Visita a la mujer más tetona del mundo

Visita a la mujer más tetona del mundo

Su talla de brasier es 102ZZZ, cada teta pesa 25 kilos y tiene un récord Guiness que parece imposible de superar. El cronista J. Jaime Hernández la visitó en su casa, muy cerca de Washington, para saber cómo vive una mujer que alcanzó la fama por razones que saltan a la vista.


Creo que estoy frente al centro comunitario de Fairlington —le dije por teléfono, en medio de mi despiste y aturdimiento.

—Ok. No te muevas de ahí, cariñito. Ahora mismo voy por ti. Pero no te muevas, ¿entendido? —me ordenó.

Ni en mis sueños más salvajes imaginé que algún día la mujer con las tetas más grandes del mundo iría en mi búsqueda. Y, además, con ese aire de resolución, fuerza y autoridad que lo deja a uno sometido, desarmado.

Tras una espera de no más de diez minutos, en la que dudé sobre si acaso sería capaz de identificar a mi salvadora, un Toyota Scion de color gris metálico reptó lentamente por la pendiente con su cargamento voluptuoso.

En cuanto la vi, supe que era ella. No había margen para el error. Con su ensortijada cabellera, con el rostro sonriente que parecía reposar sobre dos tetas de piel lustrosa y turgente, Norma Stitz me miró mientras me gritaba a la distancia: “¡Ven, muchacho! ¿Qué esperas? ¡Trépate a mi auto que no muerdo!”.

—Hola, Norma —le dije con tono humilde y tratando de no clavar inmediatamente mis ojos en sus tetas.

Norma me observó divertida. Supongo que se percató de mi inútil intento por no mirar, por tratar de ser lo más políticamente correcto en nuestro primer encuentro.

—¿Qué pasa: te da miedo mirarme las tetas? —me soltó, mientras sonreía y conducía el volante que giraba, literalmente, sobre sus enormes pechos, unos que la obligan a usar sostenes de talla 102ZZZ, la única en el mundo capaz de contenerlos.

—No me da miedo, en absoluto; de hecho, creo que tienes unas tetas muy bonitas —le respondí, sorprendido de mi súbito descaro—. Mi madre también tiene las tetas grandes, ¿sabes? —proseguí, ya encarrerado y un tanto a la defensiva—. Y creo que a causa de ello mi debilidad de siempre han sido las mujeres con los pechos generosos, no lo puedo negar.

Creo que nunca me había confesado en tan corto espacio de tiempo a una mujer sobre una de mis pasiones más mundanas y primitivas. Pero Norma tiene esa virtud. Le sabe sacar a uno las cosas. Esa fue mi primera experiencia con ella.

Tras un corto y sinuoso recorrido por calles dominadas por jardines pulcros y cuidados con mimo, por una retahíla de casas de fachadas blancas y tejados rojos de doble agua, nos adentramos por una zona boscosa en fase otoñal que parecía la imagen de un caleidoscopio con destellos rojos, verdes y dorados. Al final del trayecto, Norma aparcó el coche, mientras un perro de raza terrier salía escopetado de su casa para recibirla.

—Te presento a Cleo, es mi perra y mi amorcito —me dijo, mientras achuchaba cariñosamente a su animal. No había terminado de presentarme a su mascota, cuando por la puerta principal de la casa emergió la imagen de un joven alto, de andares ondulantes y cabellera al estilo Bob Marley. Con su peinado de rastas, unos pantalones vaqueros descolgados por debajo de la cintura, una camiseta blanca y una pañoleta negra, el muchacho de no más de 20 años me miró con curiosidad y desdeño.

—Este es mi hijo —me dijo—. Mi hija está en la Universidad de Maryland, estudia Diseño —prosiguió, mientras se dirigía hacia una de las esquinas de la casa­—. Y este es mi esposo, Allan Turner —me dijo con un tono melancólico, mientras me mostraba la foto de un hombre de piel clara y aspecto robusto. En la imagen, Allan tiene algunas condecoraciones sobre el pecho, pero no lleva ningún uniforme. El hombre mira a la cámara con una media sonrisa. Sabe que le están tomando una instantánea, pero él no muestra gran entusiasmo.

—Fue el amor de mi vida. Murió hace nueve años de cáncer de pulmón. Era un veterano de Vietnam, un sargento de la Fuerza Aérea. El agente naranja terminó con su vida. Él fue quien me enseñó a amarme y respetarme a mí misma, a aceptarme tal y como soy. Decía que yo era su muñeca, que era hermosa. Ya no está conmigo, pero yo sé que desde el más allá sigue cuidando de mí ­—me dijo con un aire de profunda convicción.

La historia de amor entre Norma y Allan comenzó en una parada de autobús. Mientras ella esperaba al lado de sus hijos, de 5 y 2 años de edad, Allan se aproximó para ofrecerles un aventón. Después de llevarlos a casa, se propuso conquistar a Norma. Pasaron seis largos años de noviazgo antes de que ambos decidieran casarse.

—Ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Allan me animó para iniciarme en este mundo del entretenimiento, de la fantasía y del erotismo. No pornografía, porque yo no hago pornografía. Yo soy una entertainer, una artista ­—afirmó.

Su nombre real es Annie Hawkins. El seudónimo Norma Stitz nació de un juego de palabras que suena como “enormous tits” (en español, “tetas enormes”). Desde hace más de 30 años decidió incursionar en el mundo del espectáculo y hace 13 consiguió hacerse con el récord Guinness a los pechos naturales más grandes del planeta. Una marca que nadie ha logrado arrebatarle.

Cada uno de sus senos mide aproximadamente 109 centímetros y pesa unos 25 kilos. Esto se debe a que Norma ha sufrido de gigantomastia o hipertrofia virginal de los senos, una condición que hace que las tetas crezcan sin parar durante la pubertad y la adolescencia —puede que nunca dejen de hincharse— hasta alcanzar, algunas veces, tamaños descomunales. En el mundo no existe otra mujer con estas cualidades, que para algunos son una forma de malformación, de monstruosidad o de maldición. Pero para Norma sus dos tetas enormes son una fortuna. Gracias a ellas ha podido forjarse un futuro e independizarse como artista de una forma de erotismo que puede ser discutible en términos estéticos, pero que le ha resultado muy redituable y le ha permitido hacerse cargo de sus dos hijos.

—Dios me bendijo con estas dos tetas —dice convencida, mientras las sujeta con las manos, como si me mostrara la razón misma de su existencia—. Un día —prosigue con nostalgia—, Allan me tomó unas fotos y las mandó a una revista de caballeros para participar en un concurso. Y, para nuestra sorpresa, ganamos y nos pagaron 1500 dólares. Ese fue el inicio. Después de ganar ese concurso, una cosa llevó a la otra. Recibí propuestas para modelar en ropa interior o desnuda. Pero, insisto, yo no hago porno. Nunca lo he hecho, ni lo haría —asegura con un gesto de resolución demasiado serio, y quizá hasta un poco impostado, esta mujer que ha protagonizado más de 250 películas catalogadas dentro del género del soft porn.

Norma ha asegurado en varias entrevistas que sus hijos están orgullosos de ella, pese a que a veces sienten la vergüenza típica de un joven que ve a su madre aparecer en periódicos, revistas y programas de televisión mostrando sus atributos y hablando de su vida. Una vida que ha discurrido siempre entre la fascinación y el rechazo social. Su inherente voluptuosidad la ha convertido en una especie de Venus negra, en una mujer fetiche para los hombres. Pero, también, en una monstruosidad y en una amenaza para las mujeres.

Cuando uno conversa con esta mujer, a punto de cumplir los 54 años y que nunca ha considerado hacerse una operación para reducir el tamaño de sus tetas, toda ella irradia fe, confianza en sí misma y alegría. Pero su vida ha estado también nutrida de penosas experiencias:

—Me di cuenta de que tenía un busto demasiado grande desde que tenía 9 años. En la escuela no podía sentarme frente al pupitre, me estorbaban los senos y los chicos se burlaban de mí. Eran muy crueles. Me decían que era un monstruo. Los mayores me veían y decían cosas obscenas que yo no entendía porque era una niña atrapada en el cuerpo de una mujer desarrollada y con enormes pechos.

Y las cosas no han cambiado mucho: ­—No puedo viajar en un avión si no es en primera clase. Mis senos me impiden sentarme en una butaca normal y sin demasiado espacio delante de mí. Cada vez que salgo de casa no sé con qué sorpresa o comentario me voy a topar. La gente me mira y hace comentarios soeces o burlones a mis espaldas —dice.

Mientras Norma me habla de sus peripecias, de su cotidiana lucha contra las burlas, los prejuicios y maledicencias de esa sociedad que la rodea, no puedo evitar pensar en Saartjie Baartman, una esclava capturada por mercenarios ingleses cerca del Cabo de Buena Esperanza, en la parte más austral de África, en el siglo XVIII.

El caso de Saartjie, conocida como la Venus negra o de Hottentote, marcó toda una era de luchas contra el colonialismo de las potencias europeas en África, contra la esclavitud, la explotación y toda esa sarta de prejuicios raciales y culturales que caracterizaron una de las épocas más crueles y oscuras en la historia de la humanidad.

Su trasero in-menso, sus labios carnosos y sus pechos voluptuosos desembarcaron en Inglaterra en 1810. Sus dueños, que se hicieron pasar por sus supuestos benefactores, explotaron su físico exótico, todo un catalizador para la libido del hombre blanco de esa época, en espectáculos públicos en los que era obligada a bailar, a tocar la guitarra y a cantar con una vestimenta hecha a base de gasas y otras telas vaporosas que dejaban entrever sus enormes nalgas y sus pechos. Tuvo un gran éxito en esa sociedad europea fascinada con una raza negra que destacaba por sus “grandes protuberancias”, según descripciones de científicos y médicos de aquella época.

Abusada física y sexualmente, enferma de alcoholismo y de sífilis, la Venus de Hottentote terminaría sus días en París. No había cumplido 30 años y su corta biografía había sido la de una heroína trágica. Al final, el último de sus amantes y explotadores vendería sus restos al Museo Nacional de Historia de París, donde su cuerpo sería diseccionado y disecado para ser expuesto. Dos siglos más tarde, el presidente de Sudáfrica Nelson Mandela iniciaría una batalla histórica para recuperar los restos y repatriarla a la tierra de sus ancestros.

La mañana del 22 de febrero de 2002, mientras desayunaba en Bruselas, donde trabajaba como corresponsal, devoré una amplia crónica de Le Monde que consignaba la votación de la Asamblea Nacional francesa para autorizar la entrega al gobierno de Sudáfrica. Saartjie regresó finalmente a casa, donde recibió sepultura en medio de homenajes en los que se le recordaría como una víctima de las potencias coloniales y un ejemplo de la lucha contra la esclavitud y el racismo de Occidente.

No estoy sugiriendo una suerte de paralelismo entre la vida de Annie Hawkins —o Norma Stitz— y la de Saartjie Baartman. Lo único que pienso, mientras la escucho, es en la suerte que ha tenido esta mujer que nació en un barrio de clase media baja en Atlanta, Georgia, hace poco más de medio siglo; que se ha abierto paso como una reina y exitosa empresaria del erotismo gracias a sus dos enormes tetas, y que hoy ha sido testigo de un cambio de fondo en la demografía, en la política y en el campo de los derechos civiles en Estados Unidos.

—Todos tenemos hoy una inmensa suerte de que Barack Obama haya sido reelegido. Yo estaba loca de alegría. Lo mismo que mis hijos. Y el hombre blanco ya se puede comer su odio racial. Las cosas en este país están cambiando —me dice Norma, mientras me muestra una camiseta con la imagen del presidente Barack Obama que ha sido diseñada por su hija.

A punto de concluir mi larga charla con ella, me anuncia que dentro de muy poco una conocida marca de sostenes presentará en su honor el brasier más grande del mundo: —Estoy muy ilusionada con ese evento, que me permitirá impulsar mi compañía productora y abrirles el camino a otras mujeres que, como yo, han nacido con pechos grandes —dice, mientras me habla de sus dotes como directora y productora de películas eróticas donde destacan las mujeres negras, sensuales y voluptuosas como ella.

Tras una larga conversación, mis ojos vuelven a los enormes senos de Norma, que me mira con un aire coqueto. Sé que ha llegado el momento de despedirnos tras un delicioso intercambio de pareceres.

—Norma, ¿qué les dirías a los hombres que verán tus fotos en esta revista?, ¿o ni siquiera quieres dirigirte a ellos?

—¡Claro que me quiero dirigir a ellos! Si me permites, lo único que les diría a los lectores de SoHo es que jamás van a encontrar una cancha de placer sexual tan grande e intensa como esta —dice, mientras vuelve a sostener las tetas en sus manos y estalla en medio de una sonrisa contagiosa e inolvidable.

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