Una alta cerca de alambre de púas y tablones de madera rodea un trozo de colina boscosa en Tennessee. Como una nube translúcida en un día sin viento, un dejo de mal olor se asienta sobre el lugar. El antropólogo forense Richard Jantz empuja el portón y se adentra en el bosque sin prestarle atención a la fetidez, que se ha elevado a la ene potencia. Lo sigo a pesar mío.

Unidos en la muerte en un experimento perturbador, más de cincuenta cadáveres humanos yacen por doquier, colocados en todas las posiciones y condiciones imaginables: echados a la luz del sol, semienterrados en barro, sumergidos bajo una quebrada, envueltos en plásticos, encerrados en el baúl de un automóvil, colgados de un árbol, incendiados en una hoguera, enterrados en un ataúd. Algunos están descabezados. Otros presentan heridas. Otros más están desmembrados. Unos cuantos, hasta embalsamados. Tras días, semanas y meses de exposición a los elementos, los cuerpos han entrado en diferentes etapas de descomposición, fundiéndose paulatinamente en la tierra.

En este nada convencional cementerio, los muertos hablan en un idioma secreto que pocas personas, salvo expertos como Jantz, tienen la paciencia, el entrenamiento y la sangre fría para interpretar. Este es el Anthropological Research Facility de la Universidad de Tennessee, apodado la Granja de los Cadáveres (The Body Farm). Un sitio dedicado a estudiar, con exactitud científica, el inevitable proceso del "polvo eres y en polvo te convertirás", para contestar, entre otras, la pregunta clave en criminología: ¿hace cuánto murió esta persona?

Es sabido que si un cuerpo no tiene más de dos días de fallecido, cualquier especialista en medicina legal puede establecer la hora de su muerte. Pero si el cadáver está en un avanzado estado de descomposición, si, por ejemplo, ha sido abandonado en un bosque semanas o meses antes de ser hallado, determinar el tiempo transcurrido desde la muerte requiere de un conocimiento detallado del papel que juegan la geografía, la temperatura, la humedad y la fauna de la tumba: la cadena de cambios que afectan lo que alguna vez fue carne humana puede variar con algo tan sutil como una tarde nublada. En el calor del verano en Tennessee, un cuerpo recién fallecido se puede convertir en esqueleto en solo dos semanas, mientras que en el invierno canadiense el proceso puede tomar meses. El clima es la clave de todo.

Así, este lote de los muertos se ha convertido en un pavoroso pero crucial salón de clase para los agentes del FBI, quienes acuden regularmente a entrenarse. ¿Qué insectos devoran qué tejidos del cadáver y en qué orden? ¿En qué momento se separan los brazos del cuerpo? ¿Cuándo se caen los dientes? ¿Qué historias nos pueden contar los huesos? Sigo a Jantz por la espesura fingiendo indiferencia. Un muchacho sin nombre, muerto en un encuentro entre pandilleros, está boca abajo y encogido en posición fetal. Su piel tiene la consistencia del cuero y se confunde con las hojas caídas en el suelo.

"Existen cinco etapas en la descomposición de un organismo", dice Jantz agachándose solícitamente sobre él. "La etapa fresca, la etapa hinchada, la etapa de la podredumbre, la etapa de la fermentación y la etapa seca". Durante la etapa fresca, el cuerpo se ve bien por fuera, pero internamente los órganos ya se están descomponiendo. En la fase hinchada, tras dos a tres días del fallecimiento, las bacterias producen gases que hinchan el cuerpo. Durante la podredumbre, el cadáver se comienza a poner negro y se colapsa a medida que los gases escapan. Luego viene la fermentación, durante la que el cuerpo se comienza a secar, y finalmente, la etapa seca, cuando la degradación se hace mucho más lenta. Cada una de las etapas tiene su propia fauna. Si la temperatura es superior a los 10°C, las primeras en detectar el olor son las moscas iridiscentes o moscardas, que a los pocos minutos del fallecimiento acuden a poner cientos de huevos en los orificios húmedos o en las heridas abiertas. En un cadáver expuesto se han llegado a hallar hasta 150 mil larvas blancas, que se dedican a consumir los tejidos durante semanas enteras. En etapas posteriores aparecen las moscas de ataúd, las moscas de la carne, las moscas de sarcófago y los escarabajos carroñeros, entre otros insectos cuyos nombres no pueden ser más sui géneris.

Con las manos en las caderas, Jantz se detiene ante otro cuerpo apergaminado y ladea la cabeza, observándolo como si fuera un crítico de arte. Aprendo que las distintas células del organismo mueren en distintos momentos. Por ejemplo, las neuronas del cerebro mueren entre los tres y siete minutos después del fallecimiento, mientras que las de la piel tardan 24 horas. La descomposición en el aire es dos veces más rápida que bajo el agua y cuatro veces más que bajo tierra. La sangre se apoza en las partes del cuerpo que están más cerca del suelo, con lo cual la parte superior del cuerpo se torna grisosa blanca, y la inferior café-rojiza oscura. Entre ocho y doce horas después de producirse la muerte, los ojos se hunden y las extremidades se ponen azules. Y a las dos semanas, en condiciones normales de temperatura, se caen el pelo, los dientes y las uñas. "Eso de que las uñas y el pelo siguen creciendo después de la muerte es un mito", advierte Jantz. "Lo que pasa es que la piel se seca y entonces se aleja de las uñas y el pelo, haciéndolos ver más prominentes".

Una mujer obesa muerta hace tres días yace medio camuflada bajo los arbustos. Su cuerpo monstruosamente hinchado se ha tornado amarillento rojizo. Jantz explica que la hinchazón es causada por el sulfuro de hidrógeno (el olor que producen los huevos podridos) y el metano liberado por las bacterias, que han comenzado a devorar los tejidos estomacales y del intestino. La primera señal de que el proceso ha comenzado, señala, es un parche verdoso sobre su estómago. Dentro de un mes, a la temperatura acutal, los tejidos se habrán licuado. Dentro de tres a seis meses las larvas de las moscas habrán sido reemplazadas por varios tipos de escarabajos. Y cuando el cuerpo esté seco y apergaminado, les llegará el turno a las polillas y otros insectos, que se alimentan de la piel, el pelo y los ligamentos.

Este ciclo de tiempo-insectos está muy bien definido, dice Jantz poniéndose un par de guantes de caucho. Especialmente el de las larvas. "Los insectos son una clave vital para nosotros. En la etapa de las larvas blancas, podemos determinar exactamente ese lapso transcurrido viendo qué tan gordas están, por ejemplo. Míralas", dice recogiendo una manotada de relucientes criaturas como granos de arroz que se retuercen sobre el músculo fresco de lo que hasta hace una hora fue la pierna de un indocumentado que murió tres días atrás en un manicomio. "A mí me sirven muchísimo estas larvas. Son verdaderas bombas de información". Bombas que también hacen posible determinar otras cosas. Por ejemplo, la forma en que murió la víctima. La sangre es el atractivo número uno para que las moscas pongan sus huevos. Si la víctima fue apuñaleada, las larvas crecerán masivamente en ese sector, devorándolo mucho más rápido que otras partes del cuerpo. Y con la ayuda de los toxicólogos se puede concluir si la persona era adicta a una droga, o si fue envenenada, ya que el cuerpo mismo del insecto tendrá ahora la droga o el veneno.

En el proceso de descomposición se liberan unos 450 elementos y compuestos químicos, explica Jantz. Por eso, otros detectives microscópicos son las bacterias, que forman una sopa de compuestos químicos alrededor de los cuerpos en descomposición. La relación entre esos compuestos cambia día a día, por lo que en el futuro los investigadores de una escena del crimen comenzarán a usar narices electrónicas para analizar esta química.

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"¿De dónde provienen los cuerpos?" le pregunto a Jantz mientras este recoge un largo hueso fémur casi completamente pelado y lo observa con interés. "Provienen de tres fuentes. Una es la red de medicina legal del estado de Tennessee, que nos envía los cuerpos que nadie reclama". La segunda fuente son los familiares de la persona fallecida. Gente que sabe acerca de este laboratorio y que quieren ayudar a la ciencia. La tercera fuente son las personas que donan sus propios cuerpos, firmando un permiso antes de morir. "Tenemos una larga lista de personas que han donado sus cuerpos".

Es cierto. Un rápido vistazo a su portal de Internet confirma el enlace para donar (http://web.utk.edu/~anthrop/index.htm). Los motivos, dice Jantz, son tan sencillos como que la persona —o los familiares— no tienen el dinero para un entierro. Después están las personas que tienen la filosofía de "volver naturalmente a la tierra", o aquellas que tienen un genuino interés en la ciencia forense y les atrae la idea de ayudar a los estudios de la criminología. Y no, Jantz no planea donarse a sí mismo.

Pero no todo el mundo ve al estrambótico laboratorio con buenos ojos. Cuando el antropólogo forense y pionero de estos estudios Bill Bass estableció la Body Farm, en 1972, hubo muchas quejas. Después de todo, solo está a unos cuantos kilómetros del campus universitario.

Las historias de Bass son legendarias entre el círculo forense, comenta Jantz una hora después, cuando estamos sentados en su laboratorio, poblado de calaveras y huesos limpios. Acepto un café y me pierdo en su aroma con la intensidad de un fabricante de perfumes. Antes de establecer este lote, cuenta, los cuerpos se guardaban en lugares muy poco usuales. Por ejemplo, cuando llegó a la universidad uno de los primeros cuerpos, hace décadas, provenía del departamento de medicina legal de la ciudad de Knoxville y ellos querían que Bass les ayudara a identificarlo. Estaba bastante descompuesto y hasta decapitado. Era un viernes en la tarde y aún no había refrigeradores en los laboratorios, así que Bass lo envolvió en plásticos y resolvió guardarlo en el clóset de los trapeadores y las escobas. Ese fin de semana, cuando el encargado de la limpieza abrió el clóset para sacar sus trastos casi se muere. Fue después de este episodio que el decano de la universidad le otorgó el lote actual a Bass.

Al principio de su carrera, Bass (quien está retirado y es autor de Death's Acre, un estupendo recuento de la historia del Body Farm) estaba tan consumido por la pasión forense, que no reparaba en llevar trozos varios de cadáveres a su casa, limpiarlos, hervirlos en las ollas de su mujer, y sentarse en la mesa de la cocina a examinar los huesos detenidamente. Fueron episodios que casi le cuestan el matrimonio, y que ahora Jantz lleva a cabo en el Laboratorio de Osteología Humana. En el laboratorio, que está justamente debajo del estadio de fútbol de la universidad, es donde continúan las investigaciones en los huesos una vez el proceso de descomposición de la carne ha terminado deja únicamente el esqueleto. "La carne se descompone y el hueso perdura", escribió Bass. "Su biografía está escrita en su esqueleto. Es como un diario en el que quedan grabadas las cosas que le pasan en su vida, sus caídas, su alimentación, si usted hacía deporte o no, si usted era obeso o demasiado delgado, si sufrió largas enfermedades. Si le faltaron ciertos minerales en su dieta, etc."

Aquí se limpian los huesos, quitándoles los últimos trozos secos de carne y piel y luego se hierven, se miden y se clasifican. Les toman imágenes tridimensionales y analizan si tienen cortaduras o traumas, y cuál era su composición química y su densidad. Jantz despliega en la pantalla de computador su base de datos sobre los huesos, la cual, aclara, está disponible a otros investigadores. Es el corazón de un programa llamado ForDisc, por Forensic Discrimination. Si usted es un antropólogo forense y tiene un caso por resolver, puede anotar en el computador algunas de las dimensiones de los huesos de la víctima que tiene enfrente, y el computador le dará un pronóstico bastante acertado de la raza, el sexo y la estatura de esa persona. Es un instrumento que está ayudando a esclarecer casos de asesinatos en todo el mundo, incluyendo las tumbas masivas de los genocidios en Bosnia.

"Todo el mundo se lleva algunos secretos a la tumba", concluye Jantz. "Pero para nosotros el lenguaje de los muertos que reposan en la Body Farm está dejando de ser un idioma incomprensible".

Salgo del sótano bajo el estadio de fútbol, y miro hacia las gradas. Los cientos de espectadores del partido en esta tarde de verano quizás no imaginan lo que hay bajo sus pies, o en la colina boscosa del otro lado del río. De pronto el viento cambia de dirección, y la nube invisible se cierne sobre el campus con una delicadeza exquisita. Tomo otro sorbo de café y dejo que su perfume limpie de mi garganta el mal sabor de la muerte.

Ángela Posada-Swafford escribe temas de ciencia

desde Miami Beach.

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