La mujer de Jorge Iván Calderón todavía llora cuando se acuerda de las verdades de su marido. Y en esos momentos de dolor no le importa que por cuenta de su sinceridad se hubiera ganado 100 millones de pesos. Que hubiera pagado las cuotas atrasadas del apartamento. Que les hubiera renovado a sus hijas los juegos de alcoba y les hubiera comprado un computador nuevo. Que en su casa ahora se vea televisión en una delgada pantalla de plasma que parece un cuadro colgado en la pared.

Llora cuando se acuerda de esas verdades que no le habían sido reveladas, y de las cuales tuvo noticia el día que acompañó a Jorge Iván a la grabación del programa Nada más que la verdad.

Sentada junto a su cuñado en un estudio del Canal Caracol, con una cámara pendiente de ella y decenas de personas que rumoraban después de cada una de las respuestas que Jorge Iván le daba al presentador Jorge Alfredo Vargas, Sandra se enteró de que su esposo tenía otra hija, que en una época frecuentaba bares de homosexuales y que le había prestado sus ahorros a un amigo con el que además sostenía relaciones.

No podía creer lo que estaba oyendo. Mientras su esposo empezaba a celebrar que había ganado el máximo premio del programa, después de responder con la verdad veintiuna preguntas, Carmen se levantó como un resorte y le dijo en frente del público: "Cien millones serán su familia de acá en adelante".

Han pasado dos meses y medio desde entonces, pero Carmen todavía llora de vez en cuando. Aunque su esposo le haya prometido un viaje a Santa Marta a comienzos del próximo año para que haga realidad el sueño de conocer el mar.

Cuando Jorge Iván le contó que se había inscrito para participar en un programa de concurso en el que tenía que decir la verdad y nada más que la verdad sobre su vida, no pensó que sería precisamente en un estudio de televisión donde tendría que enterarse de episodios tan crudos del pasado de su marido. Sabía que había tenido que enfrentar una niñez muy dura, que le gustaba la rumba y que alguna vez se le había enredado un dinero que no le pertenecía. Pero no esperaba tantas sorpresas en su confesión.

Jorge Iván Calderón, uno de los dos concursantes que lograron llegar con éxito hasta el final y recibir a cambio un cheque de cien millones de pesos, le explica a su mujer, cada vez que la encuentra bañada en lágrimas, que lo hizo por las niñas. "Para que a ellas nunca les toque pasar los trabajos y las necesidades que me tocó vivir a mí. Yo por ellas doy la vida. Son mi adoración. Por ellas haría hasta lo impensable".

Y es que un pasado como el de Calderón no se le desea a nadie. Cansado del maltrato de su padrastro y de la indiferencia de su mamá, se escapó de la casa a los 13 años. Abandonó los estudios y se fue de Bogotá, como un andariego, a jugarse la vida. Hizo su primera escala en el Huila, donde estuvo varios meses recogiendo café. Cuando la situación se puso difícil, se fue para el Valle del Cauca.

Vivió en el puerto de Buenaventura, donde se ganaba unos pesos por ayudar a descargar los barcos que llegaban de los más diversos rincones del mundo. Allí padeció el racismo de muchos de sus compañeros de trabajo de raza negra y fortaleció unos músculos que resultaban exagerados para su edad. En Tuluá encontró una oportunidad para cortar caña de azúcar en una hacienda que más tarde supo que era de Faustino Asprilla. Más de una vez vio de lejos, rodeado de escoltas, al futbolista que tanto admiraba. Sabía que cuando el Tino visitaba sus predios había gaseosa gratis para todos los trabajadores.

Cuando llevaba un año por fuera, decidió llamar a su casa para pedir auxilio. Pero su madre fue enfática: "Si ya decidió hacer su vida por fuera, con mi apoyo no cuente". Y le tiró el teléfono. Jorge Iván decidió buscar suerte en Buga, pues había oído decir que en el batallón estaban buscando gente.

Se presentó, decidido a vestir en adelante el uniforme del Ejército, pero los que iban a ser sus superiores le dijeron que tenía el cuerpo que la institución requería, pero no la edad. Con dos mil pesos en el bolsillo, y de nuevo en la calle, salió decidido a comprar un veneno para pulgas que le habían ofrecido por el camino, y terminar así de una vez por todas con el sufrimiento precoz al que lo había condenado la vida. Lo salvó de la decisión fatal un hombre que, conmovido, lo llevó a un cambuche de indigentes donde le permitieron pasar unas cuantas noches. Pero el olor a bazuco y la agresividad de quienes habitaban aquella zona muy pronto lo sacaron corriendo.

Se instaló en un árbol enorme a orillas del río Guadalajara, donde construyó una enramada que le sirvió de casa durante dos años. Vivía de lo poco que le pagaban por recoger arena del río, y su alimentación estaba basada en aguapanela y pan. Cuando lograba reunir unos pesos de más compraba arroz, muy pocas veces se pudo dar el lujo de una presa de pollo y recuerda como el mayor lujo de esos años un reloj marca Yess por el que pagó durante mucho tiempo 500 pesos mensuales, y que aún conserva como un testimonio de aquellos tiempos difíciles.

Volvió a Bogotá cuando un tío que por fin logró ubicarlo le insistió que retomara los estudios y se fuera a vivir a la casa de la abuela. Así, se le estaba cumpliendo el primero de los favores que le había pedido al Señor de los Milagros de Buga. Pero Jorge Iván Calderón también le había pedido que lo librara de la miseria, porque siempre ha estado convencido de que él no nació para pobre —aunque siempre lo había sido— y desde entonces no ha dejado de alimentar el deseo de conseguir plata para desquitarse de aquellos años de tantas privaciones.

Por eso no lo dudó el día que vio el comercial de Nada más que la verdad invitando a participar en el programa. "Estaba en la inmunda —confiesa Jorge Iván— y pensé que si daban cien millones de pesos por decir la verdad, estaba dispuesto a contarlo todo. Ya me había inscrito en cuanto reality veía anunciado, pero no había corrido con suerte. Así que cuando me llamaron de Caracol, sabía que tenía que contarles algunos episodios picantes de mi vida para salir elegido. Yo iba por el premio gordo".

Después de entrevistarlo en tres oportunidades y de averiguar sobre su vida con familiares y amigos, a Jorge Iván Calderón lo sometieron a la prueba del polígrafo, para que respondiera poco más de cien preguntas sobre su vida y milagros.

Este aparato, que se parece a los equipos de las unidades de cuidados intensivos que registran los signos vitales del paciente, muestra los cambios fisiológicos involuntarios de una persona sometida a un estímulo: en este caso, a un interrogatorio. Cuando una pregunta amenaza al entrevistado —entre otras razones por el temor a ser descubierto en algo que quiere ocultar— se producen alteraciones en el pulso, en la frecuencia cardiaca, en la tensión arterial y en la respiración. El polígrafo los detecta y los traduce en gráficos que un experto debe analizar para determinar si hay reacciones indicativas de que miente o dice la verdad.

La primera impresión que se tiene al someterse a la prueba del polígrafo es la de estar sentado en una silla eléctrica. Hay cables que rodean el pecho y el abdomen, sensores que se conectan a los dedos, una faja en el brazo igual a la de los tensiómetros y un cojín que detecta ciertos movimientos. Según el experto Sergio Gaviria, de la firma True Test, el poligrafista debe tener conocimientos básicos de psicología, fisiología, leyes, matemáticas y además debe exhibir cualidades de buen entrevistador.

Conectado a uno de estos aparatos, que en muchos países se emplea en labores de contraespionaje, Jorge Iván Calderón confesó que alguna vez lo habían criticado por el mal olor de sus pies, que no le perdonaría una infidelidad a su mujer, que participó en un concurso de baile para ganarse una botella de trago. Hasta ahí, ningún problema. Pero a medida que las preguntas subían de tono y, decidido a ganarse los cien millones de pesos que entregaba el programa a los que llegaban hasta el final sin decir una sola mentira, también confesó, por ejemplo, que alguna vez se gastó en efectos personales el dinero que le dio un cliente para pagar la EPS, que su esposa lo demandó por lesiones personales, que dejó embarazada a una mujer cuando estaba a punto de casarse y que le ha sido infiel a su esposa con mujeres y con hombres.

Calderón quería ganarse los cien millones de pesos y dijo la verdad. Aunque tuviera que darle a su esposa algunas noticias dolorosas. Aunque primero su padrastro y más tarde su mamá decidieran demandarlo. Aunque la mujer de un amigo al que mencionó le dijera que había perjudicado a su familia. Aunque al otro día algunos conocidos lo señalaran y dijeran a sus espaldas que era una "severa loca". Pero Jorge Iván los enfrentaba con el mismo desparpajo con el que dijo la verdad en el programa y les decía: "¿Es su vida o la mía? ¿Lo vieron a usted o me vieron a mí?".

Y no solo no se arrepiente, sino que confiesa que lo volvería a hacer. Al fin y al cabo, con esa plata pagó todas sus deudas, dejó en ceros las tarjetas de crédito, remodeló la casa y volvió a llevar a sus hijas a McDonald's y a Crepes & Wafles, porque quiere que la niñez de ellas sea muy distinta de la que a él le tocó vivir.

No se arrepiente, "porque estaba en la inmunda". Después de regresar a Bogotá, cuando llegó a la casa de su abuela después de vivir dos años en un árbol a orillas del río Guadalajara, en Buga, Calderón inició una carrera como vendedor que lo llevó a ganarse varios premios por sus gestiones.

Recibía entre cinco y ocho millones de pesos mensuales cuando cometió un error por el que tuvo que renunciar a su puesto en una empresa prestadora de servicios de salud. Ni siquiera su trabajo como disc jockey en un bar gay le permitió poner en orden sus finanzas. Pero en ese trabajo nocturno que le mantuvo en secreto a su mujer vivió buena parte de las experiencias que más tarde confesaría en público para acceder a un premio que le permitiría salir de la quiebra.

Allí conoció políticos, cantantes y futbolistas que llevaban una doble vida. Allí se atrevió alguna vez a desnudarse en público para obtener jugosas propinas. Allí conoció a un hombre que una noche le preguntó cuánto valía su compañía y al que aceptó acompañar a un lujoso baño turco cuando vio que el fajo de billetes que le ofrecía superaba el millón de pesos.

Pero nunca había tenido tanta plata en el banco. A Jorge Iván Calderón la vida le ofreció la oportunidad de desquitarse de ese pasado de tantas privaciones, cuando lo llamaron a participar en Nada más que la verdad, uno de los programas de televisión más polémicos de los últimos años. Un programa al que el psiquiatra José Antonio Garciandia, profesor de la Universidad Javeriana, calificó como "la expresión más perversa de la sociedad de consumo" y aseguró que no era más que "pornografía psicológica". Un programa en el que se oyeron confesiones de altísimo calibre, como el de una mujer que aseguró haber contratado a unos sicarios para desquitarse de su marido.

El abogado Luis Suárez Cavelier, en un extenso artículo de la revista de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, consideró que declaraciones de este tipo constituían pruebas documentales y que "para efectos judiciales, estos videos contienen testimonios que se presumen auténticos (...) y tienen un gran valor probatorio".

El mes pasado, el Canal Caracol decidió retirar el programa, después de poco más de cuatro meses al aire, durante los cuales solo dos concursantes se llevaron el premio gordo de cien millones de pesos. Uno de ellos, Jorge Iván Calderón, recuerda que durante un tiempo le tocó recoger mierda en una planta industrial en Tuluá para no morirse de hambre, aunque tuviera que comer con la misma ropa manchada y maloliente que había utilizado durante la jornada de trabajo. Después de haber superado la dura prueba del polígrafo, espera no tener que volver a comer mierda nunca más en su vida.

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