El método tradicional para la fecundación de los hijos consiste, como casi todo el mundo sabe, en la unión de los genitales de un hombre y los de una mujer. Sin entrar en detalles innecesarios sobre este procedimiento tan trivial, tan común y corriente, digamos que lo único que se requiere para llevarlo a buen fin es que el varón sea —además de potente— fecundo, y que la mujer —además de dispuesta— esté en período fértil, es decir, en los días cercanos a la ovulación. Siempre y cuando la pareja esté casada, este procedimiento físico, conocido también con el nombre de coito, tiene además la ventaja de haber sido aprobado por la Iglesia pues, como dijo San Pablo en su primera epístola a los Corintios, cuando las personas “no saben vivir en continencia, es mejor que se casen, pues más vale casarse que arder”. Este método tradicional sigue siendo bastante practicado en el mundo entero, como lo testimonia la inatajable explosión demográfica, y más aun, hasta hace muy poco tiempo, era también el único método disponible para poder aspirar a la codiciada condición de la pater–maternidad.
Hoy en día, las cosas han cambiado. Incluso el misterio de la concepción y el nacimiento de Jesús, tan discutido por los teólogos medievales, y que se prestó para tantas burlas entre los escépticos filósofos de la Ilustración, no es hoy un imposible. Si una mujer quisiera ser virgen y madre, y tener un hijo sin conocer varón ni desgarrar el himen, bastaría que se sometiera a una fecundación artificial y a un parto cesáreo. Los que decían, pues, que el milagro de la Virgen Madre era un absurdo contrario a la natura, tendrían que tragarse sus incrédulas palabras. Un buen centro de fecundación asistida sería capaz de conseguir sin cópula, mediante un donante anónimo y con una simple cánula, lo mismo que en los cuadros de La Anunciación realiza el ángel del Señor con una simple azucena.
Estos centros de fecundación asistida (ya hay muchos en Colombia) reciben también un nombre todavía más genérico y vulgar: ‘Bancos de semen’. Semejante expresión se presta para chistes flojos y para muy fáciles juegos de palabras: ¿Se consigna en especie a las cajeras? ¿Cuánto me cobran por un sobregiro? ¿Quién conoce la clave de la caja fuerte? ¿Tienen servicio a domicilio? ¿Está garantizado el secreto bancario? Pero, basta entrar a uno de estos establecimientos (sobre todo, en Europa o en Estados Unidos, pero también aquí, en Medellín o Bogotá) para saber que más vale dejar los chistes afuera, pues estamos ante algo muy serio, y ante la delicada maravilla biológica que es la reproducción sin sexo. Por mucho que nuestras mentes superficiales lo pudieran pensar, los bancos de semen no son burdeles científicos, sino clínicas privadas que nos ayudan a realizar el sueño de llegar a ser padres o madres.
Hay otro dato importante: no se sabe por qué, tal vez por factores alimentarios o ambientales, los varones occidentales (en los conteos al azar que se han hecho en los últimos decenios) tienen cada vez menos espermatozoides por mililitro. Si la tendencia siguiera este camino negativo, dentro de algunos siglos sería posible que el método tradicional de tener hijos tuviera que ser sustituido por el camino artificial, mucho menos divertido; pero más seguro.
Es más, con los nuevos desarrollos genéticos, si quisiéramos tener hijos libres de alguna enfermedad hereditaria (Alzheimer, asma, Parkinson, etc.) es posible que en el futuro, para poder eliminar la información de los aminoácidos que codifican la inexorable aparición de estos males indeseables, sea necesario manipular los embriones antes de implantarlos, por lo que muchos hijos del porvenir podrían ser, en buena medida, el fruto de una fecundación asistida. El coito se seguiría usando como deporte o diversión, como atávico lujo de erotismo, pero ya, salvo entre algunas tribus remotas de salvajes, sería una forma anticuada de procrear hijos.

Saldo en rojo
Pero volvamos al funcionamiento actual de estos bancos. Para empezar, los donantes de semen lo son, en general, para sus propias esposas. Casi siempre son maridos fieles y devotos que quisieran descendencia y no han podido tenerla debido a que padecen de oligo–zoospermia (baja cantidad de espematozoides por centímetro cúbico), por carencia de movimiento o alteraciones en la forma (teratozoospermia), o también por ausencia total de espermatozoos (azoospermia), bien sea debida a problemas fisiológicos, o como consecuencia de una vasectomía. Otros más, llegan a ser clientes del banco (y no cobran, sino que pagan por consignar), simplemente, porque sus esposas tienen algún problema de fertilidad que hace necesaria la inseminación artificial intrauterina o la fecundación in vitro. Miles y miles de parejas que hasta hace algunos decenios no hubieran podido tener descendencia, ahora realizan su sueño de tener hijos gracias a estos centros de fertilidad.
Otro tipo de cliente típico son los hombres que, antes de someterse a algún tipo de tratamiento (quimioterapia, radioterapia, castración terapéutica...) que podría dejarlos estériles o con los espermatozoides alterados, quieren dejar abierta la posibilidad de tener hijos. En este caso es posible congelar algunas muestras de semen, que quedarán en el banco, sumergidas en nitrógeno líquido y alimentadas con albúmina humana. Al ser congelados a muy bajas temperaturas, los espermatozoides disminuyen su metabolismo, se duermen en el frío, y entran en una especie de hibernación que les permite vivir largos años. Este depósito de nuestra semilla puede resultar muy costoso, pues hay que pagar una cuota de mantenimiento mensual, pero permitiría tener hijos no solamente cuando ya no seamos fértiles, sino incluso cuando ya ni siquiera seamos personas de este mundo. Por raro que parezca, ahora sería posible tener hijos póstumos, incluso decenios después de nuestra muerte, hijos que podrían ser más jóvenes (es decir, nacer después) que nuestros biznietos.

Ovulos vs. espermatozoides
Hombres y mujeres somos muy distintos en muchos aspectos, pero quizá lo que más nos distingue es nuestro potencial reproductivo. Que se sepa, la mujer que más hijos ha tenido fue una rusa, la señora Vassiliev, con 69 hijos en 27 embarazos. Pero este es un caso casi único. Se sabe, en cambio, de muchos hombres que, como el Pachá Ismail en su harén, dejaron cientos y cientos de retoños (en su caso 888, para ser exactos). Y a nivel de los gametos nuestra diferencia de género es aun más pronunciada. Mientras una mujer produce en toda su vida unos 400 óvulos fértiles, un hombre joven y sano puede producir 300 millones de espermatozoides por eyaculación. Esto quiere decir que, al menos en teoría, un buen donante de semen podría, en diez o doce sesiones, emitir tantos espermatozoides como para fecundar una por una a todas las mujeres que hay en este momento sobre la Tierra. Esta disparidad de recursos explica que los precios de óvulos y espermatozoides sean muy distintos. Por pura ley de la oferta y la demanda, a un donante de esperma, en Estados Unidos, se le pagan de 80 a 100 dólares por eyaculación. Los precios de un óvulo, en cambio (no sólo más escasos, sino también mucho más difíciles de obtener y de manipular), oscilan entre 5 mil y 80 mil dólares. Es posible imaginar un mundo poblado por solas mujeres, con unos pocos miles de zánganos masculinos, pasivos sementales a los que cada mañana se les ordeña la simiente para el mantenimiento del matriarcado universal.
Claro, se da el caso también de que por algún motivo a algunos varones sea imposible encontrarles un solo espermatozoide capaz de fecundar. También hay que tener en cuenta que tener un hijo mediante micromanipulación (escoger algunos de los pocos espermatozoides útiles y fecundar unos cuantos óvulos en el laboratorio) es muchísimo más caro que una fecundación intrauterina con donante. Es por ausencia total, o por motivos económicos, cuando se presenta la necesidad del donante. Los donantes, por lo general, son un pequeño abanico de estudiantes universitarios o empleados jóvenes (entre los 20 y los 30 años), con una hoja de vida física e intelectual destacada (buenas notas, responsabilidad, ausencia de enfermedades congénitas o infecciosas). En un buen banco de semen debe haber donantes de varios fenotipos, pues para la fecundación se escoge un donante que en lo posible se parezca mucho, al menos en su apariencia externa, al padre que se va a sustituir. A estos pocos donantes sí les pagan, por unos cuantos meses de sesiones, pues no lo hacen durante más de uno o dos años, y nunca podrían convertirse en donantes a perpetuidad.
Si alguien tiene menos de 30 años, piensa tener buena madera genética, y quiere ser donante de semen para dejar más hijos que los propios, puede intentarlo. Se le someterá a pruebas sicológicas, se le harán cariotipos tanto a él como a su madre, se le practicarán muchos exámenes de laboratorio, dará un par de entrevistas, firmará un contrato con muchos requisitos (no podrá reclamar, ni le será reclamada la paternidad; entre otras cosas), y finalmente empezará a ir una vez por semana a hacer su donación. Obviamente el espermograma de un donante debe ser excelente, lo que quiere decir, ante todo, una cantidad adecuada de semen (entre dos y cinco mililitros, de lo contrario sufriría de hipo o hiperespermia), y una buena concentración de espermatozoides válidos, es decir, de buena forma y movilidad.
Las muestras se toman en un cuarto similar a cualquier modesta habitación de hospital y —decepciónense— sin ninguna ayuda del personal femenino de la institución. El donante puede usar revistas, videos pornográficos, llevar a su pareja, o acudir a la propia imaginación, y nada más. No es muy romántico; lo más emocionante consiste en ver frescos y móviles, vivos y vibrantes, en la pantalla del computador, a los famosos portadores de nuestra herencia vital. Para los maridos donantes que tengan dificultad de obtener el semen mediante masturbación, está permitido sacar la muestra durante el coito en la propia casa, usando para recogerlo un condón especial. Pero eso sí, les toca correr de inmediato al laboratorio con el frasquito. Lo mejor, en general, es que se tomen su tiempo, practiquen la abstinencia durante tres o cuatro semanas, y se concentren en alguna imagen o recuerdo deleitoso. Así darán lo mejor de sí.
Olvídense, nadie puede vivir de donar semen. Y no por límites fisiológicos, como en los donadores de sangre, sino por otros motivos. Primero que todo, hay voluntarios que no cobran, y los donantes pagados difícilmente reciben, en Colombia, más de 30 mil pesos por sesión.
Sólo la fantasía de tener algunos hijos genéticos desconocidos, esparcidos por el mundo, puede justificar la
donación. O el deseo de ayudarles a anónimas parejas con dificultades de reproducción.
Los avances de la medicina y de la biología, los profundos misterios de la genética, han vuelto cada vez más apasionante ese momento en el que se produce un ser humano en potencia. Antes, todo sucedía entre abrazos, movimientos y gemidos placenteros, dentro del oscuro e insuperable ambiente de los genitales que se encuentran en húmedas concavidades; ahora el mismo milagro puede verificarse también en el ambiente aséptico, ultramoderno, de un laboratorio, bajo luz de neón, y entre guantes de látex, microscopios electrónicos y probetas de vidrio, mediante la delicada manipulación de nuestros gametos. Hemos aprendido mucho sobre lo que pasa en el feliz instante del encuentro de nuestras dos mitades de información genética. Fuera del erotismo, hay física, química y microbiología. Gracias a esta comprensión, tal vez, será posible que la máquina de la vida humana dure mucho más. La tecnología no es una enemiga sino una aliada de nuestros deseos de supervivencia: una amiga de la vida.

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