el conductor, debían reflejar el estado de ánimo, de salud o de gravedad de los participantes. Eran unos cuestionarios con una variedad tan grande de preguntas y afirmaciones sobre condiciones sicológicas y físicas de los seres humanos, que resultaba imposible no tener una respuesta a uno o a varios de los interrogantes, ni sentirse identificado con alguna de las afirmaciones. El caso es que después de una hora de intentar la relajación y revisar mi yo, ya me había convencido por mi propia cuenta de que estaba deprimido, sufría de estrés y podía padecer fatiga crónica. Pero sobre todo ?y era lo que más interesaba al curso?, no había duda de que necesitaba ayuda. Esa ayuda.

"Un test más y caigo redonda", me dijo (de todas maneras muy entusiasmada) otra de las asistentes.

En esa etapa de concientización, el Hermano soltó una de las primeras frases sugestivas que se seguirán escuchando durante toda la sesión: "Con nuestra técnica, usted va a salir de esto". Y por si quedan dudas de lo mal que podía estar, hizo el diagnóstico más preocupante: "Fumarse un cigarrillo al día ya es drogadicción".

Confieso que esperaba más acción, mayor interlocución, o sesiones grupales más intensas. Pero aquí la mayor parte del tiempo se va en responder cuestionarios sobre síntomas físicos y sicológicos para reafirmar, una y otra vez, que estás llevado. Te preguntan si a veces te culpas por lo que ocurre o que si culpas a los demás; si hablas mucho o si hablas poco; si sientes miedo en algunos lugares o circunstancias; si mascas chicle o si comes dulces; si tomas café o si te molestan las críticas. A algo de esto tienes que responder que sí. Yo 'admití' quince síntomas sicológicos. Le conté al grupo y el maestro me sentenció: "El tener solamente un síntoma, ya es grave". El test de síntomas físicos no fue más alentador. La tos esporádica, un dolor ocasional en la espalda, las molestias en los músculos después de un ejercicio y las dificultades para dormir completaron un cuadro dramático del que ninguno de los que habíamos ido en busca de la luz escapó.

Pero los documentos de todos los colores, que el Hermano sacaba y sacaba de un maletín sin fondo y sus frases contundentes, prometían que todo, por grave que fuera, podría resolverse con la técnica. Decía que la eficacia estaba avalada por la Universidad de Harvard y no por "cualquier universidad de medio pelo como las colombianas". Y sostenía repetidamente que "allí" habían llegado personas con enfermedades como cáncer y leucemia y fueron curadas en dos días. Frente a eso, mi caso era poco.

Promesas de esas se pueden hacer en muchas partes, pero lo que diría el Hermano después de casi veinte horas de agotadora jornada, sí era para alarmarse: "Esta es nuestra última presencia en el planeta Tierra. Estamos en emergencia cósmica". Su tesis es que "esto se acaba en el 2012 y que solo quedará un diez por ciento de la población de la Tierra", los que han logrado un cuarto nivel de conciencia.

Como si estuviera revelando un secreto, el maestro nos recordó que esa es una información privilegiada y que nosotros no llegamos hasta ella, sino que nos llevaron.

En mi caso era cierto. Yo no escogí el lugar. La revista lo hizo por mí y eso, sumado a la intención real de mi asistencia (hacer una nota periodística), me daban cierto grado de incredulidad frente al bombardeo de frases y textos que recibía. Pero me inquietaba cómo las otras personas, con su espíritu totalmente dispuesto y despojadas de cualquier armadura, parecían absorber afirmaciones como ésta con la que el Hermano ejemplificó el nivel de conciencia en que se encuentran muchos seres humanos: "Los indígenas colombianos no padecen las enfermedades de la selva; ¿y saben qué están haciendo los guerrilleros?? Se los están comiendo vivos para inmunizarse". Prometo investigar este tema, pero a mí por lo menos, me pareció en principio inverosímil.

Preocupado ya no solo por el estado de ánimo presente, sino por mi permanencia en la Tierra, recibí las catorce recomendaciones para llegar al estado de conciencia ideal. Van desde cambiar nuestra forma de pensar, aprender a relajarse profundamente, vivir el momento presente, eliminar las emociones y los sentimientos de nuestras vidas, hasta aprender a desapegarnos de nuestros seres queridos.

Y tras un ejercicio en el que parados frente a un espejo nos repetíamos en voz alta a nosotros mismos frases como "soy físicamente inmortal, soy la resurrección y la vida, soy plenitud y divinidad", escuché la última de las recomendaciones para mi salvación: "Propóngase a hacer todos los cursos, talleres y seminarios que se le aparezcan". Inmediatamente dos de mis compañeras preguntaron cómo podían inscribirse en el siguiente curso. En ese punto y faltando unas cuatro horas todavía de sesión, abandoné mi búsqueda de la luz. Afuera todavía quedaba un poco de sol.

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