Cuando los funcionarios del aeropuerto de Tel Aviv me ordenaron que me quitara el pantalón, no lo pensé dos veces pese a que no tenía calzoncillos. La escena no iba a ser de su agrado y para mí sería una pequeña venganza por la hora de interrogatorio a la que me habían sometido. Me los bajé, los dos dijeron algo en hebreo y se taparon la cara. Lleno de rabia, pero parcialmente resarcido, emprendí el regreso a casa. Pero ese es el final de la historia. El comienzo es en el mismo aeropuerto de Ben Gurion tres días antes. Son las cuatro de la mañana de un domingo y el lugar está tan lleno que parece lunes a primera hora. Poco tardo en hacer la conversión del cristianismo al judaísmo, religión que usa el sábado parta descansar. Al ser domingo, primer día laboral, la semana es virgen y seis días de trabajo preceden al próximo sabbath.

Armé el viaje sobre la hora, sin saber cómo llegaría a Cafarnaum ni qué encontraría allí. Tuve idea de lo que se venía cuando un agente de aduana me retuvo durante quince minutos, mientras consultaba por cuánto tiempo debía darme la visa. En un país donde cualquier hecho que se salga del protocolo es un posible atentado terrorista, razones no faltaban para que sospecharan de un hombre colombiano viajando solo, con cara de árabe y apellido Zableh.

Sin mucho drama me dieron visa por una semana, aunque de haber sabido que mi abuelo, Bichara, era palestino, nacido en Belén y que mis planes después de ir a Cafarnaum eran ser el primer miembro de mi familia en setenta años en visitar su pueblo, seguro me deportaban. A cambio de eso, dejaron el plato fuerte para la salida.

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Ninguno de los cuatro puntos de información del aeropuerto me sirvió para datearme sobre Cafarnaum, pueblo que es importante para los católicos porque allí Jesús predicó e hizo milagros; los israelíes no creen en un hijo de Dios hecho hombre, así que no saben de qué se trata.

Decepcionado y con maletín al hombro empecé a caminar sin hacer caso a los letreros de taxis y buses, como si quisiera tragarme Tel Aviv a pie. Llegué a un edificio de parqueaderos y en el primer piso vi un Avis Rent a Car. El empleado debió ver mi cara de desconsuelo o estar ansioso de hacer una venta, porque enseguida preguntó qué necesitaba.

Con poca convicción le dije que quería ir a Cafarnaum, pero que solo sabía que quedaba junto al mar de Galilea y que la ciudad más cercana era Tiberias. Tras buscar en Google me dijo que tres horas por tierra hacia el norte serían suficientes. Agradecido y apenado le pregunté por cuánto me alquilaba un carro. La respuesta, pornográfica para mi presupuesto, no la voy a revelar. A cambio de eso me indicó cómo llegar a la terminal de buses. Una advertencia me hizo antes de irme: cuidado con los rusos, que en el país pululan y por lo general no se dedican a ayudar al prójimo.

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Por momentos me siento en mi natal Colombia. Como ahora, que estoy a punto de entrar a la terminal de buses, un monstruo descuidado de siete pisos con detectores de metales y soldados requisando maletas. El lugar no tiene nada que envidiarle a una terminal colombiana. El piso sucio, almacenes con mercancía barata, personas por ahí sin hacer nada, salvo mirar quién da papaya, y en los altoparlantes música de Shakira.

Compro el pasaje a Tiberias. Tengo una hora antes de que salga el bus. Cambio euros por shekels y camino por ahí. Afuera hay una fila de carros con padres que despidien a sus hijos como si estos fueran al colegio, pero en realidad van a cumplir con la obligación del servicio militar. En Israel el ejército puede ser un trabajo más que permite descansar en casa el fin de semana y luego retornar el domingo a la base. Es tanta la cercanía en algunos casos que un soldado puede ir todos los días de su casa a la base y regresar al hogar al final de la tarde.

Rumbo a mi sala de espera se me acercan dos jóvenes rusos. Están borrachos y me hablan en hebreo. No les entiendo y así se lo hago saber, pero en inglés. Con esta cara de árabe que me gasto creen que les estoy mamando gallo y se ponen agresivos. La situación comienza a ponerse difícil hasta que un soldado israelí logra alejarlos. Superado todo, aprovecho para preguntarle por su trabajo.

Israel es más pequeño que Cundinamarca, pero tiene más de trescientos mil soldados. Hombres y mujeres tienen que prestar servicio militar —tres años y 21 meses, respectivamente—, y una vez dados de baja permanecen en la reserva hasta los 45, lo que significa que una vez al año deben prestar servicio entre dos y tres semanas. Mi amigo, por ejemplo, tiene 33 años, dos hijos y espera un bus que lo lleve a su base, cerca a Netanya.

Mi bus ha llegado. Somos ocho civiles en medio de 40 militares. El bus hiede a ajo, no porque todos hayan desayunado lo mismo ese día, sino porque años de comer esa especia hace que quede impregnada en sus cuerpos. El viaje comienza a las ocho de la mañana y terminará 150 kilómetros, un millón de escalas y casi cuatro horas después.

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"Tiberias", dice el conductor, cumpliendo así el favor que le pedí. Aquí, hace dos mil años, Herodes Antipas discutía con sus consejeros si Jesús era o no una amenaza para el imperio romano. El nazareno vivía por entonces en Cafarnaum, a quince kilómetros de distancia, y hacía poco se había negado a que sus seguidores lo coronaran simbólicamente. Aún así, lo mataron. Es que hombres buenos sacrifican todos los días, aquí y en Cafarnaum.

Pregunto si a mi destino puedo llegar en bus. "Solo si viene con un grupo de turistas", me responden. Será taxi entonces, será Samuel quien lo conduzca, un judío de 59 años nacido en Turquía, serán 80 shekels. El arreglo es llevarme a Cafarnaum, recogerme cuatro horas después y regresarme a Tiberias.

Desde la comodidad de su Mercedes Benz modelo 2003 puedo apreciar mejor lo mismo que había notado desde el bus hediondo a ajo: Israel es una mezcla de desierto de La Guajira y Sabana de Bogotá. Inmensos campos amarillentos y verdes cultivos alternan en el paisaje, que por estos lados es aun más bello gracias al Mar de Galilea. Alimentado por el río Jordán y con 166 kilómetros cuadrados, es la principal fuente de agua potable del país. Sobre sus aguas caminó Jesús, pero otra cosa piensan dos científicos, Doron Nof y Nathan Paldor, que concluyeron que el hijo de Dios se valió de un trozo aislado de hielo flotante, un fenómeno en el norte de Israel que en la época se presentaba cada 160 años.

Llego a Cafarnaum a las 12:30 del día. El sol calienta a placer ese lugar que parece abandonado por Dios, más allá de que alguna vez allí haya vivido su único vástago. Un letrero azul con letras blancas que reza "Capharnaum, the town of Jesus" me da la bienvenida.

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Kefar Nahum, Kapharnaum, Kapernaum, Capernaum o Tell Hum (variaciones que van del hebreo al griego y luego al árabe) es hoy un sinnúmero de ruinas agrupadas en mil metros de largo por trescientos de ancho. Fundada en el siglo II a.C., fue abandonada mil cuatrocientos años después. Un terremoto la deterioró aproximadamente en el 746 de nuestra era, pero su fin se establece alrededor del siglo XII, sin que nadie pueda darle al hecho una explicación exacta.

A 210 metros por debajo del nivel del mar, fue pueblo de pescadores y artesanos. Allí Jesús se estableció durante su vida adulta luego de que fuera expulsado de Nazareth, también conoció a Pedro y lo hizo su discípulo más cercano, hizo milagros e incluso se inscribió como habitante del poblado llegada la hora de pagar los impuestos.

Sobre su suelo, Dios hecho hombre sacó el demonio de un asistente a la sinagoga, resucitó a una niña y curó al siervo de un centurión romano, milagro que dio origen a la frase: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme" que los católicos repiten una y otra vez. Tanta historia divina no impidió que el lugar fuera olvidado hasta 1838, cuando sus despojos fueron redescubiertos. El terreno fue adquirido en 1894 por los franciscanos, que construyeron un monasterio, levantaron una cerca para evitar saqueos y plantaron árboles.

Cafarnaum se fue llenando de vida y con diecinueve excavaciones entre 1968 y 1986 se recuperaron las ruinas. Hacia el final de las obras, una sequía causó un descenso en el Mar de Galilea, lo que dejó al descubierto una barca de ocho metros de largo. Catorce años de análisis y restauraciones establecieron que tenía dos mil años de antigüedad. Muchos calificaron de milagro haber dado con el bote donde Jesús y sus discípulos pescaban.

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El letrero a la entrada es más claro. Abierto todos los días de ocho a cinco, tres shekels cuesta la entrada y está prohibido fumar, ingresar en pantaloneta o con armas. Luego hay un puesto donde se pueden adquirir folletos, libros, afiches, videos y demás souvenirs en los si guientes idiomas: italiano, español, alemán, ruso, inglés y francés.

De alguna forma los grupos de turistas se las arreglan para no estorbarse unos a otros. Llegué hace menos de media hora y ya se han parqueado afuera buses con japoneses, angoleños y mexicanos. Como si fuera algo acordado de antemano, cada uno agarra hacia una dirección distinta y el respectivo guía de grupo comienza con la explicación. Yo prefiero recorrer el sitio por mi cuenta.

En Cafarnaum vivía Pedro —Simón, antes de que Jesús lo rebautizara—. Era un pobre pescador ducho en reparar redes y dormir adentro de su barca. Se casó y se fue a vivir a casa de su suegra. Sobre dicha casa está una iglesia octogonal sostenida por varias columnas. Está elevada y al ingresar descubro que en su centro el piso es de vidrio y que debajo están los restos de la casa del apóstol y justo en el centro, el cuarto donde durmió Jesús.

La vieja construcción no tiene más de ocho metros y pese al cristal se puede observar la habitación circular hecha de piedra donde reposó el Mesías. Concentrado, trato de imaginar a un señor barbado y bondadoso que reposó allí dos mil años atrás. Cuando vuelvo a la realidad, alzo la mirada para recorrer de nuevo la iglesia. La excursión de angoleños está ahí y uno de ellos, un negro de más de 1,90 m de altura, se quita los zapatos y se arrodilla para besar el piso y rezar. Esto es sin duda la máxima atracción del recorrido, el cual apenas he iniciado.

Cafarnaum era un pueblo de gente humilde. Las casas construidas en basalto eran pequeñas celdas a las que apenas les entraba el sol. Cada barrio estaba separado por estrechas callejuelas, muchas de ellas sin salida. Todo esto no lo puedo injerir solo viendo las ruinas, en realidad le copio todo al guía de los mexicanos.

Hago cara de que el asunto no es conmigo, pero sigo escuchando. Además de pescadores, sus habitantes eran agricultores, comerciantes y artesanos. En las excavaciones del siglo pasado se encontraron artefactos hechos en piedra, arcilla y hasta vidrio. Molinos para los granos, lámparas, ollas, platos y ánforas hacían parte del botín hallado. El centro del pueblo es una sinagoga levantada en el siglo IV. Dicen que quedó semidestruida tres siglos después, cuando los persas lo invadieron y que debajo de ella hay otra sinagoga, esta de color negra, que data del siglo I. Fue allí donde Jesús hizo los milagros que narra la Biblia.

Hoy los que invaden la sinagoga son unos 40 japoneses que atropellados por el sol acaparan la poca sombra que hay. Me alejo de ellos porque nada voy a entenderle al guía y me recuesto sobre una columna con la inscripción "El hijo de Zebidah, hijo de Juan, hizo esta columna". Tan pequeño es el mundo que cabe dentro la Sinagoga de unas ruinas tan pequeñas como la de Cafarnaum. Le pido a una familia cerca a mí que me tome una foto para el recuerdo y la mujer resulta ser bogotana. Vive en Israel porque se casó con un norteamericano que durante años fue el vocero de la embajada estadounidense en Colombia y ahora hace lo mismo, pero en Tel Aviv.

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Golpeado por los 35 grados de temperatura y ateo como el que más, me echo en una banca. Es difícil huirle al sol pese a los muchos árboles sembrados por los franciscanos y debe ser la fe en Dios lo que les permite a los demás hacer el recorrido. Ellos creen en un ser superior, yo creo en la ciencia. Prendo mi computador con la esperanza de dar con una red de Internet y así matar las dos horas que faltan para que Samuel regrese. El milagro me fue concedido. Descanso y continúo. Cerca de la sinagoga hay un cementerio donde no entiendo las inscripciones en las tumbas.

Solo creyentes y piedras viejas me rodean. El aburrimiento me hace salir del perímetro para ver con qué me encuentro. Veo una construcción con siete cúpulas rosadas que resulta ser la iglesia ortodoxa griega de los siete apóstoles. Fue construida donde fue reubicado Cafarnaum tras el terremoto de 746. Es bonita y no está tan lejos —un kilómetro, calculo—, pero en el camino no hay nada donde pueda esconderme del duro sol de la tarde.

Me contento con explorar cerca. ¿Por qué dirán aquí y en Cafarnaum si aquí, en Cafarnaum, no hay nada? Contiguo al parqueadero hay una carpa atendida por una mujer de largas uñas pintadas. Se llama Fátima y vive en Tiberias. Le compro dos anillos, un pequeño cofre, un rosario, una gaseosa y una paleta de vainilla con chocolate. Sigo caminando y entro a un cultivo de mangos. El hambre me lleva a coger tres. Los árboles están sembrados entre piedras y la tierra es arenosa, pero igual florecen. Luego bajo al Mar de Galilea, a menos de doscientos metros. A la orilla hay un restaurante, el único de la zona, donde todo el que visita Cafarnaum calma el hambre. Me quito los zapatos y entro al agua para comprobar personalmente si se puede o no caminar sobre ella.

Faltan 45 minutos para que Samuel llegue y ya he hecho de todo. Pienso de nuevo en ir hasta la iglesia de los siete apóstoles, pero insolarme no es una opción. La carretera, incontables colinas y un lejano cultivo de bananos es lo único que se ve. Vuelvo a Cafarnaum, donde un monje de rasgos orientales habla por celular enfundado en una sotana color café. Disparo, pero él insiste en darme la espalda, no importa desde qué ángulo intente yo tomar la curiosa foto. Cinco minutos antes de la hora señalada para encontrarme con Samuel empiezo a pensar qué pasaría si él nunca llegara, ¿quién sabría de mí? El tiempo pasa y yo me desespero, pero él aparece 20 minutos después de lo acordado, justo cuando estaba pensando en colarme en un bus de turistas para volver a Tiberias.

Samuel es buen negociante. Por diez shekels más ofrece llevarme a Tabgha, cerca de allí, donde Jesús multiplicó peces y panes. Lo único que quiero es ver una cama, pero no puedo decirle que no. Mi visita al lugar, donde hay un monasterio y una iglesia, fue aún más rápida que la que hizo Juan Pablo II en el año 2000. En cuatro horas he visto todos los lugares santos que mi escepticismo puede tolerar, mi cuerpo reclama algo más mundano. Esa noche recorreré el centro de Tiberias, visitaré un centro comercial, comeré solo y de regreso al hotel miraré Betty la fea doblada al hebreo.

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La gente en Israel fue muy amable y además de cumplir con mi labor periodística tuve la oportunidad de visitar Belén, donde nacieron Jesús y mi abuelo. Caminar por las mismas calles y hablar con gente que de alguna manera está conectada a mí fue conmovedor.

Un avión de Al Italia me esperaba en Tel Aviv para llevarme a París. El lugar estaba conmocionado por la llegada del Maccabi, el equipo de la ciudad que acababa de ganar la Copa de Europa de baloncesto. Los hinchas enloquecidos rodeaban a los jugadores y el ambiente de fiesta era lo mejor para quedarme con los mejores recuerdos del país, pero algo pasó.

En inmigración dos agentes de seguridad se ensañaron conmigo. Nunca fueron descorteses o violentos, pero la insistencia en sus métodos lograron desesperarme. Una y otra vez me hicieron las mismas preguntas. ¿Por qué había ido a Israel? ¿A qué lugares había ido? ¿Por qué solo tres días en el país? ¿Por qué iba a París haciendo escala en Milán? ¿Dónde había oído hablar de Israel? ¿Por qué mi equipaje era tan liviano? ¿Dónde me iba a hospedar en Francia? ¿Quién pagaba mi viaje? ¿Dónde estaba el pasaje de regreso a Colombia? ¿Qué hacía yo en mi país de origen?

Sudé frío cuando quisieron saber el origen de mi apellido. ¿Qué hubiera sido de mí de revelar que era palestino? "Argelino, como Zidane", respondí aprovechando el parecido. Abrieron mi maletín y prendieron mi computador, pese a que yo me había ofrecido a hacer eso desde el comienzo. Pasaron ambas cosas por rayos X y luego me hicieron abrir la maleta de nuevo.

Por último me pidieron que los acompañara a un cuarto, donde tenía que quitarme el pantalón. Un año atrás había decidido no volver a usar ropa interior; en circunstancias normales no hubiera sido capaz de desnudarme, pero dada la escena accedí con gusto y sin previo aviso dejé mis porquerías expuestas. Se taparon la cara con claro desagrado, se dijeron algo entre ellos en hebreo y luego me pidieron que me vistiera. Era libre de irme.

No tan libre en realidad. Una empleada israelí de Al Italia me dijo que para subirme al avión necesitaba mi pasaje de Francia a Colombia, el cual había dejado en París. Escoltado, con unas ganas irrefrenables de inmolarme y al borde del llanto, fui hasta al local de Air France, donde tras tres intentos fallidos por problemas en el sistema, lograron imprimirme la reserva aérea.

El 1969 la Primer Ministro de Israel, Golda Meir, dijo a un diario que los palestinos no existían. Pues señora, donde quiera que su alma esté, uno de ellos se movió tres días por su país y fue desnudado por dos agentes de seguridad. Aun así, no le impidieron escribir esta historia.

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