Hubiera cerrado los ojos mientras hacía la fila para entrar y habría creído que estaba frente a una obra en construcción y que el ruido venía de una mezcladora de cemento, o de cualquier máquina que emitiera un monótono chispún chispún. Pero los del ruido eran unos Dj''s españoles, importados especialmente para esa noche, y el que hacía la fila para escucharlos era yo, un fanático de la música para planchar, un nada que ver con la música trance, un bebedor moderado, que no fuma ni mete nada, una mosca en leche esa noche y en ese lugar.

Lo que sonaba adentro, entonces, era música, y el chispún chispún eran los sonidos bajos, que según dicen, salen con la intención de cortejarles el ritmo a los latidos del corazón. En la fila, adelante y atrás, todos eran más jóvenes que yo, y en el grupo que me asignaron para esta expedición la edad promedio era la mitad de la mía, aunque me doblaban en experiencia y vitalidad. Eran cuatro preciosas princesas, cuyos nombres no digo porque sus mamás las pueden regañar; a dos de ellas las llamaban Abundancia y Escasez, porque a una la vida la dotó en el pecho con todo lo que a la otra le negó. Todas ellas me inundaron de confianza para franquear la puerta y entrar al desmesurado mundo del trance.

—Mi abuelita me recomendó tu novela —me dijo una de las princesas cuando entramos a un pequeño cubículo, donde tocaba esperar a que se cerrara una puerta para que se abriera otra, como en los sitios de alta seguridad. Cuando la otra se abrió nos golpeó un chispún chispún ensordecedor. Las princesas ya iban saltando, abriéndose espacio entre la multitud que también saltaba. Todos brincaban menos yo.

—¡Esto es trance progresivo! —me gritó una de ellas, en la oreja.
El día anterior yo había entrado a Internet para averiguar sobre el asunto y no quedar como un completo inexperto, pero esto del trance progresivo no apareció en ninguna de las páginas que consulté. En mi memoria tenía varios ases, listos para cualquier momento: techno, house, drum and bass, breakbeat, two step, todos pertenecientes a la música electrónica, como el trance. También recordé que lo importante en esta música eran el tempo y el groove (¿?).

—¡Chévere! —le grité a la princesa, en su oreja.
Mentía, nunca en mi vida había oído una música tan distinta a mí. Al fondo divisé lo que todavía me atrevo a llamar pista de baile; lo digo porque allí era donde se concentraba la acción de brincar. Hacia allá enfiló mi grupo y yo lo seguí pensando que ya era hora de un trago para no desfallecer. Otra princesa leyó mi mente:

—Tranquilo —me dijo—, ya pedimos vodka con Redbull.

—¡¿Red qué?!
Cuando vi la lata la reconocí, la había visto en el gimnasio y varias veces observé a algunos fisioculturistas tomándola para levantar todo el peso del mundo. Es una bebida energizante, con vitaminas, carbohidratos, mucha cafeína y taurina.

—La hacen con testículos —me dijo Abundancia.

—¿De hombre o de toro? —le pregunté.

—De hombre —dijo ella, saboreándose.
Puro cuento. También averigüé en Internet que la tal taurina es solo un aminoácido, producido sintéticamente para esta bebida. El caso es que en estas rumbas se toma con licor, o sola, cuando se han ingerido otras sustancias. El Redbull me supo a bombombún, a confite, a una fiesta para niños que nada tiene que ver con las delirantes fiestas de 36 horas, los famosos raves, que también patrocina Redbull. Al segundo trago ya estaba hostigado de dulce. Voy a cambiar, les dije a las de mi grupo; se miraron entre sí maliciosamente y una de ellas dijo: ya vuelvo. Mientras tanto, se nos unió un vaquero venezolano que tenía a todos embobados con su forma de bailar, un completo contorsionista que tocaba el piso con la espalda sin inmutarse, sin ayudarse con la mano, sin agarrase de nada más que de su ritmo. Las princesas enloquecieron y me arrastraron con el vaquero al centro de la pista, donde no cabía ni un alfiler. Yo me excusé de saltar y les dije que me iba a ver al Dj.

Me pregunté cómo se podía trabajar en el oscuro con gafas para sol. Luego entendí que no necesitaba ver sino oír. Después no entendí nada más, porque vi que el hombre no colocaba Cd’s sino long plays, acetatos, como los que tengo en mi colección de Camilo Sesto y Roberto Carlos. Tenía dos tornamesas, uno a cada lado, pero me pareció que no tenían motor porque el Dj giraba los discos con la mano, hacia delante y atrás, como si los quisiera rayar. La verdad es que ya sonaban rayados. También había una pequeña consola en el centro con botones y palancas, que a veces manipulaba para mezclar el rayón de un disco con el rayón del otro. Para combinar un chispún con otro chispún. Todo esto lo hacía saltando como los demás. Recordé que cuando yo era más joven y salía más, a veces me gustaba conversar con los Dj’s, y mientras pasaba la canción, ellos se tomaban un trago o se fumaban un cigarrillo.

Entre el gentío vi una mano que me llamaba, una princesa me necesitaba en un rincón. Tardé en cruzar la masa y ella me recibió con una sonrisa espiritual. Luego formuló unas palabras que yo no escuchaba desde la niñez, pero que cuando se pronunciaban despertaban en mí todo un miedo acumulado de dos mil años atrás. La princesa me gritó muy cerca de la cara:

—La comunión.
Sin pensarlo, como lo hice siempre, cerré los ojos, abrí la boca y saqué la lengua para que sobre ella la princesa pusiera lo que yo tenía que tragar. Un sabor amargo, como de Aspirina, me alertó que aquello no era una hostia ni mi dosis diaria de Propecia. Pero antes de reaccionar, ya el vodka con Redbull había resbalado velozmente una pastilla de éxtasis hacia mi estómago.

—¡¿Qué era eso?! —pregunté, conociendo perfectamente lo que era.

—Metilendioximetanfetamina —me contestó.
Me llevé la mano a la garganta como si aún pudiera impedir que bajara, y tratando de cambiar el horror por profesionalismo, le pregunté:

—¿De qué tipo?

—Carita feliz roja.
La reconocí en mi memoria junto con otras: mitsubishi, picapiedra, superman, green euro, Harry Potter, mariposa… El corazón me latía más rápido que el chispún chispún y las piernas se me pusieron frías; ya me hizo efecto, pensé.

—Ya me estalló —le dije a la princesa.
Ella se rió burlonamente, se acercó a mi oreja y dijo: todavía no, eso toma su tiempo. Espera tranquilo, relájate, disfruta la noche. Me tomó de la mano y me llevó hasta el epicentro de la rumba donde estaba mi grupo, brincando alrededor del vaquero venezolano. No supe si se me había adelantado el efecto, pero me pareció ver a un enano bailando en medio de la turba. No alucinaba, era un enano.

Últimamente me persiguen mucho.

Mientras llegaba el efecto pensé, con seriedad, en todo lo que me podía pasar: un golpe de calor y después el colapso, una cicatriz en el cerebro que se instala allí como un cordón de zapato, la pérdida de la memoria, un cambio brusco en la personalidad, la esquizofrenia, ataques de pánico y hasta la muerte. Busqué agua para beber pero también recordé que el agua no sirve como antídoto y que ya alguien había muerto por beberla en exceso: se le disolvió el nivel de sodio en la sangre, se le hinchó el cerebro y adiós.

Miré a los demás y pensé: pero si se ven tan contentos. Con o sin pepa, todos gozaban más que yo, bailaban sin pensar en las cosas raras de la droga, en la contradicción de buscar la alegría en algo que tarde o temprano te va a desnucar, en un viaje donde lo peor es el regreso, en sucumbir ante el engaño de una falsa felicidad. Argumentos inútiles porque muchas veces sí dan ganas de escapar, porque el mundo sí es una mierda y porque muy en el fondo no soportamos nuestra irremediable condición de mortales. Hay una idea que anda suelta alrededor de todo esto y creo que tiene que ver con una palabra peligrosa: adicción. Algo anda mal con el proyecto humano y la prueba está ahí: la droga de moda en los colegios norteamericanos es una antidepresivo llamado OxyContin. Y pensar que todavía hay gobernantes pacatos que creen que la solución es acostarse temprano. Como si la noche no fuera un derecho que tiene la juventud y no fuera también parte del día. Su flamante ley zanahoria no ha hecho otra cosa que alimentar un deseo de libertad, una ira contra la represión que muchas veces se traduce en la búsqueda de situaciones y lugares que permitan violar esa tonta ley.

—¡Hey! —Sentí chasquear unos dedos de princesa frente a mis ojos.

—Deje esa cara de cantaleta —dijo Escasez.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Abundancia.
En pendejadas, pensé pero no les dije. Ellas, en cambio, me anunciaron que nos íbamos para otro lugar, no sin antes preguntar duro y al unísono:

—¡¿Ya te estalló?!
Yo miré hacia los lados seguro de que todo el mundo había oído, y mientras salíamos les dije que cómo iba a saber si me había estallado si no conocía lo que iba a sentir. La felicidad, dijo Abundancia; un calambre delicioso que te sube por lo pies, dijo otra; ganas de tocar y de que te toquen, dijo Escasez; una sensibilidad por todo el cuerpo, dijo una, como si tuvieras la piel delgadita.
Concluí, entonces, que todavía no había hecho efecto, que posiblemente mi prevención no la dejaría estallar.

—Yo me siento bien —les dije a las princesas—. Tranquilo —y después les grité—: ¡espérenme!
Caminábamos por la calle hacia el otro sitio, y las princesas se miraron perplejas entre sí como si no me hubieran entendido, por eso repetí: ¡espérenme!

—Pero si vas al lado de nosotras —dijo una, medio ofuscada.
Yo no lo sentía así. Para mí ellas iban mucho más adelante, tomando cada vez más distancia. Entonces, en lugar de pedirles otra vez que me esperaran, decidí contarles la verdad:

—La calle va más rápido que yo.
Casi se orinan de la risa; luego fueron más condescendientes. Me tomaron de los brazos, me abrazaron, me dijeron que estuviera tranquilo, que me la gozara, y algo imposible: que fuera feliz.

El otro sitio
Por suerte había menos luz y más aire; por desgracia había una escalera larga en caracol y un par de pisos por subir. Mis princesas me ayudaron y llegué sin tropiezos, aunque insisto: la calle llegó primero que yo.

Busqué una esquina para mí solo aunque el problema fue que otros me buscaron a mí. Me encontré con varios
conocidos y me tocó saludar; traté de poner cara de aquí no pasa nada, pero estoy seguro de que el fingimiento resultó peor y puse cara de me está pasando de todo. Era verdad. El calambre no me empezó por los pies, como me dijeron, sino que comenzó por la cabeza. Al revés. Y no me dieron ganas de tocar a la gente, ni de que me tocaran, sino de que la gente se fuera y me dejara solo. Y no era que sintiera la piel delgadita sino que no sentía piel. —¿Qué vas a tomar?, me preguntaron; Redbull sin vodka, fue lo que pedí.
Subí a una terraza abierta al aire libre. Creía que refrescándome me iba a sentir mejor, pero contrario a lo que leí en Internet, en lugar de darme un golpe de calor, me agarró un golpe de frío que me hizo bajar al minuto. Encontré la rumba en pleno frenesí, como si a todos les hubiera estallado como tenía que ser, aunque sé que todos no eran tan irresponsables como yo. Muchos solo vienen a sentirse parte de este universo alucinante, mágico y vertiginoso donde a través del chispún y el brinco se deshacen de la basura que han heredado del mundo adulto; vienen a ponerse a tono con la cultura del siglo veintiuno, en un país que no ha podido salir del diecinueve.

Escasez apareció con una amiga que yo no conocía y me la presentó. No sé qué hice pero la amiga le preguntó a Escasez que qué me pasaba.

—Nada —le respondió—. Que se comió a Pepita Mendieta.
Y se fueron. Yo asumí que comenzaba a panfletearme, que andaría como un zombi con mirada de estrangulador. Fui al baño a mirarme pero me vi normal; me fijé si la pepa ya me había sacado manchas en la piel, como había leído.
Nada pasaba, por fuera seguía igual a como llegué; entonces aproveché para orinar.

A veces me sentía bien y otras mal. No supe si fue el éxtasis o la culpa pero a ratos me invadía la paz y a ratos la angustia. Para justificarme me pregunté qué tenía de distinto esta droga al Rivotril que me tomaba en las noches para dormir, a las sobredosis de Lexotán con las que me atiborro siempre antes de subirme a un avión, o a las docenas de chocolates que me embuto cuando estoy aburrido. Que por qué no siento culpa al tomarme una droga para calmarme y sí cuando me la tomo dizque para ponerme feliz.

—¿Cómo vas? —me preguntó Abundancia.

—¿Cuánto me dura? —le pregunté yo.
Me dijo que de seis a siete horas, y luego insistió: ¿pero estás bien?

Sí, estaba bien, me sentía tranquilo, qué más que la música ya no me estorbaba. Me imaginé cómo sería meter éxtasis oyendo a Paloma San Basilio o a José José y me gustó la idea, aunque no estaba muy seguro de repetir. Además, el origen del éxtasis es el mismo de mis canciones: los amores despechados que algunos psicólogos, por allá en los años setenta, trataron de conciliar dándoles a las parejas en conflicto una dosis controlada. Éxtasis para reparar las cagadas del amor.

La noche avanzaba narcotizada a otra velocidad mientras yo insistía en arrinconarme. En los baños había mucha acción, hasta nos tomaban fotos orinando. Las manos se estiraban furtivamente para recibir un pequeño envuelto, una pastilla, un cigarrillo recién enrollado, o hasta una señal para intimar. Los baños son la zona franca de la rumba. De regreso hacia mi esquina eché un vistazo para buscar a mi gente, pero no la encontré. Sólo estaba el vaquero que se me acercó bailando.

—¿Por qué no has bailado? —me preguntó sin dejar de menearse.
Me imaginé metido en su vestido de cowboy, atrayendo las miradas de todos y le respondí: porque no me gustan el tempo ni el groove.

Le pregunté luego por las princesas y me dijo que se habían ido. Se fueron a sacarle la lengua a la ley zanahoria en otro sitio que no le cierra las puertas al amanecer, a ejercer su derecho de acostarse a la hora que a uno le dé la gana. Se fueron sin despedirse y no me preguntaron si me había gustado lo que fui a probar.

No, princesas, no me gustó. Como con toda droga, me sentí preso de una falacia. Me quedaba una sensación viscosa y edulcorante. No le veía mucho sentido a pagar por un poco de alegría y sensibilidad, y todas las justificaciones me sonaron como voces de película doblada. También hubiera querido que a ustedes no les gustara, princesas.

Mi casa
Como a las no sé qué horas decidí irme. Todavía en la calle el chispún seguía martillándome la cabeza. Subí las ventanillas del carro para aislarme y ahí siguió: chispún chispún. Un semáforo se puso en rojo y paré. Frente a mis luces, un niño de la calle se puso la mano detrás de la oreja y comenzó a bailar el baile del pirulino; parecía un marciano desnutrido. No le di nada. Sólo en ese momento agradecí estar fuera de mí.

Me acosté a pesar de que sabía que no iba a dormir. Todavía no había quemado pepa. Me acosté a pensar y a comer techo; también me levantaba a orinar cada cinco minutos. En una de esas paradas me asomé por la ventana y vi que estaba amaneciendo. Confirmé que lo que este mundo tiene de infame también lo tiene de sublime, en la misma proporción. Me volví a acostar; el chispún chispún chispún no me dejaba dormir y para embolatarlo prendí la televisión. Pasaba canales porque nada me enganchaba, le di tres vueltas a todo el menú hasta que frené en seco en un canal. En un escenario cualquiera cantaba Juan Gabriel, embutido en un traje oro y negro, como un picador viejo que se resiste a que lo saquen del ruedo, rejuvenecido a punta de cirugías y coloretes. Cantaba, zapateaba y manoteaba capoteando su gordura y entregado a su canción. Él se encargó de sacarme el rebelde chispún y me lo fue cambiando, muy lentamente, por un amanerado, melodioso y reconfortante laralá, laralá, laralá.

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