Una Semana Santa de putas en Popayán

Una Semana Santa de putas en Popayán

Paradojas tienen Dios y los hombres. Durante Semana Santa, Popayán es la ciudad con más pasión y menos sexo de Colombia.


Paradojas tienen Dios y los hombres. Durante Semana Santa, Popayán es la ciudad con más pasión y menos sexo de Colombia. ¿Quién podría enfrentar la ira divina?, ¿quién sería capaz de fornicar mientras que a pocas cuadras vírgenes y santos pasan al frente de miles de payaneses orgullosos de sus procesiones?
Las preguntas tienen respuesta, y en ambos casos es la misma: Héctor Fabio, quien está pecando desde el viernes pasado. Una noche de juerga se le convirtieron, sin darse cuenta, en siete. Es que el tiempo vuela cuando se está pasando bueno.

La llegada, la búsqueda, el encuentro
Popayán, 13 de abril. Este jueves es santo. En el camino al hotel casi no soy capaz de preguntarle al chofer por un lugar donde encontrar "chicas". El tipo me vio cara de decente, porque lo que me recomendó -más tarde me enteraría- no fue un lupanar sino un bailadero: El Oasis. Al parecer, entre él y yo hay serias diferencias conceptuales acerca de lo que una "chica" debe ser.
El segundo chofer abordado sí entiende el mensaje y no duda en llevarme a La Piedra Sur, una zona sobre la carretera hacia Pasto, que es como una mixtura entre barrios periféricos, casas de prostitución, piqueteaderos y terrenos baldíos. Tomamos la primera curva y ahí están: Arizona, Kassandra's y El Solar, los tres al hilo. El primero le hace honor a su nombre, abandonado, como el inhóspito desierto norteamericano. A unos 15 metros, Kassandra's tiene la puerta abierta, pero una reja me impide pasar. No puedo ver que hay dos mujeres dormidas en los sofás donde usualmente se sientan los clientes. Cada una se echa un motoso, arropada en vaporosa sábana raída. Sin levantarse de su improvisada cama, una de ellas me pregunta con tono agresivo que qué quiero. Pongo cara de enfermo sexual y pregunto por chicas.
No hay servicio. Todas se fueron, a nosotras nos tienen cuidando.
No insisto. Se nota que ninguna de las dos está dispuesta a ganarse unos pesos con lo que Dios le dio.
El Solar podría ser mi última esperanza, pero al acercarme al sitio, veo que presenta el mismo panorama de puerta abierta y reja cerrada. Al lado, en un nivel inferior al de la carretera, hay una casa donde, según me dijeron en una miscelánea, se quedan las prostitutas que no salieron en estos días. Bajo las empinadas escaleras y es ahí cuando puedo ver la casa en toda su tristeza. Una fachada roja atacada por la humedad, las ventanas con barrotes y sin vidrios, la puerta de metal pelado y oxidado. Toco el timbre y tras una tensa espera me abre Valentina. Es negra. No puedo quitarle la mirada al tímido bozo que corona su labio superior, ni a la mancha -más clara que el color de su piel- que tiene a un lado de su cuello. La conversación es difícil. Le logro sacar información, poca y algo vaga.
No me fui para Cali. Trabajé el miércoles, ahora estamos cerrados. Si se presenta un cliente, lo atiendo. El rato cuesta $30.000. Estoy yo y otras dos que también se quedaron. También son de Cali. Ahora están durmiendo. Volvemos a abrir el sábado. Jueves y viernes son días muertos, la gente respeta mucho estas fechas.
Quedamos en vernos por la noche para seguir hablando. Eso sí, me va a tocar darle los $30.000 del rato así no le toque un pelo. Ahora, 4:30 p.m., es hora de ver si en Popayán hay prostitución más allá de La Piedra Sur. La conversación con el Rafael, el chofer del nuevo taxi, vuelve a ser difícil. porque lleva de "pato" a su hijo de diez años. Según él, hay otros dos lugares muy visitados: Los Helechos y Punto 30. Están al otro lado de la ciudad, en el norte, a donde solo los colectivos y buses pueden ir porque una ley municipal se lo impide a los taxis. Si la Policía nos coge la multa será grande, pero por $40.000 vale la pena arriesgarse.
La tarde es soleada, calurosa. En ese momento es imposible prever el prolongado aguacero que caerá en la noche. Después de 20 minutos y dos retenes donde los agentes se hacen los de la vista gorda, llegamos a Los Helechos. Es una casa de blanca y prolongada fachada. Dicen que es el mejor prostíbulo de la ciudad, pero a mí no me parece gran cosa. En el local del lado, una miscelánea, para variar; una mujer barre el frente. Se llama Marta Navarro. Es rubia, ojiverde y con la cara algo demacrada por los años. La prematura vejez no le quita lo amable.
Yo soy la dueña del local. Lo tengo alquilado. El nuevo arrendador le cambió el nombre. Ahora se llama Lolita´s y tiene jacuzzi y zona VIP. Yo lo estoy cuidando en estos días. Ayer miércoles trabajaron. Vuelven todas el sábado. En todos los años que lleva, unos 15, este local nunca ha abierto jueves ni viernes santo.
Salimos rumbo a Punto 30. Queda en la carretera a Neiva. El estado de la vía corresponde más a una zona de Irak recién bombardeada que al sur de Colombia. En el lugar más crítico hay dos niños de no más de seis años echando arena con una pala. Rafael saca una moneda de $500 y se la da.
Un gran muro azul es un escollo insalvable. Solo una pequeña ventana enrejada permite mirar hacia adentro del lote. A la izquierda, la casa; a la derecha, un jardín, o mejor, un intento de jardín. Pocos arbustos y escaso pasto lo adornan. Toco el timbre sin saber si alguien lo oyó o no. Mi llamado es atendido por un hombre joven con camiseta del Nacional.
No hay chicas, solo dos, pero no quieren trabajar ni hoy ni mañana. No insista que no van a atender. Ya tienen plan para ir a ver las procesiones con dos señores.
Insisto. Pido hablar con ellas, quiero oír directamente el "no". Él me hace caso, vuelve en poco tiempo y me dice que definitivamente no tienen tiempo para mí.
Siete de la noche. Es hora de un descanso. Mi hotel tiene televisión por cable. Cincuenta canales y nueve transmitiendo eventos de Semana Santa. ¿Qué hago yo buscando putas, entonces?

Cumpliendo la cita
El cielo está de un rojo raro. Va a llover. Vuelvo a esa casa sumida junto a El Solar. No hay una luz que ilumine la entrada, haciendo las escaleras más peligrosas. El paisaje es una mezcla de desesperanza y terror. Abre Valentina, pero no es la mujer amable de por la tarde. Se niega a hablar. Mi insitencia. llama la atención de una de las amigas que por la tarde estaba durmiendo (Sandra) y de un cliente (Héctor Fabio).
Nos preguntan qué está pasando. En realidad le preguntan a Valentina, ignorándome por completo. Después de oír la explicación, Sandra accede a hablar si le pago el rato (a $30.000). Héctor también está de acuerdo, pero insiste en que no le tomemos fotos. Está sin camisa, tiene un tatuaje cerca del hombro y sobre el tatuaje, una cicatriz. No me atrevo a preguntarle qué le pasó.
Me hacen seguir a un cuarto, el primero a mano derecha de la descuidada casa. La miseria agrede. Dos literas con cuatro colchones desnudos, poca pintura y mucha humedad en las paredes, un bombillo de 100 vatios por única luz. Quiero hablar con Sandra, pero Héctor siempre interrumpe. Está allí desde el viernes pasado, tomando, metiendo droga, fornicando. Se le nota, está acelerado, no para de hablar, de querer fijar los términos de nuestra cita. Sandra (28 años, uno como prostituta; dos hijos) está ida. Quiere hablar, necesita la plata, pero el ímpetu de Héctor y los estragos de seis días de juerga y trabajo se lo impiden.
Acordamos en que es mejor salir de ahí. Tomamos otro taxi para encontrarnos con amigas de Sandra que están pasando estos días en un hotel del centro. Dejo que Héctor me guíe. No para de hablar, de hacer aclaraciones inútiles sobre la ciudad, la prostitución, la Semana Santa, el clima, él mismo. Yo trato de no ponerle atención, pero resulta imposible. De alguna manera se encarga de que no le quite los ojos de encima. Tiene una botella de ron en la mano y papeletas de perico en el bolsillo, su dieta durante la última semana.
Yo le cuento todo lo que quiera, lo llevo a todas partes, pero al final de la noche usted se va conmigo para la casa y le dice a mi mujer que me perdí seis días porque estaba ayudándole con el artículo.
Héctor no le teme a Dios, pero sí a su esposa. Interesante. Llegamos al centro a las diez de la noche, justo para el final de la procesión del Señor de la Veracruz, que no se ha suspendido pese a la lluvia que cae desde hace más de media hora. Muchas calles están cerradas, por lo que tendremos que dar varias vueltas para llegar a nuestro destino. Héctor nos dice que tranquilos, que él se encarga. Se acerca a uno de los policías que sirven de cordón humano en la procesión y en una cadencia silábica impropia del español le pide que nos deje atravesarla. El agente mira aterrado por la solicitud. Yo me quiero morir de la vergüenza.
Estamos empapados y perdidos. Toda la zona histórica de Popayán es igual, al menos para un turista y dos parroquianos jartos de licor y droga. Mientras encontramos el hotel Casa Real, Sandra intenta contarme su historia. En un jueves normal puede atender hasta a cuatro clientes, todos a $30.000, pero hoy ha estado solo con Héctor Fabio. Ha tomado mucho y no deja de repetir que sería feliz si pudiera pedirle ayuda a alguien para salirse de la prostitución. Si el discurso de él peca por atropellado, el de ella lo hace por repetitivo.
Llegamos al Casa Real, ubicado a dos cuadras de uno de los puntos por donde pasa la procesión. Espero afuera mientras Sandra sube por sus amigas. Héctor saca una papeleta de perico. Me pide una llave. Sí tengo, pero miento. Abre la papeleta, la vierte sobre su mano y antes de aspirar vuelve a pedirme una llave. Vuelvo a decirle que no tengo. Aspira. Le quedan rastros en la fosa nasal izquierda.
Baja Sandra acompañada por Verónica. Tatuaje de diabla al final de la espalda, top rosado, tetas grandes. Ya le contaron a qué se debe mi visita, pero quiere que le vuelva a echar el cuento. Me dice que me cobra $30.000, siempre $30.000, los mismos que tendría que pagar un cliente.
Soy paisa, tengo 20 años. Atiendo a unos seis hombre al día. Ahora estoy con mi novio. Si me sale trabajo tendría que inventarle a él que voy a dar una vuelta con unas amigas. Si el cliente quiere amanecer conmigo nos podemos ir a un sitio llamado Tres Lunas, pero le cobro $100.000. Llegué a Popayán por unas compañeras que me dijeron que Semana Santa acá era muy bueno. Trabajé ayer miércoles. El sábado vuelvo a El Solar porque la gente va a querer desquitarse de jueves y viernes.

De Cartago para el mundo
Verónica sube a su cuarto. Sandra me pide que espere, va a bajar con otra amiga. Tras cinco minutos aparece con Jessica, y como en la canción de Lou Reed, plucked her eyebrows on the way, shaved her legs and then he was a she. Pelo rizado y corto, dos colitas tipo chilindrina, abdomen plano con algo de vello oscuro, al igual que en el bozo. Mi nerviosismo inicial se convierte en pavor, casi no puedo hablar.
Me la (¿lo?) presentan en plenas escaleras y entre las primeras frases que dice, está: "Es que yo soy un travesti". ¡Como si no se notara! Nos invita a subir al lobby para hablar más tranquilos. Héctor pone la botella de ron en la mesa de centro y Jessica, de apenas 18 años, comienza a hablar.
Mi "oficina" es acá abajo, a una cuadra, en el Idema. Las demás trabajan en un local, yo estoy en la calle. Llegué de Cartago hace un mes y me ha ido bien. Es que a los hombres les gustan las cosas raras. Muchos se acercan y cuando ven que no soy mujer, igual se quedan conmigo. Yo lo he hecho con ingenieros, policías, abogados, soldados. Algunos me piden que haga yo de hombre, pero no me gusta. Tampoco lo he hecho nunca con una mujer. Acá hay un gremio de travestis. Está Topacio y también está Sharon, que tiene una peluquería. Las dos tienen silicona.
La conversación ha tomado un curso interesante. Yo callo mientras Héctor, Sandra y Jessica comienzan a hablar sobre las diferencias entre un travesti, un gay y un transexual. La charla llega a Popayán y Jessica dice que sus habitantes creen que es como Jerusalén, toda blanca y religiosa, pero que más bien se parece a Sodoma y Gomorra.
Es más de la 1:00 a.m. y no quiero estar más ahí. Saco la plata, pago y me despido. Héctor se para y me dice que no me vaya, que pidamos otra de ron. Me niego. Invento una cita en Cali al día siguiente a las 8:00 a.m. y mi despido si no la cumplo.
Yo lo ayudé a usted, ahora usted ayúdeme a mí. Yo tengo una prima que es fiscal. Puedo hablar con ella y meterlo en un problema si saca el artículo. Quédese y nos tomamos una más, yo la pago. (De pronto, un momento de inesperada lucidez)... Tiene razón, usted no es como yo. Discúlpeme de verdad, mi pana.
No me deja ir limpio. Me pide $10.000 por habernos acompañado. Nadie le dijo que viniera con nosotros, pero se los doy. Dios: les pagué a dos prostitutas y un travesti, pero no tuve sexo con ninguno. ¿Hay un perdón para mí?

La resaca
Bello viernes santo. ¿Que siempre llueve? Mentira. Las nubes podrían agrietarse en cualquier momento, pero milagrosamente no lo harán.
A las 7:30 p.m. estoy en el Templo de San Francisco para seguir la procesión del Santo Entierro de Cristo. Finalizado el evento, me dirijo al Casa Real a ver si por esos lados anda Jessica trabajando. Ya me conocen y me dejan entrar sin problema. Mientras espero hablo con César, el del lobby. Le pregunto por el precio de una habitación. $25.000 por noche, con baño y televisión por cable.
Sale ella (¿él?) envuelta en una sábana blanca con flores rosadas y una toalla en la cabeza. La cogí en plena sesión de maquillaje y vestuario, pero no tiene problema en sentarse a hablar un rato. Es como una diva, una diosa loca de otro mundo y otro tiempo.
César es gay. Yo le digo que salga del clóset porque muchos terminan reprimidos y en las drogas. Cuando salí de mi casa me fui a vivir con mi hermana, pero peleamos hace cuatro meses; por eso terminé acá. Yo salí de Cartago como Johnnier Andrés y quiero volver, pero como Jessica. Estoy ahorrando y cogiendo fuerzas. Me voy a operar los senos y a tatuar una libélula en la espalda. Me la va a hacer Mamut.
Entra Mamut al lobby, pero no saluda. Es paisa, se llama Eduard, hace piercings y tatuajes. Se mueve por el sur de Colombia. Vive en Casa Real hace más de un año. Parece ser el más cuerdo de todos los personajes que he conocido en esta Semana Santa. Es curioso, pero ninguno es payanés, salvo Héctor Fabio, quien por fortuna no volvió a aparecer.
Salgo del hotel. Doy una vuelta por el Idema, la "oficina" de Jessica. No hay mucho movimiento, salvo una joven recostada en el marco de una puerta. No sé si es una prostituta o simplemente salió a ver qué traía la calle. Me trajo a mí y no pasó nada.
El centro histórico de Popayán es igual. Me he perdido de nuevo y esta vez no hay quién me guíe. Camino una cuadra más y sin darme cuenta estoy en la puerta de mi hotel. Son más de las 12 y por acá asustan. Mañana será otro día y todos los lupanares estarán llenos de vida y clientes otra vez, como si el sábado no fuera santo y jueves y viernes nunca hubieran existido.
Verónica, Valentina, Sandra y Jessica son ya un vago recuerdo que quiero olvidar. Todas son jovencísimas, ninguna ha pasado más de una Semana Santa en Popayán, una inmensa cárcel de 469 años y fervorosa fe católica. Imagino un mundo al revés, o al derecho, donde sean ellas quienes en un viernes santo salgan sobre esos pesados pedestales de casi media tonelada para ser adoradas por los feligreses.
 
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